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Ritual de noches pasadas [ONESHOT LEMON]

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Mensaje por BBpeluza el Miér Abr 11, 2018 7:12 pm
¡Saludos a todas las lectoras y lectores de Coyuhi! Una vez más, traigo una historia sacada del baúl de los recuerdos (o sea, que es una historia que cuenta con más de 10 años), pero completamente inédita.

De antemano digo... ¡Gracias por leer!

AVISO 1: Contenido LEMON (Recomendado +16).

AVISO 2: Esta historia no está basada en series o personajes reales o ficticios conocidos. Pero debo añadir que hay personas especiales por las que escribes una historia, una fábula o una novela. A esa persona: ¡Gracias por la inspiración!



Ritual de noches pasadas.



Habías venido a matarme. Seguro que pensaste que sería fácil. Entrabas, me ejecutabas y salías.

Aprovechaste las sombras de la noche, trepaste fácilmente hasta mi ventana, entraste en mi alcoba encontrándola vacía. Ibas a tener que esperar. Pero, seguro que no tuviste que esperar mucho. Te imagino disponiendo un escondrijo entre las vigas del techo mientras, al otro lado, me disponía a abrir la puerta. Allí, oculta en lo alto, preparada para caer sobre mí con tu afilada daga. Sé que es un arma que adorabas porque con ella podías matar cualquier cosa sin hacer el menor ruido. Como asesina profesional, tu reputación te precedía. Famosa por ser más felina que humana. Ése era tu trabajo y lo hacías muy bien.

Lo que me aguardaba al otro lado de la puerta lo ignoraba por completo. Entré tropezando por la escasa luz y la llave cayó al suelo. Ese acto me salvó la vida de tu mortal golpe. Cuando me agaché a recogerla saltaste sobre mí, bueno… más bien caíste sobre mí y luego yo caí al suelo… fue un momento confuso. Tu arma golpeó contra la fría piedra produciendo una chispa.

Entonces pude verte.

Murmuraste una maldición. Si no me hubiera agachado...

Arremetiste contra mí con furia, dirigiendo tu daga a mi cuello. Pero resulté ser más rápida y fuerte de lo que esperabas; evité tu ataque e intenté alcanzar desesperadamente la puerta. Me giré a tiempo para ver como saltabas sobre mí otra vez. Evité tu daga como buenamente pude, y di de espaldas contra la puerta golpeándome la cabeza. Tu daga acabó clavada en la madera.

Volviste maldecir por no tener suerte, por ser la primera vez en tu vida que fallabas, y por fallar una segunda vez. Debías estar realmente furiosa… Y fue en ese momento cuando cometiste tu primer gran error: me miraste a los ojos. Y yo miré los tuyos, fríos, oscuros… Entonces me di cuenta de quien eras y me quedé petrificada por un momento, hasta que volviste a levantar tu daga contra mí. Cerré los ojos fuertemente pensando que iba a morir. Una y otra vez la clavaste con saña en la madera. No entendí lo que ocurría… tal vez pensaste que no era buen momento para ejecutarme, o algo así. Sólo recuerdo que, de repente, habías desaparecido. La habitación volvió a quedar vacía. Sólo yo estaba en ella, e inexplicablemente, viva. No había rastro de ti, excepto por tu daga, que seguía clavada en la puerta.

No volviste esa noche. Ni la siguiente. Pero sí la que vino después. Entraste sin despertarme a pesar de haber cerrado a cal y canto. Encontraste tu daga donde la dejé, sobre la única mesa de mi habitación. Era imposible que no la vieras y, por supuesto, era de esperar que la tomaras. En cambio, no lo hiciste y te acercaste a mi cama. Te quitaste las finas telas que te cubrían, muy a sabiendas de que no deberías estar haciendo eso... Luego, te atreviste a entrar en ella con sigilo. Te acercaste a mí, pegaste tu cuerpo al mío hasta el punto de respirar el mismo aire que yo. Estabas buscando el roce de mi piel entre tus piernas. Apuesto a que lo encontraste intenso pero demasiado leve. Comprendo que desearas más y te mecieras despacio procurando no despertarme, controlando tu delatadora respiración, disfrutando de la calidez que te envolvía y el placer que debías estar sintiendo con cada movimiento de tus caderas. Cuando me moví, te detuviste. Creí estar soñando… pero cuando entreabrí mis ojos, se encontraron con los tuyos. Entonces como empujada por una señal de alarma me levanté bruscamente. Nadie. La habitación volvía a estar vacía, ahí sólo estaba yo.

Volví a recostarme creyendo que había soñado que estabas junto a mí. Pero las sábanas estaban impregnadas de tu olor y mi piel también. No, no lo había soñado. Tu arma seguía allí sobre la mesa. Habías estado allí segundos antes, y yo inexplicablemente seguía viva una vez más. Había supuesto que mi intrusa volvería a mi alcoba a terminar su trabajo, pero nunca me habría imaginado que pasara…, lo que había pasado. Esperé un tiempo prudencial antes de atreverme a cerrar los ojos.

A la noche siguiente te esperé hasta bien entrada la madrugada, entonces, el cansancio me venció. Más tarde, algo me sacó de mi duermevela. Noté un cuerpo desnudo que se aferraba al mío, una respiración entrecortada que delataba tu presencia, y una cálida y húmeda sensación en algún lugar de mi piel. Todo indicaba que lo estabas haciendo por placer. ¿Qué era lo que buscabas y por qué tenías que robármelo en la noche sin perturbar mi sueño? Me pregunté en ese instante.

No me moví, si lo hacía te irías sin lo que querías. Había algo muy humano en la fiera que había visto en la primera noche. ¿Qué podía hacer yo? Había algo morboso en dejarte continuar, y ser testigo de algo tan íntimo. Pero sólo yo era testigo… nadie más podía saber lo que te estaba permitiendo hacer. Con los ojos cerrados seguí cada uno de tus leves embestidas y suspiros contenidos, hasta que te detuviste con un espasmo, leves gotitas de sudor recorrían tu cuerpo. No necesitaba verlas, las notaba en mi piel. Un instante después, sentí como temblabas mientras más espasmos te recorrían. Y… te sentí frágil cuando te encogiste sobre ti misma, momentos antes de abandonar mi cama y de salir por la ventana.

Tus visitas se habían convertido en una rutina en las últimas noches, entrabas y me buscabas para repetir tu ritual. Y cada noche era testigo de esa inexplicable pasión tuya, de esa necesidad de contacto y calidez con otra persona. Sabía que te estabas quedando con una parte muy pequeña de todo ello. Cada noche buscando algo, ¿realmente… realmente lo estabas encontrando? volvías una y otra vez, seguías buscando. Sabía también que huirías y no volverías si supieras que yo no dormía.

Entonces, una loca idea se formó en mi cabeza. Lo que se me había ocurrido hacer podía parecer algo completamente justificable, en cambio albergaba mis dudas respecto a eso por el peligro que entrañaba esa loca idea. Solo quería que esa noche fuera muy distinta.

Puntual como siempre, repetiste el ritual de las noches pasadas. Volví a sentir ese ágil y delgado cuerpo pegarse al mío… Conté mentalmente hasta diez, despacio; cuando llegué a ese número mis músculos respondieron precisos a mi orden, mis manos capturaron las tuyas y mi cuerpo de puso sobre el tuyo aprisionándote.

Había capturado con éxito a una reconocida asesina. En otras circunstancias, eso se hubiera considerado una gran hazaña; pero lo que realmente había atrapado bajo mi peso era a una frágil muchacha con los ojos bañados en lágrimas que se debatía por escapar como si la vida le fuera en ello. Al verte así me entristecí, aunque quisiera dejarte ir, no iba a hacerlo. Te debatiste tanto que empecé a temer por mi seguridad, así que te envolví en un abrazo y te estreché fuerte. No recuerdo que te susurré pero eso te calmó. Entonces aflojé mi agarre y empecé a besar tu cuello, que era la carne más próxima a mis labios. No parecías disgustada, suspirabas, casi gemías, así que continué. Seguí besando tu piel hasta llegar a uno de tus hombros. Tu piel reaccionaba allí donde besaba.

Ahora podía ver tu cuerpo atlético y delgado, simplemente, perfecto.

Una de mis manos ya estaba entre tus pechos y acariciaba ese canal de arriba abajo en un contacto firme, mientras saboreaba tu piel. Con pequeños mordiscos descendía siguiendo el camino que ya habían trazado mis dedos instantes antes. Sin demora alcancé uno de tus pezones introduciéndolo en mi boca, acariciándolo con mi lengua y para acabar siendo pellizcado delicadamente por mis labios la cerrarse. Se te había escapado un gemido. Supe de inmediato que eso te había encantado e iba sacarle provecho. Volví a devorar tu pecho. Las pocas caricias que mi lengua te había regalando, habrían endurecido unos pezones que posteriormente mis manos masajearon con mimo y suavidad. Si tus pechos eran tan sensibles, intenté imaginarme cómo reaccionarías con otras partes de tu cuerpo. E instintivamente, mi mano derecha había descendido hasta tu abdomen. Abandoné tus pequeños y hermosos pechos para seguir el camino que recorría esa mano con mis labios. Descendí por tu pálida piel, mientras tu cuerpo entero se debatía con cada caricia y con cada beso.

Cuando mi lengua llegó a tu ombligo, tu cuerpo entero reaccionó debatiéndose contra las sábanas. Empezabas a necesitar más. Por eso no me demoré mucho, seguí descendiendo por tu abdomen. A escasos milímetros de tu piel, mis labios descendieron rozando los rizos del pequeño monte que recibe el nombre de la diosa del amor. Allí me detuve, donde mis sentidos se embriagaron con sólo respirar tu aroma. Gemí sin quererlo al ver la deliciosa suavidad expuesta lista para ser devorada. Con el primer contacto abriste las piernas sin reparos. Mis labios se impregnaron con tu néctar. Probé más y más, muy suavemente hundiéndome en ti te lamía con dedicación. Recorrí incansablemente esa línea del placer tuya con la punta de mi lengua. Tus suspiros me acompañaban, pero sobre todo, me instaban a seguir.

Tu cuerpo estaba ya preparado. Así que con delicadeza abrí tus jugosos labios con los dedos, exponiendo ante mí tu rincón más bello e íntimo. Tu carne excitada y brillante en la tenue luz, se contraía visiblemente. Palpitaba. Con mi lengua entré en tu interior y tú te debatiste compulsivamente como respuesta. Una y otra vez mi lengua entraba y salía de tu cavidad mientras tus gemidos me instaban a continuar. Dejé de penetrar en ti para explorar cada detalle de tu bello rinconcito recreándome en tu sabor, en las diferentes texturas y en tus exclamaciones de agónico placer.

Tu cuerpo respondió maravillosamente a mis atenciones. Mis manos dejaron de acariciarte para sostener tus piernas y detener la agitación de tus caderas. Poco a poco te ibas descompasando, querías ir más rápido, te convulsionabas cada vez más. Tu orgasmo era inminente. De repente, ida por tu pasión, tus manos de aferraron a mis cabellos, apretándome más a ti. Era el momento. Busqué tu clítoris, y actuando directamente sobre él con intensas y fuertes caricias te obligué a llegar al clímax de tu placer.

Estallaste en un grito salvaje, arqueaste tu cuerpo súbitamente, tus caderas habían perdido todo control. Me sujeté fuertemente a tus piernas para que mi lengua no se separara de ti y te acaricié con ella con toda la fuerza que era capaz de hacer, queriendo dar todo de mí.

Tu cuerpo tembloroso se desplomó sobre mi cama, brillaba por la transpiración, haciendo que tus curvas se dibujaran sensualmente a la luz de la luna que entraba por la ventana. Respirabas entrecortadamente. De hecho, ambas estábamos agitadas, me faltaba el aire tanto como a ti. Todavía no había sacado mi cabeza de entre tus piernas. No quería separarme todavía, así que te seguí lamiendo, pero mucho más despacio. Una de tus manos descendió hasta mi cabello y lo acarició durante unos instantes. Después me separaste de ti sin brusquedad, pero dejándome claro que todo había terminado. Ascendí hasta tu altura y me dejé caer a tu lado. Me costaba moverme. Los músculos de mis brazos estaban rígidos. Cerré los ojos. Me sentía aturdida y agotada. Entonces sentí tus manos en mis mejillas y unos labios sobre los míos. Me pareciste… delicada. Algo en mi interior se derritió.

Era una lástima que no volviera a verte, sabía que te irías en cualquier momento y que, muy posiblemente, no volverías. No sé cuanto dormí, pero cuando abrí los ojos seguía siendo oscuro y te encontrabas de espaldas a mí, vistiéndote. Fuiste a la mesa acariciaste tu daga ausentemente y la tomaste entre tus manos. El filo brilló en un tono azul siniestro que me erizó la piel, después la guardaste en tu funda. En seguida y con decisión abandonaste la habitación sin mirar atrás una sola vez. Y yo me despedí de ti en silencio.

Así había acabado aquella locura. En algún lugar de mi cabeza albergaba cierto temor de que terminaras acabando lo que viniste a hacer el primer día. Te había dado lo que estabas buscando. Ya nada te frenaba a acabar tu trabajo, o… tal vez sí, ya no podía estar segura... El caso era que, después de eso, tuve mucho tiempo para pensar y multitud de veces me pregunté que, ¿qué demonios viste ese día en mis ojos? ¿Qué te detuvo? No tenía idea. Pero tenía la certeza de que, si regresabas, me hubiera sido imposible impedirte terminar lo que empezaste porque, para empezar, no tendría la suerte de mi lado como en nuestro primer encuentro. Cuanto más pensaba sobre ello, más segura estaba de que tampoco hubiera tenido la voluntad de detenerte. Al fin y al cabo, no me parecía tan mala la idea morir con una bella mujer en mi cama. Sinceramente, ¿podía pedir más?

La historia debía haber acabado así, pero, un día volviste. Entraste a mi alcoba, te acercaste a mí y con un beso me despertaste. Supe en ese momento que habías vuelto para quedarte, y te sonreí ampliamente por la inocente ternura que encontré en tu mirada. Segundos después, me di cuenta de que tu cuerpo estaba helado. Había sido castigado por la fría noche. Llovía y estabas calada hasta los huesos. Después me di cuenta de que tus ropas tenían manchas de algo que parecía ser sangre. Al mirarte a los ojos lo entendí. Entendí que eso significaba que alguien había tenido que morir para que yo viviera. Habías elegido. Te quité aquella ropa empapada, te invité a entrar en mi cama, te rodeé con mis brazos y te atraje hacia mí. Me juré que nunca más volverías a pasar frío y que nunca te faltaría mi calor.

FIN.
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Mensaje por TAMIRA el Miér Abr 11, 2018 10:32 pm
Vaya, interesante tu manera de expresarte, me agrada, aunque es de esas historias que recuerdas a lo largo del día

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