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La casa de los Placeres Yuris TERMINADO

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Mensaje por Yurita el Dom Mar 12, 2017 8:02 pm
Hola! bueno, aquí les dejo otra de mis mas recientes creaciones, asi que esperemos que les guste. Tiene lemon, así que veamos que tal va jeje.


Última edición por Yurita el Lun Dic 18, 2017 11:58 am, editado 19 veces
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Mar 12, 2017 8:03 pm
Tris no puedo evitar sonrojarse cuando vio la mansión hacerse más grande a medida que se iban acercando a ella. La casa estaba ubicada en el extremo más alejado de la ciudad, accesible sólo por una carretera de un carril y bordeada de monte. Los cinco pisos de altura y la fachada pulcramente pintada de blanco, con el portal sostenido por gruesas columnas y torres con puntiagudos chapiteles en las puntas en los extremos, le hizo recordar a una casa de muñecas, y en cierta forma, en eso si iba a convertir muy pronto.

—Mi amor, tienes que calmarte un poco. Estaremos bien — le dijo Ana, tocándole cariñosamente la pierna que la minifalda dejaba descubierta. Ana, como toda buena novia, mantenía una mano en el cuerpo de su chica y con la otra asía fuertemente el volante. Aunque no quería demostrarlo, también se sentía nerviosa.
— Estoy bien. Solamente… creo que olvidé empacar mis toallas femeninas.
— Ah, ya veo. No habrá problema. Sara nos dijo que todas las chicas tendríamos una dotación ilimitada de esas y otras cosas.
— Repíteme por qué estamos haciendo esto — pidió Tris, cruzando los brazos por debajo de sus bonitos pechos, contenidos por su blusa roja de tirantes —. No me gusta. Es sucio… y morboso. Si mis padres se enteran de que estaré contigo y con otras diez parejas en la mansión, encerrada durante tres meses, me matarían y me quitarían la herencia, y ya sabes que esa herencia nos vendría muy bien después de la universidad.

—Sí, sí — respondió Ana, acariciándole la rodilla blanca —. Mi vida, me voy a casar contigo. Ya te lo dije, pero ese dinero lo necesitamos para después. Si ganamos este reto, nos pagarán poco más de medio millón de dólares. Nos alcanzaría para invertirlo en un negocio y así podríamos forrarnos de dinero. Además, nuestro amor es muy fuerte. No tienes de qué temer.
Tris se relajó un momento. Lo que había dicho Ana era cierto. Llevaban tres años como novias, y saldrían de la universidad en un año más. Después de eso, ambas habían decidido casarse legalmente en el registro civil, y sería Ana la que tendría al primer bebé, con un óvulo de la propia Tris. Les gustaba la idea, a ambas, y estaban seguras de que podrían soportar este desafío. Tris sonrió ligeramente y se inclinó para darle un beso en los labios a su prometida. Ana detuvo el auto un momento para corresponder mejor al beso, al mismo tiempo que le acariciaba a su novia los hermosos cabellos negros y le metía una mano un poco más arriba del muslo.

Tamara y Andrea estaban demasiado entretenidas metiéndose mano debajo de la ropa, en el asiento trasero de un Uber, conducido por una sensual mujer de veinte y tantos años llamada Carmen. Carmen intentaba no ver por el retrovisor las discretas manos de las chicas, que se acariciaban los pechos mientras estaban abrazaditas y arrinconadas. Sus mejillas se colorearon de rojo y se aclaró la garganta. Tuvo que subirle al aire acondicionado para que se le bajara el calor. Oyó un gemido provenir de los delgados labios de Tamara, y ya no pudo más.
— ¡Ejem! — tosió para llamarles la atención — . Hay un motel de paso por aquí. Podemos ir las tres, si lo desean.
Tamara, una fulminante rubia de ojos celestes y mejillas pecosas, frunció las cejas y dijo con una voz rasposa.

— Anda, pero mira qué pervertida nos salió esta. ¿Qué dices, amor? Deberíamos de enseñarle a ella con quién se está metiendo?
—Creo que tengo espacio para una más — bromeó Andrea y de repente estalló en risas. Carmen, ruborizada, no dejó de conducir y decidió no volver a hablar más.
A Tamara le gustó la conductora. Se prometió pedirle su número celular para cualquier emergencia, en caso de que quisieran salirse de la mansión, aunque francamente, lo dudaba. Si había aceptado el reto de Sara, era porque necesitaba probar nuevas experiencias con Andrea, y montarse un trío con su novia era algo que las dos tenían en mente. No importaba el dinero, aunque de todos modos nunca vendría mal unos dólares extra por ello.
Andrea se deslizó el cabello castaño por detrás de las orejas y se acomodó los lentes. Se molestó al notar cómo su novia veía con cierta lujuria a la conductora, así que le tomó de las mejillas y le plantó un beso caliente para llamar su atención. Era buena besadora. Había ganado un concurso en la secundaria cuando se enfrentó a otras de sus amigas, y rompió varias relaciones entre parejas por atreverse a meterse con ellas. Hombres y mujeres, sin importar qué o quién estuviera allí. Era, a los ojos de las demás, una verdadera zorra devora cuerpos, aunque por suerte, nada de este turbio pasado era conocido por Tamara. La leal Tamara. La salvaje Tamara, tan buena con las manos que podría hacerle llegar al orgasmo con sólo tocarle un poco y meterle un dedo, con el que hacía mil maravillas.

Leonor pasó la página 78 de su nuevo libro. Estaba leyendo una colección de cuentos de ciencia ficción escritos por Isaac Asimov, y estaba tan enfrascada en su lectura, que para ella nadie más existía en ese coche. Cruzó las piernas, que asomaban tersas y suaves por debajo de la minifalda militar. Su pelo negro y cortado de forma irregular le caía en picos por encima de los hombros, desnudos con la blusa de tirantes que llevaba.
—Este… cariñito hermoso, ya vamos a llegar a la mansión de Sara — le dijo Noriko, su novia. Era una chica de origen japones. Estudiaban en el mismo colegio, y Noriko se hizo su novia porque le atraían las mujercitas calladas. Lo que nunca se imaginó fue que Leonor fuera demasiado fría cuando estaba metida en sus libros, lo cual era casi siempre.
Leonor la miró con sus hermosos ojos negros y pequeños. Movió sus labios tintados de rosado y dijo una sola cosa:
—Shh. Estoy leyendo.
—Sí… lo siento, cariñito —. Noriko suspiró. A veces le costaba entender un poco a su novia, pero le gustaba mucho. Por otra parte, le gustaba tanto como cualquier otra chica japonesa en tierras desconocidas.
Llevaba poco más de un año allí y quería experimentar cosas nuevas, cosas prohibidas y volverse un poco loca con las fiestas y los antros. De alguna forma esperó, a su llegada, que una chica loca se hiciera con ella y la sacara a vivir las fantasías más fuertes y divertidas de la vida; pero por azares del destino, había terminado emparejada con Leonor, y si esto era así, era debido más que nada a que Leonor quería una novia con la que experimentar el amor entre mujeres, tal y como había visto en sus libros. Noriko sólo estuvo en el sitio correcto y en el momento correcto. Recordó la primera vez que abrió sus tímidas piernas para ella, y el gusto enorme que sintió. Desde eso, su noviazgo era irrompible.

Leonor cerró el libro y lo dejó en la guantera. Estiró los brazos y se relamió la boca. Todos esos movimientos los vio Noriko, y se sintió sumamente emocionada por estar a su lado. No podía esperar a llegar a la mansión, meterse con ella en la ducha y pedirle que hiciera con su lengua ese truquito de presionar y sorber. Se sonrojó ante la idea y se le perló la frente.
— ¿Crees que sean bonitas? — preguntó Leonor, con su voz fresca de terciopelo, aunque tan seria como un autómata.
—Pues… imagino que sí. Mi mamá solía decir que no hay chica fea; sólo mal arreglada. ¿Estás emocionada?
— Algo. La verdad sólo estoy aquí porque tú insististe en venir conmigo. Conviviremos con diez parejas de chicas. La que quede finalista, ganará un buen dinero. Pienso en cuántos libros podré comprarme con ellos.
— De seguro muchos, cariñito.
Leonor sonrió. Hacía calor, de modo que se quitó la blusa y se quedó solamente con el sostén negro de encajes. Le bajó la temperatura al aire acondicionado y reclinó el asiento para acomodarse. Le pidió a su novia que le despertara cuando llegaran, pero Noriko apenas la escuchó, porque estaba más concentrada mirándole los hermosos senos debajo del sostén, y el arete en el ombligo que colgaba como una hermosa joya, digna de una princesa.

— ¡No! ¡Nooo! ¡No quiero ir! ¡Samanta, da la vuelta!
— ¡Cállate, Lucy! Necesitamos el dinero para salir de ese maldito apuro.
Lucy no entendía esas razones. Cruzó los brazos y miró hacia otro lado. Tenía lagrimitas en los ojos y estaba a punto de romper en auténtico llanto. La tonta de su novia, Samanta, había perdido una apuesta muy cara y estaba a sólo meses de que le embargaran el coche. Si no conseguía el dinero del premio, se metería en un lío muy grande.
—Te amo — dijo con su voz de ángel —, pe-pero me parece demasiado tener que vivir con otras chicas. Ya sabes que me pongo nerviosa con otras personas. Especialmente si son como nosotras.
—¿Nosotras? Ah. No te preocupes. No dejaré que ninguna te ponga un dedo encima, princesa. Estaremos bien y después de esto, te juro que se acabaron las apuestas.

Ni siquiera Samanta estaba segura de lo que estaba diciendo. Ganar ese premio de más de medio millón de dólares era tan fácil como que ella pudiera reprimir su miedo a los hombres; que ya de por sí era difícil. Le tocó el bracito a su tierna Lucy y ésta se alejó, pegándose más al cristal del coche. Lucy en ocasiones era una muchachita demasiado caprichosa y quejica, aunque le gustaba mucho hacerla reír sólo para ver cómo se quedaba roja y se le marcaban los hoyuelos.
Estacionó la camioneta un momento y se lanzó encima de su novia para sumergirla en preciosos besos húmedos. Aunque Lucy se resistió, al final se echó su pelo rojo detrás de las orejas y correspondió a los amorosos gestos de su novia. El intercambio de dulce saliva la hizo estremecer, y le recorrió las mejillas, el cuello y los pechos con la lengua. Tal vez iban a llegar un poco tarde, así que Samanta apagó el coche y dirigió un dedito dentro de los shorts de Lucy.
Como accionada por un interruptor, Lucy pateó a su novia y se cruzó de piernas.
— ¡No! Ya te dije que no estoy lista.
— Lo… lamento. Perdón. No era mi intención.
Sam se limpió la boca y volvió a acomodarse detrás del volante. Se preguntó cuándo estaría Lucy lista para llegar a algo más que unas simples caricias. Moría de ganas por probar sus dulces néctares y amarla como se merecía que la amaran.

—Francamente, no entiendo por qué usted está asistiendo a esto, señorita Front.
Matilda Front respiró tranquilamente y cruzó las piernas. Iba en los asientos traseros de su limusina, mirando a través de la ventana cómo el monte pasaba y pasaba sin más dilataciones.
— Fred, sólo conduce ¿quieres? Y recuerda que tienes estrictamente prohibido decirle a mi padre que, en vez del campamento, estaré concursando por ese dinero.

— Pero usted es millonaria, mi señorita. Podría pedirle de todo a su papá, que es jefe de varios barcos cargueros.
— Sí, pero papá siempre presume de que yo nunca podría hacer nada por mi cuenta. Ganarme setecientos mil dólares viviendo con un montón de chicas durante tres meses, debe de ser algo fácil.
— Recuerde que usted es de la alta. No quiero que esas… citadinas le vayan a pegar pulgas.
Matilda se rió y se quitó el listón del escote de su vestido para amarrarse el pelo. Había decidido traerse un atuendo de tela dorada y de pedrería reluciente en el pecho. Algunos podrían decir que se vería anticuada, pero sus rizos rubios combinaban perfectamente con la ropa de gala. Ya podría enseñarles a esas chicas cómo se vestía una verdadera dama.
—En ese caso, tendré que estar… al nivel que ellas pidan, claro. No quiero crearme enemigas.
Fred se sonrojó.
— Todas las chicas — dijo —, tienen una característica en común. Son lesbianas.
— Lo sé. Yo no lo soy. Tengo novio ¿recuerdas? No te preocupes por mí, Fred. Mantendré mi vagina alejada de toda boca femenina y me reservaré para Eduardo, mi novio forzado por las tontas promesas de papá.
— Bueno, mientras usted sepa lo que hay en juego en caso de que no se una en matrimonio con ese hombrecito… estará bien. Le pido, de favor, que no se dejé tocar por las chicas de allí. Quién sabe qué clase de personas son esas lesbianas sucias. Por el amor de Dios. Mujeres amando mujeres. El mundo se va al demonio.
Matilda sonrió para sus adentros. Fred estaba en lo cierto, en algunas cosas.

Shoot the Trill, de ACDC sonaba a todo volumen dentro de la camioneta. Zafira, al volante, le dio un amplio sorbo a su lata de cerveza hasta saciarse y la tiró por la ventana.
— ¡Woo! Vamos por esos setecientos mil dolares. ¿Qué me dices, Elena?
—Te sigo por completo — respondió Elena, sin mucho interés. Bostezó sonoramente y encendió un cigarrillo —. Me pregunto si de verdad nos darán ese dinero.
— No seas mensa. Firmamos esa cosa frente a un abogado. Claro que es legal. ¡Oh! Me fascina esta canción!
Aceleró de repente, y el cigarrillo de Elena se le cayó en los jeans. Maldijo y fulminó a su amiga con la mirada.
—No sé por qué estás tan emocionada. Son sólo chicas.

— Adoro a las chicas — rió Zafira —. Son tan… hermosas, dulces. Hacer gemir a una de placer es una misión para mí. Me pregunto qué clase de personas estarán viviendo con nosotras, aunque realmente me gustaría saber si me enamoraré.
—Por favor. El amor es sólo un contrato falso de tonterías. Difícilmente encontrarás uno que sea auténtico.
— Me lo dice la que intentó matarse cuando su novia la dejó.
—Eso es diferente — replicó Elena, escondiéndose los brazos con el suéter. Ya no se le veían las cicatrices, pero le avergonzaban. Recordar que estuvo a punto de matarse por un desamor era algo de lo que se arrepentía en demasía. ¿Qué clase de tonta haría tanto por un amor?
Su amiga Zafira creía mucho menos en las relaciones. Ella solamente iba al concurso por el dinero y por la posibilidad de comerse a tanta señorita se le pusiera en frente. Era una mujer insaciable, con una vida sexual muy concurrida. Trabajaba en un antro de señoritas, donde atendía la barra y de vez en cuando se tomaba una copa con alguna mujer para después llevársela a la cama. Le gustaba mucho bailar y mirar televisión. Era una bebedora social, aunque a veces tenía sus momentos de locura. A Elena le atraía su fortaleza y su actitud de que le den a todo el mundo por el culo.
— Sexo, sexo, sexo. Rico sexo, sexo sexoooo — canturreaba felizmente Zafira. Elena, sonrojada de la vergüenza por compartir el coche con una chica de esa calaña, se hundió en el asiento y se metió los audífonos. Se aferró a su cinturón cuando su amiga giró el coche violentamente para rebasar a otro.

— ¡Maldición! — exclamó Charlotte cuando el convertible la rebasó violentamente — ¿Qué les pasa a estas personas? Cielos, estoy cansada y harta. Sólo quiero llegar ya y dormir una buena siesta. ¡Ah! Puta camioneta. ¡Acelera!
Hundió el pie en el pedal. El Ford, de los años cincuenta, que casi le había robado a su abuelito, rugió como la carcacha que era y empezó a traquetear cuando su motor se quejó. A Charlotte se le enrojecieron las mejillas de la vergüenza y quiso tener a alguien con quién quejarse de sus problemas. Sin embargo, no iba nadie con ella. Se había quedado sin pareja al final, todo porque a su vieja amiga Cristina le dio miedo meterse en una mansión con varias chicas lesbianas y sedientas de sexo.

— Tonta Cristina. No todas las lesbianas somos ninfómanas. Yo sólo… yo sólo voy en busca del amor de mi vida.
Suspiró, feliz y optimista. Había buscado el amor en varios sitios, pero en una mansión repleta de chicas, de seguro hallaría a alguien a quién amar.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Mar 12, 2017 8:04 pm
Charlotte estaba preocupada por sus dos kilitos de más. Por suerte, era una chica alta y no se le iba a notar el rollito michelín. De todos modos, se morboseó frente al espejo de su nueva habitación. Cansada de usar siempre los chones de abuelita, se había comprado, con los ahorros de sus mesadas, unas cuantas tangas con encaje en la tienda de Victoria's Secret. Las diminutas prendas le quedaban bien. Demasiado bien, diría ella. Pensó en todas las cosas que su madre diría si se llegase a enterar de que su hija santa, que se había ido a estudiar a otro país, estaba por ahí vistiendo las ropas del diablo. Después de todo ¿Qué clase de señorita que se respete usaría cosas como esas?
— Lo siento, mamá. Te he defraudado.
Comprobó que todas las curvas estuvieran donde deberían estar. El pequeño hilo rojo de la tanga se le metía traviesamente entre los glúteos, y se sentía un poco rara. Decidió ignorarlo y se subió los jeans y la blusa ajustada, que había comprado exactamente para la cena de esa noche. Luego se peinó el cabello castaño, que lo traía tan lacio que se asemejaba mucho a la de la chica de El Aro, sólo que en una versión menos siniestra. Sus labios estaban tintados de rojo; y sus mejillas llevaban un delicado rubor rosado. Se delineó las cejas sutilmente y se colocó una diadema blanca para adornar su ya de por sí bonito rostro con forma de corazón.

— Una chica debería de estar ciega si no se fija en mí.
Salió, sintiéndose nerviosa, y bajó las escaleras en forma de caracol de la mansión. Estaban alfombradas de terciopelo rojo y el barandal era de madera pulida y barnizada. Varios cuadros, que mostraban escenas escandalosas de sexo entre mujeres, adornaban las paredes de tablones de madera. Varias arañas, con docenas de pequeñas lámparas, colgaban del techo alto que estaba sostenido por columnas de mármol y piedra. Charlotte se preguntó qué clase de persona debería de ser Sara para tener tanto lujo y ponerlo a disposición de veinte desconocidas.
La primera mujer que vio fue una sirvienta. Iba vestida con un bonito traje de criada que le quedaba algo corto, aunque no era precisamente fetichista. La muchacha le sonrió con una bonita boca pintada de rojo discreto y la condujo hasta el comedor. Mientras caminaba tras ella, Charlotte vio algunas esculturas talladas en marfil y en jade que, al igual que los cuadros en las paredes, representaban escenas morbosas y obscenas de mujeres dándose mucho amor.
— Este sitio me va a matar — dijo, limpiándose una gota de sudor.
— Por aquí. Ese cuarto es el comedor. Entre y tome cualquier lugar.

La chica lo hizo. Entró mordiéndose la uña del pulgar. Cuando vio a las jovencitas que estaban reunidas en la larga mesa rectangular, con un montón de comida sin servir todavía en ella, la tanga casi se le cayó a los tobillos. Sara, cuando lanzó la convocatoria, había dicho que reuniría a las mujeres más hermosas que pudiera encontrar, y vaya que no estaba alardeando de eso. Todas, y literalmente, todas, hicieron que Charlotte se sintiera en el paraíso. Era como si los mismos ángeles hubiesen descendido desde el Cielo para ocupar sus lugares. Más nerviosa todavía, vio que de las veinte sillas, varias estaban vacías, y habían espacios entre las muchachas. Las parejas estaban claramente a la vista. La única solitaria, además de ella, era una jovencita de aspecto risueño y malcriado, que estaba sentada en un extremo y vestía un traje de terciopelo rojo, como una princesa de cuento. Charlotte se acercó a ella, sintiéndose sosa y se sentó tímidamente, evitando hacer contacto con cualquiera de ellas. De repente se sentía muy apenada. Desvió la vista a un lado sólo para ver a dos de esas niñas dándose unos besitos en la boca. Fantaseó cosas más escandalosas con ellas, cuando una voz habló desde unos altavoces colgados de las paredes.
— Saludos, mis niñas. Mi nombre es Sara — la mujer se oía entretenida, como una especie de anfitriona que sabe qué cosas decir y en qué momento hacerlo —. Lucy y Samanta. Dejen de besarse y atiendan. Tendrán toda la noche para tener sexo.
— ¡Eso me gusta! — dijo Zafira, levantando su copa de champaña.
— Bien — continuó Sara. Por el timbre de su voz, podría ser una mujer de no más de treinta años. Millonaria, por supuesto —. Como ya saben, sus compañeras no vendrán tan rápido como ustedes. Poco a poco, en el transcurso de los próximos días, se irán añadiendo hasta que tengamos a todas las chicas aquí. Mientras tanto comenzaremos con las que ya están. Déjenme darles la bienvenida a la Casa de los Placeres, que como su nombre lo indica, es un sitio para… divertirse.
—Este sitio es genial — rió Zafira, y se ganó una mirada fea de parte de Matilda, la ricachona. ¿Qué clase de modales debería tener esa mujer para ponerse a interrumpir?
—Por el momento, disfruten su cena. Qué bueno que ya conocieron a Estela. Será la encargada de la casa y también será mi representante, así que tienen que tratarla bien y obedecer sus indicaciones.
Tamara levantó la mano.
— ¿Sí, Tamara?

— ¿Cuánto comenzarán los desafíos y qué clase de pruebas son?
— Buena pregunta. Por hoy pueden descansar. Mañana harán algunas cosas interesantes. No será nada peligroso, pero tendrán que estar preparadas tanto física como mentalmente para las próximas semanas. Personas como Zafira, que es atlética y bonita, o como Leonor, que ama los libros y es muy intelectual, serán muy buenas competidoras.
Las dos aludidas intercambiaron miradas electrizantes. Estaban en lados extremos de la mesa, frente a frente. Zafira lucía feliz y sensual. Leonore era un poco más… siniestra y profunda en sus ojos verdes.
—Pueden hacer absolutamente todo lo que quieran mientras estén aquí, excepto destruir la mansión y acceder a zonas no autorizadas, por supuesto.
— ¿Hay alguna cámara de vigilancia para espiarnos? — quiso saber Ana, la prometida de Tris —. Verá que mi chica, y futura esposa, está un poco nerviosa por esa posibilidad.
La voz se tardó unos segundos en responder.
— No.
— Uf, menos mal. ¿Has oído, amor? Estás a salvo.
Tris cruzó los brazos bajos sus bonitos senos y farfulló algo incomprensible. Ana rió, nerviosa.
— Disfruten la cena y pasen buenas noches.
Las chicas tenían varias preguntas para hacer; sin embargo la voz de Sara no volvió a dejarse oír.

— Por favor, sírvanse lo que gusten — les dijo Estela.
— ¿Qué no eres nuestra sirvienta? — se atrevió a decir Matilda, cuando todas, especialmente Zafira, tenían ya sus tenedores listos para comer. Todas se detuvieron en seco antes de servirse. La sirvienta se giró con una sonrisa entre inocente y diabólica.
— ¿Cómo ha dicho?
— Sara mencionó que eras nuestra sirviente. Vas vestida como una. En efecto, deberías de ser tú quien nos sirva la comida ¿no es así?
La tensión se hizo palpable. Charlotte trató de bajar la tensión, sobre todo porque, como estaba sentada al lado de Matilda, los ojos estaban puestos también en ella.
— Bu-bueno, vamos, vamos. No hay problema. Nosotras podemos servirnos solitas ¿Verdad, amigas?
— No soy tu amiga — replicó Matilda y volvió la vista hacia Estela, pero ésta ya se había ido. La niña rica frunció el cejo y le lanzó una agria mirada a Charlotte.
Cenaron abundantemente, pues la comida era mucha. Charlotte decidió que dejaría espacio para el pay de manzana, y que subiría una rebanada a su habitación. Mientras tanto, se fijó en no todas eran pareja. Por ejemplo, la llamada Zafira estaba masticando un pedacito de zanahoria y miraba indiferente hacia la nada. Leonore leía algo de ciencia ficción, mientras que su novia, Noriko, estaba conversando con Ana y Tris, las que iban a contraer matrimonio.
— Creo que fuiste un poco dura con la criada — dijo Charlotte a Matilda. La chica comía en silencio y tomaba pequeños trozos de papá cocida.
— ¿Qué tiene? Ella debe aprender cuál es su lugar.

— Ya… este… ¿eres lesbiana? — se arrepintió de preguntarlo. ¿Qué clase de tema era ese para iniciar la conversación?
Matilda se atragantó con su papa y bebió abundante agua para destaparse la garganta.
— ¡No digas tonterías! Tengo novio. Sólo estoy aquí por el dinero.
— Como todas — respondió Ana, que lo había oído. Matilda y ella se miraron sin decir nada más.

Charlotte estaba deprimida. La única con la que había tenido el valor de hablar era una hétero que se creía la gran cosa y que además, no le tenía el más mínimo respeto a las otras muchachas. Se desnudó frente al espejo y se puso su bata de dormir. Iba a ser difícil conciliar el sueño, sobre todo porque se encontraba algo excitada ante la idea de enamorarse de alguna de ellas. Por otro lado, la mayoría eran parejas, así que no tendría muchas oportunidades.
Decidió salir a dar un paseo. Las luces ya estaban apagadas, pero Sara había dicho que podían hacer lo que quisieran.

Noriko regresó al cuarto. Había ido a la cocina por un vaso lleno de agua de jamaica. Entró justo cuando Leonore estaba dirigiéndose al cuarto de baño para darse una ducha. Como alma que lleva el diablo, la japonesa empezó a desnudarse, dejando un camino de ropa por en medio del cuarto.
— ¡Por favor, házmelo! — exclamó nada más entrar. Necesitaba, de verdad, la lengua de su novia.

Leonore se estaba deshaciendo de los lentes. Ya estaba casi sin ropa, y las curvas de su hermoso trasero se veían más bellas que de costumbre. Sus senos, de puntas rosadas, se bambolearon cuando se quitó la blusa. El rostro de la chica estaba casi inexpresivo, como alguna clase de robot. Asintió.
— Ven.
Noriko suspiró de agradecimiento y se metió bajo el chorro de agua. Abrazó a su novia y la besó con fuerza. Oyó que ella suspiraba y que la envolvía más fuerte para que sus tetas se presionaran la una con la otra. El agua tibia les resbalaba como una caricia de seda. Los besos se volvieron más apasionados mientras las lenguas se enfrentaban en una batalla campal. Luego, Leonore bajó con un camino de sus labios hasta los pechos de su novia, y los mordió firmemente.
— Más abajo — pidió la japonesa.
Ella obedeció, no sin antes lamerle el ombligo. Luego le hizo que apoyara un pie en el borde de la bañera. Con una atención profunda, Leonore examinó los delicados pliegues de la intimidad de su chica. Se relamió los labios y le brindó unos cuantos besos a su clítoris, mojado ya y no precisamente por el agua. Noriko sintió calor por todas sus arterias. Le ardían los pezones, y empezó a pellizcarlos. Podía notar la lengua, empapada de saliva, recorrerle toda la entrada a su cuerpo, succionarla suavemente y morderle parte de los pliegues carnosos. Las manos también le estaban acariciando las piernas. Le temblaron las rodillas.
— Espera. Me voy a resbalar.
— Vamos a la cama — le propuso Leonore.

Sin secarse, ambas chicas salieron y se recostaron en el colchón matrimonial. Noriko sonrió, con los ojitos cerrados y abrió las piernas. Leonore se acomodó entre sus rodillas. Se chupó un dedo y lo introdujo despacio. El calor que producía Noriko le gustó, y luego de penetrarla unas pocas veces, separó sus labios con los dedos y se dedicó a brindarle hermosas caricias con la boca. A Leonore le gustaba el sabor que se producía en esa zona tan delicada. Era algo adictivo, a pesar de que Noriko era la primera chica con la que estaba. No obstante, le encantó sentir los espasmos de placer que inundaban el cuerpo de su novia.
Se despegó y cogió el clítoris con los dientes. Le dio una mordida suave y Noriko lanzó un gritito agudo. Sus rostro se contrajo en una hermosa expresión y vio, por fin, que el cuarto tenía espejos en el techo. En él pudo verse a sí misma, con los muslos separados, los pezones endurecidos y la blanca espalda de su novia. El pelo lacio y corto le caía por debajo de los hombros y detrás de las orejas.
— Ven. Bésame.
Leonore dejó la vagina a regañadientes y subió para acomodarse encima de su novia. Le pellizcó los pezones al mismo tiempo que le comía el cuello. Noriko deslizó una mano hacia la vagina de su pareja. Sintió la piel perfecta y lisa. También estaba muy mojada. Leonore se escurría más que ella, y fue fácil penetrarla con dos de sus pequeños y largos dedos.
La primera vez que estuvo dentro de ella, se preguntó quién le habría quitado la virginidad a la muchacha. Seguramente habría sido un novio pasado, pues Leonore fue hétero. A Noriko, que llegó virgen de japón, le había desvirgado ella usando un juguete de plástico. No era la mejor forma de perder la virginidad, pero el placer de aquella primera vez todavía estaba en su mente.
— Méteme más dedos, Noriko.

Obedeció. Introdujo tres. Sintió las paredes de la vagina de su amada apretar con fuerza y resistir a la penetración.
— Muévelos como te enseñé.
Los colocó en forma de gancho y rasgó suavemente en su interior. Como si tocara alguna clase de instrumento de cuerdas, Leonore empezó a soltar gemidos suaves de gozo. La piel le ardía allá donde la otra mano de Noriko le rasguñaba la espalda. La misma Noriko vio con gusto cómo sus uñas dejaban una marca roja en la lechosa piel de Leonore.
— Me corro… espera… así. Despacio, amor. Despacio. Ahora rápido.
— ¿Así?
— Ay… sí, justo así. Qué bien se siente, Noriko. Ya aprendiste a penetrarme. Lo haces bien… me gusta.
— ¿Te gusto?
— Me encantas, Noriko. Me gustas mucho. Tus labios, tus pechos, tus piernas, tu coño… todo de ti.
La japonesa no perdía de vista la cara de su amada, y sintió la descarga de su orgasmos cuando Leonore le mordió el hombro para reprimir un grito.
Satisfecha por el clímax, Leonore se levantó y, desnuda, se dirigió a la ducha. Noriko frunció los labios. Todas las veces que tenía sexo con ella, el juego previo no existía y tampoco el cariño que debe venir después de hacer el amor. Era simple y llano sexo… ¡pero cómo le gustaba!

Sara sacó los dedos de sus cacheteros de encaje y se los llevó a la boca. Había visto todo desde su pantalla de cincuenta pulgadas a todo color. La primera escena de sexo en vivo le había encantado, aunque se sintió un poco mal por la forma en la que Leonore dejaba inconcluso el acto al irse antes de darle amor a su novia. De todo modos eso no importaba. Se conformaba con ver. En su cuarto oscuro sólo había una cama matrimonial, un armario, un espejo tocador y la enorme televisión, además de un minibar.

Se levantó, todavía mojada, y se quitó toda la ropa. Se recostó en la cómoda cama y separó sus piernas, dispuesta a terminar con lo que había comenzado. Sus gemidos de locura y placer inundaron sus aposentos, ubicados en el sótano de la mansión.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Mar 12, 2017 8:05 pm
Zafira se levantó temprano por la mañana. No había podido dormir como era debido, sobre todo porque Elena la entretuvo entre sus piernas durante largas horas compuestas por caricias y besos. Miró a su amiga, que dormía a su lado y con la espalda desnuda y blanca como la leche. Sonrió y se acercó para depositarle un beso en el hombro.

— Despierta. Vamos, despierta, Elena.
— ¿Me puedes dejar dormir? Bajo más tarde.
Sin dejar de sonreír, Zafira se fue al baño y se dio una rápida ducha caliente para despertar. Se vistió con una bonita falda de cuadros y una blusa blanca, al estilo chica colegiala, pero sin parecer demasiado vulgar. Se pintó los labios de un suave color rojo; y después bajó a desayunar.
Fue la última en entrar al comedor. Las otras muchachas ya estaban allí, y algunas vestían todavía sus pijamas. La llamada Leonore, por ejemplo, que era la intelectual chica con lentes pequeños y cabello corto, tenía puesto sólo un top deportivo que le cubría sus hermosos pechos blancos. Chartlotte, una morenito bastante coqueta pero tímida, llevaba una blusa sin mangas, bastante apretada y por la forma en la que se le marcaban las dulces puntas de sus senos, tampoco tenía sujetador. La que sí se veía ridícula era Matilda. La niña rica llevaba un pijama sacado del siglo pasado, largo, de color crema y que no dejaba para nada a la vista. Al menos tenía una cara bonita.
Se sentó al lado de Chartlotte y notó cómo ésta se ponía un poco nerviosa por su presencia.
— Buenos días, bonita— le saludó— ¿Dormiste bien?
— Sí, gracias. Ah, y buenos días.

Le miró las piernas depiladas y le gustó lo bellas que eran. Decidió que intentaría las cosas primero con ella. A lo mejor lograba hacerse su amiga, y una amistad entre lesbis sólo podría conducir a una cosa. O al menos eso pensaba ella.
Desayunaron en medio de alegres charlas y besos entre las parejas oficiales. Noriko, por ejemplo, no dejaba de darle de comer a su novia, Leonore. Samanta y Lucy conversaban en medio de rostros muy enamorados. Ana y Tris, las futuras esposas, estaban en silencio y parecían haberse peleado entre sí.
Tamara y Andrea entraron al comedor y acapararon la atención de las demás. Esa pareja tenía algo raro. Tamara, con su cabellera negra y ojos ausentes, parecía más bien una especie de fantasma con gestos obscenos y una mirada de suficiencia. Sus tetas eran increíblemente grandes, y a Zafira se le antojaron. Por otro lado, Andrea era la más bajita de todas, aunque su rostro en forma de corazón estaba adornado con un bonito par de ojos avellana y unos labios finos y rosados. Su nariz chata le conferían una apariencia casi infantil, aunque maliciosa.
Tamara se sentó al lado de Matilda y se dio el descaro de escanear el cuerpo completo a la niña rica.
— ¿Qué clase de pijama tan ridícula es esa? No te va.
— Pues te viene valiendo madres ¿verdad?
— Uy, qué boca tan grosera para una chica sofisticada.
— Y tú tienes cara de puta.
— ¿Qué dijiste?—bufó Tamara con voz amenazante.
La tensión en la mesa se hizo palpable. Chartlotte, que no toleraba las discusiones, fue la primera y única en actuar.
— Vamos, vamos— dijo con una sonrisa nerviosa—. Estoy segura de que todas podemos ser amigas…
— O amantes— agregó Zafira, en un intento de provocar unas cuantas risas.
— No peleemos. Matilda, ¿por qué no te sientas en otro lado?—sugirió Chartlotte.
— ¡¿Eh?! ¿Por qué yo? ¡Ella es la que vino a ofender mi pijama!
— En realidad fuiste tú quien contestó de la misma forma. Pudiste ignorarla.— agregó la intelectual Leonore, alejando la vista de su libro de Isaac Asimov.
— Eso es cierto— señaló Noriko.
Las mejillas de Matilda enrojecieron. Aporreó los cubiertos en la mesa y huyó del comedor. Ninguna fue tras ella, y continuaron desayunando en silencio. La única que le le lanzó una mirada de reproche a Tamara fue Leonore. Ambas muchachas tenían rostros parecidos, igual de estoicos y duros.
— Me alegra de que se lleven tan bien— dijo la voz de Sara, sonando a través de las bocinas.

— Buenos días, Sara— respondieron las chicas.
— Buenos días. Bien. Ya que están todas limpias y satisfechas, quiero que busquen debajo de sus platos. Encontrarán fragmentos de refranes. Busquen a sus parejas con las que el refrán queda completo y ellas serán sus compañeras para nuestro primer juego.
Leonore y la virginal Lucy fueron las primeras en formar equipo. Noriko y Samanta, las segundas. Ana tenía que hacer equipo con Elena, así que subió a los dormitorios para buscarla. El equipo que sorprendió a todos fue el de Tamara con Zafira, pues era evidente que ambas chicas no se caían del todo bien. Se dieron cuenta por la mirada que ambas se echaron. Chartlotte quedó emparejada con Matilda, así que también fue a buscarla. Cuando todas estuvieron reunidas de nuevo, la voz de Sara habló.
— En la mansión se han soltado cinco conejos blancos. De esos cinco, solamente uno tiene un código que les dará los puntos necesarios para pasar el juego. Buena suerte. Se vale de todo.
Las muchachas se quedaron pensativas unos segundos, y finalmente, todas se dispersaron por la casa. Las cámaras de vigilancia las grababan a todas, y las imágenes eran transferidas a la gran pantalla de Sara, que las observaba con gran atención y trataba de decidir cuál de esas chicas era su favorita.
Leonore y Lucy estaban en el jardín. Había visto un conejo escabullirse por los arbustos.

— ¿Segura de que aquí estará?— le preguntó Lucy, apoyando las manos en sus rodillas. Trataba de no mirar el abultado trasero de Leonore, mientras ésta se metía dentro de unos arbustos. Vio, incluso, los delgados tirantes de una tanga roja. Se ruborizó.
— Sí. Le vi por acá. Au… ¡ayúdame a salir! ¡Me atoré!
Lucy la tomó de las caderas y tiró de ella. Sus pequeños brazos no tenían fuerzas suficientes, por lo que tuvo que intentarlo varias veces.
— Vaya, vaya. Alguien se está divirtiendo— dijo Zafira desde lejos, al ver cómo la torpe Lucy tiraba de Leonore. Tenía las manos en las caderas de la cuatroojos y se movía de tal forma que parecía estar cogiéndosela. Rió y volvió la vista a Tamara— ¿Ya terminaste de buscar?
— Lo tengo— dijo Tamara. El conejo se le había metido dentro de una bodega, y ella lo sacó de las orejas—. Parece que no tiene el código.
— Aun así deberíamos devolverlo a las jaulas que nos dijeron. Vamos, preciosa.
— Vamos, guapa— respondió Tamara— ¿Esa Elena es tu novia?
— ¿Qué? Ah, no, cariño. Sólo somos amigas con derechos.
Tamara sintió un bonito calor en el vientre. Su fantasía sexual de un trío seguía en pie. Sino fuera porque Zafira le caía mal, le hubiese pedido que abandonara la búsqueda y que de inmediato se metiera con ella y Andrea a la cama.
— ¿Tú y Andrea si son novias?
— Lo somos.
— Ah. Pues felicidades.

Chartlotte se sonrojó al ver a Matilda. La chica rica había tirado su pijama y ahora vestía una sencilla blusa de manga larga y una minifalda de corte europeo, más cara que la vieja camioneta que le había quitado a su abue. Le gustaban las piernas de ella, fuertes y brillantes. Era una lástima que no fuera lesbiana, ni tampoco buena persona. Además, la bonita curva de su trasero le estaba poniendo los ojos de huevo cocido.
— ¡Estúpido conejo!— gritó Matilda. De alguna forma, el animal había subido a un ropero de casi dos metros de altura, y luchaban por sacarlo de ahí. Matilda estaba sobre una silla y Chartlotte le ayudaba a conservar el equilibrio—. Lo tengo.
— ¡Bien!
El conejo se revolvió, asustado. Matilda gritó y cayó de la silla, justo cuando Chartlotte intentó recibirla. Ambas chicas se encontraron en el piso, y durante un segundo, una sobre la otra, sintieron electricidad entre ellas.
— ¿Estás bien?— preguntó Chartlotte, sonriéndole.
— Sí. Suéltame.
No se había dado cuenta de que sus manos tenían sujetas a Matilda de las caderas. La dejó ir, a regañadientes.
Matilda se limpió la falda y volvió a subirse a la silla. Cogió al conejo con ambas manos y se lo entregó rápidamente a Chartlotte.
— ¡¿Tiene el código?!
— Negativo— subrayó Chartlotte, desalentada.
— ¡Carajo! ¿Quién tendrá mejor suerte que nosotras?
— Va-vamos, no tienes por qué ponerte violenta. Mira. Llevemos al conejito a su jaula ¿vale?
— Sí. Está bien.

Salieron al jardín para llevar al peludo animal a las jaulas que estaban dispuestas allí. Cada reja tenía un papel donde las parejas podían poner sus nombres. Sólo Zafira y Tamara habían capturado al suyo. Chartlotte se apresuró a meter el de ellas y escribió ambos nombres. Luego, volvieron sobre sus pasos.
— ¡Cuidado!— gritaron Samanta y Noriko, que corrían detrás de otro conejo. Éste pasó debajo de las piernas de Chartlotte, pero Matilda, al hacerse a un lado, fue empujada hacia la orilla de la piscina, y resbaló.
La pareja dejó de perseguir al conejo y empezaron a mearse de la risa. Las carcajadas incluso contagiaron a Chartlotte. Sin embargo, Matilda estaba braceando y hacía demasiado ruido. ¡No sabía nadar!
— ¡Se está ahogando!— gritó Chartlotte y saltó al agua. Agarró a Matilda y la sacó de la piscina con gran rapidez. La chica rica tosió fuertemente y expulsó agua por la nariz y la boca. Noriko y Sam se apresuraron a ventilarla— ¿Estás bien, Matilda?
—Sí…— se levantó débilmente; pero sus ojos ardían de furia. Levantó la mano y sin contárselo dos veces, pegó una fuerte cachetada a la pálida mejilla de la chica japonesa—. ¡Eres una imbécil!
Los ojos de Noriko se enrojecieron.
— Me… pegaste.
— ¡Matilda!— exclamó Chartlotte—. Sólo fue un accidente.
—¡Ella me empujó!
— ¡Fue sin querer!— chilló Samanta, que no toleró el golpe hacia su pareja. Matilda enfureció todavía más y se liberó del agarre de Chartlotte y empujó al delgado cuerpo de Sam. Chartlotte volvió a meterse entre ellas, porque Samanta no era una tontuela como Noriko, que estaba llorando por el fuerte golpe que Matilda le había dado con la mano mojada.
— ¡¿Qué demonios pasa aquí?!— reclamó Zafira, tomando a Matilda de los brazos. Tenía una fuerza mucho mayor que la otra—. ¡Cálmate! ¡Sólo es un juego!
— ¡Ay, váyanse a la mierda todas ustedes!
Sacudió las manos y se fue, echando humos, hacia el otro lado dentro de la casa.
Leonore y Lucy, riendo felices, llegaron en ese momento de agitación y dejaron su conejito dentro de la jaula. Sin embargo, la sonrisa de Leonore se apagó al ver llorar a su novia, y corrió para abrazarla.
— ¿Qué pasó?

— Matilda le dio una cachetada— acusó Samanta.
— ¿Qué?— abrió los ojos de par en par— ¿Por qué?
— Porque… la empujamos por accidente a la piscina.
El pálido rostro de Leonore enrojeció de furia. Soltó a su novia y trató de ir tras Matilda. Chartlotte, conciliadora, se metió en su camino y trató de calmarla.
— ¡Quítate! ¡Nadie le pega a Noriko!
—¡No hagamos este pleito más grande, por favor!
— Ya fue suficiente— dijo Zafira, tocando el hombro de la cuatrojos. El rostro de la morena estaba tan serio y frío como un témpano de hielo. Sus ojos chispeaban. Leonore le plantó cara, aunque era un poco más bajita que ella.
—No le perdonaré hasta que se disculpe con mi novia.
— Pues eso déjalo para después ¿no?— señaló a Noriko con la cabeza—. Tu chica sigue llorando. Ve a consolarla. Eso es lo que una buena mujer haría por su pareja.
Sus palabras tenían razón. Leonore asintió y abrazó inmediatamente a Noriko. Le dejó dos suaves besos en la boca y se la llevó a la orilla de la piscina para remojar sus pies y consolarla. Chartlotte suspiró con alivio.
— Gracias, Zafira.
— Ey, de nada, bonita. No me gusta que nos peleemos entre nosotras. Somos demasiado guapas como para permitirnos los golpes ¿no lo creen?
— Tienes razón— expresó Sam, aunque se sentía culpable por todo. Fue ella quien había empujado a Matilda, pero ésta se desquitó con Noriko. Tomó nota mental de pedirle disculpa a la japonesa, en cuanto dejara de llorar sobre el hombro de Leonore.
— Le dio con la mano mojada— apuntó Chartlotte—. Pobre Noriko. Debió dolerle mucho. ¿Debería ir a hablar con Matilda?
— No creo que eso esa opción, hermosa —dijo Zafira —. Dejemos que se le pase por ahora.
— Ya veo.
Zafira le acarició la mejilla a Chartlotte. Le gustó verla. Además, dado que ella se había metido al agua para rescatar a Matilda, la blusa se le pegaba al cuerpo, y como no llevaban sostén, las bonitas puntas de sus senos sobresalían demasiado. Chartlotte se dio cuenta de que la estaban morboseando. Se ruborizó y se tapó con las manos.

— ¿Qué miras?
— Lo que toda mujer en su sano juicio miraría.
— ¡Cállate!— rió Chartlotte, y se dio la media vuelta para ir a cambiarse de ropa.
Zafira no le quitó la vista de encima ni por un sólo instante.
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Mensaje por Delfi22 el Lun Mar 13, 2017 1:53 am
Omg! Pero cuanta chica hermosa tenemos aquí.. Cool

Andale esto se va a poner bueno -de bueno nada- más bien calenturiento.
Con tanta chica la verdad no sé como va a terminar todo esto.Y Sara que mentirosilla y pervertida salió-mira que espiarlas en sus momentos de rayos y centellas..jajajaja.. Bien esperemos a ver que pasa, nos vemos en el siguiente...
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Mensaje por Yurita el Dom Mar 19, 2017 3:57 pm
@Delfi22 escribió:Omg! Pero cuanta chica hermosa tenemos aquí.. Cool

Andale esto se va a poner bueno -de bueno nada- más bien calenturiento.
Con tanta chica la verdad no sé como va a terminar todo esto.Y Sara que mentirosilla y pervertida salió-mira que espiarlas en sus momentos de rayos y centellas..jajajaja.. Bien esperemos a ver que pasa, nos vemos en el siguiente...    

jajaja no soportaria un dia en esa casa, moriría de derrame nasal xD Laughing Laughing Laughing Laughing Laughing

Gracias por leer , disfgruta la continuación!!
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Mensaje por Yurita el Dom Mar 19, 2017 3:58 pm
Había cierta tensión en la mesa. De todas las chicas, solamente Matilda había decidido quedarse en su habitación, indispuesta a acompañar a las demás. Ellas tampoco habían ido a buscarla, porque después de lo sucedido, no todas estaban muy contentas con la niña rica. La tachaban de ridícula y de caprichosa, un dolor de cabeza y estúpida. Además, era la única heterosexual de la mansión, así que no encajaba con el ambiente liberal que había allí.
La única que parecía preocupada por ella era Charlotte. Sentía cierta empatía por ella, y mientras las demás la consideraban una molestia, ella pensaba que sólo necesitaba a alguien que le hiciera compañía. De seguro, pensó, se sentiría bastante sola, atrapada en una mansión llena de chicas lindas y con gustos diferentes a los suyos. Les echó un vistazo a las otras niñas de la mesa, y le pareció que algunas ya estaban haciéndose amigas. Por ejemplo, la Tris y Ana, la pareja de prometidas, platicaban alegremente con Leonore y Noriko. (Aunque la primera apenas hablaba)
—Hemos estado pensando en una bonita boda con todas nuestros familiares —decía Ana, y luego suspiró para serenarse —. Bueno, con los que están de acuerdo con ello.
—Sus padres no quieren que nos casemos —aclaró Tris, sonando un poco más triste. Ana la abrazó y le dio un beso en la boca.
—Ya, amor. Me voy a volver tu esposa. No la de tus padres. ¿Ustedes han pensado en continuar con su relación?
Noriko y Leonore se miraron un segundo. Los ojitos de la japonesa destilaban alegría y esperanza; sin embargo, Leonore sólo se aclaró la garganta, sonrió y se sirvió un poco más de refresco. Su silencio causó cierto malestar en su novia y a su vez, Ana y Tris decidieron cambiar de tema.
Al otro lado de la mesa, Tamara y Andrea, las dos chicas raras del grupo, comían despacio. Tomaban pequeños bocados nada más y miraban, sin mover la cara, a todas las demás. Los ojos de Charlotte se cruzaron un instante con los de Tamara, y ésta le mandó un beso volador. Charlotte se lo devolvió, coqueta.
Samanta conversaba animadamente con Elena. Entre las dos se estaban alabando sus bonitos cabellos. La novia de Sam, Lucy, tenía pintas de estar aburrida y de vez en cuando cruzaba palabras con Tamara, aunque Charlotte no logró oír de qué estaban hablando.
Zafira, elegante y sensual, estaba comiendo una salchicha de forma sugerente y de vez en cuando animaba a todas con sus bromas subiditas de tono.
—¿Quién de aquí ha hecho sexo oral a un hombre? Levanten la mano.
Solamente Tamara y Andrea lo hicieron. Leonore estuvo a punto dé, pero prefirió ocultarlo. Como amante de la sexualidad humana, había probado una que otra vez.
—¿Qué se siente? —les preguntó Zafira —. Desde que tengo uso de razón he sido como soy. Nunca se me ha cruzado por la mente estar con un chico, aunque me han dicho que es algo loco.
—Pues… hay que dejarlo descansar de vez en cuando —bromeó Andrea.
—Y tener una mandíbula resistente —rió Tamara, haciendo un movimiento gracioso con su lengua contra la parte interna de su mejilla —. Por lo general, a los hombres se les controla por el pene ¿Verdad, Andrea?
—Es como una palanca de cambios. Y además, es la única forma de mantenerlos justo donde quieres.
—Si supieras lo que los chicos son capaces de hacer por ti, a cambio de un poco de atención bucal.
—Yo no quiero saberlo —dijo Lucy, tímida. La idea de que un miembro masculino la penetrara, bastaba para horrorizarla.
—Yo quisiera probar algún día —Charlotte se aventuró a confesar una idea que había tenido hacía poco. En su búsqueda del amor, contempló salir con algún que otro hombre, aunque jamás llegó a tener caricias íntimas con él.
—Yo también. Algún día —Zafira le guiñó un ojo —, aunque el placer es lo más importante ¿verdad?
—Estás enferma —añadió Lucy, con cierto desagrado ante la idea de meterse en la boca algo que no fuera el clítoris de una chica. Aunque tampoco es que ella tuviera mucha experiencia con hombres o mujeres. Su virginidad era lo más importante y no estaba ni segura de si iba a entregársela a su novia Samanta. Por supuesto, Sam no estaba enterada de esto.
—Según Freud, los seres humanos somos bisexuales por naturaleza —. Todas giraron hacia Leonore. La chica, que desde el comienzo había parecido ser la intelectual del grupo, se quitó los lentes y cruzó sus bonitas piernas cremosas —. Nacemos con rasgos femeninos y masculinos. Incluso a nivel físico y psicológico. Algunas de nosotras, por más homo que queramos sonar, en el fondo, podríamos caer ante los placeres masculinos.
Hubo un momento de silencio, roto sólo por Zafira.
—¿Qué? ¿Eres psicóloga o algo así? Porque… —sonrió con una coquetería de mil por ciento, y se hizo ricitos con su cabello oscuro —podría enseñarte porqué una chica es cien veces mejor que un hombre en la cama.
Entre las dos muchachas había cierta tensión sexual. Noriko carraspeó, incómoda.
—Oh, podríamos preguntarle a la heterosexual del grupo —añadió Samanta, mirando hacia arriba en dirección a los dormitorios. Todas rieron y comenzaron a hacer bromitas un tanto crueles sobre Matilda. La única que no sonrió ni un ápice fue Charlotte.
—Ya. Dejen a Matilda en paz. Imaginen si nosotras estuviéramos en su situación, en medio de puras chicas heterosexuales…
—Yo me las cogería a todas —añadió Zafira. Todas estallaron en risas.
Sonrojada, Charlotte abandonó la mesa. Sirvió un plato con comida para Matilda y subió las escaleras. Comprendía en parte las acciones de la chica rica, y por qué prefería quedarse encerrada después del tremendo caos que había ocasionado por haber golpeado a Noriko. A Charlotte le dio repelús tener que enfrentarse contra la férrea mirada de Leonore, y su ira. Le gustaba Leonore. Era muy bonita y con aires sumamente intelectuales. Parecía ser una buena novia. Era una lástima que ya tuviera pareja.
Llegó al cuarto de Matilda y tocó la puerta. Nadie abrió.
—¿Será que se suicidó? —preguntó Zafira.
—¿Qué haces aquí?
—Uhm, sólo vine a acompañarte. Ya comenzaron a hablar sobre sexo y la verdad, me están antojando tanto. Si no salía de allí, iba a saltar sobre las tetas de Tamara.
—¡Jajaja! Eres un caos, mujer. ¡Matilda, abre la puerta!
—¡Lárguense! —gritó la muchacha, al otro lado.
—Pero he venido a traerte la comida. Vamos, abre —replicó Charlotte.
—¡Abre la puerta! —gruñó Zafira y aporreó fuertemente la mano en la gruesa madera. Al cabo de unos segundos, Matilda asomó la cabeza por una rendija. Recibió la sonrisa cordial de Charlotte.
—Te he traído la cena.
—Gracias —salió por completo. Vestía otra vez esa bata ridícula y nada sexy. Tomó la comida y miró, incómoda, a las dos muchachas —. Ehh… ¿Cómo está Noriko?
—Ella está bien —le contestó Char —. Es sólo que se siente un poco molesta contigo…
—Va a colgarte —añadió Zafira.
—Pff. Que lo haga. No me importa. He decidido quedarme en mi cuarto durante todo el tiempo posible. Gracias por traerme la cena. Buenas noches.
Les cerró la puerta en la cara. Zafira, herida en el orgullo, quiso volver a tocar, pero Charrlotte le sujetó la mano y se lo impidió.
—No. Déjala. Ella sabrá de lo que se pierde. Yo me iré a acostar.
Caminaron por el corredor y se detuvieron frente a la habitación de Charlotte. Zafira se quedó paradita unos segundos, como si esperara algo. La otra chica la miró de los pies a la cabeza, reparando en los cortos shorts que traía y que mostraban un hermoso par de piernas cobrizas y un ombligo adornado por un pendiente. Los pechos estaban libres de sujetador, debajo de una blusa azul de manga corta. Olía a manzanas.
—Ehm… buenas noches —dijo Charlotte.
—Pensé que podría pasar a charlar un poco.
—Ay… lo que pasa es que quiero dormir —. Nada que ver. Char estaba intimidada por su compañera. Era la chica más alta de todas, y despedía un aire de sensualidad en cada uno de sus gestos, como si el universo la hubiese hecho erótica por naturaleza.
—Bueno, está bien. Descansa, bonita. Te veré mañana.
—Sí, descansa —. Se besaron las mejillas y se despidieron. Durante los siguientes quince minutos, Charrlotte se la pasó reprochándose su estupidez al no haber aprovechado la oportunidad de que se le estaba dando.
“Y pensar que ahora podría estar besándola”

Poco antes de la media noche, Lucy y Samanta se despidieron de las otras muchachas y se fueron a acostar. El día había sido agotador y lo único que necesitaban era meterse a la cama y acariciarse un poco antes de dormir. Samanta le pidió a su novia si deseaba bañarse con ella y que así podrían darse unos cuantos besos bajo el agua. Sin embargo, Lucy se negó porque la idea de estar desnuda le causaba cierta vergüenza y no estaba lista para permitir que Sam le tocara en partes más íntimas.
Se recostó después de cambiarse de ropa y se preguntó por qué no podía atreverse a llegar más lejos con Sam. A leguas de distancia se notaba lo caliente que su novia se ponía en ocasiones. Llevaban casi un año como pareja, y lo más que habían hecho era tocarse los pechos por encima de la ropa. Lucy conocía el historial amoroso de Sam, y bien sabía que la chica era conocida por ser una mujer apasionada y entregada al amor. El sexo no era una opción, sino una necesidad.
La otra chica salió de la ducha, envuelta nada más en una toalla. Se la dejó caer a propósito y se puso de espaldas a Lucy mientras se vestía. Deseaba que ella la mirara desnuda, al menos por una vez. Sin embargo, por el reflejo del espejo, vio que la chica se daba la vuelta y ocultaba su rostro como si estuviera apenada. Se sintió desalentada por esa reacción, y luego de ponerse la ropa para dormir, se acomodó en la cama y le besó la mejilla.
—Vamos a jugar un poco ¿te parece?
—Tus juegos son muy violentos —replicó Lucy —. Siempre intentas tocarme y ya te dije que no me siento lista.
—¿Y cuándo lo estarás? —Lucy detectó un atisbo de enojo en su voz —. Me muero de ganas por estar contigo. Soy tu novia. Si no te toco yo ¿quién lo va a hacer?
—Ya te dije que sí lo haré contigo; pero quiero que pase más tiempo. Ni siquiera hemos cumplido un año saliendo.
—Fueron once meses el domingo pasado.
Se sostuvieron las miradas. Samanta comprendió que discutir con Lucy era como hablarle a la pared. Arrugó las cejas, se envolvió con las sábanas y se giró al otro lado para no seguir mirándola. Sentía el calor en su vientre bajo, y la necesidad de acariciarla y hacerla disfrutar como toda buena novia debe hacer a su pareja. Incluso se le cruzó por la mente la idea de que Lucy no estaba satisfecha con la relación, que quería terminar y que solamente estaban juntas porque no sabía cómo decirle que ya estaba harta y que le repudiaba tener que hacer el amor con una mujer.
Miles de ideas como esas pasaban por la mente de Samanta; no obstante, decidió callar.
Lucy la miró con deseos de darle un beso de buenas noches. La relación, según entendía ella, estaba yendo por un mal camino. Quería decirle a su novia que el hecho de que no quisiera tener sexo, no significaba que no la amara. Lucy la quería mucho, y no deseaba otra cosa sino verla feliz. Samanta nunca entendería eso. Tomó la decisión de mantenerse en silencio y esperar a que por la mañana las cosas pudieran volver a la normalidad.
Las que sí estaban dándose suficiente amor eran Tris y Ana. Los gemidos de Tris llenaban la habitación con su vocecita de cristal. Estaba bocabajo sobre la cama, soportando el peso de su pareja, y sus puños arrugaban la tela de las sábanas y se mordía el labio inferior ante las oleadas de éxtasis que le daban los dedos de Ana, hurgando traviesamente dentro de ella. Las dos sudaban y se frotaban. Ana le mordía el lóbulo de la oreja y a veces, le dejaba tiernos chupetones en el cuello. Tres de sus dedos más largos estaban apretados por los pliegues de Tris, quien a su vez, comprimía los músculos interiores para dar una sensación más deliciosa a las dos.
—Te amo —susurró Tris, entre jadeos. Giró el cuello todo lo que pudo para besar la boca de Ana. Un hilito de saliva se colgó entre ellas —. Oh, Dios… cuánto te amo.
—Sólo me amas por lo que puedo hacer —sonrió Ana, bajando con sus besos por toda la espalda de su futura esposa. Lamió sus carnosas nalgas, luego de darles pequeñas mordidas hasta dejar la marca de sus dientes sobre la lechosa piel. Se quedó quieta un momento, mirando con una expresión de cariño la delicada raja de Tris, y cómo ésta brillaba por los jugos que germinaban desde su interior.
—¿Qué haces?
—Sólo estoy mirando lo bonita que eres aquí abajo. A veces pienso que por aquí saldrá nuestro bebé.
—Ah, no me hagas pensar en el parto ahora ¿está bien? Tendremos nuestro bebé cuando nos casemos y tengamos trabajo. Lo prometo.
—Lo siento —acarició las nalgas de Tris. Se relamió los labios y las separó un poco, para después hundir su rostro entre ellas. Tris soltó un gritito de susto, y luego, el placer más grande la invadió por completo.

Matilda tenía las mejillas abochornadas. Le parecía asqueroso lo que Tris y Ana estaban haciendo dentro de su cuarto. Los gemidos de una de ellas hacían uso del profundo silencio de la mansión a la media noche, y se filtraban hacia el exterior. Matilda sólo estaba pasando por ahí para curarse del insomnio con un vaso de leche; pero el sonido de una mujer disfrutando con otra mujer la había dejado pasmada. Tragó saliva y pegó la oreja a la puerta de las chicas. Su corazón latía aceleradamente y notaba la boca seca. Siempre supo que las lesbianas tenían tanto sexo como una pareja heterosexual; sin embargo, era la primera vez que oía el fruto de esa relación.
—¡Lame más! —dijo Tris. Matilda sonrió, nerviosa. Luchaba entre los deseos de irse o seguir escuchando. De repente, sin que lo quisiera, a su mente llegó la imagen de los sudorosos cuerpos de las muchachas mezclándose entre las sábanas. Algo en su interior se estaba calentando. Volvió a tragar saliva y respiró profundamente.
—¿Crees que te quepan cuatro dedos? —preguntó Ana. La chica rica se sobresaltó. ¡¿Cuatro dedos?! ¡¿Qué clase de sexo era ese?! ¡¿En dónde iba a meterle esos dedos?!
—Podemos intentarlo. Mi límite es tres, pero con lo mojada que estoy…
—Bien, hagámoslo. Ponte de perrito.
—¿Así?
—Síp. Levanta un poco el trasero.
Ahora las rodillas de Matilda temblaron. Se imaginó a sí misma en esa posición. Sus manos empezaron a bailar por encima de su vientre.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Zafira, apareciendo de repente por el corredor. Matilda casi se muere del susto.
—¡Nada! ¡Bu-buenas noches!
Corrió a su habitación y se encerró. Zafira frunció las cejas y se acercó a la puerta para escuchar lo que estaba pasando al otro lado.
—¡Si te cupieron los cuatro!
—¡Genial!
La morena se rió. Tal vez era hora de intentar lo mismo con su mejor amiga. Se dirigió a su cuarto.
—¡Elenaaa!
—¿Sí?
Zafira se tiró a la cama y sonrió como una gatita.
—Vamos a jugar un pequeño jueguecito con las manos.
—¿Juego? —cuando Elena lo comprendió, ya era tarde para decir que no.

********

Ay.... asdadasdas de repente hace calor por acá jajaj, me encanta Leonore y a ustedes? por cierto, Lucy y Sam... problemas en el paraíso uwu
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Mensaje por Delfi22 el Mar Mar 21, 2017 11:42 pm
Wow! por la diosa de la perversión, que la caldera a explotado.. Cool

Mira que mis ojitos y mente se van a pervertir ...jajajaja..
Pero mira que Zafira no pierde el tiempo, esa chica es de cuidado..esto realmente no se como vaya a terminar, pero es muy pronto para sacar conclusiones..espero que Lucy y Sam no vayan a hacer algo de lo que se puedan arrepentir después.. Y bueno solo queda esperar otro capi perve
Nos vemos y que la inspiración perve no te abandone..
Delfi22
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Mensaje por Yurita el Sáb Mar 25, 2017 2:56 pm
@Delfi22 escribió:Wow! por la diosa de la perversión, que la caldera a explotado.. Cool

Mira que mis ojitos y mente se van a pervertir  ...jajajaja..
Pero mira que Zafira no pierde el tiempo, esa chica es de cuidado..esto realmente no se como vaya a terminar, pero es muy pronto para sacar conclusiones..espero que Lucy y Sam no vayan a hacer algo de lo que se puedan arrepentir después.. Y bueno solo queda esperar otro capi perve
Nos vemos y que la inspiración perve no te abandone..  

jajaja ya se prendió todo xd, es qe es demasiada hormona para que no suceda nada jejej sobre lo de Lucy y Sam, la verdad es que lucy si se muere de pena cuando le van a hacer cositas! y a ver qué sucederá porque samanta ya está de calentorra jajaja
saludos y gracias por leerme siempre!
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Mar 25, 2017 2:58 pm
Las chicas estaban reunidas en el comedor. Eran las ocho de la mañana de un viernes cualquiera. Ya había transcurrido una semana desde su llegada a la mansión, y aun faltaban más muchachas que se les unieran. Todas se mantenían expectantes y curiosas. Sara les dijo que no tardarían en conocer a la nueva o nuevas integrantes, pero que para que eso sucediera, primero debían de pasar algunas cosas interesantes.

— Veo que muchas de ustedes ya se han hecho amigas —. Dijo la voz de Sara, saliendo de las bocinas que colgaban del comedor —. Eso me alegra. Es hora de comenzar un nuevo reto, y espero que todas estén preparadas para ello. Zafira, deja de tratar de meter la mano en los shorts de Elena y atiende. En el jardín trasero he instalado una serie de obstáculos que deberán de sortear. En total ustedes son doce chicas, así que conformaremos cuatro equipos de tres integrantes. Las capitanas que podrán elegir a sus compañeras son las siguientes.
Las muchachas se pusieron tensas. Si algo habían aprendido en la primera semana, era que no todas poseían capacidades para el liderazgo.
— Lucy. Matilda. Noriko. .

Ninguna de las tres se podía creer sus nuevos puestos, especialmente Matilda y Lucy. Ambas eran capitanas y ambas eran responsables de la victoria de sus respectivos equipos. Por otro lado, a Samanta no le gustó que Lucy fuera capitana; su novia no tenía ni puta idea de liderazgo y era una chica muy tímida y nerviosa.
— Un momento, Sara —habló Zafira —. ¿No crees que sería mejor elegir a otras capitanas? Es decir…
— Tu opinión es irrelevante, Zafira. Ahora bien. Lucy. Elige tú primero. Después Matilda y al final, Noriko.
— ¿Quién puso el orden de elección? — protestó Matilda, aunque nadie le respondió.
Lucy tragó saliva. Eligió a Samanta, obviamente. Después, Matilda agarró a Charlotte. Noriko eligió a Leonore. Al final, los equipos quedaron conformados de la siguiente forma:
El primero: Lucy. Samanta. Tamara y Andrea.
El segundo: Matilda. Charlotte. Zafira y Ana.
El Tercero: Noriko. Leonore. Tris y Elena.
— Bien. Ahora que hemos decidido quiénes son las integrantes, por favor, pasen al jardín trasero.

Estela, la sirvienta de la casa, ya estaba esperándolas. Para la prueba, Sara había abierto una de las áreas prohibidas de la mansión, y dentro de la muralla que rodeaba esa zona, había un terreno rectangular, como del tamaño de un campo de fútbol. Los obstáculos de la línea de salida formaban tres filas, acorde al número de equipos. Cada sección empezaba por una serie de llantas ordenadas bocarriba. A continuación, una pared para hacer escalada y después, una piscina semiolímpica de 25 metros de largo, seguida de una pista pavimentada en la cual descansaban tres Go Karts. La pista, luego de curvarse y darle una vuelta al resto del campo, culminaba en una tarima donde estaba un trofeo para cada lugar.
— Permítanme explicarles — dijo Estela —. Cada capitana de equipo tendrá que elegir a una integrante para que supere las pruebas. Elijan bien de acuerdo a sus capacidades. La primera participante tendrá que resolver un puzzle para que pueda entregarle el relevo. Correrá a través del camino de llantas y le dará el relevo a la su compañera. Ésta escalará la pared de madera y bajará al otro lado. Obviamente, hay un equipo de seguridad que debe ponerse. Después, le entregará el relevo a la tercera chica. Esta deberá nadar hasta el final de la alberca y pasar el objeto a la última, que deberá de conducir por la pista. La primera que llegué y tome el trofeo del primer lugar, ganará.

— ¡Eso es ridículo! — gritó Lucy —. No somos atletas. Nos podremos lastimar.
— Entonces ¿te das por vencida? — la fiera sonrisa de Estela reflejó unas macabras intenciones de amenaza si Lucy se retiraba de la competencia —. Porque si es así, puedo descalificarte ahora y…
— No seas tonta — bufó Tamara —. Seguiremos con el reto. Ya era hora de hacer algo de ejercicio.
—En esos cobertizos hay material para cada una de ustedes. Vayan allí y elijan quién concursará en qué obstáculo. Buena suerte.
Los equipos se dirigieron a los lugares designados, de acuerdo a su número. Dentro, habían algunas cajas de madera. Las abrieron. En la primera, encontraron rodilleras y coderas para protección. En la segunda, un equipo de arneses para sujetarse. En la tercera, bikinis, y en la cuarta, cascos, guantes y botas.
— Fiu… — silbó Zafira —. Esa Sara piensa en todo. Muy bien, capitana Matilda. Elija.
Matilda examinó con cuidado a sus compañeras. A excepción de Charlotte, ninguna le caía bien.
— Zafira… tienes el cuerpo fuerte. Pareces ser muy ágil y tener más resistencia. El obstáculo que más intensidad física requiere es la alberca.
— ¡Yuhu! Eso quiere decir que me pondré un bikini. Vamos a ver… cuál me gusta… quiero uno revelador.
Charlotte se alegró de la decisión de Matilda.
— Charlotte. Tú eres la más esbelta de nosotras. Casi raquítica, exceptuando por el tamaño de esas ubres que tienes ahí.
— ¡Oye!

— ¿Qué talla son? — preguntó Ana, visiblemente curiosa.
—Son talla…
— Escalarás ¿de acuerdo? Ana. Tienes piernas largas. Puedes correr más rápido que las demás. Irás primero. Yo conduciré el coche. Ganaremos ese trofeo ¿entendido?
Las chicas se miraron un segundo, desconcertadas por la actitud de Matilda tan beligerante y competitiva. Al final, Zafira sonrió y saltó con un coqueto bikini entre las manos.
— ¡Entendido, capitana!

Sin embargo, Lucy estaba teniendo problemas con elegir a sus concursantes. Primero que nada, el terrible episodio melodramático entre ella y Samanta seguía fresco, y gracias a eso, la tensión entre ambas chicas era evidente.
— Creo que debería de ser yo quien corra. — Sugirió Samanta —. No es por nada, amor, pero eres un poco lenta con las piernas.
— Tienes razón — suspiró Lucy —. Entonces ¿quién de nosotras sabe nadar?
— Yo me ofrezco para eso — soltó Andrea rápidamente —. El otro equipo tiene a Leonore y, por lo que hablé el otro día con ella, me parece que tomó clases de natación cuando era niña.
— Entonces, será buena idea que tú te enfrentes a ella — dijo Sam —. El equipo de Matilda sin duda elegirá a la más ágil de su grupo para nadar. Asumo que será Zafira. Entonces las cosas quedan así. Yo comenzaré la carrera de llantas. Tamara escalará la pared. Andrea nadará y Lucy será la que conducirá el carro.

— ¿Qué no se supone que éste es el equipo de Lucy? — preguntó Andrea, intentando ser un poco cizañosa. Samanta miró a su novia como para pedirle su aprobación por la designación de lugares. La chica, avergonzada, asintió. Estaba de acuerdo y además quería manejar el coche. Se le hacía algo divertido.
El equipo de Noriko ya estaba en sus puestos cuando ellas salieron del cobertizo. Andrea, con un bonito bañador de una sola pieza, y ajustado a más no poder, se dirigió a la alberca. No se sorprendió del todo cuando vio que las otras dos competidoras eran Zafira y Leonore. La primera vestía un traje de baño, de tipo tanga, con unas fabulosas nalgas respingonas contrastando con el bonito color amarillo de la tela. Incluso tenía el tatuaje de una preciosa mariposa en la zona lumbar, justo donde la espalda perdía su nombre. Junto a Zafira estaba la intelectual de Leonore, igual vestida con un bañador de una sola pieza, aunque con aberturas en la espalda y en el abdomen. Cubría sólo lo necesario. Estaba con las piernas blancas metidas dentro del agua y leía otro libro de ciencia ficción, totalmente ajena a lo que sucedía a su alrededor.
— Dura competencia — dijo Andrea, y le echó una lujuriosa mirada a Zafira. Ésta le devolvió el gesto y le arqueó una ceja. Ambas se gustaban. Bueno, a Zafira le gustaban todas.
Una vez dispuestas las chicas en sus puestos, Estela volvió a repetir las instrucciones. Las primeras que iban se prepararon en sus lugares. Ana, la de las piernas blancas y largas concursaba por el equipo de Matilda. Samanta iba en segunda y Noriko representaba su propio equipo.

Estela disparó una salva al aire y todas las chicas empezaron con el reto. Las llantas alineadas formaban un camino largo. Cada ruta tenía alrededor de veinticuatro neumáticos, dispuestos en filas de doce. La primera en caerse fue Noriko, pero se levantó justo cuando Samanta caía de bruces a la mitad del recorrido. Se puso de pie y volvió a venirse abajo de una forma estúpida tres llantas más adelante. Ana tenía la vista puesta en su camino, y no se había caído ni una vez, excepto cuando llegó a la llanta número doce. La última. Su pie se trabó y trató de liberarse mientras las otras dos le daban alcance.
— ¡Vamos, vamos, Ana! — gritaba Charlotte, junto con Tamara y Elena, que eran las que iban a escalar de sus respectivos equipos.
Ana gritó cuando logró salir y le entregó a Charlotte el relevo casi al mismo tiempo que las otras chicas. Charlotte corrió hacia la pared de escalada. Se hizo un lío con las sogas y los arneses de seguridad. Mientras tanto, Tamara y Elena ya habían logrado asegurarse y comenzaban a escalar.
— ¡Ay, carajo! ¿Cómo se pone esta mierda?
— Nos vemos en la meta, guapa — le gritó Elena. Tamara le lanzó un beso a la chica que seguía en el suelo.
— ¡Oh, no van a ganarme! —Al fin logró ponerse el arnés y se dispuso a escalar. La pared tenía pequeñas protuberancias para sostenerse. Impulsó sus piernas hacia arriba y se agarró lo más fuerte que pudo a la saliente más cercana.

Elena pisó mal y cayó un metro antes de detenerse. Le tocaba volver a subir. Tenía mejor condición que la flacucha de Charlotte, y logró alcanzarla para cuando ésta ya iba casi a la mitad. Tamara, concentrada y con la frente llena de sudor, continuaba a la cabeza. Le dolían los dedos y comenzó a preocuparse por sus uñas recién pintadas. Cuando ya estaba por llegar a la cima, se soltó y cayó medio metro. Maldijo con tales palabras que cualquier reo de prisión se hubiese sentido avergonzado. A Charlotte se le colorearon las mejillas cuando le pareció ver un pecho saliendo de la blusa de Tamara. Volvió la vista al frente, carraspeando y siguió impulsándose. Ahora, Elena iba al frente, vitoreada por los miembros de su equipo.
Entre caída y caída, las tres muchachas llegaron a la cima. Cruzaron las piernas al otro lado y comenzó el duro camino de bajada. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de descender, Charlotte resbaló y cayó un metro al otro lado.
— ¡No! — gritó Matilda — ¡Vuelve a subir!
— ¡Date prisa, Tamara, o te quedas sin sexo toda la semana!
Zafira lanzó una carcajada al oír esto, y de repente se preguntó cómo serían Tamara y Andrea en la cama. Leonore, con las piernas bien cruzadas, seguía leyendo y de vez en cuando despegaba la vista del libro para ver cómo iba el avance de sus compañeras.

— ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Tenemos que ganar! — la voz de Matilda se oía desde la pista.
Charlotte insultó unas veinte veces mientras daba la vuelta a la pared y se preparaba para descender. Sus compañeras ya estaban por la mitad, e iban a una endiablada velocidad. Zafira estaba histérica, brincando y agitando las manos. Sus bonitos pechos se bamboleaban y Charlotte pensó que quería comérsela enterita.
— Maldición ¿Qué carajos estoy pensando? Vamos, Charlotte. Baja. No es tiempo de pensar en tetas. Baja. No pienses en pechos. No pienses en… esos sabrosos pechos… ¡baja!
— ¡¡Carajo!! ¡¡Charlotte, eres muy lenta!! — Matilda se estaba volviendo loca. Quería ganar. Quería ganar a cualquier precio. Así se lo había indicado a sus compañeras —. ¡Dijiste que podías! ¡Charlotte, tu puedes! ¡Vamos, haz lo que tengas que hacer!
— ¡Cálmate, es sólo un juego! —le dijo Tris, a su lado. Ambas, junto con Lucy, eran las últimas corredoras de sus equipos.

Charlotte maldijo para sus adentros. Si no se daba prisa, perderían los privilegios que Sara les había prometido, fueran cuales fueran. Miró que todavía le quedaban varios metros por descender. Se apresuró a bajar de prisa hasta que les dio alcance a las demás. Matilda vociferaba a pleno pulmón, y comenzaba a mostrarse evidentemente molesta por el rendimiento de Charlotte. Ésta se detuvo. Le quedaban unos tres o cuatro metros de descenso. Tomó una decisión. Comenzó a quitarse las correas de seguridad.
— ¿Charlotte? — preguntó Zafira — ¿Qué haces? ¡No! ¡Espera!
— ¡No vamos a perder! — gritó Charlotte, y se dejó caer de la pared. Fue tratando de sostenerse de las protuberancias, pero iba demasiado rápido y cuando sus pies tocaron el suelo, lanzó un grito de dolor. Su tobillo derecho empezó a matarle. Tamara y Elena se quedaron de piedra, pero continuaron bajando.
— ¡Charlotte! — Zafira fue la única que corrió a auxiliar a su amiga.
— ¡Toma el relevo y corre!
— ¿Estás loca? ¡Pudiste romperte las piernas! ¡Eres una idiota!
— ¡Déjame aquí! ¡Corre! ¡Lleva el relevo!
— ¡No!
Matilda gritó.
— ¡Maldita sea, Zafira y Charlotte! ¡Apúrense!

— ¡Vete! — gritó una vez más Charlotte. Las lágrimas le corrían por las mejillas coloreadas de rojo y sus ojos estaban inyectados en sangre. Su tobillo se veía mal. Estaba comenzando a hincharse. Sin embargo, Zafira tomó el relevo y corrió hacia la piscina para lanzarse sin pensarlo dos veces.
Braceó lo más rápido que pudo, y dejó a Andrea atrás. Su única rival era Leonore. A Zafira le empezaron a arder los pulmones y los músculos de su espalda chillaron por el esfuerzo. Era una buena atleta, aunque en esos momentos, la desesperación por llegar primero estaban haciendo mella en su concentración. Le entró agua en la garganta y en los ojos. Había olvidado ponerse los lentes. Movió las piernas con todas sus fuerzas; pero no lo logró a tiempo. Leonore llego antes y le entregó el relevo a Lucy. Después de Leonore, Andrea le dio su relevo a Tris y finalmente, tras los gritos histéricos de Matilda, Zafira le dio su relevo.
— Carajo… ¡Estoy agotada! — exclamó Zafira. Leonore la miró y sin más dilaciones, le señaló el agua. Flotando a la mitad de la piscina, estaba el amarillo brasier del bikini. Zafira se sonrojó como un semáforo, y nadó lentamente hacia su traje de baño para ponérselo.

La carrera en la pista estaba reñida. Los go karts iban a tope, con Lucy al frente y Tris en segundo lugar. Matilda, embutida en el casco, lanzaba maldiciones y maldiciones a diestra y siniestra hacia sus incompetentes amigas. Primero, Charlotte había sido demasiado débil a la hora de escalar; aunque admiraba que se hubiera tirado. Después, Zafira era una nadadora lenta y con muy mala técnica. Se arrepintió de haberle dado el placer de ser la tercera contendiente. Ahora todo dependía de ella y de sus grandes habilidades al volante. De ninguna manera iba a permitir que un cero a la izquierda como Lucy le sacara ventaja.
Aceleró en una curva, cuando se suponía que debía frenar. Su control del volante sólo dejaba en evidencia los varios años conduciendo minicoches en las pistas de recreo que su padre tenía por toda la ciudad. Le fue fácil adelantar a Tris y se colocó en segundo lugar. El pequeño motor de su coche sacaba humo y producía un sonido estremecedor.

Lucy estaba feliz y reía de la emoción. Siempre le había gustado conducir los minicoches en las ferias. En general, le gustaban los vehículos. Su primo era corredor profesional de Náscar, y ella esperaba algún día ir a visitarle y que éste le mostrara el fabuloso motor con el que siempre corría en la liga. En casa, Lucy tenía la colección completa en Blue-ray de Rápidos y furiosos. Miraba una película cada vez que tenía tiempo. Ansiaba ir a Tokio algún día y comprobar si de verdad hacían carreras de driffeos en las calles de los barrios bajos. Aunque, como era muy tímida, no quería meterse en sitios peligrosos.
No obstante, se sentía como una ganadora porque iba en primer lugar. A penas cabía en sí cuando, de repente, y asomándose por un lado, apareció Matilda. La chica rica se le pegó mucho. Lucy trató de cerrarle el paso una y otra vez.
Matilda sonrió maliciosamente dentro de su casco. Así que la pequeña cero quería jugar rudo. Pues bien. Ella jugaría rudo. Aceleró y golpeó el costado derecho del coche de Lucy. La velocidad, la fuerza del impacto y las leyes de la física hicieron que la pequeña y tierna Lucy perdiera el control y su auto culebreó peligrosamente.

Todas, hasta Sara, quien miraba la carrera desde su inmensa pantalla, se asustaron ante la temeraria maniobra de Matilda y lo peligrosa que había sido su decisión de sacar de la pista a Lucy. Samanta gritó el nombre de su novia, aterrada de que pudiera volcarse. La propia Lucy chilló. Frenó como pudo y el volante dio violentos giros hasta que le hicieron daño en las muñecas. Tris, que venía atrás, frenó cuando el coche de su compañera finalmente se detuvo a un lado de la pista. A Tris no le importaba ganar. No cuando una chica estaba en peligro. Se bajó del minicoche y vio que todas las otras chicas, hasta Charlotte, ayudada por Estela, venían corriendo.

— ¡Lucy! — exclamó Tris. Corrió al coche y le quitó a la chica el equipo de seguridad. Lucy estaba temblando y lloraba. Sentía el pecho dándole violentos brincos y le faltaba el aire. Las vueltas que su auto había dado fueron espectaculares, y estuvo a punto de volcarse. Sólo un milagro hizo que el accidente no terminara en una verdadera tragedia. Tris ayudó a Lucy a salir. La chica se tambaleó y tuvo que ser ayudada para mantenerse de pie.
— ¡Mi amor! — gritó Samanta. Lucy se lanzó a sus brazos. Con lo nerviosa e insegura que era, el haber vivido esa desagradable experiencia le llenó de terror.
— ¡Esa maldita perra de Matilda ya me tiene harta! — gritó Samanta mientras acariciaba el hermoso pelo castaño de su niña—. Voy a romperle la cara.
— Yo te sigo — dijo Leonore, rencorosa todavía por la cachetada que le había dado a Noriko.
—Y yo también voy —bufó Zafira. A ella le dolía que por sus estúpidas ganas de vencer en un tonto juego de mierda, Charlotte haya tenido que tirarse y casi romperse las piernas.

Las tres, seguidas de las otras chicas, caminaron rápidamente hasta la meta. Allí sólo estaba Matilda, con el trofeo en la mano y una fría mirada. Sabía que ahora mismo todas iban a ponerse en su contra, y que quizá la golpearían por todo. Pero no importaba. Ella había ganado. Tenía el trofeo y, de acuerdo a Sara, también algunos privilegios.
****

baia baia jajaj las ubres de Charrlote xD, ahora sí se armó la fiesta, le van a romer la cara a Matilda. Les cae bien? qué creen? jaja un saludos y muchas gracias por leerme
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Mensaje por Delfi22 el Lun Mar 27, 2017 1:11 pm
Hay! caramba este capítulo estuvo de pelos, las chicas muy competitivas y como siempre Matilda viene siendo la villana..jajajaja..
Me saco la risa lo de Zafira y su bikini..Así que solo queda esperar el siguiente cap. para saber que le harán a la creída de Matilda..
larga será la espera
Nos vemos y que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Vie Mar 31, 2017 1:56 pm
@Delfi22 escribió:Hay! caramba este capítulo estuvo de pelos, las chicas muy competitivas y como siempre Matilda viene siendo la villana..jajajaja..
Me saco la risa lo de Zafira y su bikini..Así que solo queda esperar el siguiente cap. para saber que le harán a la creída de Matilda..
larga será la espera
Nos vemos y que estés bien..

jaja matilda siempre siempre será la villana xDD, ahh Zafira es un placer a la vista xD
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Mensaje por Yurita el Vie Mar 31, 2017 1:58 pm
Samanta, que seguía furiosa, fue la primera en abalanzarse contra Matilda. La empujó con tanta fuerza que la chica cayó sentada sobre la tarima de los trofeos. En ningún momento soltó el premio que por derecho le correspondía. Su rostro enrojeció de rabia y si no descargó el metálico premio sobre el rostro de Sam, fue únicamente porque las demás estaban ahí.
—¡¿Qué demonios intentabas hacer? —Le preguntó Sam —. Pudiste haber matado a Lucy. ¡¿Te has vuelto loca?!
— Y yo no me he desquitado apropiadamente por lo que le hiciste a Noriko. —añadió Leonore, estoica y mortal.
—Lo que hiciste fue sumamente peligroso. Mira cómo has dejado a mi querida Lucy.

A Matilda sólo le produjo repulsión la forma en la que Lucy lloraba. Era una niña quejica y no comprendía cómo podía caerle bien a todas las demás. De entre todas, era la que más aspecto de chiquilla conservaba, y su vocecita aguda resultaba castrante para sus oídos. De ninguna forma iba a permitir que una muchacha como ella le ganara el preciado trofeo.
—Yo les dije que quería ganar. —las palabras iban más bien para su equipo —. Es una tontería que me acusen de haberme esforzado.
—Es sólo un juego. —repitió Tris.
—Tanto dinero como premio no puede ser tomado como un simple juego. —fue lo que replicó Matilda. Vio que Zafira estaba devorándola con los ojos, en el mal sentido de la palabra. La morena todavía llevaba puesto ese sexy bikini amarillo, y abrazaba a Charlotte como si ésta necesitara ser protegida. No le gustó cómo las puntitas de los senos de la morena se alzaban por encima de la tela del sujetador.
—También por tu culpa Charlotte casi se rompe las piernas.
—Hey, Zafira, esa fue mi elección. —inclusive Matilda se sorprendió de las palabras de su compañera. Las demás miraron a Charlotte con mala cara. Aunque nadie lo había expresado, todas estaban de acuerdo en culpar a Matilda hasta del hambre mundial si es que eran capaces de encontrar argumentos sólidos.
—No la defiendas. —bufó la morena.
—No la estoy defendiendo; pero no me gusta que acusen a las personas por cosas que no fueron culpa suya. Lamento lo que le pasó a Lucy —hizo una pausa y miró con cariño a la pobre chica accidentada —, pero yo también quería ganar.
Matilda bajó la cabeza. Mientras se acercaban a reclamarle, había urdido una buena sarta de insultos para Charlotte. No esperaba que la muchacha se tomara toda la culpa por lo sucedido. Casi se sintió con ganas de agradecerle.
—Deberías disculparte con Lucy. —le sugirió Tris. Aunque Lucy no era su novia, estaba igual de preocupada y tenía una mano puesta la espalda baja de la niña.
—No quiero perdonarla. Que ni si moleste en hacerlo.
—Pues yo tampoco pensaba pedirte disculpas. —la mordaz cara de Matilda las irritó más. Samanta ya tenía los puños apretados y estaba lista para darle un buen manotazo en la cara. Odiaba a Matilda desde que la vio por primera vez. Era algo más bien personal, porque nunca le habían caído bien las niñas ricachonas, que nunca en su vida habían tenido que preocuparse por nada. Sólo les bastaba extender una mano y sus padres moverían cielo, mal y tierra para satisfacerlas. La familia de Sam había estado oprimida por un rico terrateniente durante más de cincuenta años, y su odio estaba, según ella, bien fundamentado.
—Bueno, nadie golpeará a nadie. —por primera vez, todas parecieron notar que Estela seguía ahí —. La señorita Sara desea que se le dé su premio a Matilda.

—¡¿Le van a dar un premio, aún con todas las cosas que hizo?! —Samanta no cabía en sí. Charlotte le lanzó una mirada incisiva para que cerrara la boca. No había necesidad de agravar más el problema con comentarios toscos.
Estela se acercó a la tarima y llamó a Matilda. Ella le dio la espalda a sus compañeras y se fue donde la sirvienta. Ésta sacó una caja de madera. Adentro, encima de una mullida tela roja, había dos papeles que tenían escritos los privilegios de los que podía gozar. Los leyó atentamente, y abrió los ojos de par en par. Miró a Estela, como si le preguntara si era una broma. La mujer negó con la cabeza.
—Elije. Estás en tu derecho.
De las dos opciones, había una que resultaba sumamente tentadora:
PUEDES EXPULSAR DE LA MANSIÓN A LA PERSONA QUE TU ELIJAS.
Se moría de ganas por hacerlo. Miró por encima de su hombro a Samanta. Las chispas parecieron saltar entre las dos. También observó a Lucy, que la miraba con el mismo odio que su novia. Cualquiera de ellas sería una buena opción para eliminar.
—Te recomiendo esa opción. —le dijo Estela, seduciéndola con su voz suave y maliciosa. La sirvienta quería ver arder el mundo. Matilda lo notó en su mirada. También sentía que, desde alguna parte, Sara la estaba contemplando. Su mente trabajó demasiado rápido en comprender lo que sucedía: Sara quería divertirse. Necesitaba armar un buen show para que corriera la sangre. Si Matilda decidía expulsar a alguna de sus compañeras, estas jamás la perdonarían. Todas la odiarían más, si es que eso era posible. ¿Todo para qué? ¿Para que una mujer desconocida se divirtiera? Jamás.
—Elijo la segunda opción.
—¿Segura? —La mirada de la criada se endureció un poco. No le hacía gracia que la muchacha terminara con toda la diversión.
—Estoy segura. —Matilda tampoco deseaba ser el entretenimiento de nadie. Era una lástima que Samanta y Lucy nunca le agradecerían por su decisión. Estela cerró la caja y asintió, casi sintiéndose derrotada.
—Todas pueden retirarse. El premio se anunciará durante la cena. Charlotte, tú te quedas. El médico vendrá pronto para valorar tus tobillos.
Las chicas se fueron, y las únicas que se quedaron ahí fueron Charlotte, Zafira y Matilda. La segunda no quería dejar a la pequeña tetona sin atención. Además hacía un clima fresquecito y su bikini tan sensual mostraba mucha carne. Le sentaba bien la brisa fría acariciándole los muslos.

Se sentó al lado de Charlotte, y Matilda frente a ambas.
—Lo que hiciste fue valiente. —le dijo a su compañera de equipo. La morena la atravesó con sus ojos azules —. Me ha parecido… un sacrificio noble por la victoria.
—Yo también quería ganar —le dijo Charlotte —, así que deja de echarte la culpa. Estuvo mal lo que le hiciste a Lucy, pero hay que estar felices de que no ocurrió una tragedia.
—Bueno. —el gracias ya casi salía de su boca. Se limitó a aclararse la garganta —. Nos vemos.
El médico llegó justo cuando Matilda se fue. Valoró a Charlotte y le dijo que no se había fracturado nada. Era sólo una torcedura y que estaría bien si tomaba descanso durante unos días. Le vendó el tobillo y le dio unas medicinas para el dolor. Zafira escuchó cómo debía aplicarse la crema y cada cuándo hacerlo. Estela acompañó al médico fuera del jardín. Charlotte intentó levantarse, ayudada por Zafira.
—¿Te vas a quedar con esa tanga todo el día?
—Bueno, me gusta mostrarme. Soy un cinco por ciento exhibicionista.
—¿Sólo cinco por ciento? —Charlotte se tomó el descaro de mirarme los pechos a Zafira. Ésta sonrió. Le gustaba que ser observada por las personas que le interesaban. Abrazó a Charlotte con fuerza y le besó los hombros.
—Bueno, gracias a ti pudimos ganar. Supongo que eso fue bueno.
—Tú fuiste una excelente nadadora.
—Gracias, aunque me molesta mucho que Leonore me haya superado. En fin. La próxima tendré mi revancha. Ah. Ten cuidado. Siéntate en esa silla de ruedas. Yo te empujaré.
—Vale; pero en serio, ponte un albornoz o una toalla. Tus piernas me están tentando.
—¡Jaja! ¿Mis piernas o la jugosa cosita que tengo entre ellas?
—Ambas cosas. Y no seas vulgar.
—Suelo ser muy apretada. —Zafira se divirtió con los colores de la cara de Charlotte. Las chicas a menudo se hacían esa clase de bromas picantes, y disfrutaban lanzándose esas indirectas. Zafira, evidentemente, era una maestra en decir comentarios subidos de tono y poco convencionales.
Se amarró una toalla a la cadera y se acomodó las tetas dentro del sostén, que ya se le estaba saliendo otra vez. Luego empujó a Charlotte hacia la salida, directo hacia la mansión. Una vez hubieron llegado, le ayudó a subir las escaleras y a sentarse en la cama.
— Me siento como una inválida —dijo Charlotte, haciendo una mueca de dolor.

—Me pregunto cuál premio habrá elegido Matilda. Espero que no sea nada que le haga ser más odiosa de lo que ya es. Lo que le hizo a Lucy… creo que Sam hubiese estado en todo su derecho de rajarle la cara.
—La verdad, siento lástima por Matilda —dijo Charlotte, sentándose en la cama. Le dolió un poco el poder apoyar el pie —. Debe de encontrarse muy sola entre tanta… ya sabes.
—Tanta niña lesbi. —guiñó Zafira y se sentó al lado de Charlotte —. Admitiré que es una muchacha guapa. Si no fuera hétero, ya estaría tras ella. Tiene un buen trasero.
—Tú irías detrás de cualquiera. Ah… me empiezo a sentir adormilada por las pastillas para el dolor.
—Creo que fue valiente lo que hiciste. —los dedos de Zafira bailaban como patas de araña sobre las piernas de Charlotte —. Ganamos por ti.
—Gracias. Creo que necesito un baño. Estoy cubierta de tierra y sudor.
—¡Ja! De acuerdo. —Zafira se levantó para marcharse —. Sólo no te vayas a resbalar en la tina. Tal vez necesites ayuda.
Aunque se rió por su propia broma, Zafira vio que Charlotte la miró con una carita coqueta. Se le ruborizaron las mejillas cuando la otra muchacha le dijo:
—Pues… no es mala idea si me ayudas a darme un baño.
—¿Lo… dices de verdad?
—Sí. Necesitaré ayuda. Apenas puedo poner el pie en el piso. Creo que durante los próximos días necesitaré una enfermera que me cuide.
Las dos se sostuvieron las miradas por unos cuantos segundos, conscientes de lo que querían e iban a hacer. Zafira corrió a ponerle llave a la puerta y ayudó a Charlotte a levantarse y a cuidar que no se cayera mientras iban a la ducha. Dentro, había una tina grande; lo suficiente como para que cupiera una traviesa pareja allí. Sara lo había planeado de ese modo. Charlotte tenía el pecho desbocado. Estaba a punto de hacer cosas pervertidas con la nena más guapa de toda la casa. Zafira no perdió tiempo y empezó a abrir las llaves de agua para entibiarla y roció un poco de jabón espumoso dentro de la tina. Acto seguido, Charlotte se dio la vuelta y comenzó a quitarse la blusa.
—¿Me ayudas con el bra?
—Claro. —la piel de la muchacha era de un suave color crema, y tenía una constelación de pequeños lunares entre los homoplatos. Le quitó el broche del sostén negro y cuando Charlotte se dio media vuelta, sus turgentes senos le abrieron los ojos a Zafira. Notó que eran firmes, de puntas rosadas y pequeñas. Tragó saliva.
—¿Qué?
—Nada. Sólo tienes un buen par de tetas allá.
—Son sólo pechos. No seas exagerada.
Se terminaron de desnudar. Charlotte fue la primera, y se metió a la tina. Miró a Zafira, cuya última parte del bikini salió volando. Le gustó lo que vio. La mujer no sólo tenía unas magníficas piernas y un perfecto bronceado en todo el cuerpo, sino que emanaba un aire sexy y veraniego. Los pechos, aunque no del mismo tamaño que los de la otra chica, eran bonitos y estaban en su correcta posición juvenil. Se metió en la tina con cuidado, poniéndose detrás de Charlotte.
—Bien. No me esperaba esto cuando me desperté por la mañana.
Zafira se rió de su propio comentario. Charlotte no dijo nada y comenzó a jugar con el agua mientras la otra le peinaba el cabello con los dedos. Luego, animándose, tomó la esponja y empezó a frotarle los pechos y el vientre. Charlotte ya estaba excitadísima por lo que sucedía. Ansiaba un beso cuanto antes. Respiró despacio y se relajó mientras la esponja soltaba agua sobre su pelo. Podía sentir los pezones de Zafira tocando la suave piel de su espalda. Se recostó sobre ella.
—Eres muy bella, Charlotte. Me gustan tus senos. —le dijo con un susurro al oído. Soltó la esponja y se apresuró a encerrar los pechos grandes con sus manos. Los apretujó tanto que Charlotte gimió con un poquito de rico dolor. Se pasó la lengua por los labios.
—Tú también me gustas.

Charlotte giró el cuello, exponiéndolo para que Zafira la besara. Ésta así lo hizo, primero recorriendo la piel mojada con su lengua. Sus dedos se cerraron sobre los pezones de su pareja y jugaron con ellos hasta que se pusieron algo más rígidos de lo que ya estaban. Finalmente, la boca de ambas chicas se encontró con la de la otra. Las lenguas se acariciaron en un flamante beso baboso. Las manos de Charlotte buscaban a tientas las fabulosas piernas. Su pecho daba brincos de excitación. Se besaron durante un buen rato, riendo traviesas e intercambiando hilos de saliva entre sus caricias. Zafira estaba extaciada con los senos de su amiga. Eran maravillosos y pesados.
—Ah… Charlotte, vamos a la cama; te lo suplico. —las palabras salieron en un ahogado murmullo.
—Vamos. Claro que sí.
Salieron con mucho cuidado de no tropezarse. Se secaron un poco entre risitas y después, se tiraron al colchón. Charlotte iba debajo, y se apresuró a abrir las piernas para dejar espacio a su amiga. Ésta se acomodó de tal forma que sus puntitas y las de la castaña se rosaban. Sus besos continuaron en un profundo mar de gemidos y sonidos de chasquidos labiales. Mientras Zafira se moría al manosear los frondosos senos, Charlotte buscaba sus nalgas y las separaba.
—Cómeme los pechos, Zafira. Por favor.
—Lo iba a hacer tarde o temprano, cariño.
Bajó con su lengua y los miró de cerca. Pequeñas venas azules y verdes se marcaban debajo de la lechosa piel. Zafira se pasó la lengua por los labios y soltó un hilo de saliva en el espacio entre ambos senos. Luego de estrujarlos entre sí, de olerlos y lamerlos, engulló las puntas al mismo tiempo. El tamaño del busto le permitía hacerlo con facilidad. La piel estaba caldeada. Cerró los ojos mientras dirigía una de sus manos a la intimidad de Charlotte. La encontró caliente y lisa, como la de una niña todavía. Estaba resbalosa por los jugos que brotaban de su interior.
Charlotte estaba en la gloria y se apretaba las tetas para que Zafira pudiera devorarlas con mayor facilidad. Dio un grito cuando su tobillo herido chocó con el colchón. Zafira se apresuró a callarla con besos.
—Dime qué quieres que te haga.
—Quiero… que me folles muy duro.
—¿De verdad? —Los dedos de Zafira causaban estragos. Ya había introducido dos dentro de la calidez de su pareja. Masajeaba el clítoris a una buena velocidad. Notaba lo apretada que era su reciente conquista.

—Sí. Todo, quiero que me hagas de todo.
—Bueno… pues te complaceré.
Le besó el vientre y se bajó de la cama para estar más cómoda.
—Abre las piernas bien. Ten cuidado de no lastimarte.
Charlotte lo hizo, y con sus pequeños dedos, también separó los tiernos labios de su vagina. Se sentía maravillosa exponiendo todo para Zafira.
—Estás tan mojada…
—Lo sé. Mojo mucho. Oh, Zafira, date prisa.
La morena no le dio el gusto. Comenzó a comer de sus encantos con suaves lamidas. Al mismo tiempo que abría a Charlotte con los dedos, introducía la punta de la lengua para limpiar todos los jugos que ella soltaba automáticamente. Con sus pulgares mantuvo abierta la entrada de la chica y siguió dándole un inmenso placer.

Matilda, que había regresado a la mansión después de llorar un poco por la manera en la que la trataban, decidió ir a agradecerle a Charlotte por haberse puesto de su lado. Sin embargo, oyó los gemidos que se filtraban por la delgada puerta. Se quedó quieta, oyendo atentanemente.
—Ah… Zafira, sabes lo que haces. Así… despacio. No. Hazlo más duro. Más rápido. Por favor.
Tenía una voz muy dulce. Ya sabía que Charlotte era lesbiana; pero no dejaba de sorprenderle que ella también se uniera a las demás en el plano sexual.
—¿Qué estás escuchando? No espíes. —le soltó Samanta, que salía de su dormitorio. Las dos se echaron fuego con los ojos, y se marcharon.

Zafira tenía el control total de la castaña. Le encantaba el sabor que brotaba de su tierna y rosada vagina. La penetraba con tres de sus dedos más largos. Luego, se subió sobre ella sin dejar de empujar en su interior y la besó. Charlotte probó el sabor de sus propios jugos y se excitó sobremanera. Envolvió a Zafira con los brazos y le rasgó la espalda con las uñas.

—Si no estuvieras dolorida, haríamos otras posiciones.
—Lo sé, lo sé, preciosa. Oh, Zafira. Eres maravillosa. Déjame probar tus dedos.
Los sacó del interior de ella y Charlotte los limpió con su lengua. Ya había tenido su precioso orgasmo. Se besaron durante un rato más.
—Zafira. Me toca. Vamos a hacer un 69.
Por respuesta, la morena sólo sonrió. No tardó nada en acomodarse, dejando caer con suavidad el trasero sobre el rostro de su amiga. Charlotte tomó una bocanada de aire y le abrió un poco las pompas para acomodar su boca en aquella zona tan escondida y mojada.
—Eres preciosa por aquí abajo. —le dijo, delineando la raja dilatada de Zafira. La delicada capa de sus mieles se agrupaba en sus labios, implorando ser penetrados. Jugó con sus alrededores y masajeó el clítoris con la yema de sus dedos —. ¿Cuántas parejas has tenido?
—Perdí la cuenta después de las diez. —dijo Zafira sin presumir. Le gustaba la posición y besaba la parte interna de los muslos de su amiga —¿Y tú?
—Unas seis chicas nada más. Todas fueron amigas o conquistas casuales.
—No pareces la clase de chica que sale a buscar parejas. Pareces de la clase que se queda en casa a leer.
—Nunca tuve que salir. La primera vez fue con una prima lejana. La segunda y tercera, con amigas. La cuarta con una novia que tuve durante unos meses. Tú eres la quinta.
—Ah… qué honor. —Zafira meneó las caderas para friccionar su coño contra la cara de Charlotte, y esta, riendo, sólo tuvo que sacar la lengüita para permitir acariciar las partes más íntimas de su nueva pareja.
—Quisiera hacer unas tijeras, pero me duele el tobillo —dijo Charlotte, tirando suavemente de los labios de Zafira con sus dientes.
—Cuando te sientas mejor, cariño, haremos todo eso y más.
—¿Entonces seguiremos teniendo sexo?

—Síp —le prometió Zafira, llevando sus tres deditos más al fondo. Charlotte levantó la pelvis. Se sentía maravillada por las contracciones que su cuerpo arremetía a causa de las oleadas de placer —. Por el momento, con tener tu vagina en mi boca, me siento bien.
—Tú también sabes deliciosa, Zafira. Me gustas tanto… oh. Dios…he querido tener sexo contigo desde que te vi el primer día.
—¡¿De verdad?!
—¡Sí! Y con todas las de la mansión también —. Evidentemente, el orgasmo de Charlotte estaba haciéndole sonar demasiado sincera —. A todas, a todas ustedes las quiero para mí… ah. Más rápido. No despegues tu lengua de mí.
Zafira, por otro lado, seguía en la gloria. ¡Charlotte era deliciosa! Quizá tenía la vagina más rica de todas las que había probado, y parecía ser esa clase de muchachas que se convierten en fuentes cuando están excitadas. Sonreía con ganas al sentir las caricias de su lengua sobre sus rosadas carnes, y se permitía sentir el calor que manaba de su interior, recogido por sus dedos. Charlotte trató de flexionar las piernas; pero no pudo porque estaba todavía un poco dolorida. Se quedó quietecita, jugando con Zafira durante un rato más, bebiendo de ella y amándola hasta que la morena se corrió al fin.
Cansadas, las dos muchachas se recostaron una muy cerca de la otra y empezaron a besarse con una pasión que sólo podía ser producto de unas ganas que se tenían desde que se conocieron
. Finalmente, Charlotte se acomodó entre los brazos de su pareja. Se metió uno de sus pezones a la boca y succionó de él. Zafira se dedicó a cerrar los ojos y disfrutar de ese masaje bucal. Finalmente, los analgésicos hicieron efecto, y la castaña se quedó dormida, todavía con una de las puntitas en los labios.
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Mensaje por Delfi22 el Dom Abr 02, 2017 1:57 pm
Por la diosa de la perversión!!

Heee!! mmmm! Sin palabras!!! ...jajajaja...
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Mensaje por Yurita el Lun Abr 10, 2017 1:21 pm
jaja tal vez me pasé con el lemon! xD, le bajaré de intensidad. Bueno, vamos con el siguiente

Samanta tenía problemas para contenerse las ganas de estar con Lucy. Había oído parte de los gemidos de Zafira y de Charlotte. Imaginó cómo las dos muchachas estarían dándose con todo en la cama, y no pudo evitar sentirse celosa por ellas. A decir verdad, todas las chicas, a excepción de Matilda, consumaban su amor durante la noche; y ella no comprendía por qué con Lucy las cosas tenían que ser tan complicadas. Adoraba a la chica. Eso era un hecho. La adoraba y también la deseaba con locura. Lucy era su modelo preferido: delgada, bajita, con una cara todavía infantil y unos preciosos ojos cafés. Además, su voz de gatita sonaría tan dulce como una flauta durante sus gemidos.
— Me voy a volver loca. —dijo Sam. Estaba sentada en la mesa, cenando con todas las demás. La mayoría de las muchachas ya eran amigas; y se comenzaban a formar ciertos grupitos entre ellas. Zafira, Charlotte y Elena platicaban animadamente entre las tres. Noriko y Tamara parecían conocerse de toda la vida. Tris, Ana y Andrea deliberaban por quién usaba la talla de sostén más grande. Inclusive Lucy parecía estar conversando fluidamente con Leonore, la más callada del grupo. Sólo Matilda no estaba presente porque prefería comer a solas en su habitación.
Samanta se sentía excluida y ansiosa por estar con alguien, y ese alguien no podía ser nadie más que Lucy. Por debajo de la mesa comenzó a tocar la suave pierna de su novia. Cerró los ojos. Lucy siempre se depilaba y se humectaba, por lo que era como sentir la seda entre las yemas de sus dedos. Era una muchacha exquisita, amorosa y leal. No toleraba las injusticias y era condenadamente tierna, generosa e inocente. Sam se preguntaba cómo es que había ido a caer con una chica así, puesto que al final de cuentas, nunca había tenido una novia formal.
Vio a Zafira y notó en los ojos azules de la morena la misma mirada de flirteo que ella misma ponía en el pasado. Claramente la relación amistosa entre Charlotte y ella había terminado en sexo, y así seguiría hasta que una de las dos pusiera fin. Ambas habían pasado a formar parte de los contadores de pareja de cada quién y Sam se preguntó cuántas chicas llevaban por separado, atrapadas entre sus mieles.
Samanta había sido como ellas: una gran seductora desde que estaba en la escuela primaria, cuando gracias a sus ojitos de cachorro y a sus palabras podía sacarle de todo a cualquier persona. Era una gran oradora y siempre se salía con la suya. Lucy le suponía un reto extraño, y ya llevaba casi un año sin tocarle más allá de encima de la ropa. Fantaseaba con Lucy, se masturbaba pensando en Lucy. La quería cuanto antes porque necesitaba decirle cuán especial era para su corazón.
Subió más la mano por la fascinante pierna de la chica, y trató de meterla por debajo de sus cortos shorts deportivos. Lucy dio un brinco inesperado y toda la mesa se sacudió. Las chicas miraron a Samanta, y ésta se ruborizó sin querer. Luego, cuando su propia novia le frunció las cejas, el bochorno fue tal que prefirió irse a la cocina y lavarse la cara.
—¿Todo bien? —Le preguntó Leonore a Lucy.
— Sí… sólo que Samanta anda cachonda todos los días y ya me está incomodando un poco.
Lo dijo en voz baja para que nadie más pudiera oírlo. Leonore se sintió con deseos de decir algo; pero no lo hizo. No era problema suyo dar consejos sexuales. El sexo entre ella y Noriko era genial, en simples palabras. Le había enseñado a la asiática cómo moverse en la cama, la profundidad de las penetraciones y el correcto movimiento de sus dedos dentro de su vagina. La sensualidad de un beso. La duración y cómo prolongar el orgasmo mediante la continua masturbación de la pareja. Sí. Leonore era una maestra en cuanto a esos temas casi tabúes, y había entrenado perfectamente a su novia. Se inclinó del otro lado y sin que nadie se lo pidiera, dejó un besito en la boca de Noriko.
Charlotte suspiró, encantada. Estaba que no cabía en sí. Zafira le había hecho sentirse especial y su cerebro nadaba en placeres lujuriosos. Sabía que una simple palabra y volverían a la cama a revolcarse. Le gustaba tener ese dominio sobre su nueva conquista; aunque ella no era ingenua y bien sabía que Zafira no podría ofrecerle el romance de la relación estable que ella buscaba. Era una simple pareja casual. Charlotte no la amaba y nunca lo haría porque no era su tipo. Lucy sí que lo sería. Sin embargo era una lástima que estuviera pasando por un mal momento.
Para la noche, las muchachas se fueron a dormir. Lucy estaba duchándose alegremente mientras tarareaba una canción. Su voz se filtraba fuera del baño y estaba encendido a Samanta, que trataba de leer una revista para distraerse. Quería entrar y amar a Lucy bajo el agua. Sería sumamente excitante sentir su desnudez bajo el tibio beso del agua.
Sin poder aguantarlo, salió del cuarto y bajó a la cocina para darse un aperitivo. Allí se encontró con Tamara y Elena dándose una ardiente sesión de besos, adosadas en el refrigerador. En cualquier otra circunstancia le hubiera impresionando que Tamara le fuera desleal a Andrea; no obstante, recordó que las dos chicas eran liberales y no les importaba. Así lo probaba Andrea, que estaba allí comiendo cereal mientras miraba a su novia besarse con otra.
— Ah… lamento interrumpir. —dijo Samanta, apenada —. Sólo he venido por un poco de jugo y pan.
Mientras Elena le comía el cuello a Tamara, ésta le lanzó un beso al aire a Samanta. Ella se atragantó con su jugo y sonrió. Se sintió seducida ante la idea de ver qué más pasaba, pero lo abandonó de inmediato y volvió a la habitación.
— Genial. Ahora me siento más emocionada que antes.
Lucy seguía duchándose cuando Sam entró al baño para cepillarse los dientes. Por un instante vio la desnudez de su novia, y sintió que sus piernas flaqueaban. Lucy era de ascendencia alemana, por lo que su piel era muy blanca y delicada al sol. El color rosa de sus pechos mojados le hacía parecer una musa derrochando ternura y sensualidad en partes iguales.
—Qué bonito.
Lucy frunció las cejas. Corrió la cortina y siguió bañándose.
— ¿Hasta cuándo, Lucy?
— Algún día.
— Te he estado esperando todo un año.
— Pues si me presionas, seguirás esperando. No estoy lista. Ya te lo dije.
Sam se enojó y jaló la cortina. Lucy gritó y se cubrió los pechos y la vagina con las manos.
— ¡¿Qué te pasa?! Me estoy bañando.
— ¡Somos novias, Lucy! Vamos, déjame amarte.
— ¡Sal de aquí! ¿Cómo quieres que me entren ganas si sólo me estás obligando a hacer cosas que no quiero?
Suspirando para serenarse, Samanta salió del baño y le dijo a su chica que lo sentía. Se recostó en la cama y se giró contra la pared. Lucy se acostó unos minutos más tarde, y ninguna de las dos intercambió palabra alguna antes de dormir.

Sara, que tenía los labios pegados al coño de Estela, había oído todo el drama de las chicas. Se limpió la boca con los dedos y se levantó enseguida. La criada se acomodó el vestido. Su señora le había dado un suave orgasmo.
— ¿Qué les pasa a esas dos? —bufó Sara, acicalando su pelo cobrizo.
—Problemas de pareja. ¿Quiere que intervenga?
—Mmm… Lucy me está sacando de mis casillas. Pensé que sería una buena integrante, pero a este paso va a alejar a Samanta de sí.
— Será decisión suya, señora.
— No haré nada por el momento. Veamos qué hace Sam. Anda, quítate toda la ropa, Estela.
La sirvienta sonrió con malicia.
— Como ordene, mi ama.

Durante el desayuno se sentía todavía cierta tensión entre algunas de las muchachas. Samanta, por ejemplo, estaba muy arisca con todas y dado que sus facciones eran muy expresivas, nadie pasó por alto su mal humor. Fulminaba a Matilda con la mirada. No dejaba de verla hasta que la chica rubia decidió cambiarse de lugar, y se llevó su plato al extremo de la larga mesa.
—Ya. Dejen de pelear. —replicó Charlotte.
—Nadie está peleando con nadie. —el mordaz tono de Samanta molestó a Lucy. Desde la madrugada, su novia había estado de un humor insoportable. Parecía dispuesta a pelearse con todas las chicas.
—Pues me basta ver tu cara para saber qué piensas. Está bien que Matilda se haya equivocado al empujar a Lucy…
—¿Quieres callarte, Charlotte? No estoy de humor para oír tu voz.
Zafira frunció las cejas. Nadie tenía derecho de hablarle así a su nueva amante. Quiso intervenir; pero cuando estaba por hacerlo, Estela entró al comedor.
—Buenos días. He venido a hacer efectivo el premio que Matilda ganó durante el concurso.
—¿Qué fue lo que te ganaste? —Preguntó Tris, visiblemente curiosa.
Matilda ya iba a contestar cuando las puertas laterales del comedor se abrieron. Dos hombres con uniforme anaranjado entraron cargando la enorme caja de una televisión de cuarenta pulgadas. A las chicas se les iluminaron los ojos. Incluso a Leonore, que estaba leyendo en el sofá, dejó su lectura.
—¡Televisión! —Gritó Andrea, despegando su boca de Tamara —¡Amo la televisión!
—¿En serio pediste esto? —Le preguntó Charlotte a Matilda. La chica rubia se limitó a asentir con parsimonia; aunque por dentro estaba feliz por la reacción que había logrado en el resto del grupo.
—¡Ahh, ya hacía falta algo de entretenimiento en este sitio! —Zafira miraba con atención a los técnicos mientras sacaban la televisión y la montaban en el soporte de la pared. Un tercer hombre entró después, trayendo una caja digital que conectó a la terminal de cable.
—¿Cuántos canales tenemos? —preguntó Noriko. Estela le entregó a Matilda unos documentos. La muchacha los leyó.
—Según esto, doscientos canales, y cien de ellos son en alta definición.
—¡Ahh! ¡Te amamos, Matilda! —Ana y Tris se fueron a sentar junto a Leonore. Las otras muchachas no tardaron en acomodarse en los mullidos sillones y sofás. Se morían de ganas por encender el aparato. La única que no estaba satisfecha era Samanta.
Samanta no alcanzaba a comprender como todas, incluso Lucy, habían olvidado su odio por Matilda. Estaban reunidas alrededor del premio como un grupito de niñas en un salón de muñecas. Frunció las cejas y miró a Matilda con actitud beligerante. La chica le sostuvo la mirada por unos segundos, y después volvió la vista al manual que estaba leyendo.
—De verdad que todas están agradecidas contigo. —Dijo Charlotte, parándose detrás de Matilda y tocándole suavemente los hombros desnudos que asomaban por los tirantes de su blusa —. Gracias.
—Es lo mejor que pude hacer después de haberle hecho eso a Lucy.
—¿Te arrepientes?
Matilda asintió, pero sólo lo suficiente como para que Charlotte se diera cuenta.
—¡Quiero ver el canal de deportes! —gritó Zafira.
—¡No! Vamos a ver el nuevo concurso de cocina —sugirió Noriko.
—¡Mejor el desfile de modas en lencería!
—No creo que sea buena opción, Elena —le reprochó Lucy.
—Oigan, amigas —dijo Charlotte —, se olvidan que es el premio de Matilda y ella tiene el control remoto.
Estela aprovechó el momento para intervenir.
—De hecho, parte de los privilegios que tiene Matilda como ganadora, es elegir la programación y los horarios del televisor. Sus decisiones están por encima de todas las demás. Bien, niñas. Disfruten del entretenimiento. Sara les desea lo mejor.
Cuando Estela se marchó, las miradas de todas se pusieron sobre Matilda. Le pidieron que pusiera diferentes canales de inmediato. Todas se morían por ver sus programas favoritos. O de hecho, estaban listas para ver cualquier cosa. Matilda las miró de una en una, y vio que la única que no parecía prestar atención era Leonore. La muchacha estaba, como siempre, sola en un sillón, con sus cremosas piernas cruzadas asomando desnudas debajo de unos diminutos shorts militares. Estaba leyendo un libro sobre arquitectura, y llevaba unos lentes algo más grandes que los habituales.
—¡Oye, Leonore! —Le llamó, y le arrojó el control. La otra chica lo atrapó en pleno vuelo con una sola mano —. ¿Por qué no pones algo educativo?
Leonore miró a Matilda un instante, luego al control que tenía en su mano, y asintió.
—¡Nooo! —Protestaron las demás —. Leonore pondrá algún bobo documental.
Matilda sonrió y salió de la cocina. La televisión no era importante para ella. Apenas la miraba cuando estaba en su mansión; por eso, una parte de ella todavía hubiese preferido sacar a cualquiera de sus compañeras; y por alguna extraña razón, no lo había hecho.
Charlotte siguió a Matilda hasta el jardín, donde la rubia ya había metido los pies en el agua y parecía estar mediando sobre algunas cosas importantes. Tenía la vista un poco ida, enfocada en el agua clara. Charlotte se quitó la blusa y la falda, quedando sólo con su bonita lencería rosa.
—¿Quieres bañarte? —Le preguntó a Matilda. Ella negó con un gesto.
La castaña saltó al agua y se sumergió durante varios segundos, antes de salir y nadar hacia donde estaba su compañera.
—¿Qué tienes? Te noto algo deprimida. ¿No estás feliz por la televisión? A todas nos gustó. Hasta a Samanta, aunque lo niegue.
—Charlotte, quiero decirte algo. Acércate; pero no le cuentes a nadie.
Salió del agua y se sentó junto a ella. Matilda ignoró las bellas curvas de sus senos mojadaos.
—¿Qué es? ¿Es grave?
—Me dieron dos opciones para elegir. La segunda era la televisión. La primera… era el poder expulsar a cualquiera de nosotras de la mansión.
A Charlotte le dio un escalofrío.
—¿Por qué no la tomaste? Pensé que nos odiabas.
—Sara quiere ver sangre, drama. No seré su instrumento de diversión. Te lo digo por si ganas alguna vez y te lo ofrecen. Creo que… Sara esperaba a que echara a una de ustedes. Creo que sólo así podría haber lugar para una nueva integrante. ¿Recuerdas que dijo que al final de la prueba, se nos uniría una más? Supongo que esperaba a que yo decidiera a cual sacar para darle un nuevo lugar.
—Mmm. Apenas sé algo de Sara. Supongo que esto es alguna clase de entretenimiento para ella. Dijo que no habría cámaras en las habitaciones, y todas nosotras hemos registrado perfectamente nuestros cuartos y los baños. No hay nada de nada.
—Pues yo no estoy convencida. Intento no partirme la cabeza en ello.
La castaña meditó en esos unos segundos más, exprimiendo el agua de su pelo. Las gotitas cayeron y se perdieron en el estrecho canal que dividía sus turgentes senos. No pasó en alto para Matilda, que por un instante se preguntó de qué color serían las puntitas de su amiga. Se aclaró la mente enseguida, consciente de que no tendría por qué estarse preguntando esa clase de cosas.
—Además, Charlotte, quisiera agradecerte. Parece que de todas, tú eres la que más me ha apoyado —. La miró con una sonrisa débil —. ¿Te puedo considerar mi amiga?
—Ay, Mati. Soy amiga de todas.
—¿Anoche entre tú y Zafira pasó algo? —se arrepintió de haberlo preguntado al momento; pero Charlotte le restó importancia al asunto.
—Sí. Tuvimos un poco de sexo por la tarde ¿Por qué?
—No… por nada. Sólo pasé por su cuarto y las oí gemir.
—Ah. No debes espiarnos.
—¡Jeje! Sólo fue un accidente. Como sea, parece que todas aquí tienen con quién estar. Yo, por el contrario, prefiero mi soledad.
—Pero no estás sola. —dijo Charlotte, estrechándola en sus brazos —. Has dicho que soy tu amiga.
—Bueno, sí.
Le dejó un baboso beso en la mejilla, y Matilda se ruborizó. Un segundo después, Zafira apareció tras ambas y se arrojó con ellas a la piscina. Matilda gritó de rabia y vergüenza; pero cuando Charlotte y Zafira comenzaron a reír, olvidó lo mal que se estaba sintiendo y también rió con ellas.
Desde la ventana de la habitación, Samanta veía todo con una mueca de asco. Primero Charlotte haciéndose amiga de Matilda, y ahora Zafira, jugando con ambas. ¿Es que el mundo se había vuelto loco? Ya iba a darse la vuelta cuando vio que Lucy, Tris, Ana y Noriko se tiraban también a la piscina, y todas parecían estar contentas y haber olvidado lo sucedido. Empezó a sentirse un poco apartada del resto; aunque en el fondo, sólo seguía rencorosa por lo que Lucy le había dicho por la noche, y sus constantes negativas sobre acostarse con ella.
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Mensaje por Delfi22 el Sáb Abr 15, 2017 12:54 pm
Wow! pobre Samanta si que esta pero que ni la calienta el sol..jajaja..aunque Lucy se pasa..esto va a terminar mal si esta niña no se pone las pilas..Y Matilda se gano un punto tan linda, televisión antes de sacar a una de ellas..Aunque no se cual es el plan de Sara al estar viendo lo que no debe...
Bueno nos vemos y que estés bien..
P.S..por un momento pensé que no habría cap. nuevo ya que no fue puesto en su día habitual..
Ahora si..Hasta el próximo..
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Mensaje por Yurita el Dom Abr 16, 2017 2:30 pm
@Delfi22 escribió:Wow! pobre Samanta si que esta pero que ni la calienta el sol..jajaja..aunque Lucy se pasa..esto va a terminar mal si esta niña no se pone las pilas..Y Matilda se gano un punto tan linda, televisión antes de sacar a una de ellas..Aunque no se cual es el plan de Sara al estar viendo lo que no debe...  
Bueno nos vemos y que estés bien..
P.S..por un momento pensé que no habría cap. nuevo ya que no fue puesto en su día habitual..
Ahora si..Hasta el próximo..    

jaja solo los fines de semana suelo subir mas, pero gracias por estar al pendiente de mis actualizaciones, Delfi! te mando un rico abrazo Very Happy Very Happy Very Happy
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Mensaje por Yurita el Dom Abr 16, 2017 2:31 pm
Hola! vamos a ver qué le pasó a Samanta !

Samanta salió del dormitorio. Se sentía en exceso acalorada y todavía no lograba comprender cómo era posible que las cosas se hubieran puesto en su contra. Se sentía amargada y solitaria; rechazada por el amor de su vida y por las muchachas de la mansión, que parecían haber perdonado a Matilda sólo porque les había dado una televisión y mas de cien canales en HD.
Se dijo que esas cosas no le importaban en lo absoluto, y que mientras tuviera a Lucy con ella, nada le sacaría sus casillas. El problema era que incluso Lucy, mientras todas estaban bañándose en la piscina, había vuelto a hablar con Matilda y la niña rica se había disculpado por haberle causado semejante accidente. Lucy todavía estaba un poco rencorosa, aunque había prometido fingir que todo estaría bien.

Samanta descendió las escaleras en dirección a la cocina, de nuevo en sus paseos nocturnos para darse un aperitivo. Escuchó algunas voces y se asomó detrás de la pared. Se trataban de Chartlotte y de Matilda, que conversaban tranquilamente mientras bebían sendos vasos con leche tibia. Se preguntó de qué cosas estarían hablando. Tal vez Matilda estaría chantajeándola para que se pusieran de su lado. Zafira no tardó en aparecer. Estaba con medio cuerpo dentro del refrigerador, y había sacado dos rebanadas de pastel de frambuesas. Se las sirvió a sus amigas y las tres se sentaron a seguir charlando.
— ¿Qué les pasa a estas locas? ¿Es que quieren montarse un trío o algo así a la una de la madrugada?
Ofuscada, volvió por las escaleras. Curiosa por saber si alguien sí estaba teniendo acción, pegó la oreja al cuarto de Tamara y Andrea. En efecto, le llegaron tres diferentes vocecitas que jugaban entre sí, algunos chasquidos de besos y traviesas risas. Tamara y Andrea no perdían tiempo montándose un trío. Las dos habían venido a la mansión precisamente con ese objetivo. Samanta estaba segura de que la tercera chica era Elena. Aunque la muchacha era muy linda, no tenía tanto protagónico en el grupo, y siempre estaba distanciada de las demás, aunque no excluida del todo. Sam pensó, cuando la vio por primera vez, que se trataba de la novia de Zafira.

—¡Dale de nalgadas! —oyó que decía una voz. Probablemente la de Andrea. Segundos después, le llegó el sonido seco de piel contra piel. Sam suspiró, excitada al imaginarse lo que estarían haciendo esas mujeres. Después se dio cuenta de que lo que estaba sintiendo era indebido, y volvió a su dormitorio.
Lucy estaba despierta. La chica padecía de insomnio algunas noches a la semana; y se la pasaba leyendo o jugando con la consola de vídeo que Leonore le había prestado. Vestía una bonita pijama de satén rosa, con unos diminutos shorts y una blusita sin mangas. Se veía tan tierna como un pastelillo y Samanta decidió que volvería a intentarlo. Se recostó al lado de Lucy y comenzó a besarla con lentitud. La chica siguió su juego, dejando que la lengua de su novia penetrara en su boca. No se había permitido cerrar los ojos porque estaba muy entretenida jugando. Más bien correspondía por inercia. A Samanta, obviamente, esto la enojó demasiado y le cerró el juego.
— ¡Oye!
—Vamos. Besémonos un poco, Lucy.
—Pero iba ganando... Ah. Bueno. Está bien.
Con su permiso, Samanta se quitó la blusa y se subió sobre su novia. Sus besos se hicieron mas intensos; pero se esforzó demasiado por mantener sus manos quietas. Lucy daba unos besos franceses muy exquisitos y le acariciaba los desnudos brazos. Sam guió las manos de su pequeña para que le acariciara los pechos. Con pena, Lucy lo hizo. Al ver que al fin tenía permiso de algo más, la mente de Samanta se encendió con una descarga de lujuria y metió una mano debajo de los shorts de Lucy. Palpó la tierna raja de su novia. Ella se retorció durante unos segundos hasta que después se soltó.
—¡No!
—¡Ah, carajo, Lucy! ¡Eres una frígida maldita!
Se arrepintió de inmediato. Lucy se había quedado de piedra, con la boca mojada entreabierta y los ojos como platos.
—No... amor.
—¡Fuera de aquí! ¿Cómo te atreves a llamarme frígida?
Samanta sintió la frustración tornándose ira.
—¡Pues es tu culpa! ¿Por qué no quieres que te toque? ya me estoy cansando de esperar.
— ¡Bien! si estás cansada, puedes ir a acostarte con cualquier persona.
— Sólo dime qué es lo que sucede. ¿Por qué no quieres que te toque?
—Me... me da miedo.
—¿Miedo? ¿Qué demonios? No te voy a lastimar.
—Tú no lo entiendes.
La mujer se puso a temblar de furia. Primero su negativa al sexo. Después, la desconfianza. Sintió que ya había tocado fondo. Iba a gritar una serie de imprecaciones cuando Lucy se le adelantó.
—Cuando era niña, un tío me manoseaba. No me di cuenta hasta que tuve la edad suficiente para saber que lo que ocurría estaba mal.

La otra muchacha cerró los ojos, sintiendo mil emociones al momento. Esa era una parte de su vida que Lucy nunca le había contado, y aunque le dolía saber que su chica había sufrido ese tormento, en el fondo lo que más le molestaba era saber que no confiaba en ella lo suficiente como para habérselo dicho con anterioridad. De repente muchas cosas cobraban sentido.
—Estás loca, Lucy.
—¿Qué?
—¡No! Es decir, loca en otro sentido. Tienes un trauma. Por eso no quieres que te toque. Lucy, amor, calma. Soy tu novia. —Se acercó a ella y comenzó a besarla. Despacio, la recostó. Ahora sentía que su deber era regresar a su chica a la normalidad, y sólo podría hacerlo mediante una forma.
Sus besos se hicieron mas intensos. Le susurró a Lucy lo mucho que la amaba y cuánto la deseaba. Le prometió que las cosas mejorarían y que todo iría bien. La dulce saliva de Lucy le llenó de besos y caricias prometedoras. Sam bajó sus manos hasta las caderas esbeltas y siguió. Metió una mano otra vez.
— Cálmate. Te gustará. No hay nada de qué temer.
Cuando Lucy notó unos dedos delgados pellizcando su diminuto clítoris, los recuerdos funestos de su tío volvieron a atormentarla. Se vio trasladada a aquellos terribles años y mientras Sam la besaba, le entró pánico. Trató de empujarla porque se estaba ahogando; pero Samanta le clavó las manos en la cama para seguir besándola. La situación no tardó en dar un giro inesperado, y las intenciones de Sam se volvieron frías y turbias. Puso todo su cuerpo para aprisionar el de Lucy. Se desesperó cuando vio que su novia se resistía, y sabía que si despegaba su boca, esta le insultaría y le haría un gran daño. Samanta estaba dispuesta a hacerle ver que si había una persona capaz de hacerla sentir bien, esa era ella. La acarició con más fuerza, exploró cada rincón de su intimidad.
Sin embargo, Lucy no pensaba de esa manera. Ya no estaba excitada. Le comenzó a doler por dentro. Samanta intentaba penetrarla con los dedos, arrebatarle su virginidad. Lucy pataleó y al hacerlo, se frotó más contra la otra muchacha y le dio falsas señales. Finalmente logró separarse y gritar.
— ¡Auxilio! ¡Suéltame! ¡Ayuda!
Samanta saltó de la cama, aterrada ante lo que había hecho. Casi de inmediato, Zafira, Chartlotte y Matilda entraron al cuarto. Lo que vieron se pudo interpretar de diferentes situaciones. El tirante de la blusita de Lucy estaba reventado, y asomaba un hermoso seno de color blanco. Su cabello de cobre estaba revuelto y sus mejillas, mojadas por las lágrimas. Samanta estaba inmóvil, con la vista de espanto.
—¿Qué demonios le estás haciendo a Lucy? —Matilda fue la primera en hablar. De repente, las otras chicas de la mansión se amontonaron en la puerta para ver qué sucedía.
—No... yo no...

—¿La estabas violando? —Farfulló Zafira.
Tamara y Andrea habían salido casi desnudas de su habitación, y andaban con los pechos al aire. Ninguna les prestaba atención porque estaban enfrascadas en saber qué demonios ocurría. Todas tenían a Lucy como la niña del grupo; el dulce pastelito de fresa, tierno y delicado. Era un amor de nena y la adoraban. Verla en esa situación, con una Samanta intentando explicar por qué había querido ultrajar a su propia novia, les llenó de un sentimiento muy parecido al odio.
—Todo... todo fue un accidente. Lucy no quería acostarse conmigo y...
—¡¿Pero cuál es tu problema?! — bufó Chartlotte —. No puedes obligarla a nada —. Se acercó a Lucy y la abrazó.
—¡Pero no iba a hacerle daño!
—Está sangrando —Apuntó Leonore, y todas vieron que era cierto. Entre las piernas blancas de Lucy había una mancha de sangre. Lucy la vio y se sintió tan humillada que lo único que hizo fue ocultar la cara entre los generosos senos de Chartlotte, y llorar sobre ellos. Samanta retrocedió.
— Oh... dios ¿qué he hecho? Lucy, amor...
— ¡No te le acerques! — exclamaron Matilda y Zafira al mismo tiempo.
—Será mejor que te vayas —añadió Leonore, estoica y hermosa como siempre.
Todo el mundo pareció callar para Samanta. Aterrada, salió del cuarto en medio de las frías y sorprendidas miradas de las otras chicas. Lucy no dejaba de llorar de miedo, de dolor y de vergüenza. Zafira, Matilda, las maternales y casi esposas Tris y Ana, se unieron a ella para abrazarla. Leonore se hizo cargo y examinó el cuerpo de la chica. Señaló varios chupetones en el cuello y marcas de uñas en las piernas y en las muñecas.
—Me duele —dijo Lucy con un sollozo.
—¿Crees que la haya lastimado? —Preguntó Chartlotte a Leonore.
—Puede ser. —Se giró hacia Andrea y Tamara —. Tápense los pechos y vayan a buscar a Estela.
Las dos salieron de inmediato, con Elena siguiéndolas de cerca. Las otras jóvenes rodearon a Lucy y le brindaron su apoyo y cariño. Se seguía quejando de ardor en esa zona delicada. Las uñas de Sam habían hecho algo mas que desflorarla.
Estela llegó un par de minutos después y le contaron la penosa situación. Pidió a las otras chicas que salieran; aunque consideró que Chartlotte y Leonore  podían quedarse. Le pidieron a Lucy que se desnudara y esta, mas avergonzada, así lo hizo.
—Será mejor llamar a un ginecólogo. —Dijo Estela al final. —Yo me haré cargo de llamar a uno.
—Que sea mujer. —Sugirió Char.

Al día siguiente, Chartlotte y Zafira dormían en los brazos de la otra. La situación les había quitado las ganas de tener sexo; pero estaban decididas a dormir desnudas y a besarse un poco para relajarse. Lo que las despertó fue la voz de Sara, sonando por toda la casa a través del sistema de audio.
Las dos muchachas se vistieron y salieron del dormitorio casi al mismo tiempo que las demás. Se reunieron en la sala, donde Estela había instalado una laptop que estaba encendida y conectada al Skype. Todas se sorprendieron al ver a Sara, tan voluptuosa con su vestido de satén rojo.

—Lo que sucedió anoche no tiene perdón. —Comenzó diciendo. Se dieron cuenta de que Samanta estaba allí, apartada de las demás. Las palabras de Sara iban para ella. —La razón por la que están aquí, es para convivir y expresar sus límites con otras chicas de sus mismas preferencias. No me importa si montan una orgía masiva entre ustedes; o si discuten o terminan sus noviazgos. Lo que no toleraré será un nuevo arranque de violencia como el que se suscitó anoche. Espero que entiendan, niñas, la gravedad de la situación. Pensé que desde el incidente entre Matilda y Lucy, ya habíamos llegado a un límite. Me repugna lo que Samanta hizo.
Nadie habló. Matilda y Chartlotte se tomaron de las manos, asustadas.
—He hablado con Lucy en privado sobre esto. Le aconsejé que tomara cartas en el asunto y fuera con una autoridad competente. Sin embargo, ella no quiere llevar esto a un nivel mas escandaloso, y puedo comprenderlo. Es una chica tímida y distraída. Sin embargo, lo que sí hemos aceptado es lo siguiente: Samanta, desde este momento estás totalmente expulsada de la mansión; y cuando esto termine, me encargaré de poner una orden de alejamiento para que no puedas acercarte a Lucy.
Se oyeron murmullos por toda la sala. Tamara y Andrea no dejaron de mirar a Sam. Tris y Ana se abrazaron mutuamente. Chartlotte le dirigió a la acusada una mirada de reproche. Zafira hizo lo mismo. Leonore acarició a Lucy con ternura y Noriko le dio un beso en la blanca mejilla para calmarla.
Sam aceptó el castigo. Ya lo veía venir.
—Estela. Acompaña a Samanta a la puerta.
—Sí, señora. Vamos. —le dijo a la aludida —. Muévete.
Nadie se despidió de ella, y tampoco ella tenía intenciones de hacerlo. En silencio, Samanta fue la primera en abandonar la mansión.
*********

Listo! y se va la siguiente chica! T_T pero de verdad, se merecía por loq ue le hizo a Lucy! como se atreveEE
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Mensaje por Delfi22 el Vie Abr 21, 2017 6:19 pm
Wow! que cosa! yo que pesaba que ninguna iba a salir de la mansión.
Pero aquí para mi creo que ambas tienen parte de culpa.Cierto que Samanta se pasó.Pero Lucy..por dios! más de un año de relación y no contarle el porque de su negativa.Cierto es algo difícil de llevar ese trauma,pero porque no pidió ayuda cuanto se dio cuenta que no podía tener relaciones y más teniendo una novia como Samanta.Y esta al saberlo en lugar de hablarlo y hallar una solución, que dijo me la hecho al plato y listo, asunto arreglado.Y ahora quién le quitara ese trauma? porque candidatas sobran..Bien a la espera del siguiente ya que esto se esta poniendo mejor..Saludos


******recibe tu abrazo****** Laughing
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Mensaje por Yurita el Sáb Abr 22, 2017 2:46 pm
@Delfi22 escribió:Wow! que cosa! yo que pesaba que ninguna iba a salir de la mansión.
Pero aquí para mi creo que ambas tienen parte de culpa.Cierto que Samanta se pasó.Pero Lucy..por dios! más de un año de relación y no contarle el porque de su negativa.Cierto es algo difícil de llevar ese trauma,pero porque no pidió ayuda cuanto se dio cuenta que no podía tener relaciones y más teniendo una novia como Samanta.Y esta al saberlo en lugar de  hablarlo y hallar una solución, que dijo me la hecho al plato y listo, asunto arreglado.Y ahora quién le quitara ese trauma? porque candidatas sobran..Bien a la espera del siguiente ya que esto se esta poniendo mejor..Saludos


******recibe tu abrazo****** Laughing

Hola Delfi! me alegra verte en todos los capis jaja, Pues verás que sí, sam se ha ido y además otras chicas se irán yendo por diferentes motivos. La pobre de Lucy realmente tiene un trauma y una mala racha, pero Samanta no era su... pareja ideal. Demasiado "fogosa" lo que lucy necesita es alguien mas jaja y si hay canditadas, pero la mayoría también se la quiere echar, menos Matilda, y por eso Matilda, irónicamente, es a quien lucy menos teme xD
gracias por comentar siempre, un saludo!
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Mensaje por Yurita el Sáb Abr 22, 2017 2:48 pm
Tras la expulsión repentina de Samanta , toda la casa se hundió en un ambiente tenso y sofocante. Era como si una tela gris hubiese caído sobre todas; y además el clima estaba lluvioso y soplaba un frío viento desde el norte. Las muchachas no comieron juntas, sino que prefirieron ir con sus parejas a sus habitaciones y pasar el día sin que nadie hablara de lo sucedido con las demás. Eran ya las cuatro de la tarde, y la zona parecía fantasmal. La única que estaba en la sala mirando la televisión era Matilda, incrédula todavía sobre lo que su rival había hecho. Encontraba irónico que Samanta la hubiera acusado de ser una desgraciada sin sentimientos ni corazón, y que al final hubiese sido ella la que demostró ser exactamente eso. Repudiaba lo que había pasado; pero no se sentía tan cercana a Lucy como para mostrarle su apoyo. Dejaría eso en manos de las demás. Chartlotte y Zafira no habían abandonado la cama desde el medio día, fundiéndose en un sólo cuerpo, descansando entre sábanas y volviendo a comenzar una y otra vez. Estaban exhaustas. El sexo les ayudaba a tener la mente tranquila. Noriko y Leonore hacían lo mismo, pero en la bañera, bajo un delgado chorro de agua tibia y caricias sobre sus pieles con aroma a manzanas. Tris y Ana compartían sendas tazas de té caliente debajo de la pérgola del jardín, y miraban caer la lluvia sobre el agua de la piscina. Pensaban en su relación y en su futuro matrimonio, y no dejaban de sonreír. Tamara y Andrea estaban dormidas, y Elena se la había pasado leyendo en su recámara.
Quien sí estaba mal era Lucy. Se encontraba en un estado de duermevela, con el borde de los ojos mojados por lágrimas y pensamientos fríos dándole vueltas por la mente. Sentía odio hacia Samanta, vergüenza por lo sucedido y también un profundo dolor en el corazón a causa de la forma en la que su relación había terminado. Los recuerdos de cómo se conocieron y de los esfuerzos que Lucy hizo para que Sam se enamorara de ella no acababan de bombardearla como cañones tratando de derribar una muralla de acero. Estaba dispuesta a cerrar su alma al amor; pero una fuerza desconocida le susurraba que debía de tener fe antes de tirar la toalla.
Pensó en pedirle permiso a Sara para llamar otra vez a su casa y escuchar la voz de sus familiares; sin embargo, desistió de esa idea porque no quería echarse a chillar otra vez. Los fuertes traumas en su psique la habían dejado fuera del juego y lo único que deseaba era dormir durante todo el tiempo que pudiera. Ya se había desecho de todas las pertenencias que Samanta había dejado después de su partida, y ahora yacían envueltas en bolsas para basura y esperaban en los botes para ser recogidas por el camión recolector.

Por la noche las cosas cambiaron un poco. Sara les dejó les pidió a Matilda, Zafira y Chartlotte que hicieran la cena. Estela había tenido una emergencia y tendría que salir durante un par de días de la mansión. Las tres muchachas estaban felices con el encargo, porque pensaban darle a Lucy un buen banquete para traerla de nuevo al grupo y que intentara, al menos, olvidar lo que había sucedido y despejara su mente. Lucy necesitaba saber que tenía amigas en las qué confiar, y que estaban dispuestas a todo para hacerla sentir valorada y amada.
Después de haber hecho algunos pastelillos de postre, ensaladas y una exquisita lasaña, propia de la receta de Matilda, Sara ordenó a todas las parejas que bajaran a comer. Una vez todas estuvieron sentadas en sus respectivos lugares, la voz de Sara volvió a sonar por las bocinas.
—Matilda, aunque debería de sobrar un sitio en la mesa, te voy a pedir que pongas un plato extra.
—Pero si ella ya no está.
—Hazlo, por favor.
Confundida, Matilda lo hizo.
—Bien, niñas. Ha llegado el momento de darle la bienvenida a una nueva integrante.
—¿Nueva integrante? —preguntó Chartlotte, excitada. Todas las muchachas murmuraron entre sí y miraron a su alrededor, buscando a la nueva compañera.
—Ella llegará dentro de un par de minutos. Por favor, vayan a recibirla a la puerta principal.
Las muchachas se amontonaron en el jardín delantero. La mansión estaba cercada por una gran verja de seguridad para impedir que cualquier invitado no deseado entrara en el terreno de las chicas. Seguía lloviendo, y el agua formaban grandes charcos en donde se reflejaba la ambarina luz de las farolas de la entrada.
—Hace frío. —dijo Lucy. Leonore se quitó su chaqueta y se la colocó sobre los hombros.
—Veo las luces de un coche. — avisó Chartlotte.
Esperaron a que el vehículo cruzara la verja de entrada y se estacionara justo frente a los escalones que conducían a la puerta principal. El conductor se bajó rápidamente y abrió la puerta del pasajero. Una sombrilla negra se abrió como un hongo, y la siguiente chica bajó al fin.
—¿Cómo será? —se preguntó Elena.
—De seguro es otra niña rica como Matilda. —bromeó Noriko.
Chartlotte se sintió como la responsable en dar la bienvenida a la nueva integrante. Ésta tenía el rostro oculto por la sombrilla. Pisó un charco enlodado y subió con cuidado las escaleras de mármol, sosteniéndose de la barandilla para no caer. Las muchachas retrocedieron para dejarle entrar. Luego, en el cielo estalló un trueno en el mismo instante en el que la nueva plegó el paraguas y las miró con una amplia sonrisa de dientes blancos.
—¡Hola, me llamo Nicole!
Se trataba de una muchacha tan joven como Lucy, sólo que un poco más alta que Leonore. Su saludo había sido tan alegre como la expresión que mostraban sus ojos de color avellana, y tan impetuoso como el rojo de su cabello, que en ese momento iba algo despeinado a causa de la lluvia y de la humedad. La pequeña nariz estaba recorrida por una delgada constelación de pecas, y llevaba un diminuto punto metálico en el labio inferior.
Lucy la miró y no pudo evitar sentirse incómoda. Le parecía que Nicole estaba allí para remplazar a Samanta, y aunque en efecto era así, saberlo no le estaba dando una sensación de seguridad. Cuando los ojos de Nic y los de ella se encontraron, la pequeña muchacha desvió la mirada y volvió a la cocina.
—Me llamo Chartlotte. —se presentó, y las demás iban a seguirla, pero Zafira sugirió que sería mejor volver a la mesa y presentarse como era debido.
Las muchachas volvieron al comedor. Nicole ocupó el lugar que le correspondía a Zafira y paseó la mirada sobre todas las muchachas. Le llamó la atención Lucy, que parecía estar observándola con una mezcla de curiosidad. Le sonrió abiertamente, produciéndole un sonrojo de mejillas.
—¿Cómo te llamas?
—Lucy.
—¿Y por qué me estás mirando como si quisieras matarme? —las muchachas se miraron unas a otras, incómodas por la situación. Podían darse una idea de lo que estaba pensando Lucy. Chartlotte se apresuró a cambiar de tema y comenzó con las presentaciones. Cada una de las integrantes saludó y dijo su nombre. Nicole se mostró sumamente interesada en todas ellas y fue preguntándoles algunas cosas sobre la casa y sobre ellas. La impresión que dio fue la de ser una chica altamente extrovertida y amigable, y a todas les cayó bien de inmediato. Incluso Lucy, aunque esta se mantuvo más callada que Leonore.
Chartlotte estaba entusiasmada con Nicole. No sólo era bonita, sino que su energía y su forma de hablar tan sincera y directa era lo que buscaba en una mujer. Se decidió a mover sus hilos para tratar de acercarse a ella a un nivel más íntimo; pero sólo el tiempo diría qué tan buena pareja podrían ser.
—¿Y qué meta tienes? —preguntó Ana, sosteniendo sobre la mesa la mano de su prometida Tris.
—Pues…. Tengo un amigo que tiene una refugio de animales. Se la pasa rescatando gatos y perros callejeros y los alimenta hasta que pueden conseguir una familia que les quiera. Creo que el dinero me serviría para darle unas mejores instalaciones.
Más que una se sintió mal. Otras querían el dinero sólo por capricho y vanidad.
—¿Cómo se llama tu amigo? —Matilda dio un sorbo a su bebida de manzana —. Mi mamá es fanática de los animales. Creo que le gustaría conocer ese refugio.
—¿En serio? Mi amigo se llama Matías. Al refugio le pusieron Patitas inocentes.
— ¡Aww! — exclamó Noriko y empezó a moverle el brazo a Leonore —. Amorcito, cómprame un perro. Un perro.
—¿Para que puedas comértelo como la mayoría de los asiáticos? —bromeó Zafira y toda la mesa estalló en risas. La japonesa se sonrojó y tapó la cara en la manga de Leonore.
Nic miró que Lucy no apartaba su atención de ella. Comenzó a sentirse un poco incómoda, y atacó con un leve fruncimiento de cejas.
—Bueno, suficiente. Lucy ¿tienes algo qué decirme?
—No, para nada. Me-mejor me voy a dormir.
Se apresuró a marcharse. Noriko, preocupada, fue tras ella.
—¿Está bien esa chica?
—Acaba de pasar por un momento muy malo. No creo que debamos hablar de eso en un buen tiempo. —contestó Zafira y le hizo un coqueto guiño a Nic.

Lucy intentaba dormir, pero no dejaba de dar vueltas sobre su cama. Los recuerdos vividos por culpa de Samanta le estaban poniendo los nervios de punta. Odiaba la soledad de su cuarto, porque en el silencio era como si pudiera escuchar todavía la voz de su ex novia. Se levantó sudando y se fue al baño para lavarse la cara. Después bajó a la cocina para comer algo antes de regresar a intentar dormir. Oyó que la tele estaba prendida, y fue a la sala. Se encontró con una solitaria Leonore, vestida con una bata de seda casi transparente, y como no llevaba sujetador, los pechos lucían un poco detrás de la delgada tela. Lucy no los notó y se sentó al lado de ella.
—¿No puedes dormir, Lucy?
—En lo absoluto. No dejo de pensar en Samanta, pero en el mal sentido de la palabra. Es como si todavía sintiera sus caricias sobre mi cuerpo. Me pone nerviosa.
—Ella ya no volverá por aquí, y tampoco la verás si así lo deseas.
—Sí, lo sé. No obstante, mi cabeza sigue siendo un mar de dudas y de miedos. Temo quedarme sola, temo las miradas que nos echamos las unas a las otras. Me siento… como si todas ustedes quisieran arrancarme la ropa.
—Siempre ha sido así.
—Pero ahora me da miedo. —se inclinó hacia el frente y comenzó a llorar. Leonore apagó la televisión y recostó la cabeza de Lucy sobre sus piernas —. Necesito ir a un psicólogo. No quiero seguir en la mansión.
—¿Quieres salir? Es posible que puedas hablarlo con Sara.
—Sí. Quiero irme.
Leonore le dio un beso en la frente y le acarició la boca.
—Eres un primor, Lucy. Estoy segura de que ninguna queremos que te vayas. Si pudieras reconsiderarlo, sería maravilloso para nosotras tenerte aquí. Somos tus amigas. Ninguna de nosotras va a tocarte.
—A menos que lo quieras. —bromeó Matilda, apareciendo detrás de ambas. Ella tampoco podía dormir. Se sentó en el mismo sofá y subió las piernas de Lucy sobre las suyas. Leonore y ella se miraron un instante, pero ninguno de sus rencores salió a la luz —. Yo te cuidaré, Lucy. A mí nadie se me acerca.
—Eso es porque eres odiosa. —dijo Leonore, aunque si fue una broma, su tono de voz no dio muestras de ello —. Aunque tiene razón, Lucy. Si quieres estar cerca de alguien que no te mirará de otra forma, Matilda sería una buena compañía.
La niña rica arqueó ambas cejas. En cierta forma, Leonore le había hecho un cumplido. Lucy la miró extrañada.
—¿De verdad no te gusta ninguna de las que estamos aquí?
—Ninguna. A mí me van las salchichas, si sabes qué quiero decir..
Las tres sonrieron. Lucy ya comenzaba a sentirse mejor.
—Anda. Ven a mi cuarto a dormir.
Leonore vio cómo se marchaban. Los pensamientos que rondaron en su cabeza sobre lo que le había sucedido a Lucy la llenaron de un profundo odio hacia Samanta. Se convenció de que con Matilda estaría bien; así que volvió a encender el televisor. Se quedó dormida al cabo de media hora.

Matilda colocó otra almohada en la cama e hizo un espacio para Lucy, quien se recostó sintiéndose un poco extraña e incómoda. La jugada terrible que Matilda le había hecho durante la prueba todavía le molestaba; pero ya no le enfurecía. Además, su cabeza estaba más ocupada pensando en lo terrible de Sam, y no tenía tiempo para sentir odio por ninguna otra persona.
—Gracias por dejarme dormir aquí. Sé que no eres muy amistosa.
—Eres bienvenida. —respondió, sin mirarla —. Duérmete ya.
—Descansa.
A pesar de todo, Lucy sí que pudo dormir, y la nefasta violación de Sam quedó, por un momento, en el olvido.

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No se emocionen jaja, Maty es la más Hétero de la casa, pero que creen que sea de Nic, parece agradable, pero nunca sabemos jaja
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Mensaje por Delfi22 el Miér Abr 26, 2017 6:33 pm
Diablos! no hay a cual ir..o sea que todas esperan una oportunidad..
Charlotin ya le hecho el ojo a Nicolin y siento que esta va ir por Lucyn, aunque puede que Matildin de la sorpresa, aunque diga que es muy hétero. Aunque la verdad no se como vaya a acabar todo esto..Y bueno solo queda esperar a ver que pasa y ver quién es la siguiente en salir.
--Nos vemos próximamente..Que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Sáb Abr 29, 2017 2:34 pm
@Delfi22 escribió:Diablos! no hay a cual ir..o sea que todas esperan una oportunidad..
Charlotin ya le hecho el ojo a Nicolin y siento que esta va ir por Lucyn, aunque puede que Matildin de la sorpresa, aunque diga que es muy hétero. Aunque la verdad no se como vaya a acabar todo esto..Y bueno solo queda esperar a ver que pasa y ver quién es la siguiente en salir.
--Nos vemos próximamente..Que estés bien..

jaja matilda?? ella es muy linda y todo, pero le van otras cosas XD, aunque Nicole sigue siendo un pequeño misterio en la casa. Ya veremos cómo se combinan estas muchachas. Gracias Delfi! siempre me comentas y me animas
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Mensaje por Yurita el Sáb Abr 29, 2017 2:36 pm
Bueeeeno, seguimos con el salseo jaja

—El siguiente juego pondrá a prueba sus actitudes para la actuación. —la voz de Sara surgió como una divertida nota de los parlantes que estaban en el comedor. Las muchachas, que estaban almorzando juntas, habían sido sorprendidas por la llegada de un nuevo reto para darle la bienvenida a Nic.
—¿Qué clase de actuación? —preguntó Elena.
—A lo mejor una peli porno de corte lésbico. —sugirió Zafira con una mirada demasiado pervertida para ellas. Toda la casa ya sabía de sus encuentros con Chartlotte, y tampoco es como si Chartlotte permaneciera con la boca callada por las noches.
—Por desgracia, algunas de ustedes todavía están a algunos meses de cumplir la mayoría de edad, por lo que no será posible hacer tal cosa, Zafira. Sin embargo, mis niñas, lo que sí harán será jugar con los roles. Estela les guiará hasta el teatro.
—¿Tenemos un teatro? —preguntó Tris, visiblemente emocionada. Había conocido a su futura esposa precisamente en una obra. Ana también se sintió contenta al recordarlo.
—Sí. Es una de las zonas prohibidas hasta el momento. Diríjanse de inmediato en compañía de Estela, por favor.

Las muchachas desfilaron ansiosas hasta el exterior de la casa. Una de las rejas de la valla que rodeaba la mansión estaba abierta. Un sendero atravesaba la maleza del bosque y ellas siguieron a Estela por ahí. La mayoría de ellas iban tomadas de la mano con sus respectivas parejas. Se sentían contentas por respirar un poco de aire fresco, y algunas chicas, como Leonore y Noriko, plantearon la posibilidad de pedirle a Sara un día para realizar un picnic fuera de los terrenos cercados de su territorio.
Lucy iba de último. La propuesta de la actividad le había dejado más nerviosa que a cualquiera de las demás. Tenía pánico escénico y sabía que no podría actuar frente a un escenario, y menos con todas sus compañeras mirándola. Sintió deseos de escaparse, pero no podía darse ese lujo. Lo bueno era que Samanta ya no estaba ahí, porque de lo contrario intentaría consolarla dándole cariño, el cual a su vez terminaría en otro intento de acoso.
—¿Te sientes bien, linda? —le preguntó Nicole, rezagándose para esperarla.
—No quiero actuar. —se quejó Lucy. La pelirroja sonrió y le tomó de la mano inesperadamente. Lucy se arrebató con cautela.
—Oh, vamos. Déjame tomarte. Todas están con alguien. Además no queremos que te quedes atrás.
—¿Para qué? Ya les diré que no quiero participar. Que me expulsen. Me da igual.

Nic frunció los labios. No le gustaba la actitud pesimista de Lucy; pero intentaba comprenderla. Claro que nadie la había dicho todavía qué circunstancias había sufrido la pobre chica, pero dada su timidez, podía hacerse una idea. De todos modos caminó con ella hombro con hombro, y antes de darse cuenta ya estaban muy atrás del resto.
—Por cierto, Lucy, escuché de Leonore que no puedes dormir. Me pasa lo mismo. Sufro de insomnio frecuentemente y por el día casi siempre estoy cansada. Una noche que no tengas nada que hacer, ven a mi cuarto. Traje una consola y he visto que tú tienes una. Tal vez podamos jugar juntas ¿no te parece?
Lucy asintió, aunque sin deseos de aceptar la invitación.

Zafira y Chartlotte habían estado caminando la mitad del sendero sin separar sus bocas del profundo y cariñoso beso que se estaban dando. Entre las demás ya empezaban a surgir los rumores de que las dos muchachas estaban a punto de entrar en las garras del amor, pero ellas siempre lo desmentían diciendo que sólo estaban juntas por el placer que les embargaba tener a alguien con quien hacer cosas pervertidas. Las demás, francamente, lo dudaban.
Matilda sentía que le iban a salir arrugas en la frente de tanto fruncir las cejas. Aceptaba que su única amiga, Chartlotte, tuviera una amante; pero encontraba algo perturbador e incómodo de escuchar cómo sus bocas chasqueaban a cada rato. Además, Chartlotte se veía enamorada de Zafira, aunque quisiera ocultarlo. Pasaba mucho tiempo con la morena y siempre estaba entre sus brazos. Matilda no era una experta en relaciones, pero sí conocía a las personas y eso le bastaba para saber que Zafira no era un buen partido para Chartlotte. Quería advertirle, no obstante prefería quedarse callada porque eso enviaría falsas señales a las demás y la tacharían de celosa.
Llegaron al teatro, que era una casa de madera bastante grande, aunque no tanto en comparación con la residencia principal. Estaba en un claro del bosque, perdida como la casita de un cuento para niños y rodeada de pinos. Un camino sinuoso de piedra llevaba hasta la puerta. Estela les explicó que el teatro era usado en ocasiones por Sara, puesto que la mujer, entre sus otras virtudes, era un dramaturgo. El interior de la estancia era un teatro. Largas filas de asientos estaban dispuestos en bases escalonadas, frente a un escenario alto con piso de madera y una cortina roja colgando de fondo.

Estela esperó a que todas las muchachas entraran, y luego se dirigió a ellas usando su dulce voz.
—Bien, niñas. Las instrucciones son las siguientes. Las dividiremos en dos equipos. En total ustedes son doce, así que serán dos grupos de seis. Sus nombres están en esta urna, y las dos primeras que salgan serán las capitanas de los equipos. Después, estas chicas irán sacando papel por papel hasta tener a sus integrantes completas. Una vez hecho esto, se les dará un día para que diseñen una obra de tres actos usando el vestuario que tenemos a su disposición en esos almacenes. Después de eso, emplearemos los siguientes días para los ensayos, a menos que ustedes digan que están listas ya.
—¿Hay algún requisito para la obra? —preguntó Tamara. Estela la miró con gusto. Llevaba una cortísima minifalda de mezclilla. —La hay, y obviamente es que debe de haber escenas románticas entre ustedes. También puede haber algo más… picante, si lo desean.
Matilda cruzó los brazos.
—Básicamente nos estás diciendo que Sara quiere vernos teniendo sexo en el escenario.

—No precisamente. —contestó Estela, con la voz un poco irritada. No le caía muy bien Matilda, desde que se rehusó a expulsar a a Samanta —, pero si lo van a hacer, puede ser detrás de unas cortinas.
—Eso es sucio.
—Tampoco es como si ustedes fueran unas mojigatas. —miró especialmente a Chartlotte y a Zafira cuando dijo esto. Estela y Sara habían pasado bonitos momentos mirando a través de las bien escondidas cámaras cómo ambas chicas se daban mucho amor.
—¿Cómo se decidirá al equipo ganador? —Nicole estaba entusiasmada por la obra.
—Sara lo decidirá, aunque les diré lo que se tomará en cuenta: originalidad de la obra, habilidades de actuación y la trama. Como consejo, a la señora Sara le gusta el drama y la comedia; así que traten de que sus obras se enfoquen en eso.
—¿Todas tenemos que participar? —preguntó Lucy al fin. Tenía la esperanza de que Sara dijera que no.
—Todas, a menos que quieras ser descalificada. En ese caso, todo tu equipo será penalizado y el otro equipo será el ganador automáticamente.
—Ay…

— ¡Vamos, vamos! ¡No seas tímida! —rió Nicole, y la emoción le hizo darle un sonoro chupetón a Lucy en la mejilla. Las muchachas se quedaron mudas por el atrevimiento. Lucy estaba saliendo de una terrible situación y limitaba el contacto físico con las demás. Difícilmente se dejaba mimar por sus amigas. Por eso, no fue raro cuando la pequeña muchachita se alejó de Nic después de gritarle.
— ¡No hagas eso!
—Lo siento…
Por fortuna no pasó a más.
Estela prefirió comenzar con las elecciones de las chicas. Una por una iban a ir a la urna a elegir papelitos. Las dos primeras serían capitanas. Así pues, los nombres que salieron en su determinado momento fueron Zafira y Leonore. Ambas se miraron mutuamente y en silencio. Aunque ya habían intercambiado palabras antes, a decir verdad se veían como rivales. De acuerdo a la rápida encuesta que Estela les había hecho una a una, Leonore y Zafira eran las muchachas más “sabrosas” de toda la mansión, y sus atributos físicos e intelectuales sobresalían por encima de todas las demás. Opacaban al resto de sus compañeras. Zafira, con su hermosa sonrisa y su fenomenal cuerpo, y Leonore, con su inteligencia y su silencio, eran dos polos opuestos.
Después, las dos capitanas comenzaron a sacar los correspondientes nombres de sus integrantes, y al final, quedaron distribuidas de la siguiente forma:
En el equipo de Leonore estaban: Chartlotte, Matilda, Lucy, Nicole, y Tris.
Con Zafira iban Elena, Andrea, Tamara, Ana y Noriko.

Más tarde, los equipos estaban ya en las habitaciones de sus respectivas capitanas y comenzaban a dar propuestas sobre qué clase de obra iban a presentar. Leonore, dado su alto grado de culturización, les sugirió hacer algo dramático y fantasioso, algo al estilo la Bella Durmiente, con toques trájicos y románticos. Les expuso los tres actos en los que la obra iba a desarrollarse.

—Es muy simple. Trata acerca del amor de una asesina por una princesa que fue hechizada por una maga. La asesina debe rescatarla después de sortear varios peligros y finalmente, consumar su amor con un beso.
—¿Creo que estás sugiriendo que nos toqueteemos sobre el escenario? —dijo Matilda, a la que no terminaba de hacerle gracia la idea de meterse con sus compañeras —. Lo siento, pero no quiero ser la princesa.
—Lo decidiremos al azar. —le tranquilizó Nicole —. Aquí están los papelitos con los puestos que hay disponibles. Lucy los hizo.
—Perfecto. —dijo Leonore —. No habrá posibilidad de cambio ¿entienden? Y claramente tendremos que dar lo mejor de nosotras para ganar.
Tris sonrió.
—Te estás tomando muy en serio esto. Me parece que le temes a Zafira.
—En lo absoluto; pero quiero ganarle. Volviendo al tema, somos seis chicas, así que los personajes deberán de acoplarse a nosotras. Elijan sus roles.

Las muchachas metieron las manos dentro del cuenco y sacaron sus papeles. Los fueron recitando de uno en uno mientras Lucy los apuntaba en una pizarra blanca:
La hechicera malvada: Leonore.
La asesina: Chartlotte.
Guardia 1: Tris.
Guardia 2: Nicole.
Anciana sabía: Lucy
Matilda, al ver esto, puso una mueca de asco y abrió su papelito.
Princesa en apuros, e interés romántico de la asesina: Matilda.
— ¡Esto es un complot! No quiero besuquearme con Chartlotte. Sólo somos amigas.
—Ay, será un beso de piquito nada más. —rió la asesina.
—No, no y no. Lucy, cambia conmigo.
—Tú sabes que no quiero tener contacto físico con ninguna de ustedes.
Matilda miró a Leonore para pedirle apoyo; pero las palabras de la capitana eran categóricas y no daba su brazo a torcer. Tris tenía prometida, así que no estaba dispuesta a besar a ninguna otra mujer. Nicole se negó rotundamente. Cabizbaja, a Matilda no le quedó más remedio que aceptar su horrible destino.

En el cuarto de Zafira, las cosas estaban más animadas. Tamara y Andrea no dejaban de darse besos de pico mientras el resto de las chicas discutía qué hacer con su obra.

—Tenemos que impresionar a Sara. —exclamó la capitana —. Se me ocurre la historia de una chica del campo que llega a la ciudad a pedir un empleo. Sin embargo, tiene que estar sometida a los intereses de su pervertida jefa. ¿Qué dicen? O son demasiado mojigatas para hacer algo así.
El equipo de Zafira estaba conformado por las chicas de más mente abierta de toda la mansión. Noriko se moría por probar nuevas cosas sexuales siempre y cuando Leonore estuviera allí. Andrea y Tamara fantaseaban constantemente con tríos y cuartetos. Elena y Zafira eran amigas y amantes también. Incluso Ana se mostraba colaborativa en ese aspecto y estaba dispuesta a todo con tal de complacer a Sara e impresionar a su prometida.
—Bien, vamos a elegir los roles.
La disposición de su equipo quedó de la siguiente forma:
El papel de la chica campesina buscando empleo le fue conferido a Ana, mientras que Tamara tuvo que hacer el papel de la jefa pervertida y controladora. Andrea sería la mejor amiga de la protagonista, mientras que Elena sería la amante celosa de la jefa, y quien trataría de hacerle sentir miserable a lo largo de toda la obra. Noriko sería una empleada más de relleno, y Zafira sería su amiga con intereses hacia ella. Zafira sabía que esto último podría molestar a Leonore, y precisamente por eso lo estaba haciendo.


Más tarde, le comunicaron a Estela que ya tenían decididos sus roles. Mediante un sorteo, se distribuyeron los sitios para ensayar. Leonore y su equipo ganaron el teatro, por lo que de inmediato se fueron para allá, mientras que Zafira prefirió quedarse en la mansión y practicar su obra en la seguridad de la casa. Ambas capitanas habían pactado no hablar sobre sus respectivas obras, ni tampoco hacer ninguna clase de trampa que sugiriera la ventaja de cualquiera de ellas. Tendrían unos pocos días nada más para ensayar, así que tendrían que darse prisa.
Matilda se revolvió dentro de sus sábanas y suspiró con cansancio. Lucy, que dormía a su lado, se despertó.
—¿Qué tienes?

—Sólo… me siento incómoda por la obra. No quiero besar a Chartlotte.
—¿Temes que te guste?
—No. —encendió la lámpara de noche —. Temo que no podré hacerlo y todas las del equipo me van a colgar de los ovarios. Quiero ganar tanto como Leonore, pero… no es fácil.
—Es sólo un beso. Chartlotte no usará su lengua ni nada por el estilo. No te pongas nerviosa. Bueno, no soy la mejor para decir eso.
Matilda le sonrió con ternura.
—Está bien. Intentaré tranquilizarme y mañana, durante los ensayos, veré qué sucede. Tú deberías dormir un poco más, Lucy. Tienes suerte de ser sólo un extra. Por cierto ¿qué pasa entre tú y Nicole?
Lucy frunció las cejas, extrañada.
—¿Qué quieres decir? No hay nada entre nosotras. Me cuesta verla y recordar que está ocupando el lugar de Samanta. Supongo que… sólo echo de menos.
—Entiendo. Bien, buenas noches.

Tris y Ana llevaban quince minutos haciendo el amor. El orgasmo estaba cerca. Podían sentirlo brotar dentro de sus cuerpos como una tentadora descarga de electricidad. Los labios de Tris daban suaves y mojados besos a la parte interna de los muslos de su prometida, y sus dedos hurgaban en su interior, acariciándola y rasguñándola con un cariño conciliador. Las sábanas que las envolvían hacían un suave frufrú en medio de la penumbra de su cuarto. Lo único que delataba la silueta de sus cuerpos era el brillo ámbar de la lámpara del buró.
—¿Por qué no me quieres decir de qué trata tu obra? —le preguntó Tris a Ana. La otra mujer se estaba acariciando los senos, y mantenía sus ojos cerrados para disfrutar aun más de las penetraciones de que Tris le estaba dando con los dedos.
—Es un… secreto. Zafira no quiere que nos roben la idea.
—Tonta. Eso no sucederá. Nosotras ganaremos. —la boca de Tris cubrió la entrada vaginal de su futura esposa, y permaneció pegada a ella durante un largo rato. Los movimientos circulares de su lengua recogían las mieles que manaban de su interior, y estimulaban el diminuto clítoris que ardía en deseos. Tris amaba a su casi esposa con locura. Necesitaba ya casarse con ella y formar una familia sólida, sin importar lo que la sociedad retrógrada pensara de ellas. Se amaban profundamente y estaba segura de que superarían cualquier adversidad.
Ana atrajo a su novia para besarle con pasión. El sabor de su sexo estaba impreso en esos labios azucarados, y ella los devoró con suaves lamidas. Envolvió su cuerpo con los brazos y la acarició los hombros. Cada beso era tan magnífico como la primera vez que se amaron. Las manos traviesas acariciaban sus piernas y sus pechos. Exponía el cuello para que Tris la besara y le diera de suaves mordiscos hasta bajar a sus redondos senos y mojarlos con la saliva de su lengua. Le pidió a su novia que la penetrara más fuerte, más profundo, y Tris así lo hizo. A su vez, Ana hundía sus dedos dentro de ella, y Tris sintió que estallaría de placer. Las embestidas eran casi violentas y suspiró, emocionada por lo que estaba sintiendo.
Al final, cuando ambas mujeres se corrieron, decidieron descansar y se acurrucaron como una sólida pareja. Estaban orgullosas de su relación. Nada ni nadie iba a separarlas. Las otras chicas eran todavía niñas inseguras a su lado.

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ñam, esa obra va a estar sukhulenta jajaj saludos!
Yurita
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Mensaje por Delfi22 el Mar Mayo 02, 2017 12:37 am
Esta Sara y sus ideas...la verdad no sé como vaya a terminar esta obra de teatro y más teniendo como capitanas a estas dos..Además esas miradas de Nicole y Lucy a ver en como terminan estas dos..Y como siempre un capítulo genial. Nos vemos en el próximo..Que estés bien.. XXXXX..
Delfi22
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