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El momento más Feliz - BARCEDES

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Mensaje por Sun Sun el Dom Jul 15, 2018 4:52 pm
Buenas a todos y todas las personas que se lleguen a leer por aquí. No puedo con el tremendo amor que siento por estas dos mujeres y el trauma de no verlas juntas. Así que me puse a pensar en que hay muchas cosas que solo podemos suponer sobre ciertos momentos vacíos de la historia y he decidido escribir esta pequeña historia de pocos capítulos, en su mayoría cortos.


Espero sea del gusto de ustedes, mis lectores.

Disclaimer: Perdona nuestros pecados y sus personajes pertenecen a Pablo Illanes y Mega Chile. Si no fuera así no serían un fenómeno mundial.  Yo solo los pido prestado por un ratito.

Aviso: cambio a contenido adulto más adelante.







"Quédate tranquilo, ¿bueno?"



Villa Ruiseñor

Nicanor cierra su maleta y observa algunas notas en una libreta. Bárbara lo interrumpe alcanzándole su sombrero - ¿tienes todo preparado? – le cuestiona.

El hombre no despega los ojos de sus notas – Si – responde escuetamente.

En otra ocasión, a Bárbara Román aquello le habría molestado, pero, desde un tiempo hasta aquí, era totalmente indiferente a la apatía de su marido - ¿llevas tu abrigo? – preguntó – dicen que en Santiago está más frío que por aquí.

El comisario dejo de leer su libreta con un suspiro – sí, lo llevó – contestó – son solo unos días, no te preocupes – confundiendo la cortesía de su esposa con intranquilidad.

Ella sonrió canónicamente – no estoy preocupada – aseveró a sabiendas de que por muy directa que pudiera ser esta afirmación, su esposo no la tomaría como lo que era en realidad, un signo de distancia. Sus preocupaciones no tenían nada que ver con el hombre con el que se había casado. Hoy, lo único que inundaba sus pensamientos era el perfume a jazmín y azaleas que se mezclaba con el aroma de la piel de Mercedes Möller.

-Bien – dijo el comisario conforme – Vilches vendrá a buscarme en 5 minutos – explicó - ¿estarás bien aquí sola?

-Ya sabes que no estaré sola – respondió su esposa.

-Ya, ya, la señorita Möller ha sido muy amable en aceptar nuestra invitación de acompañarte, y su padre lo suficientemente condescendiente como para permitirle venir – dijo Nicanor – de todas maneras, siguen siendo dos mujeres solas...

-Dos mujeres adultas y autosuficientes que sabremos protegernos, perfectamente – le cortó Bárbara.

-Bueno, bueno – el comisario sabía reconocer la exasperación en la voz de su esposa y sabía que ella tenía sus propios ideales feministas. Ideales que en su mayoría no compartía, pero que intentaba respetar, a veces sin conseguirlo – pues nada, trata de no aburrirte, no tardaré en volver.

-Ve tranquilo, resuelve tu caso, Mercedes y yo tenemos muchas cosas pendientes – comentó la mujer con una sonrisa genuina.

-Trata de no esforzarte demasiado tampoco; esa mujer solo tiene en su vida su carrera como directora, que no te obligue a trabajar más de lo necesario – sentenció Nicanor dándole un beso en la mejilla a su esposa, antes de tomar su maleta del suelo.

-Quédate tranquilo, ¿bueno? – dijo Bárbara – te aseguro que aprovecharemos algo de tiempo para relajarnos – y agregó de inmediato – avísame cuando vayas a regresar para preparar tu llegada.

-Por supuesto – dijo él y señaló la puerta cuando una bocina de auto llamó su atención – ya está Vilches aquí, hasta pronto mi amor.

-Hasta pronto – dijo ella y, cuando la puerta se cerró detrás de él, suspiró ansiosa pensando en cinco días con su Mercedes para ella sola.

En la casa de los Möller, Mercedes guardaba un camisón de seda nuevo en su maleta. Repasó la tela de seda con la yema de los dedos, imaginando que Bárbara adoraría la caricia de la tela tanto como ella.






"Buenos días"


Bárbara despertó con el primer rayo de sol de la mañana. Uno que entraba por una pequeña rendija en la ventana lateral de la habitación. Normalmente, se deslizaría por su cama matrimonial evitando el contacto con su esposo Nicanor. Dejándolo dormir y dándose tiempo para estar sola. Estar casada, de un tiempo para acá, se había convertido en una persecución contra las costumbres con el único fin que había podido alcanzar por ahora, estar sola. Soledad que le permitía pensar en quién deseaba, en realidad. Soledad para imaginarse en los brazos de su Mercedes, para esperar su próximo encuentro.

Hoy fue diferente. Por primera vez en meses, despertaba pegada a un cuerpo desnudo. Uno que nada tenía que ver con esa cama que era casi una cárcel en su vida. La piel suave que rodeaba con sus brazos le despertó su primera sonrisa al amanecer. La primera de muchas, probablemente. El momento más feliz era siempre este. Este en donde ella era consciente de que no tendría que esconderse o fingir. El momento en que podía amar con todas sus posibilidades, con todo su ser y no simular que lo hacía solo por cortesía. Cualquier momento con Mercedes era un momento feliz.

Los poros de su piel se erizaron notando la desnudez del torso que envolvían. La tentación dormida. Inesperadamente, se lamió los labios. En la noche, cuando, por fin, se marcharon a la cama, estaban demasiado cansadas para hacer el amor. Se desnudaron, mutuamente, para solamente dormir abrazadas. Como si el solo hecho de poder entregarse al sueño sin esperar un imprevisto mayor, fuera la purga para tantos meses en que la acción de dormir juntas era casi una fantasía.

Bárbara no había descansado tan a gusto en mucho tiempo y no se quejaba por no poder disfrutar del cuerpo desnudo de su amor. No se quejaba porque ya lo había hecho antes de la hora de ir a la cama. Inmediato Mercedes dejo su maleta en el suelo de su casa, la pasión que bombeaba ese amor prohibido las apresó y las llevó directas a las sabanas. La mujer se mordió los labios recordando los gemidos del amor de su vida, mientras ella la poseía. La forma en la que susurraba que la amaba, la manera en que maduraba con cada caricia volviéndose una mujer atrevida y cautivadora, por partes iguales. El calor comenzó a subir por su cuerpo lentamente. Daba igual que afuera el invierno se revolcará entusiasta por las calles de Villa Ruiseñor, la piel de Bárbara se sentía vibrar cálidamente.

No sabía si le daba mayor satisfacción las caricias que se habían prodigado, los besos y las marcas que jugaron a depositar por la piel de la otra o el espacio de calma posterior. Ese en que ambas se sentaron, genuinamente cómodas, a leer haciendo pausas para darse algún beso esporádico. Leer a Simone de Beauvoir con Mercedes recostada en sus piernas y sonriendo cuando sus ojos se encontraban, había sido tan o más placentero. Aquel lapso intimo rebosaba de un pletórico "podría ser así para siempre" que le había hecho perder el horizonte por un momento. Olvidar que aquello era un regalo transitorio del destino. Alucinar con una vida como esa.

Sus manos se cerraron por inercia sobre los pechos de su amante, apretando suavemente la piel alrededor de los pezones de Mercedes. La mujer dio un respingo, pero no se alejó. Sabía, perfectamente, quién era la dueña de esas manos invasoras. Las únicas manos que la habían tocado en toda su vida, las únicas manos que deseaba que la tocaran. Esas manos le pertenecían y toda Mercedes era de esas manos, sin que la propiedad de la que hacían gala fuera un estamento mundano. Era otra clase de pertenencia.

Gimió suavemente como primer saludo en la mañana. Giró sobre sí misma y lo siguiente fue encontrar esos labios que eran su perdición. Besarlos y luego lamerlos. Perder la consciencia en las manos de Bárbara dibujando su cadera, extraviándose entre sus muslos. El convencional "Buenos días" siempre puede esperar.




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Mensaje por jeliz el Dom Jul 15, 2018 5:19 pm
... OK... PUEDO CHULEAR AL MENOS SU FORMA DE ESCRIBIR SIN QUE ME MATE REIVY??? JEJEJE
HABLANDO EN SERIO VAYA QUE... QUE PROFUNDO ESCRITO, MUY BIEN ME HA FASCINADO.

ESPERO ESCUCHAR ALGUN DIA TU PROGRAMA PERO MIENTRAS CON TUS ESCRITOS ME CONFORMO

EN ESPERA DE MAS


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Mensaje por Delfi22 el Lun Jul 16, 2018 9:12 pm
Wow! Muy lindo y tu forma de expresar el amor entre estas chicas en esa forma, sin dar demasiados detalles es hermoso.

Bien a la espera de más.

Saludos
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Mensaje por Sun Sun el Mar Jul 17, 2018 6:05 am
Gracias @Delfi22 y @jeliz por leer, y por darme su apreciación! ^^ Es genial tener sus comentarios. Espero les siga gustando.

Una aclaración: María Elsa es la mejor amiga de Mercedes y su cuñada, casada con su hermano Horacio (quienes salen aquí)



"Me parece raro"

-Explícame de nuevo, Elsa, ¿por qué es que vamos a cenar con la Mechita a la casa de la Bárbara? – preguntó Horacio a su mujer mientras se sentaban en el auto.

-Vamos a cenar con Bárbara y Mechita en la casa de Bárbara – Elsa suspiró tragándose esa continua distracción de su esposo que lo hacía re-preguntar muchas cosas. Algunas por simple desatención, otras por ser fiel a las estructuras que su padre le había enseñado – Mercedes está acompañando esta semana a la Bárbara porque su esposo está en Santiago...

-Me parece raro que el papá la haya dejado ir – comentó Horacio girando en la esquina siguiente.

-Me parece raro que pienses que tu papá tiene algún poder sobre la Mechita – fue la respuesta de su esposa – es una mujer adulta y con libre albedrío.

Horacio sonrió leve, pero audiblemente - diría que no conoces bien al papá, Elsa, a Ernesto Möller nada lo detiene, ni siquiera sus hijos – el hombre se rascó la cabeza – me parece raro porque sé que al papá no le gusta la amistad de la Mechita con esa mujer.

-No veo por qué, pero bueno – Elsa reflexionó – Bárbara es inteligente y moderna, generosa y buena persona, creo que es una excelente influencia para la Mechita – observó a su esposo por un momento, haciendo que él la mirara con curiosidad - ¿a ti que te parece esa amistad? – preguntó.

El hombre se cuadró de hombros – no le veo nada malo.

-¿Y ya?

-Y ya – dijo con simpleza mientras frenaba en una esquina para dejar pasar a un peatón. De inmediato, cambio de tema tranquilamente.

Unas horas más tarde, la reunión transcurría especialmente calmada y risueña. A Horacio se le habían olvidado las manías de su padre contra Bárbara después de la segunda copa y un poco de conversación. Se sentía a gusto acompañando a las mujeres y su esposa estaba feliz, hasta muy cariñosa con él. Los cuatro se sentaron frente a la mesa del café y hablaron de literatura, poesía y pensamientos de la época. Para un hombre hecho a la antigua, pero que renegaba de esa vida que tendría que tener porque distaba mucho de la que tenía, ver a su hermana argumentar a favor de pensamientos completamente fuera de lo convenido era como un placebo mejor que cualquier cosa. Hoy no sé sentía tan diferente a su hermana.

-Mercedes – dijo Bárbara en un momento - ¿qué tal si les servimos café o enguindado a nuestros invitados?

-Me parece maravilloso – dijo esta – vamos, te ayudo a prepararlo – dijo tomando de la mano a Bárbara y alejándose con ella hacia la cocina.

A Horacio las manos juntas le llamaron la atención, pero recordó la cantidad de veces que Elsa, Augusta o Mercedes se tomaron de las manos desde que eran unas pequeñas. No le puso mayor interés. Hay asuntos a los que no hay porque darles vueltas.

Elsa había estado observando la reacción de su marido, mientras era consciente del gesto de las mujeres, preguntándose si Horacio era víctima de otra distracción, de la costumbre o si solo se negaba a ver.

En la cocina, olvidando el café por unos minutos, Bárbara besaba profundamente a la mujer que amaba. Casi tan profundamente como ese amor que sentían. La invadía con su lengua, sin importarle los invitados o el retraso. Mercedes la obligó a girar y tomó el mando de la situación apretándola contra la mesada. Enredó su lengua con la de Bárbara, con la humedad del impacto jugando entre ellas. Recrudecieron un beso casi fatal para sus sentidos, mientras las manos de Bárbara buscaron la espalda baja de Mercedes.

-¿Necesitan ayuda? – preguntó Elsa desde la sala.

Se separaron con una risa entre dientes, cómplices y divertidas, meneando la cabeza con un "No" silencio, que al cabo de unos segundos Mercedes explicitó verbalmente. Se dedicaron al café y las copas para el enguindado. La adrenalina de lo prohibido era una adicción, pero no era tan intenso como el amor que sentían la una por la otra.




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Mensaje por Kratos666 el Mar Jul 17, 2018 3:45 pm


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Mensaje por Sun Sun el Miér Jul 18, 2018 1:35 pm






"Te lo prometo"

Horacio se preparaba para dormir. Se dedicó a quitarse el saco que llevaba y lo colgó en una silla cercana a su cama. Sonreía porque la noche no le permitía otra cosa. La había pasado bien. Estaba contento y no sentía necesidad de maquillar la realidad con nada más. La cena, la charla posterior y el café lo habían puesto de buen humor. Elsa lo observaba sin disimulo, mientras se vestía con su camisón de seda. Trataba de descifrar la fuente para tan buen humor.

El hombre notó la mirada de su esposa - ¿Qué? – le preguntó sonriendo y colocándose el pijama.

-Nada, que pareces más contento de lo normal...

-Estoy más contento de lo normal, más que contento de hecho – dijo él sin reservarse su entusiasmo.

-¿A qué se debe tanta alegría? – quiso saber ella.

Horacio se sentó al borde de la cama – siempre me había preocupado la Mechita, tan dedicada a su escuela, tan recta, tan... - hizo una pausa – tan triste – agregó luego de pensárselo, tan "Ernesto Möller" – había retintín en esa afirmación –, pero hoy – meneó la cabeza – hoy, por fin, pude ver a la Mechita...

-¿Qué quieres decir con eso? – le interrogó Elsa.

-Que hoy la conocí, por primera vez – Horacio pestañeó antes de afirmar – más viva, más humana, más feliz – se cuadró de hombros – siento que creció, que no se queda en lo que mi papá dice y nada más.

Elsa sonrió a su marido, satisfecha – lo que deberías preguntarte es quién tuvo que ver con ese cambio en la Mechita...

-¿Quién? – Horacio la miró con interés.

-Sí, quién fue la persona que influenció a Mechita para que madurará, para que cambiará como lo hizo, quién la hace sentir más feliz – Elsa se sentó en la cama y lo tomó de las manos.

-Cuando lo dices así parece como si saliera con alguien, como si tuviera un pololo – dijo su marido.

-No, no tiene un – Elsa remarcó el "un" abiertamente – pololo, pero si tiene a alguien que le hace bien.

-¿Te refieres a la Bárbara? – preguntó entonces Horacio – me lo dices por lo que te dije del papá hoy, que no le gusta la relación de ellas dos.

-Te lo digo por mucho más, Horacio – Elsa tomó aire y suspiró – te lo digo porque quiero compartir con vos, mi marido, el hermano de Mercedes, un enorme secreto y, también, una enorme carga para el futuro.

-¿Qué carga? – quiso saber el hombre – me estás asustando, María Elsa.

Elsa titubeó. Se preguntó si tal vez no había leído a su marido lo suficientemente bien. Si estaría apurándose. Llevaba meses dándole vueltas y sentía que, por el amor, mísero amor, que le daba a Horacio, le debía esa verdad. A pesar de los deseos de Mechita, necesitaba un compañero, alguien en quien descansar ella también. ¿Quién mejor que el hermano de la Mechita? Su esposo.

-Tienes que darme tu palabra que si te lo digo no te vas a volver loco y vas a pensar mucho en lo que acabas de decir, en eso que ves a la Mechita tan feliz y diferente...

-¿Qué pasa con la Mechita, Elsa? – insistió su marido.

-No... creo que mejor no – Elsa se arrepentía, pero su esposo le sostuvo la mano y con un gesto silencio demostró su templanza, acariciando la mejilla de la rubia, en señal de confianza – te lo voy a decir, ¿bueno? – cedió la joven – es importante y es complicado... - Horacio asintió – Mechita y Bárbara... - a Elsa se le quebró un poco la voz, pero se recompuso mostrando la seguridad que deseaba brindarle a su amiga – Mechita y Bárbara están enamoradas...

Horacio palideció, de inmediato. Soltó la mano de su esposa y meneó la cabeza en desconformidad - ¿Qué estás diciendo Elsa? ¿Cómo van a estar enamoradas? Son dos mujeres...

-Estoy diciéndote la verdad...

-Es imposible, ¿cómo? ¿Cómo que la Mechita está enamorada de la Bárbara?

-Como cualquier amor, Horacio, como cualquier amor...

Horacio se puso de pie y comenzó a deambular errático por la alcoba – no, no, no – repitió – esto no puede ser verdad...

-¿Qué no puede ser verdad, Horacio? ¿Qué tu hermana sea feliz...? ¿Qué haya encontrado alguien que la ama profundamente? – Elsa se paró firme delante de él.

-Que sea una... - se quedó callado, sin poder decirlo.

-¿Una qué? Dilo Horacio, no te va a pasar nada por decirlo – su marido negó con la cabeza – una lesbiana – dijo Elsa fuerte y claro –, pero Mercedes es mucho más que eso y si tú no lo puedes ver es porque no eres el hombre que yo pensaba...

-¿Por qué me dices eso ahora? – se quejó Horacio escondiendo como podía la intranquilidad que le embargaba – No te das cuenta que eso es un delito, que las pueden meter a la cárcel si se sabe...

-Por eso nos van a necesitar, Horacio – Elsa hizo un esfuerzo para centrarlo en ella y que dejará de pensar en nada más – me tienes que prometer que la vas a ayudar a la Mechita.

-Yo... - Horacio dudó un segundo – yo no sé si voy a poder hacer eso , María Elsa.

-Si, si que vas a poder, Horacio – le aseguró ella – si no pudieras, no te lo pediría – le aseguró la mujer – de todos los hombres que conozco con el apellido Möller eres el más integro, Horacio – su marido pensó que no lo conocía para nada, pero su esposa continuó – estás lleno de errores, de falacias, de cosas malas, pero nadie es perfecto, mi amor – se permitió decirle como si ello ayudará a reforzar sus palabras y, ciertamente, funcionó porque Horacio dejo de negar con la cabeza – tu padre podrá ser tu padre, pero él no lo va a entender y mejor no hablemos de tu hermano.

-Pero ¿qué hago? – preguntó él entonces - ¿qué tengo que hacer?

-Tienes que jurarme que si un día no estoy y la Mechita me necesita, necesita alguien que la ayude, tú vas a estar en mi lugar, Horacio – su marido asintió inseguro – prométemelo – la voz de Elsa fue una llamada muy firme a la consciencia de su esposo – prométeme que por sobre todas las cosas vas a proteger la felicidad de tu hermana, vas a proteger esa humanidad que viste esta noche...

Horacio abrió la boca y no consiguió decir nada la primera vez, pero al segundo intento consiguió hablar – te lo prometo – dijo con la voz muy débil – te lo prometo, Elsa, te prometo que yo la voy a proteger a la Mechita.

Elsa sabía que Horacio tendría mucho que aprender, entender y asimilar, pero estaba feliz con el resultado final. Lo abrazó y se sintió contenida. Un lazo que ella y Horacio nunca habían tenido estaba surgiendo a partir de esta particular misión. Pero Mercedes y Bárbara lo merecían. Dormiría más tranquila sabiendo que alguien estaría para ellas cuando los necesitarán.





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Mensaje por jeliz el Miér Jul 18, 2018 3:46 pm
esto se ha tornado demasiado interesante por Dios!


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Mensaje por Sun Sun el Lun Jul 23, 2018 2:46 pm



"Me gustaría tener más tiempo"


El sonido del teléfono las despertó. Se habían quedado dormidas en el sofá luego de compartir los quehaceres de la casa. Se apoyaron en el sillón, abrieron el libro que desde ayer compartían y poco a poco la voz de Bárbara se apagó en medio de la lectura. Mercedes pensó en llamar su atención, pero cedió a la respiración suavizada de esa mujer que la hacía sentir en las nubes. El ruido del artefacto fue como el quiebre de un momento de paz. Quiebre que se haría mayor al cortar.

-Era Nicanor – dijo Bárbara apuradamente – mañana por la tarde estarán aquí...

Mercedes tragó saliva, consciente de que aquella ilusión de vida que llevaban era eso, solo una fantasía – ¿tuvo resultados con su caso? – no tenía idea porqué preguntaba, pero le pareció lo más sencillo de decir.

-No lo sé – Bárbara recién fue consciente de que había sido tan abrupto el golpe de saber que su idílica semana terminaba que no se había interesado para nada en su marido – no le pregunté – dijo.

-Bueno... ya nos contará seguramente – Mercedes tomó el libro y sonriendo, más como podía que como quería, agregó - ¿sigo leyendo? – la respuesta llegó de la mano de la otra mujer sentándose a su lado, sin una palabra más que decir - ¿dónde nos quedamos? – pregunto más para si misma que por otra razón – ah si... aquí... - tomó aire – "¡Qué pocas cosas conocemos de lo que hay que conocer! Me gustaría vivir mucho, en lugar de morir hoy, porque he aprendido mucho en estos cuatro días sobre la vida. Creo que he aprendido más que durante toda mi vida. Me gustaría ser viejo y saber las cosas a fondo. Me pregunto si se sigue aprendiendo o bien si no hay más que cierta cantidad de cosas que cada hombre puede comprender. Yo creía saber muchas cosas y, de verdad, no sabía nada. Me gustaría tener más tiempo..." – su voz se fue apagando a medida que recitaba aquel fragmento y, aunque oponía resistencia al sollozo que crecía en su garganta, no pudo evitar tener que respirar profundo. Fue el silencio en Bárbara lo que la obligo a mirarla, a pesar de no querer. Su sorpresa fue descomunal al verla llorando.

-Lo siento – dijo la mujer al notarse observada – lo siento, no sé... parece que no me pude aguantar...

Mercedes se relajó al notarse acompañada, incluso en este sentimiento de terror, de angustia. De volver a la vida vacía de la que había escapado hacía unos días. Vida que gracias a su Barbarita era menos triste, pero que exigía de ella el peor de lo sacrificios. El de no poder. No poder abrazarla cada vez que quería, no poder dejar de pensarla cuando se sentía lejos de ella. Lejos por la circunstancia, no por el deseo – Me gustaría tener más tiempo – repitió y la mujer que amaba sabía que no hablaba a través del libro.

-Y a mí ... - Bárbara la abrazó con fuerza – y a mí... – se estremeció al notar el temblor de su Mechita y no pudo contenerse.

Lloraron las dos juntas, en silencio, abrazadas. Lloraron por el libro que no terminarían, porque no podrían descubrir si el destino de Jordán y María sería la tragedia o la felicidad, o ambas. Por todas las cosas que ahora serían recuerdos, mientras ellas esperaban tener una chance para robarle otro instante al destino.

Poco a poco, fueron calmándose, encontrándose la tranquilidad que aquella llamada les había arrebatado. Bárbara besó a Mercedes en la mejilla y ésta la beso en los labios.

-Vivamos estos últimos momentos como si fueran los primeros, con la misma necesidad, con el mismo apego – le susurró sacándose la camisa y descubriendo su torso completamente desnudo.

-Si – susurró la morocha encandilada por el aroma de la piel de su amor, atrapando entre sus labios el cuello expuesto de Mercedes y sentándola en su regazo. Verla allí, expuesta, mostrándose para ella, eran el aliciente que le hacían olvidar que no podía gritar a todo el mundo que ella era de esa mujer.

Fuera de la casa soplaba el viento y las luces de la ciudad se encendían porque la luz del sol apenas aparecía entre unos nubarrones. Dentro, los pechos de Mercedes se ponían rígidos mientras el flujo sanguíneo danzaba como un demente por sus venas; mientras Bárbara Román, que prodigaba caricias a sus pezones con la lengua, dejaba a su mano caer inerte y arrastrar en su trayectoria la poca ropa que le quedaba.

Gimió alto y fuerte cuando el roce de las yemas de Bárbara con la humedad que había entre sus piernas se aceleró – ámame – susurró Mercedes contra la boca de su mujer – hazme tuya, mi amor – repitió cuando los dedos de su amante la atravesaron, llenándola de éxtasis.

Bárbara paladeó la frase y gimió débilmente – da igual cuanto tenga que esperar para tenerte así otra vez, Mercedes, eres única, inolvidable para mí – le dijo apresurando la embestida de sus dedos dentro de la mujer – da igual cuanto tarde en hacerte mía otra vez, mi amor, para mí no hay otro sitio ni momento más feliz que este, ver tus ojos llenos de mí, ver mi placer reflejado en tus gestos, en tus espasmos, en el temblor de tu cuerpo – se detuvo un momento para besarla, aumentando el ritmo con el que la poseía – te pertenezco, Mercedes Möller y no hay ni un solo sitio donde quiera estar que no sea contigo.

Mercedes sollozó y tuvo un orgasmo que fue toda la respuesta que Bárbara necesitaba para saberse correspondida. Un orgasmo ardiente, húmedo. El cuerpo de Mercedes haciendo un arco y exponiéndose sin tapujos a su mirada. La forma más primitiva de expresarse sin pudores. De expresarse por amor. Una expresión que no tenía nada de indecoroso, una expresión que era como una mujer que encuentra el camino para decir te amo sin decir una palabra.



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Algunos comentarios:

1) La canción que da título al fic es "El momento más feliz" de La Casa Azul. Lo comento porque a mi entender le queda muy bien este capítulo... Aunque es un poco depre a su manera

2) El fragmento recitado es del Libro "Por quién doblan las campanas" de Ernest Hemingway (1940)

3) Aún nos quedan varios capítulos... estoy deseando que les guste mi pequeño intento de escribir Barcedes. Hoy por hoy, tenemos que esperar lo mejor de ellas. Es innegable que se aman, solo hay que tenerles fe



Saludines!




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Mensaje por jeliz el Lun Jul 23, 2018 10:20 pm
Waoooo jajajaja que intensas partes, se me acelero el corazón tan bello, continue por favor


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Mensaje por Sun Sun el Jue Jul 26, 2018 11:28 am

Saltito temporal... gracias por las lindas palabras que me dedican, chicas!

Apuntecitos: Horacio es hermano de Mercedes, Carlos es otro hermano de Mechita, Augusta es su mujer (de Carlos), Ernesto Möller es el papá de Mercedes. Nicanor, por las dudas, el marido de Bárbara.

"Mercedes y Bárbara están enamoradas"


1961

Horacio observaba inmutable los acontecimientos. Los observaba en su mente, como lívidos recuerdos que no parecían pertenecerle. Todo había sido tan precipitado que no había podido procesar nada. Minutos antes estaba bromeando con su hermano y, al cabo de una fracción limitada de segundos, estaba camino a la salida del pueblo, mientras su padre conducía fuera de sí con una versión muy alterada de Augusta a su lado.

Todo, todo había sucedido tan rápido. Tan infamemente. Tan desafortunadamente. Busco las valijas que su padre le obligó a llevar y vio, sin poder hacer nada, como Ernesto Möller arrastraba a Mercedes lejos de Bárbara. Como ésta se quedaba llorando destrozada, con las rodillas pegadas al suelo y Nicanor apresándola, mientras ellos se marchaban. Miró, durante los quince minutos de regreso, el llanto desesperado de su hermana menor, sintiéndose tan perdido como ella, tan desdichado como ella. Cuánta falta le hacía María Elsa en ese momento y ahora mismo. Ella siempre sabía qué hacer cuando él perdía los papeles.

Llegar a casa había sido lo fácil y Horacio no lo sabía hasta que traspasó la puerta. Carlos estaba obsesionado con saber qué había sucedido, a pesar de la negativa de su padre. Intento por todos los medios que Mercedes le dijera, pero Ernesto la obligo a marcharse a su habitación. Frente a la negativa de Carlos a parar, él pensó que tal vez pudiera encontrar un aliado en su hermano. Y lo dijo. En voz alta y para que todo el mundo lo escuchara, no en susurros como cuando hablaba con Elsa.

"Mercedes y Bárbara están enamoradas..."

Aquello fue como lanzar un cóctel molotov en un montón de paja seca. Carlos era casi un matón, muy a pesar de los deseos del cabeza de los Möller. Era un hombre de mucha doble moral y mucho más machismo. Adoraba a su manera a los miembros de su familia y, para los hermanos Möller, Mercedes era un santuario. Un espejo de cómo debía ser una mujer. Incluso, de como hubiera sido su madre si estuviera. El impacto de saber la verdad sobre su hermana había calado de manera distinta en los dos. Para Horacio era un punto de encuentro, una posibilidad. Para Carlos era como si todo en lo que creía se desmoronase. Como si el reflejo de su madre se corrompiera. Y actúo exactamente como el matón que era.

Horacio quería a su hermano, pero había hecho una promesa y no dudo en golpearlo las veces que hizo falta. Lo golpeó hasta que fue la propia Mercedes la que le dio un golpe también. Un golpe moral y un golpe literal. Mercedes no dudo en exponerlos a sus bajezas, en mostrarles sus propios pecados. Su hermana era la mujer más fuerte que había conocido. Se había repuesto a su desgracia para enfrentarlos a todos. Uno por uno. Horacio Möller sentía un orgullo inmenso por la mujer en la que se había convertido su Mechita.

"Lo pensaba mirándola dormir. Lo pensaba esperando a que despertará, consciente de que lo haría y pronto. Mercedes dio un respingo al abrir los ojos y encontrárselo allí.

-Horacio ¿qué estás haciendo acá?

-Te estaba mirando dormir, disculpa – explicó el hombre – me estaba acordando cuando éramos chicos y el papá nos llevaba a pescar, ¿te acuerdas qué arrendaba una cabaña el río Clarillo...?

Mercedes negó con suavidad – no, no me acuerdo...

-Yo creo que si te acuerdas – afirmó Horacio – tú eras muy chica y el papá nos hacía pescar... y nosotros pescábamos más que tú – recordó Horacio con una sonrisa sincera, Mercedes sonrío – a ti te daba rabia y... querías meterte adentro del río para pescar más que nosotros – la voz se le quebró – y eras así – señaló con los dedos – de este porte - Mercedes río con sinceridad acompañando a su hermano en el recuerdo – a ti te daba tanta rabia y, entonces, al papá también le daba rabia... - no lo soportó más y comenzó a llorar muy débilmente.

Mercedes se enderezó y tomó la mano de su hermano - ¿qué estás pensando? – le preguntó.

Él negó con la cabeza – no sé... no sé... me gustaría tanto saberlo..." – respiró profundamente - saber que decir, saber que hacer...

Mercedes se tomó la cabeza y lo observó con una mirada de angustia – no puedo ayudarte si no me dices lo que piensas – sentenció.

-Lo que pienso es que estoy peleando entre lo que debería hacer y lo que quiero hacer – dijo finalmente su hermano suspirando pesadamente – estoy batallando contra todas mis normas, Mercedes.

-No sé de qué hablas, Horacio – dijo su hermana tratando de leer algo en su mirada.

-Vamos – dijo poniéndose de pie – ¡vamos Mechita! Ponte de pie que nos vamos de acá... – repitió sin levantar la voz, pero demostrando seguridad.

Mercedes se puso de pie, consternada - ¿a dónde? – le consultó a su hermano – son las 5 de la mañana.

-A cualquier lugar, no... no lo he pensado – dijo Horacio -, pero si no te sacó de acá ahora mismo, el papá te va a llevar a Santiago con una psicóloga o no sé qué mierdas...

-¿Qué? –Mercedes abrió su boca de par en par - ¿cómo se atreve el papá? ¿Qué piensa? ¿Qué puede obligarme?

Horacio entendía la indignación de su hermana. La entendía porque él mismo la había sentido en su piel al oír el plan descabellado de Ernesto Möller. Un plan que consistía en drogar a la Mechita y meterla a la fuerza en un instituto psicológico. Dejarla allí, sola y sin saber cómo pudo haber llegado. Pero no tenía tiempo para ponerse en debatir sobre la ética de su padre.

-Mira Mercedes, no tenemos tiempo para eso, tienes que venir conmigo ahora, porque si no vuelvo a tiempo para el desayuno de las 8, el papá sabrá que estoy involucrado en tu desaparición y eso no nos conviene – al verla rebuscar en su cuarto agregó – tus valijas están en mi auto, ya las bajé – explicó – además, debemos buscar la manera de sacar a Bárbara de su casa sin que Nicanor lo sepa.

-Yo... yo creo que podría conseguirlo, Nicanor se va a la comisaría a las 7 – dijo Mercedes bajando despacio los escalones y siguiendo a su hermano mayor.

-¿Crees que la dejará sola hoy? – preguntó Horacio mientras abría con suavidad las puertas del auto y deseaba que la señora Telma no notará los ruidos de la casa, o Ernesto se despertará antes de tiempo.

-No sé, Horacio – le respondió su hermana -, pero tenemos que intentarlo.

Horacio giró en la primera esquina alejándose de la casa de los Möller, suspiró vigorosamente. Todos sus miedos que se habían arremolinado en su garganta durante la improvisada fuga se iban disipando. Si lograba mantener su fachada nadie sabría que él, Horacio, había ayudado a su hermana y a su amante a huir de Villa Ruiseñor. Solo necesitaban un plan detallado e impecable.

-¿Por qué? – la voz de Mercedes surgió desde su derecha y el hombre se giró a verla un momento - ¿por qué haces esto, Horacio? ¿Por qué no me peleas como el Carlos? ¿Por qué no te escandalizas?

-Porque llevo mucho sabiéndolo, Mechita – dijo Horacio – porque la Elsa me lo contó hace años, lo tuyo con la Bárbara, ¿sabes? – observó como Mercedes se tapaba la boca y expresaba en sus gesto algo de angustia – yo no dije nunca nada porque ¿quién soy yo para juzgarte? Sí soy un infeliz...

-No digas eso - Mercedes le acarició el brazo – no digas eso, Horacio, hoy has sido muy valiente, oponiéndote al papá y protegiéndome.

-Hice una promesa – respondió él – le prometí a la Elsa que te iba a cuidar si ella no estaba – tragó saliva – y Dios sabe que yo no cumplí nunca las promesas que le hice, está es, posiblemente, mi última chance...

-Eres un hombre noble, Horacio Möller, noble y sensato – los ojos de Mercedes se llenaron de lágrimas – te voy a estar eternamente agradecida.

Horacio sonrió de medio lado – mejor cuando salgamos de todo eso, ¿sí? – Mercedes sonrió.

Daban las 7 cuando Nicanor abandonaba su hogar. No había dormido y estaba abrumado por la situación. Empecinado en olvidarse de esas cosas que nunca debieron pasar. Cuando Mercedes Möller estuviera lejos, todo aquel infierno iba a acabar. Tan ensimismado iba que no notó el auto que en una ochava cercana esperaba en silencio. Ni las figuras que se agazaparon en la niebla de la mañana.

No supo cómo esas sombras irrumpieron en su casa por la puerta que aún estaba algo rota, ni como se asombraron al escuchar a alguien manipular la cerradura de la habitación. No supo cómo se abrazaron Mercedes y Bárbara al reencontrarse, ni como se dejaron arrastrara la casa de Horacio y se escondieron en el cuarto principal. Ni él ni nadie supo nada, hasta que a la hora del desayuno Ernesto le pidió a Telma que llamara a Mercedes y la señora no la encontró en su cuarto.






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Con su permiso, y el de los autores que nunca se enterarán xD, me he permitido reescribir esta escena... ^^ Espero que fuera de su agrado...





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Mensaje por Kratos666 el Vie Jul 27, 2018 4:43 am


DRAMAAAAAA DRAMAAAAA!

lo bueno que me he entrenado con las novelas de televisa que si no ni te contaba que me pasaria @sun sun

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Mensaje por jeliz el Vie Jul 27, 2018 4:35 pm



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Mensaje por Sun Sun el Sáb Jul 28, 2018 6:15 pm


"¿Qué paso con la Mechita?"




-¿Qué está pasando aquí? – Ernesto bufaba como un condenado - ¿Cómo que Mechita no está? – recorrió los escalones y pasos que lo separaban del cuarto de su hija y no se detuvo ni para evitar a la señora Telma, la cual fue empujada por el hombre hasta dar contra una pared. Augusta asistió a la pobre mujer, que estaba aterrada, disculpándose y pidiéndole que se marchará - ¡Mierda! – gritó Ernesto al ver el cuarto vacío y quitando la ropa de cama como si Mercedes estuviera escondida en un rincón.

-No está, papá – dijo Carlos abriendo el armario de Mercedes – ni ella ni su ropa.

-Ni las valijas que tenía ayer – Ernesto caía en la cuenta de lo inevitable – si se fue con su equipaje, no pudo ir muy lejos, alguno tuvo que verla al venir para acá – los hermanos negaron – entonces alguien la ayudo, alguien tuvo que venir y buscarla.

-Pero ¿quién la iba a ayudar tío Ernesto? – preguntó Augusta.

-¿Alguno de ustedes...? – Ernesto observó a sus hijos, Horacio respiró profundo y fingió estar consternado, negando con la cabeza, la furia que mostraba su padre, en verdad, era insólita – ¿alguno de ustedes? – volvió a preguntar.

Carlos contestó de inmediato – por supuesto que no papá – se giró a su hermano - ¿verdad que no?

Horacio no tuvo en cuenta que una pausa demasiado larga incrementaría mucho más la ira de su padre, él cual al ver los segundos que pasaban entre la pregunta y la respuesta, a pesar de las protestas de su otro hijo y su nuera, encaramó a Horacio contra la pared de la solapa de su saco - contesta la pregunta de tu hermano, ¿ayudaste a tu hermana, Horacio?

-No... - Horacio negó con la cabeza, impresionado, pero convencido de que debía ser fuerte – papá, acabamos de llegar el Carlos y yo, estuvimos en nuestras casas con nuestras familias hasta recién, como nos pediste ayer, ¿qué pasa con usted, pedazo de huevón? – se sacó las manos de su padre de encima con energía, manteniendo una postura altiva. Una mentira más a papá Möller no cambiaría mucho su destino, ya se sentía condenado por otras múltiples razones. Quién perdona los pecados, hoy, le perdonaría esta falsedad.

-Tío – Augusta llamó la atención de Ernesto – se olvida de la respuesta más sencilla, debió ser esa asquerosa... la Bárbara.

Ernesto negó – es imposible, Nicanor la iba a vigilar...

-El comisario no se distingue por ser una hombre muy perspicaz, papá – comentó Carlos, haciendo que Ernesto dejará el cuarto raudamente directo al teléfono. Horacio dejo a todos salir y se tomó un minuto para respirar. Luego los siguió.

Hoy el comisario estaba concentrado y mucho más tranquilo de lo habitual. Su primer oficial se sentía contento por la mañana productiva que por fin tenían. Las cosas entre el comisario y su esposa parecían haberse compuesto. Al menos, era la sensación que daba al verlo hablar de ella.

El teléfono sonó. Era Ernesto Möller. Vilchez le pasó la llamada al comisario.

-Diga... Señor Möller... ¿Qué?

Lo siguiente que pudo ver fue a Nicanor salir como un loco de su lugar de trabajo.

-Comisario... ¿dónde va? – le preguntó, pero aquel asunto parecía demasiado urgente para contestar a su pregunta.

Unas horas más tarde, Horacio entró en el cuarto principal de su casa asustando a su hermana que salía del baño privado. Bárbara estaba sentada en la cama y se puso de pie ni bien lo vio. Su rostro no evidenciaba buenas noticias.

-¿Qué paso, Horacio? – le preguntó.

-Nada, por ahora he conseguido que no me tocarán las sospechas, pero la cosa no está nada bien – manifestó sentándose en la cama y tomando de la mano a su hermana – vamos a tener que esperar para irnos – explicó – están todos muy movilizados.

-¿Todos? – preguntó Mechita.

-Sí, todos – prosiguió su hermano – el Carlos, el papá... tu marido – dijo mirando a Bárbara que abrió los ojos – como imaginamos, el papá lo llamó ni bien supo que la Mechita no estaba en su cuarto y él fue a verte, al no encontrarte apareció hecho una furia en la casa, falto poco para que se peleará con el papá y el Carlos.

-¡Dios mío! – exclamó Bárbara.

-Se pusieron a reclamarse mutuamente huevadas y, al final, tuvimos que separarlos – contó Horacio -, pero lo cierto es que se comprometieron a estar atentos a toda posibilidad de que salgan de Villa Ruiseñor - hizo una pausa – sea en auto o el autobús, así que no podemos irnos todavía.

-¿Por qué están tan seguros que no nos marchamos ya? – preguntó Mechita.

-No lo están y, por eso, Carlos ha viajado a Chillán para ver si se van a subir al tren de las 13 o si se marcharán por la noche – respondió Horacio.

-Menos mal que no fuimos al tren, entonces – Bárbara suspiró - ¿por qué te han dejado quedarte en tu casa?

-Se supone que tengo que llamar a la Elsita para ver si Mechita se comunicó con ella – Horacio hizo un gesto de cansancio – idea de la Augusta – meneó la cabeza – aprovechando esto, llevé a los niños a casa de los Quiroga unos días y conseguí el teléfono de donde está la Elsa.

-¿La llamarás, entonces? – preguntó Mercedes.

-Sí, tengo que ponerla al tanto para que no sé encuentre con una sorpresa si por alguna razón se comunicará con ella, además, estoy seguro que me dará ideas sobre qué hacer – se puso de pie y caminó a la puerta – mientras tanto, pueden andar con relativa tranquilidad por la casa, traten de no contestar el teléfono ni abrir la puerta, y estar lo mínimo posible en la planta baja, por si aparecen el papá, el Carlos o la Augusta.

Todos bajaron las escaleras y Bárbara se puso a preparar un té para los tres con algo de comer. Ninguno había desayunado. Les vendría bien.

Horacio marcó el número en el teléfono, hablo con la operadora y espero en línea. Del otro lado finalmente alguien habló y él pidió hablar con Elsa. Al cabo de unos minutos, la voz de su esposa se dejó oír.

-Alo...

-Elsa, soy Horacio...

-Horacio – Elsa se preocupó de inmediato - ¿paso algo con los chiquillos? ¿Con mi mamá...?

-No, no – Horacio negó rápidamente – están bien, ellos están bien, paso algo con la Mechita.

-¿Qué paso con la Mechita?

Horacio le explicó con rapidez todo lo sucedido la noche anterior. El como su padre había separado a las mujeres evitando que huyeran juntas, con ayuda de Nicanor.

-¡No me lo puedo creer! ¡El tío Ernesto se ha vuelto loco, o qué! – el tono de Elsa denotaba su indignación.

-Loco es poco – dijo Horacio.

-¿Y la Mechita? ¿Dónde la tienen? – quiso saber de inmediato Elsa.

-Está aquí...

-¿Cómo...?

Horacio sonrió imaginando la sorpresa que se llevaría su esposa al oír lo que iba a decir – me la traje para la casa... y a la Bárbara, sin que el papá lo sepa – aclaró.

-¿Las ayudaste? – el hombre notaba la sonrisa y satisfacción en la voz de Elsa – no lo creo...

-Si, te lo prometí – afirmó Horacio con modestia.

-Gracias – la primera palabra fue casi un susurro – Gracias por ayudar a la Mechita, Horacio.

-Es mi hermana también – Bárbara y Mercedes se observaron sonriendo al oír esas palabras, la primera tomó la mano de la otra y la besó en señal de confort - ¿quieres que te la pase?

-No, no, dile que la quiero y que estoy feliz de que se animen a vivir su amor – dijo Elsa.

-Le diré – contestó Horacio mirando a Mechita -, pero estoy casi seguro que ya lo sabe – de pronto recordó por qué había llamado – además de ponerte al tanto. quería que me ayudarás – dijo – no sé cómo sacarlas de acá, por unos días no podremos porque están vigilándolo todo... tampoco sabemos dónde podrían ir...

Del otro lado hubo una pausa. Una pausa de entendimiento y concentración. Elsa rebuscaba una respuesta para ayudar a su mejor amiga dentro de su consciencia.

-¡La casa en el Ñielol! – Elsa contestó finalmente – la de mi madre y mi tía, lleva deshabitada al menos 2 años, tengo una copia de la llave en el segundo cajón.

-¿No irá tu madre para esa casa en algún momento, no? – consultó Horacio.

-No, para nada, la usaba más mi tía que otra cosa – Elsa se rascó la cabeza – es la opción más factible, porque todos pensarán que irán a Santiago y vigilarán ese trayecto, pero si consigues llevarlas a Los Ángeles, podrían tomar el tren  hasta Temuco.

-De todas maneras, esperaremos algunos días – contestó Horacio.

-Asegúrate de que las rutas están bien por esa zona y de que el tren esté en funcionamiento – le pidió Elsa – y Horacio, en ese cajón tengo una caja con unos ahorros que me dio mi papá... dáselos a las Mechita... les harán falta.

-No te preocupes – respondió Horacio – no pensaba dejarlas con las manos vacías.

-Horacio – Elsa le llamó la atención – ten cuidado, por favor, te quiero.

Su esposo sonrió – yo también te quiero, Elsita, sabía que ibas a guiarme a una solución.

-Llámame ni bien sepas que van en camino – pidió Elsita – o bueno... llámame cuando quieras llamarme, estaré esperando...

-Claro – dijo su esposo – espero que puedas encontrar las respuestas que necesitas – Horacio sabía que no había sido justo con Elsa en estos tiempo y sintió la necesidad de disculparse indirectamente – gracias de nuevo, espero verte pronto.

-Yo también, ya... falta menos... cuídate por favor y cuida de las muchachas – fue lo último que dijo Elsa antes de cortar.

Horacio cortó la llamada –bueno... ya tenemos un lugar a dónde ir – les dijo a Bárbara y Mercedes – ahora nos falta ver el cómo...




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Mensaje por jeliz el Dom Jul 29, 2018 2:17 am
que les den con el tubo a esos malditos !!!! ay que estres


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Mensaje por Sun Sun el Sáb Ago 04, 2018 4:32 am



"Habrá que ponerle remedio a eso"


Mercedes daba vueltas por la habitación. La llamada de su padre a Horacio la habían puesto nerviosa. Bárbara llamó su atención reteniendo su mano en una de las tantas pasadas.

-Tranquila Mercedes, todo va a ir bien – le dijo acariciando suavemente la piel del dorso de su mano.

-No sé, Bárbara, no sé – respondió la joven con angustia - ¿qué habrá querido mi papá para llamarlo tan urgente al Horacio, eh?

-¿Cómo puedo saberlo? – le contestó la otra mujer - ¿Cómo podríamos...? Tal vez solo quiera hablar con él sobre alguna cosa...

-Sobre nosotras, seguramente – interrumpió Mercedes.

-Puede ser, es posible, pero no lo sabemos y no podemos dejar que la ansiedad nos gané, ¿bueno? – Bárbara besó la frente de Mercedes y de alguna manera consiguió contenerla – no podemos, tenemos que confiar en Horacio.

Mercedes tragó saliva, sintiéndose una chiquilina – tienes razón, perdóname mi amor – la abrazó sosteniéndola contra sí – de alguna manera, siempre logras hacerme sentir mejor.

Bárbara le sonrió al separarse – eso es porque tú eres lo más importante para mí – Mercedes sonrió al oír sus palabras – y tu felicidad es la mía – explicó – si te sientes mal o nerviosa, yo también me siento así.

-¿Qué más siento ahora mismo? – Mercedes apoyó la mano de Bárbara en su corazón.

Bárbara sonrió de medio lado – ¿amor? – Mercedes la miró mostrando su sorpresa por la duda que manifestó la mujer – amor – afirmó entonces Bárbara corrigiéndose.

-Y mucho más – agregó Mercedes sonriendo sugerentemente y mordiéndose el labio inferior.

Las fosas nasales de Bárbara se expandieron de todo el aire que dejo pasar al verla hacer ese gesto – pareces un poco loquilla, mi amor – le dijo, pero acercándose más a ella – hace un momento preocupada y ahora tan atrevida – apuntó con una sonrisa.

-No parece que eso te moleste – le respondió Mercedes – de hecho, queda solo la ropa entre nosotras – comentó notando como el cuerpo de Bárbara se pegaba completamente al suyo.

-Habrá que ponerle remedio a eso – dijo la mujer, mientras desabrochaba la chaqueta de vestir de Mercedes, haciendo lo propio con la camisa y sintiendo el frío leve de la habitación de invitados en su propia piel al quedarse sin ropa.

Al fin y al cabo, pronto serían libres de amarse cuando quisieran, pero ahora eran presas de esa habitación, de esa casa, y de las ganas que las envolvían, tanto como ellas se envolvieron mutuamente. Hicieron el amor durante horas, sin pensar en ser interrumpidas. Como aquel invierno en que el destino les regalo una chance de vivir lo que no les estaba permitido. Hoy, ellas tomaban esa chance y, con ayuda de las personas que las querían de verdad, incluso, lo podrían convertir en una realidad.

Mercedes gimió desahogadamente cuando Bárbara se obsesionó con llevarla al orgasmo entre sus piernas, lamiendo su sexo y pellizcando sus pezones. Gritó su nombre, sin temor a ser escuchada como otras veces, en el momento en que su sexo explotó en sensaciones húmedas y calientes. Ella misma, luego de recuperar el aliento, entendió las obsesiones del amor de su vida y se recreó en su cuerpo como si fuera el manjar más sabroso del universo. Y luego, despedazó todo ese aplomo que la caracterizaba, tomándola con esa suavidad propia que caracterizaba la conexión que tenían. Esa suavidad que sabía que a Bárbara la mataba y le daba la vida por partes iguales. La mataba porque quería ser poseída, le daba la vida porque lo era, pero en un ritmo tan lento y medido que cada roce podía sentirse en cada poro de la piel, en cada espasmo que daba su cuerpo.

Cuando se saciaron, se durmieron abrazadas. Y la noche cayó, despertándolas. No porque el descanso fuera suficiente, sino porque Horacio llegó a la casa y llamó a las mujeres para conversar. Se vistieron y bajaron a la sala.

-¿Qué sucedió, Horacio? – preguntó Mercedes - ¿qué quería el papá?

-Saber las novedades, está como un loco tratando de localizarlas, pero completamente errado, para nuestra suerte – explicó el hombre – Carlos está seguro de que ya deben haber abandonado el pueblo y el papá también lo empieza a creer.

-Eso significa que tenemos una oportunidad de salir de Villa Ruiseñor – afirmó Bárbara.

-Puede..., pero necesitaremos una excusa para ir a Los Ángeles sin que sea sospechoso delante del papá o de cualquier persona – dijo Horacio – si fuera a Chillán podríamos decir que voy a visitar a la tía Estela, pero al sur... ¿por qué iría al sur?

-No tengo idea, Horacio – Mechita no escondió su temor y Bárbara volvió a tomar su mano – ¿y si vamos para Chillán y de ahí a Los Ángeles?

-Siguen los controles del comisario en esa ruta, por la ayuda humanitaria con lo del terremoto – Horacio recordó lo que decían por la radio. Sería arriesgado, habiendo una ruta más directa.

-¿Ir por negocios? – preguntó Bárbara.

-No..., nunca vamos el Carlos... - entonces Horacio pareció recordar algo – bueno, hay alguien que va para allá, pero no creo que te vaya a gustar mucho pedirle ayuda – explicó luego de la pausa – aunque ahora mismo no veo otra solución.

-¿De quién estás hablando? – preguntó Mercedes.

Pero su hermano se marchó por la puerta igual que vino, asegurándole antes de salir que había cosas que era mejor no saber hasta que no fuera completamente necesario.





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Mensaje por Sun Sun el Dom Ago 12, 2018 6:09 am





Con estos capítulos que vienen si que me tiró a la pileta... XD Pero es que no pude evitarlo. No me odien, please! Tampoco me abandonen...




"Tengo que pensármelo"





Ese día – 10:30 de la noche – Una casa de Villa Ruiseñor

-Horacio... ¿Qué haces tú aquí?

-Necesito tu ayuda...

-¿Pasa algo?

-Necesito contar con tu discreción y que vengas a la casa conmigo...

-¿A estas horas?

-Sí, es muy importante...

10:48 horas – Casa de Horacio

-¿Qué tanto apuro tienes, Horacio?

Mercedes abrió los ojos como platos al ver a su hermano acompañado por esa mujer, justo esa mujer - ¡Horacio! ¡ESTAS LOCO! – vociferó con espanto - ¿Qué está haciendo la Augusta aquí? –preguntó imaginándose que tendría que salir corriendo hacia quién sabe dónde, que la separaban de Bárbara y la llevaban a un lugar a donde no pudiera verla más.

-¡Mercedes! – el espanto de Mechita se doblegó ante el de Augusta, que fue muy superior. Una mezcla de terror, escepticismo y aversión, que se quedaron marcados en las arrugas de su semblante - ¿Qué está haciendo la Mechita en tu ca...? – iba a preguntar lo evidente y lo sabía. Se detuvo porque no quería tener esa pinta de crédula que estaba a punto de dejar ver – fuiste tú – sentenció mirando a Horacio – tú las ayudaste ese día...

-Sí, yo las ayude – Horacio mantuvo su voz firme, aunque por dentro le quemaba la decisión que había tomado – yo las ayude a escapar y las escondí todos estos días.

-¡Tú estás loco, Horacio! – Augusta comenzó a ensayar su postura de indignación habitual - ¡ellas están enfermas! ¡Necesitan ayuda!

-¡No, no, no! – la voz de Horacio tronó de una manera que ni Augusta ni Mechita habían oído jamás – No están enfermas, Augusta, deja de hablar por las estupideces que te dice mi hermano Carlos, ten tú propio criterio, mujer.

-Pero el tío Ernesto... - quiso defenderse la mujer, pero fue interrumpida por Horacio.

-El papá es un viejo, Augusta, está hecha a la antigua, pero tú eres una mujer joven, una mujer que puede pensar por sí misma – Horacio serenó su voz al ver la mirada de confusión que tenía su cuñada – yo lo sé, lo sabe la Mechita, eres muy fuerte para aguantar a ese huevón de mi hermano – la tomó de lo hombros para confortarla – si puedes soportarlo a él – Horacio tragó saliva – y a mí a veces, es porque eres mucho más mujer que lo que muestras siempre...

Augusta meneó la cabeza, confusa, vacilante – pues estarás equivocado entonces – balbuceó – yo no soy una buena mujer, ni mucho menos una mujer fuerte... no tienes idea de todo lo que he hecho...

-Sí que lo sé – respondió Horacio – sí que lo sé... ¿acaso te olvidas con quién hablas?

Mercedes sintió que en aquella mujer temblorosa había poco de Augusto y mucho de alguien que desconocía – Augusta – se acercó sin tocarla – nosotras crecimos juntas, ¿recuerdas?, nos recostamos en el sillón de la casa de la Elsa a escuchar los discos de Don Armando sin que nadie lo supiera, ¿te acuerdas? - la mujer solo frunció el ceño aguantando – escuchábamos a Antonio Machín y bailábamos las tres con Aquellos ojos verdes – Mercedes no pudo aguantar la nostalgia y la dejo fluir en forma líquida – y soñábamos, soñábamos con un amor lindo, uno que nos quiera, como se querían en esas canciones – Augusta sonrío suavemente – un amor que nos quisiera tanto, tanto que fuera hasta mucho – Mercedes miró al amor de su vida y se sonrieron mutuamente – eso es la Bárbara para mí, Augusta – confesó con firmeza – el amor que siempre soñé esas tardes contigo y con la Elsa...

-Pero es una mujer – replicó Augusta.

-¿Y qué hay con eso? – preguntó Mercedes – me ama como no me amó nadie nunca.

-No es natural...

-¿Por qué lo dice Ernesto Möller? ¿O las señoras agrietadas que dicen saber de moral por ser viejas? – rebatió Mechita – ¿o el cura de la iglesia? Ese mismo que se enamoró de una chica del pueblo...

Augusta encendió un cigarrillo, visiblemente nerviosa – no es como me criaron, tienes que entenderlo, Mechita.

-¿A qué le tienes tanto miedo, Augusta? – preguntó Bárbara.

-¡Ya no tengo miedo a nada! – se defendió.

-Si, hay algo a lo que temes muchísimo – siguió la profesora – quizás, sea miedo a entender que hay más de lo que tus padres te enseñaron o lo que la sociedad te dice que tendrías que hacer.

-Tú no sabes nada de mi vida, pervertida – Augusta soltó el insulto sin mucha confianza y fue evidente que Bárbara tenía razón.

-Puede ser..., pero se de miedo – Bárbara continuó sin amedrentarse ni caer en el juego del gato y el ratón – sé que es tener miedo a lo desconocido, a arriesgar todo lo que tienes para dejar de consentir lo que no quieres, miedo a luchar por lo que sientes que deberías sentir, miedo a enfrentarte a las costumbres, pero sobre todo a tus propios prejuicios.

-¿Qué esperan? ¿Qué las aplauda por ser más valientes que yo? – preguntó irónicamente Augusta-  ahorrense el discurso...

-No, sólo que nos ayudes – Horacio le respondió por las mujeres – o, si es que me equivoqué pensando que en el fondo de tu corazón aún quedan buenas intenciones, que al menos rescates algo de aprecio y no digas nada.

-¿Y por qué debería ayudarlos? – Augusta se resistió a acatar el pedido del hombre – te olvidas que yo las delate en primer lugar... ¿qué te hace pensar que no saldré de aquí directa a decirle al tío o al Carlos?

Horacio meneó la cabeza y sonrió – que sé bien que tú no eres así, Augusta – dijo – que sé que quieres quedar bien con el papá, pero que cuando paso todo eso en la carretera, cuando viste a la Mechita llorar desesperada en el camino de vuelta a la casa, sufriste tanto como ella, tanto como yo...

-No sé de qué hablas – retrucó la mujer.

-Si sabes – afirmó Horacio – lo sabes bien porque sabes que te conozco bien también y estoy seguro que no me equivocó contigo, por mucho que pelees en contra.

Augusta se acercó a la puerta – esperas demasiado de mí...

-Si no lo haces por ellas, hazlo por mí, por favor – le pidió Horacio.

Augusta tomó aire antes de salir y escapó diciendo – tengo que pensármelo.

Mercedes se acercó a su hermano – Horacio... hay que detenerla – pero ella se detuvo cuando su hermano le acarició el brazo dulcemente.

-No va a decir nada – dijo simplemente y se marchó de la sala, por las escaleras.



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