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La casa de los Placeres Yuris TERMINADO

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Mensaje por Yurita el Dom Mar 12, 2017 8:02 pm
Recuerdo del primer mensaje :

Hola! bueno, aquí les dejo otra de mis mas recientes creaciones, asi que esperemos que les guste. Tiene lemon, así que veamos que tal va jeje.


Última edición por Yurita el Lun Dic 18, 2017 11:58 am, editado 19 veces
Yurita
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Mensaje por Yurita el Lun Jul 03, 2017 11:05 pm
@Delfi22 escribió:Realmente siento que Elena siente algo más por Zafira. Cool

Chartlotte y Zafira se dan la mano por pervertidas..
Tamara y Andrea se pasaron con lo que le hicieron a Nicole.Oh! y Lucy al fin descargo algo de su coraje..aunque esa escena no me la esperaba, bien dos menos... Neutral
Pobre Matilda aunque más lo niegue más acertado esta que anda en la calle equivocada.Aunque Chartlotte si cree que no tiene oportunidad con ella debería de dejar de meterle mano a la pobre niña que solo la esta confundiendo, pero si mira como reacciona cada vez que la toca, entonces debería de hacer su lucha y dejar a la perve de Zafira que cuando no es Elena es Chartlotte.
Esperemos que el plan de Leonore sea algo bueno para Matilda y Chartlotte.
A la espera del siguiente...Saludos..  

jajaj hola Delfi un gusto tenerte por acá. Síp, Charlotte luce toda inocente y buena novia pero es bien perver xDD le encantan las chicas y Maty no es una excepción. Sólo la mira y la pobre ya piensa en tijeras y otras cosas cof cof. Ara y la pelea fue tan sdasd Leonore salvando el día con una llave estilo lucha libre. Esa chica es toda una Mery Sue xD ok no jeje
jeje espero te guste la siguiente actualización, y muchas gracias por leer y comentar siempre. Te mando un abrazo.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Lun Jul 03, 2017 11:06 pm
Buenos días! bien, vamos a poner un capi mas. perdón por retrasarme, debido a problemas con el Pc. de todos modos, es un gusto estar aquí.
-----------------------

—¿Alguien podría repetirme qué demonios estamos haciendo aquí?
Las chicas decidieron ignorar por enésima vez el mal humor de Matilda, porque no había parado de quejarse desde que se internaron en el bosque. Las siete iban en fila india, con Leonore encabezando la marcha a través del denso bosque que rodeaba la mansión.
— Ya casi vamos a llegar —replicó Nicole, que iba justo por delante de Lucy sin saber que ésta no dejaba de mirarla.
— Lo sé, pero me gustaría saber cuánto exactamente. No me gusta nada la naturaleza. La odio.
—¿Quieres callarte, Matilda? —gruñó Zafira, y lo que se ganó fue una mirada agria de parte de Charlotte.
—Todas, guarden silencio. No querrán atraer la atención de los animales del bosque. —La voz de Leonore había actuado como una cuchilla que les hizo callarse de inmediato.
Tras media hora más de caminar, las muchachas llegaron hasta un claro que estaba rodeado de setos y arbustos, con frutos rojos que se antojaban azucarados para ellas, muertas de hambre. Leonore les indicó que no debían de comer de esas bayas, porque eran tóxicas y podrían producirles alucinaciones peligrosas.
— Bien. Montaremos el campamento aquí, y nos dispondremos como ya hemos acordado —se giró hacia sus compañeras. Todas, incluso Zafira, tenían una mirada de fastidio y cansancio. Leonore trató de controlarse y respiró profundamente.

—¿Por qué tenemos que ir a acampar? —preguntó Matilda —Podríamos haberlo hecho en el jardín.
—En realidad no estamos tan lejos de la mansión —le dijo Charlotte, aventurándose a dirigirle la palabra a su amiga. Matilda prefirió fingir que no había oído nada.
Leonore puso los ojos en blanco, y llamó a Noriko y a Zafira, que por cuestiones de la suerte, habían quedado con ella, formando el único equipo de tres. Aunque… pensándolo bien, tal vez no fue tanta suerte.

—¿Qué clase de reto tienes en mente? —le preguntó Sarah —. Los desafíos los pongo yo y no hay razón para que tú…
— Usted ha visto como está la mansión, y lo tensas que todas nos encontramos. Se me ha ocurrido que hagamos una salida de campo para que podamos limar asperezas y volver a unirnos. Algo así como… ir a acampar por equipos.
— Un campamento —Sarah reflexionó sus palabras durante unos segundos, convenciéndose de si sería una buena idea dejar ir a sus chicas. —Creo que podría ser una buena idea, si es que estás dispuesta a ser la líder.
—Claro.
—En tal caso, dispondré de los equipos y los formaré según la situación. Les comunicaré a tus amigas los resultados por la noche.

Y allí estaban, pues, en medio de los árboles, a unos cuantos kilómetros de la mansión. Leonore se sintió satisfecha al ver que sus especulaciones estaban en lo cierto, porque ninguna de las chicas parecía dispuesta a trabajar en equipo. Leonore y Matilda no se dirigían la palabra. Zafira y Elena tampoco hablaban mucho, y ni qué decir de Lucy y Nicole. Era la situación perfecta para fortalecer su amistad.
—Cada quien es responsable de montar su tienda de campaña. Comiencen.
—¿Cómo se supone que cocinemos lo que hemos traído? —se quejó Lucy, matando brutalmente un mosquito que se le había pegado en la pierna.
— Ay… niñas de ciudad.
Leonore tuvo que enseñarles las reglas básicas de un campamento, y supervisó a las parejas mientras levantaban sus casas de campaña. Zafira y Noriko eran parte de su equipo, así que fueron las primeras en terminar. Del otro lado, Elena, Nicole y Lucy apenas habían logrado armar la mitad de su tienda. Ni qué decir de Matilda y Charlotte.
— ¡Toma esa vara y clávala en la tierra! —gruñó Charlotte.
— No me des órdenes.
— Pues hazlo bien, o esta cosa se nos caerá encima.
— Si eres tan buena, ¿por qué no lo haces tú?
Char torció el gesto, preocupada por la actitud beligerante de su amiga. Sabía exactamente por qué se había puesto así, pero trató de ignorarlo antes de que el problema se hiciera más grande. Le echó una mirada a Zafira, y vio que esta no parecía afectada en lo absoluto, porque sonreía encantada mientras limpiaba y quitaba las piedras que estaban alrededor de su tienda.
—¿Podemos hablar más tarde? —pidió Charlotte. Matilda no se molestó en responderle.
—Bien. Es hora de ir a por comida —dijo Leonore —¿Quién quiere aprender a pescar en el riachuelo que está por allá?
Ninguna de las chicas le respondió, y la dejaron allí, con las manos en las caderas y el ceño arrugado.
— Bien, entiendo. Zafira, ven conmigo. Charlotte y Matilda, ustedes vayan a buscar un poco de leña para hacer una fogata.
El mal humor de ambas chicas se hizo notorio cuando se levantaron refunfuñando.
— ¿Quién ha puesto a Leonore a cargo? —murmuró Charlotte.
— Te oí, y Sarah me puso al cuidado de ustedes. Ahora, hagan lo que les digo.
—¿Qué se supone que haremos nosotras? —preguntó Elena, dando voz a Lucy y Nicole.
— Pueden empezar arrancando esas hierbas de allí. Tengan cuidado, porque son irritantes. Despejen un poco para hacer la hoguera.

Con las tareas delegadas, Leonore y su equipo se fueron unos quinientos metros hacia la derecha, donde corría un sinuoso riachuelo de aguas cristalinas y poco profundas. Desembocaba en un río, cuya corriente se hacía más salvaje y culminaba en una pequeña cascada de cinco metros de altura. Abajo se extendía un estanque cuya transparencia hacía fácilmente visible el lecho del fondo.
Zafira sonrió.
—¿Puedo meterme a bañar?
—Podemos, pero esperemos a pescar algo —contestó Leonore, guiñándole un ojo coqueto. —¿Trajiste tu bañador?
—Siempre cargo uno. ¿Qué dices, Nori? ¿Te meterás conmigo?
— Yo haré toplees —respondió la chica con naturalidad mientras lanzaba la caña al agua.
— ¿En serio? Pensé que las japonesas eran más… recatadas.
— Lo somos, por eso me quiero volver loca ¿cierto, cariñito?
— Cierto —rió Leonore, sacando su primer pez del agua en menos de dos minutos.

Matilda rompió una vara y la examinó con cuidado para asegurarse de que estuviera lo suficientemente seca. Charlotte, no muy lejos de ella, hacía lo mismo con un tronco tres veces más grande. Lo alzó sin esfuerzo, aunque su blusa se llenó de tierra. Las miradas de ambas chicas se encontraron unos segundos, y luego se apartaron rechinando y sacando chispas.
A Charlotte le dolía la distancia. Pocas veces en su vida se había sentido tan avergonzada y arrepentida de haber hecho algo. Desde el incidente no habían charlado en lo absoluto. Deseaba resolver pronto lo ocurrido y volver a comer los besos de Maty. Su indiferencia sólo hacia que la deseara más.
Recogieron más leña en un incómodo silencio, y la llevaron al campamento. Con instrucciones de Elena, colocaron la madera en el centro para hacer una fogata. Después se tomaron un descanso, cada una distanciada de la otra. Lucy sacó una radio de baterías que había estado cargando toda la mañana y sintonizó una estación musical. Fue lo único que rompió con el mutismo que había entre todas.
Cuando Leonore y su equipo llegaron, la tensión las golpeó como un aire caliente.
— ¿Qué les pasa? Están todas apagadas —masculló Zafira. Rió y les mostró los peces que había atrapado con ayuda de Noriko. —¿Qué tal? Soy una chica salvaje.
Nadie rió. Leonore se palmó la cara. Unirlas iba a costar un poco más de lo que había planeado.

A medida que caía la tarde, Leonore organizó un juego en las que se pusieron en círculo, y tomadas de las manos.
— Bien. Aquí tenemos una manzana, y vamos a pasarnos esta manzana la una a la otra, usando sólo la boca. A la que se le caiga, pierde, y la que se suelte de las manos, también pierde. Si la música acaba, igual perderán.
— Creo que una manzana es muy grande. Usemos este limón —sugirió Zafira.
— Bueno, está bien. Lucy, pon algo de música. El chiste será pasar el limón lo más rápido posible. Quien pierda tendrá que cumplir un reto o decir alguna verdad ¿vale?
— Valeee… —respondieron las chicas sin entusiasmo.
Lucy sintonizó una estación y halló una canción que recién empezaba. Volvió rápidamente al círculo y se tomó de las manos con Elena y Noriko.
El ritmo rápido de la canción hizo que Charlotte comenzara. Puso el limón en su boca, y se lo pasó a Elena con rapidez. Sus labios casi se tocaron. A su vez, Elena se la dio a Lucy. El limón casi se cayó cuando Lucy sintió la boca de Elena pegada a la suya. Nori recibió sin vergüenza el pequeño fruto y se lo dio a Matilda. Matilda soltó el limón cuando los labios de la otra chica la tocaron.

— ¡No!
—¿Verdad o reto?
— Verdad.
Zafira sonrió.
—¿Te has masturbado, pequeña traviesa? Y no debes mentirnos, porque lo sabremos.
Matilda enrojeció de la vergüenza.
— ¡Claro que no! Yo no haría algo tan sucio.
— Bueno, bueno. —habló Leonore —sigamos, o la canción va a terminar.
Zafira agarró el limón, y con un flamante beso se lo pasó a Leonore. A nadie le importó que sus bocas se encontraran, y Leonore se lo devolvió a Charlotte. El círculo siguió jugando, cada vez más desesperadas porque sabían que la canción terminaría pronto. Matilda hizo acopio de todo su valor al sentir la saliva de sus amigas en la misma superficie, y se la dio a Zafira.
La canción terminó.
— ¿Verdad o reto? —preguntó Matilda.
— Reto.
— Uhm… —miró a sus compañeras, buscando sugerencias. Elena, con los ojos, señaló sus pechos. Matilda comprendió, y sonrió con malicia.
— Muéstranos tus senos.
Las miradas de todas cayeron sobre Zafira, que se quedó con la boca abierta ante el reto que se le había puesto. Comprendió la maldad de Matilda, pero se rió de ella. No le daría el placer de verla avergonzada, así que Zafira, con movimientos sexys, se quitó la blusa y el sostén. Los arrojó al piso con un grácil gesto, y meneó el torso. Sus bonitos pechos se balancearon firmes.
— ¡Wuuu! ¡Sexy girl! —bramó Elena, y todas rieron. Noriko fue la más sorprendida por la redondez perfecta de esos pechos. Nicole carraspeó y Lucy se sonrojó. Leonore cruzó una mirada con Zafira, y asintió, agradecida de que la morena siguiera con la dinámica del juego.
— Bien. Me toca.
El juego empezó con una nueva canción. Entre Charlotte y Elena, Elena soltó la mano de Lucy cuando un mosquito la picó en el brazo. Perdió.
— Verdad.
— ¿A quién de… nosotras te gustaría follarte ahora mismo? —preguntó Charlotte.
Elena recorrió a todas con una mirada lujuriosa. Las chicas se encogieron. Aunque Elena casi pasaba desapercibida en la casa, la muchacha era muy alta, proporcionada, y sus encantos iban a la par con su mirada de plata. Posó los ojos en Noriko.
— Siempre me han gustado las asiáticas.
— Me halagas —respondió Nori, con una coqueta sonrisa. Leonore se rió.
—Es muy difícil satisfacer a Noriko. Tendrías que estar horas entre sus piernas.
— Tal vez tú no sabes cómo hacerlo.
La sonrisa de Leonore se fue, y fulminó a Elena.
— Bueno, sigamos —sugirió Zafira al ver que la tensión comenzaba a crecer.
La siguiente perdedora fue Charlotte.
— Reto.
—Fuera blusa y pantalones —le retó Leonore.
Charlotte le lanzó una mirada entrecerrada. Suspiró, y se encogió de hombros.
— ¡Pero sexy! —le gritó Lucy, a quien el juego ya empezaba a gustarle.
Con un pequeño baile improvisado y muerta de la risa, Charlotte se quitó los jeans y la blusa. Permaneció con unos lindos bóxer negros, ceñidos a sus sugerentes curvas. Sus senos parecían a punto de reventar el broche del sujetador, y sus muslos lucían impecables.
Zafira y Elena silbaron.
— Son de silicona —pinchó Matilda, sólo para joderla.
Charlotte sonrió.
— ¿Quieres verlas, Maty?
— ¡Shh! No he dicho nada.
La siguiente en perder, justo cuando pasaba el limón a la boca de Zafira, fue Matilda.
— Reto… —pidió, tímida. No quería que le preguntaran por sus secretos íntimos.
Zafira aplicó el castigo.
—Uhm… dale un beso sensual en el cuello durante treinta segundos a la chica de tu preferencia.
— ¿La que yo quiera?
Charlotte paró las orejas.
— Sí. A la que tú quieras.

Maty recorrió a todas con la mirada. Charlotte… Charlotte no. seguía furiosa con ella, y en su fuero interno quiso vengarse. ¿Leonore? Tampoco. Ella le daba miedo. ¿Lucy? Ni pensarlo. Elena serviría, y la eligió.
Las dos chicas pasaron al centro del círculo. Elena, una cabeza más alta que la pequeña Maty, se desabrochó la camisa de botones y expuso un cuello largo y estilizado. Matilda tragó saliva, y tomó a la muchacha de las caderas. Se relamió los labios, cerró los ojos y recordó todo el dolor que había sentido cuando oyó a Charlotte decir que no había nada entre ellas. Eso sirvió para que, con un gesto sensual pero tímido, deslizara toda su boca por el caliente cuello de la mujer. Sintió la piel suave bajo sus labios, y también cómo Elena le tocaba los brazos.
Las otras chicas contaban en voz alta, menos Charlotte, que no dejaba de mirar los ojos cerrados de Elena. Tuvo un escalofrío cuando Elena jadeó.
— ¡Treinta! —gritaron las demás, y Maty se separó. Su cara estaba tan roja como un tomate, y vio que su saliva había humedecido el cuello de la mujer. Elena le guiñó un ojo y se cerró la blusa. Volvieron al círculo.
Leonore captó el lenguaje corporal de Charlotte, y vio que la chica estaba incómoda. Quiso parar el juego, pero vio que tanto Lucy como Nicole ya comenzaban a charlar sin soltarse de las manos. Zafira y Nori felicitaban a Matilda por su flamante beso, e incluso Elena tenía las mejillas algo coloradas. No sería bueno detenerse ahora y romper con esa armonía que comenzaba a surgir entre todas.
Siguieron jugando, cada vez menos chicas perdían porque ya estaban acostumbrándose al luego. Lucy y Nori chocaban sus labios sutilmente cuando se pasaban el limón, y Matilda ya no sentía tanta pena al colocar la fruta en los tintados labios rojos de Zafira.
Entonces, Leonore perdió cuando la canción se acabó.
— ¿Verdad o reto? —inquirió Charlotte.
— Reto. Las cosas se están poniendo buenas.
—Date… un sensual beso de boca de un minuto con la chica que tenga la piel más bronceada de todas.
Se miraron entre sí. Las menos claras de tono eran Zafira, Elena, pero la que resultó tener el mejor color fue Zafira, por supuesto.
Ambas muchachas se miraron casi con miedo. No se caían bien. Toda la casa lo sabía. Hablaban poco entre sí y siempre competían. Fue precisamente por esto último que decidieron hacerlo. Zafira asintió, y Leonore lo hizo también, con determinación. Por si las dudas miró a su novia, y Noriko rió y movió la cabeza rápidamente.
— Bien… ven acá, morenaza.
Pasaron al centro del círculo. Los pechos de Zafira se bambolearon sensualmente con cada uno de sus pasos. Se pasó el pelo detrás y lo amarró con una liga que llevaba en la muñeca. Leonore se colocó el cabello negro tras las orejas. Permanecieron quietas unos diez segundos, tomando aire, y rápidamente se besaron.
Las otras, sorprendidas, comenzaron a contar lentamente.
La lengua de Leonore exploró la boca de Zafira, y esta hizo lo mismo, sintiendo que le ardía la cara. La presión de su compañera aumentó, como queriendo doblegarla. Zafira frunció las cejas y abrazó a la otra con más fuerza y aumentó la intensidad de su beso.
El corazón de Nori latía acelerado, excitada al ver a su novia teniendo acción y sometiendo a otra chica. Matilda se había quedado de piedra.
Los chasquidos de sus bocas se hicieron más ruidosos. De repente era una batalla campal llena de erotismo por ver quién besaba mejor y quién se separaba primero por la falta de aire. Cada una era una besadora excelente, salvaje en la cama y una diosa de la dominación femenina.
Pero Leonore comenzó a sentirse propasada. El tiempo discurría lentamente para ella. Zafira no le dejaba respirar. Era una guerra entre sus labios, así que hizo trampa, y rápidamente pellizcó uno de los pechos desnudos de Zafira. La chica gritó de sorpresa y se separó. Las muchachas aplaudieron.
— ¡Eso fue hardcore!
— ¡Fascinante!
— ¡Otro, otro, otro! —aplaudía Matilda, emocionada. Incluso Lucy no dejó de reír.
—No estuvo mal —dijo Zafira, coqueta. Leonore arqueó una ceja.
—Lo mismo digo. Bien hecho. ¿Seguimos jugando?
— Sigamos. Ya se puso bueno —dijo Elena.
— Entonces, una ronda más y luego cambiamos, antes de que todas entremos más en calor.

La menos contenta era Charlotte, que no pudo borrar de su mente la imagen de Matilda comiéndole el cuello a otra mujer. Si siguió jugando fue sólo para no molestar a sus compañeras, y para mantener intacta la poca dignidad que le quedaba.
La música volvió a comenzar, y la siguiente en perder fue Zafira.
— Demonios ¿otra vez yo?
— ¿No lo estás haciendo a propósito? —cuestionó Leonore, después de ver que casi todas las niñas del círculo tenían los ojos puestos en los bonitos senos de la morena.
— Me ofendes. Nunca lo haría. Bien. Elijo reto.
—Está bien —le tocaba a Maty poner el castigo. —Se me ocurre que…
—Ponle algo hard —sugirió Noriko.
—De acuerdo. Veamos… te reto a morderle los pechos a Leonore.
— ¡¿Qué?! —a Leonore no le hizo mucha gracia el castigo. Ya había tenido suficiente con el apasionado beso de antes. Las miradas de las chicas se pusieron sobre ella, y especialmente la de Zafira, que le guiñó un ojo con una señal de desafío. Leonore comprendió que no podía dejarse amedrentar por su rival.
—Si te da miedo…
—No me da miedo.
Le lanzó otra mirada a su novia, y Noriko asintió con la cabeza.
— De acuerdo. Ven acá, Zafira.
Se deshizo de la blusa, quedándose nada más con un sujetador de fino encaje negro. Sus pechos estaban perfectamente redondos, como medialunas detrás de las suaves copas de su ropa. Su piel blanca delataba un bello lunar en el lado derecho.
Zafira se pasó la lengua por los labios. Se echó el pelo para atrás, y comenzó a llenar de besos todo el espacio entre los pechos de Leonore. Aspiró el aroma femenino que se desprendía de ella, y tanteó la calidez con su lengua húmeda. Leonore cerró los ojos, luchando por no reírse. Zafira le estaba haciendo cosquillas, y también le produjo una deliciosa sensación en el bajo vientre. Sus mejillas se colorearon y volvió los ojos hacia su novia. Noriko miraba toda la escena sin parpadear. No parecía molesta, ni mucho menos celosa. Leonore la conocía perfectamente bien.
—¿No deberían estar contando? —preguntó Charlotte.

Los sesenta segundos pasaron volando. Leonore se volvió a poner la blusa, y Zafira regresó a su lugar. Intercambió con ella una mirada seductora, que produjo más enrojecimiento en la cara de la pobre muchacha, cuya piel todavía no se curaba de los tremendos besos recibidos.
— Una ronda más y esto se acabó —anunció Leonore.
La última perdedora fue Lucy. Las muchachas se miraron inquietas las unas a las otras. Le tocaba a Elena sentenciar dependiendo de si Lucy elegía verdad o reto.
—Elije verdad —le susurró Matilda.
— Si, verdad. —añadió Charlotte.
Lucy frunció las cejas.
—No crean que no puedo jugar al nivel de ustedes. Elijo reto.
—Uhm… veamos —Elena no era tonta. Sabía que si ponía algo demasiado para Lucy, se ganaría la enemistad de todas las demás. —Dale un beso en la frente a Nicole.
La chica no hizo más que molestarse.
—Oigan, no tienen qué tratarme como si fuera de cristal. Puedo hacer cualquier reto que me pongan. Lo que más me enoja es que me crean débil y llorona. X
Elena se sintió en un aprieto. Por su pervertida mente pasó todo un mundo de posibilidades para torturar a la pequeña Lucy; pero aunque no la consideraba su amiga, tenía cierta estima por ella. Entonces se le ocurrió una brillante idea.
—Dale unos sensuales besos en el cuello a Nicole.
Lucy quiso protestar. ¿Por qué tenía que ser precisamente con Nic?
— No tienes que hacerlo sino quieres.
—Lo haré. Nicole, ven.
Ambas pasaron al centro. Las demás permanecieron expectantes, indecisas. Dudaban de que Lucy fuera a cumplir con el reto, pues la chica había estado evitando el contacto físico con las demás.
Nicole respiró profundo, y se desabotonó la camisa. La bajó lo suficiente para que se le vieran los hombros. Lucy se colocó tras ella, y la tomó de las caderas. Para Nic fue como si le pusieran pinzas ardientes sobre la piel, y dio un brinquito de sorpresa.
—¿Lista?
— Sí.

Por primera vez desde lo de Samanta, Lucy besó a otra persona. Lo hizo con una delicadeza tal como si besara una nube. Su boca rosa se posó sobre la delgada piel de la chica que se había fijado en ella desde la primera vez que la vio. Percibió el olor a caramelo que se liberaba de su perfume y de su cabello pelirojo. Besó su nuca, la parte superior de su espalda, y con pequeños roses fue hasta sus hombros.
Nicole, con los ojos y los puños apretados, deseó que ese momento no terminara jamás. Quería llevarse a Lucy a un sitio escondido y amarla como ella se merecía que la amaran. Su corazón latía tan enfurecido como una inhalación a merced de una tromba Cada célula de su ser se estremeció con una dosis de endorfina. Surgió la idea de girarse hacia ella y besarle en los labios. Anhelaba probarla, hacerla reír y regocijarla con el más grande de los placeres. Nicole era una chica saludable, una chica capaz de dar mucho amor a quien lo mereciera, y estaba dispuesta a hacerlo para que Lucy dejara atrás ese horrible pasado al lado de una persona que no hizo más que usarla.
— Tiempo —dijo Charlotte.
Lucy se separó, y Nic casi cayó de rodillas. Se cerró la camisa lentamente, y sin decir palabra alguna, volvió a la fila. Buscó a Lucy con la mirada, y vio que la muchacha estaba igual de avergonzada que ella. Lo único que le hicieron fue sonreírse mutuamente.
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Wuuw, bueno, vamos a ver qué tal sigue el campamento yuri :p, Espero les haya gustado y gracias por sus amables lecturas y comentarios jeje nos vemos la siguiente semana !
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Jul 08, 2017 8:43 pm
Había estado mirándola durante un buen rato, hasta que por fin decidió acercarse a ella. Nicole tuvo que contener la respiración durante unos cuantos segundos, preguntándose hablarle a Lucy era adecuado, dadas las circunstancias. El tentador beso que ella le había dado despertó sus más ardientes deseos, y ya no era capaz de soportar las ganas de hablarle.
—Hola —dijo al sentarse junto a ella en la orilla del estanque.
Después del juego, las chicas habían decidido ir a nadar un poco para bajarse la calentura, antes de que se animaran a desnudarse y amarse entre todas ellas. Si la intención de Leonore era que se excitaran, había dado resultado.
Durante un momento Lucy no respondió. Tenía la vista absorta en sus amigas, que nadaban y se divertían entre risas y bromas. Quería estar con ellas, pero le daba pánico ahogarse. Cuando niña, un accidente en una piscina le causó fobia a las aguas profundas. Apenas toleraba la piscina de la mansión.
—¿Hola? —repitió Nicole. Lucy la miró y sonrió con vergüenza.
—Parece que esta salida nos está haciendo bien—dijo Lucy, cruzando sus blancas y frondosas piernas. Nicole adoraba cada centímetro de aquella suave piel.
—Sí. Todas estamos más relajadas. Hemos tenido días difíciles.
—¿Sigues pensando en mi beso?
—Me excité —rió Nicole, y provocó que su amiga se abochornara—. Fue un bonito gesto que accedieras a hacerlo.
—Supongo que debo estar agradecida —susurró—. Después de lo de Samanta… pensé que tener contacto con otra mujer me iba a ser imposible. Me daba miedo que me tocaran, pero creo que yo no he perdido mi toque.
—¡Je,je! Igual, me mojo con facilidad.
—Delicioso —bromeó la muchacha, inclinando levemente su cabeza hacia la otra chica.
Nicole experimentó un delicioso candor en el vientre cuando su enamorada sonrió traviesa. Estaba segura de que Lucy, en condiciones normales, era una chica divertida, tímida pero decidida a la vez. La forma en la que había jugado, pidiendo que le pusieran un reto a la altura de las demás, delataba su personalidad ruda e independiente. Una personalidad que se había visto aplastada por su horrorosa experiencia.
Una pelota se estrelló cerca de la orilla donde estaban y les llamó la atención. Sus mejillas se colorearon de un leve tono rosa que desapareció de inmediato. Ante ellas tenían una vista de la que les era muy difícil apartar la mirada.
Gracias al juego de Leonore, las asperezas entre ellas habían desaparecido por completo (o casi). Zafira, que siempre quería ser el centro de atención, había decidido meterse sin nada de ropa al estanque. Era la primera vez que se desnudaba frente a tantas mujeres, y dado que la razón por la que estaba en la mansión de Sarah era para romper sus propios límites, no hacerlo se hubiese considerado una pérdida de tiempo. Además, se sentía orgullosa de su cuerpo. Derrochaba autoestima. Sabía que muchas envidiaban el color perfecto de su piel, y su cabellera tan negra como la cola de un cuervo. Cada curva de sus pechos, sus nalgas y sus piernas estaba en su lugar gracias a que sus padres habían insistido en que hiciera deporte desde pequeña.
No era la única que estaba como Dios la trajo al mundo. Elena, que de repente había conseguido atraer la atención hacia sí, también había decidido quitarse toda la ropa, pero no daba saltos tan alegres ni se mostraba igual de extrovertida que su amiga. Ella también era una mujer hermosa, con el pelo en un corte de hongo que exponía un refinado cuello. Sus amigas coincidían en que sus labios carnosos y sus ojos grandes y expresivos eran su mejor atributo. Tenía, después de Lucy, el rostro más bonito de toda la mansión.
Noriko no llevaba sujetador; pero no se atrevía a desnudarse. Era demasiado. No así Leonore, quien por no quererse ver inferior a Zafira, decidió que las otras chicas eran dignas de mirarle los encantos delanteros, y sus redondos senos con las puntitas rosas se balanceaban alegremente dentro del agua.
Al principio había mucha vergüenza entre todas ellas; pero después de un rato habían perdido el excesivo interés en sus cuerpos, y habían olvidado que iban desnudas, o semidesnudas según el caso. Como Leonore decía “no tenemos nada que no tenga la otra”. Además, el agua disimulaba un poco su desnudez.
Zafira atrapó la pelota y se la lanzó a Nori, que tuvo que nadar un poco hacia la derecha para tomarla, y luego la disparó hacia Elena, que hacía equipo con su amante. Leonore, por otro lado, no perdía mirada de sus amigas. Le gustaba el resultado que su plan estaba teniendo, aunque no se esperaba el impacto que sus dulces senos estaban teniendo en su rival morena.
Desde el flamante beso, Zafira había estado particularmente “social y amigable” con Leonore. Le sonreía. Le lanzaba miradas coquetas y le arqueaba las cejas en un gesto de sugerente lujuria. Leonore no se consideraba mojigata. Le gustaba la sexualidad; sin embargo eso no impedía que se sintiera cohibida ante su… ¿compañera? ¿amiga? ¿Qué era exactamente Zafira para ella?
—Creo que esa mujer te a comer en cualquier momento, cariñito —dijo Nori, abrazándola por la espalda. Leonore sintió sus firmes senos tocándole la piel.
—¡Hagamos una pausa, estoy cansada! —Zafira se subió a la orilla, y cruzó las piernas para cubrir su hermosa intimidad. Incluso así, no dejó de acaparar la atención.
Elena salió del agua, y le guiñó un ojo a Lucy, pues la chica miró momentáneamente el coqueto encanto que tenía entre las piernas. Lucy se sonrojó, y Nicole estalló en risas por su juguetona inocencia.

Leonore salió rápidamente del agua y alcanzó a Elena, que se estaba poniendo una camiseta larga hasta los muslos.
—Oye, ¿me puedes hacer un favor?
—Claro. ¿Qué sucede?

Matilda bajó la vista hacia su libro. Mientras todas las demás chicas mostraban sus cuerpos y se divertían, ella había decidido quedarse bajo un árbol. Lo único que se había quitado era la blusa, porque no quería que se le ensuciara, y cubría sus exuberantes senos con un pañuelo rojo atado alrededor de su torso.
Que las demás se montaran una orgía si quisieran. Ella no iba a dejar que un par de tetas le hicieran caer en la tentación. En cierta forma se sentía aislada de las demás por no compartir sus energías ni su alegría. No es que se considerara una amargada, ni nada por el estilo; pero no cabía duda de que ella era diferente a las demás, y saber que eso podría cambiar, le ponía mucho peso sobre los hombros.
Miró a Charlotte sin que ésta se diera cuenta. La chica, con todas sus ropas puestas, estaba acostada sobre una piedra y miraba al cielo con aires pensativos. Mascaba una ramita floreada sin prestarle atención a lo que sucedía alrededor. Esa no era la Charlotte que Matilda conocía. Si antes se sintió emocionada y orgullosa de sí misma por haber cumplido el reto de besar el cuello de Elena, la actitud de Char le hacía sentir como si hubiera cometido una traición de muerte. Encogió las piernas, se acomodó el canalito de los pechos, y siguió leyendo.
— Hola, linda —el saludo de Elena vino cargado con una nota de coquetería implícita. La muchacha se sentó al lado de ella. Matilda lentamente giró la cabeza, y arqueó una ceja.
—¿Eh?
—Sólo vine a ver por qué estás tan aislada de las demás ¿no quieres ir a nadar?
—Estoy perfectamente. Gracias.
—¿Qué lees? —le preguntó Elena, inclinándose sugerentemente para ver el libro. Su cuello quedó a la vista de la otra chica, que de inmediato recordó su textura y olor.
—Un libro que me prestó Leonore.
—Uhm… una niña intelectual.
—Oye… ¿estás hablando conmigo por lo que pasó en el juego? Nunca habíamos intercambiado palabras.
Los ojos negros de Elena eran como dos gemas de obsidiana. Brillaban de una silenciosa sensualidad, y se posaron momentáneamente sobre la curvatura del pecho de Matilda.
—Sí. Es por eso. Debe ser difícil ser la única hétero entre nosotras.
—Lo es… y te agradecería que conservaras un poco tu distancia.
—Ah… ¿O sea que mi presencia te provoca cierta inquietud?
Charlotte advirtió lo que sucedía, pero decidió no moverse. Elena y Matilda conversando ¿Es que el mundo se había puesto de cabeza? Frunció las cejas y apretó los puños preguntándose por qué le molestaba tanto lo su amiga había hecho. Tonterías. Sabía la razón, pero no quería aceptarla. No hacerlo significaba seguir adelante y fingir que no había problema alguno.
La miró con un encanto que sólo usaba cuando realmente quería conquistar a alguien. La mirada puesta justamente sobre los ojos de la otra. Sus energías se desbordaban a través de sus pupilas, e intimidaban a Matilda, como un conejo asustado que huye de los faros de una camioneta.
—¿Qué me estás mirando?
—En realidad… no me había dado cuenta de que tienes piernas muy bonitas.
—Siempre me dicen eso —respondió Maty.
—Bueno… pero apuesto a que lo que tienes entre ellas es mucho más dulce ¿verdad?
—No sé si me estás halagando, pero no vas por buen camino.
Una mirada rápida de Elena comprobó que Charlotte contemplaba como se desarrollaba la escena.
—Ay, Matilda. Si fueras como las demás, ya me hubiera puesto a tus pies. ¿Sabes? No debo decirlo, pero aunque las demás no lo acepten, nos gustas a todas.
—Me siento como un una manada compuesta de leonas.
Otro rápido vistazo a Charlotte. Elena sonrió, y se apresuró a darle un besito en la comisura de la boca a Matilda. La rubia se quedó de piedra. Elena se levantó, contoneando su bonito trasero, y se fue en dirección al estanque. Se desnudó, y se lanzó con un buen clavado.

Leonore nadó discretamente hacia Elena.
—¿Funcionó? —le preguntó en voz baja.
—Sí —contestó Elena—. Charlotte estaba que se moría de los celos. ¿Estás segura de que tu plan dará resultado?
—Para las chicas como Charlotte, los celos le harán actuar. Aunque no lo aparente, nuestra Char es tan o más caliente que Zafira.
—¿Crees? A mí se me hace entre inocente y boba.
—No tiene nada de inocente —replicó Leonore—. Lo que vemos es una máscara que usa para cubrir su verdadera naturaleza. Es una depredadora, capaz de engatusar y enamorar a cualquier chica con la misma facilidad que tú, Zafira o yo. Conoce… las artes Jedi.
Elena soltó una carcajada.
—¿Qué cojones es eso?
—Así le decimos a las técnicas de seducción que las mujeres emplean para conquistar a otra. No es lo mismo un coqueteo heterosexual que uno lésbico.
Elena sonrió y le pellizcó la mejilla a Leonore.
—Bueno, te daré la razón en eso.

Estaban reunidas alrededor de la fogata. El viento corría en un suave rumor por entre las ramas del bosque. No había una sola nube en el cielo, dominado por el brillo lunar y el manto de estrellas.
—Entonces… la niña entró directamente en la cabaña, y se encontró con todos sus amigos colgando. La puerta se cerró ¡bom! Apareció el payaso justo tras ella. ¡Zas! Le cercenó la cabeza a la pobre Sandy. Y esa es la razón por la que nunca deben acercarse al Bosque de los Arrepentidos. Fin.
Las muchachas se quedaron calladas unos instantes, meditando en el horror del cuento de Lucy. De aquellos labios pequeños y rosados habían salido palabras que les dejaron la carne de gallina.
—No jodas —replicó Charlotte—. Eso es lo más aterrador que he oído.
—Y sucedió en un bosque como este —añadió la chica, mirando a sus compañeras de hito en hito. Sus rostro, a la luz de las llamas, parecía un juego de sombras.
—Ehm… —balbuceó Zafira—, ¿Qué tal si mejor contamos algo más alegre?
—¿Confesiones? —sugirió Elena, cruzando sus bonitas piernas sobre el tronco en el que estaba sentada al lado de Lucy y Nicole.
—Sí. Es buena idea —aceptó Leonora—, pero sin los retos, claro. ¿Quién empieza? ¿Charlotte?
La muchacha, que no había dejado de mirar a Matilda en toda la noche, se levantó y se fue a su tienda sin dirigirle palabra a nadie más.
—¿Qué le pasa? —preguntó Zafira, inclinando levemente la cabeza hacia Maty. La rubia se encogió de hombros.
—Bueno. Hay que darle su espacio —Noriko se inclinó hacia atrás y miró las estrellas—. Miren cuántas hay… ¿creen que haya vida allá afuera?
—Seguro que lo hay —aseguró Lénora. Zafira sonrió.
—¿Algo así como extraterrestres lesbianas?
Su comentario sacó risas de las chicas. Luego añadió:
—¿Han hecho el amor bajo las estrellas?
—No —contestó Nicole— ¿Y tú?
—Creo que… nunca he hecho el amor. He tenido tanto sexo que no puedo ni contarlo, pero… creo que nunca me he fijado en alguien como para decir que he hecho el amor. ¿Qué hay de ustedes? ¿Les gustaría montarse una pequeña orgía ahora mismo?
Sus amigas volvieron a reír.
—Deja de hacer bromas —replicó Lucy.
—Sí… bromas… —mencionó Zafira, y no volvió a sacar el tema.
Las seis decidieron recostarse un rato con sus respectivas parejas parar mirar las estrellas. De vez en cuando se oían los esporádicos besos Leonore y Noriko, o los de Elena y Zafira, que a pesar de no ser novias, mantenían una lujuriosa relación. Lucy y Nicole platicaban en voz muy baja. Matilda, con las manos en la nuca, no dejaba de pensar en Charlotte, ni en la forma en la que su relación estaba cambiando. Le dolía la distancia, pero una brizna de orgullo le impedía acercarse y hablar sobre eso.
—Ah… —un gemido hizo que todas pararan los oídos. La dulce voz de Elena— Zafira, saca los dedos de allí.
—Lo siento.
—Oigan —habló Matilda—. Debo decirles algo. Me siento… uhm… agradecida por estar con ustedes.
—¿A qué viene eso? —preguntó Leonore, acomodándose el sujetador que las hábiles manos de Nori habían desabrochado en la oscuridad.
—Pues… sé que no les caigo bien a todas. Es difícil ser como yo en un lugar con muchas como ustedes. Ya saben de qué hablo. Es difícil ser la única diferente.
—No creemos que seas diferente a nosotras —Elena se acomodó el pelo tras la oreja y miró a su amiga, al otro lado del fuego de la hoguera—. En realidad, creo que te estás convirtiendo en una de nosotras.
—Dios me libre.
—Todos sabemos que hay química entre tú y Charlotte ¿verdad, Zafira?
La morena sólo hizo un sonido ronco con la garganta, indispuesta a unirse a la conversación.
—No existe tal cosa —replicó Matilda, sintiendo cómo sus palabras se tambaleaban al salir de su boca.
—Sé honesta contigo misma —le dijo Lucy.
—Siento haberte hecho maldad, pequeña Lucy. Especialmente por lo de la carrera.
—Nah. Es pasado. Te perdono.
Matilda sonrió y parpadeó rápidamente sin dejar de mirar al cielo.
—¿En serio creen que… puedo ser como ustedes? Es decir, nunca me he sentido así. Al ver a Charlotte, me dan ganas de estrangularla, pero también quiero estar a su lado. Todas ustedes son tan lujuriosas… y se divierten entre sí. No creo pertenecer a su misma… especie.
—No somos una especie rara —dijo Elena—. Solamente tenemos gustos distintos. Es como elegir el sabor de té. Hay unos que son más deliciosos que otros.
—Nada como el sabor de una buena vagina jugosa —rió Noriko, secundada por todas las demás. Matilda se abochornó.
—No es cuestión de lujuria —dijo Leonore, dándole un beso de pico a su novia—. Es cuestión de amor. Cada quien es distinta y a la vez, en el fondo, somos iguales. No somos monstruos. Es muy raro el concepto que tienes de nosotras, Matilda.
La chica guardó silencio un rato, con el corazón latiéndole muy rápido.
—¿Creen que… debería aceptar lo que siento por Charlotte?
—Es lo más natural —contestó Leonore— ¿Qué opinan las demás?
—Hazlo.
—Cógetela —dijo Elena, directa y sin rodeos como siempre. Miró a Zafira, y le acarició una pierna— ¿Verdad?
La chica fulminó a Matilda. Quería asesinarla allí mismo, y quemar su cabello con las llamas de la hoguera. Había perdido sin siquiera comenzar a pelear. Todas las chicas de la mansión estaban dispuestas a apoyar a Matilda porque era la “nueva”. Sus sentimientos estaban floreciendo todavía, igual que una inocente rosa en una mañana de rocío. Era natural que se sintiera confusa, que su cabeza diera vueltas por pensamientos extraños y que se sintiera atrapada y sola aun cuando estaba rodeada de gente. Zafira la entendía, porque ella misma se había sentido igual cuando descubrió que sus gustos eran diferentes a la de las otras chicas. Ciertamente no odiaba a los hombres, pero prefería estar con una mujer antes.
Charlotte, decidió, era demasiada mujer para alguien novicia como Matilda. Sintió pena por la pobre niña rica, y cuando su mirada se encontró con la de esta, deseó nunca haberla conocido. De ser la muchacha más detestada del grupo, ahora todas le brindaban su amistad. Zafira no tenía deseos de levantar barreras a su alrededor, ni de encerrarse a tal grado como lo había hecho Lucy.
Tenía que ceder.
Tenía que dejar a Charlotte.
—Sí —añadió tras una triste sonrisa—. No hay nada entre Charlotte y yo. Sólo era sexo, Matilda. No me interesa tener relación con ella, así que opino que no hagas caso de tus pensamientos heterosexuales, y te centre en lo que sientes de verdad. Lo peor que puedes hacer es negar algo tan bello como el amor, y te envidio. Nunca lo he experimentado.
Se quedó callada. Las chicas la miraban con desconcierto. Las mejillas de Zafira se ruborizaron, y se tiró al piso.
—Bien. Lo dije. Ahora no me hablen.
Unas cuantas risas más y el tema quedó zanjado. Elena se inclinó sobre su amiga, y le dio un beso en la mejilla mientras le acariciaba la curva de la cadera.
—Estoy orgullosa de ti —le susurró.

Se sentó en el borde del estanque. Se había desprendido de los pantalones y de la blusa, quedándose sólo con su ropa interior. Contempló el agua como si ésta fuera un espejo que reflejara el cielo de la noche. Lucy tocó con la punta del pie la calmada superficie de cristal, y lo apartó de inmediato.
—Debería… debería hacerlo.
Tomó aire, y se desvistió por completo. Luego dio un paso dentro mientras temblaba a causa de la fría temperatura. Su cuerpo tardó un poco en acostumbrarse hasta que finalmente pudo extender los brazos a los costados y aleteó las piernas para mantenerse a flote.
Vencer su miedo a ahogarse era sólo el primero de los muchos pasos hacia su renacimiento. Las palabras de Zafira no sólo habían servido para llenar de energía el corazón de Matilda, sino que ella también las había absorbido, y con ello la posibilidad del cambio se le presentó como algo que estaba a su alcance. Vencer sus miedos. Aceptar quién se es en realidad. Todo eso era parte de crecer, y Lucy quería crecer.
Tomó una amplia bocanada de aire. Se impulsó de la orilla resbalosa y nadó lentamente hasta el otro lado del estanque, cerca de donde el río dejaba caer una pequeña cascada de agua. Evitó acercarse a esa zona más turbulenta, y volvió con tranquilos braceos hasta la parte segura.
En teoría, mantenerse a flote requería concentración, y el que pudiera hacerlo significaba que su mente poco a poco estaba encontrando la tranquilidad. Eso era bueno. Estaba bien. Dentro de poco podría volver a ser la alegre chica que había sido antes de que la presión de Samanta la cambiara.
—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó Nicole. Lucy pegó un chillido y se cubrió los senos con las manos—. Perdón, no quería interrumpirte.
—¿Me has… visto?
—¿Qué? —Nicole vio la ropa sobre la orilla, y se apenó—. No. No he visto nada. ¿Qué haces a estas horas de la madrugada acá?
—Sólo vine a practicar un poco. Me da miedo nadar.
—¿Quieres ayuda?
—¿Cómo?
Nicole se deshizo de su ropa. Lucy abrió los ojos de par en par, y se dio media vuelta cuando vio que su amiga de verdad tenía intenciones de desnudarse. Luego oyó cómo se metía al agua. Se giró. Aunque estaba lo suficientemente oscuro, pudo distinguir la silueta de su rostro y sus hombros asomando por la superficie cristalina.
—¡Brr! ¡Está helada!
—Sí —contestó Lucy—. Pero al menos estoy sola. O eso creí.
—Oye, lo siento, lo siento —replicó la chica con una traviesa mirada. Se echó el pelo para atrás y se quedó en silencio por unos minutos. Lucy decidió darle la espalda.
—Nicole. Sobre el beso, sólo quería decirte que no es una señal de que me gustas.
—Lo sé. Pero fue muy rico. Me hiciste feliz.
—¿En serio puedes ser feliz con alguien como yo?
—Claro —Nicole la tomó de los hombros y le dio la vuelta. Se acercó unos cuantos centímetros, hasta que las puntitas de sus senos se rosaron con los de Lucy. La otra no hizo intentos de apartarse—. ¿Por qué no podría serlo? Es por ti que me quedé.
—Lo hice porque me defendiste.
—Me nació hacerlo. Nadie tiene derecho de lastimarte de ninguna manera, y odio que la gente se salga con la suya. Además esas dos me cayeron mal desde que las vi.
—A mí también. Hacían comentarios groseros y eran muy… cachondas.
—¡Ja,ja! Creo que así somos todas.
—Yo no.
—No. Tú eres una bonita monja.
Lucy bajó los ojos.
—Las monjas son vírgenes.
Nicole fingió una sonrisa para no dejar en evidencia que había tocado una fibra sensible. Pensó que Lucy se echaría a llorar; pero en vez de eso, la chica le echó agua.
—¡Jo! Deja de mirarme.
—¡No te veo! Todo está oscuro.
—Pero siento tu mirada escaneando la poca carne que está a la vista.
—Tampoco hay mucho que ver.
Ambas se rieron un ratito, y levantaron la vista al cielo.
—Cuando Leonore dijo que nos íbamos de campamento —comenzó a decir Nicole—, nunca pensé que acabaría desnuda en un estanque junto a la chica que pretendo conseguirme como novia.
—¿Esas son tus intenciones? —preguntó Lucy. Ya sabía que era evidente, pero oírlo le pareció interesante.
—Quiero ser tu novia, Lucy. ¿Es tan raro?
—Es… raro. Sí.
—Me gustas mucho. Lo sabes.
—Sé que no eres como las demás.
—¿Y cómo soy?
—Eres… —Lucy buscó cuidadosamente las palabras—. Eres más… o tal vez menos… no lo sé. Quisiera definirte en un solo adjetivo.
—Yo te definiré como… como el azúcar, Lucy.
—Todas creen que soy un dulce de leche. Me gustaría decirles que están equivocadas.
—¿Y lo están?
—¡Claro que sí!
Nicole se sintió más enamorada, y nadó un poco más cerca hasta que sus pechos aplastaron los de Lucy. Se sentía tan bien tenerla desnuda y a pocos centímetros de su cuerpo. Había trabajado tanto, día a día, para estar a su lado. Ahora parecía que sus esfuerzos estaban siendo recompenzados, porque Lucy no hizo ninguna señal de alejarse.
—¿En serio? ¿Qué me ves?
—Veo que eres especial. Ojalá también pudiera definirte, Lucy.
La muchacha bajó la mirada. Una traviesa parte de su mente, una que no controlaba, quiso traer a Samanta para arruinar el momento. Y aunque pensó en su ex novia, en realidad su recuerdo quedó apagado por lo que Lucy sentía en ese instante, y sin más, besó a Nicole.
Lo primero que Nic supo fue que algo extraño y antinatural estaba sucediendo en su boca. No se dio cuenta de eso hasta que ya ocurría. Continuó con los ojos abiertos y los labios pegados a los de la chica que le robaba el sueño por las noches. Cuando lo comprendió, levantó los brazos bajo el agua y tomó las caderas de Lucy. Esta siguió besándola. Fue limpio. Sin lengua ni saliva.
Un simple y profundo beso que se antojó eterno a ambas. Fue como una bengala en el corazón de Nicole, y sintió deseos de llorar porque se sentía aturdida dado el tamaño de sus sentimientos. Cerró los ojos mientras las chispas saltaban detrás de sus párpados. La boca azucarada le pareció etérea, como si un pulso psíquico estuviera seduciéndole la mente.
El beso de Lucy terminó con una sutil mordedura de labios. Las chicas se apartaron lentamente.
—Creo que… ya no puedo pensar que eres un dulce de leche —Nicole quería otro beso, pero no estaba segura de poder contenerse si eso ocurría.
—Creo que tienes razón.
Se miraron un poco, y se acariciaron las caderas mutuamente. Ambas eran preciosas, como dos sirenas a la luz de la luna.
—¿Nicole? —dijo Lucy mientras la abrazaba.
—¿Sí?
—Es en este momento cuando me pides que sea tu novia.
—Ah… sí. pe-pero siento que no me salen las palabras adecuadas.
Lucía sonrió.
—No importa.
—¿Puedo ir a presumirlo a las demás?
En medio de la fría agua, Lucy permitió que su cuerpo se relajara entre los brazos de su novia.
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Mensaje por Delfi22 el Lun Jul 10, 2017 9:57 pm
WOW! al fin la paz esta llegando... Idea

La verdad no se como se me paso un capítulo("conciencia"...recuerda que que quitaste las notificaciones,porque ahora andan posteando a diestra y siniestra y eso es demasiado..)--cierto muy cierto--
Pero bueno al fin paso algo bueno...jajaja eso de ir acampar fue genial y más con el juego de verdad y reto..
Bueno el plan era que Charlotte se diera cuenta de lo importante que es Matilda para ella y que Matilda aceptara de verdad sus sentimientos y que no eran algo malo y lo importante, saber que andaba en la calle equivocada..ahora solo queda esperar esto... jajaja...
Y al fin Nicole logro que Lucy la aceptara..lindas y tiernas.. así que a la espera del siguiente capítulo perve...jajajaj...mentira...nos vemos SALUDOS...  
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Mensaje por Yurita el Sáb Jul 22, 2017 1:12 pm
@Delfi22 escribió:WOW! al fin la paz esta llegando... Idea

La verdad no se como se me paso un capítulo("conciencia"...recuerda que que quitaste las notificaciones,porque ahora andan posteando a diestra y siniestra y eso es demasiado..)--cierto muy cierto--
Pero bueno al fin paso algo bueno...jajaja eso de ir acampar fue genial y más con el juego de verdad y reto..
Bueno el plan era que Charlotte se diera cuenta de lo importante que es Matilda para ella y que Matilda aceptara de verdad sus sentimientos y que no eran algo malo y lo importante, saber que andaba en la calle equivocada..ahora solo queda esperar esto... jajaja...
Y al fin Nicole logro que Lucy la aceptara..lindas y tiernas.. así que a la espera del siguiente capítulo perve...jajajaj...mentira...nos vemos SALUDOS...  

jajaja siii, finalmente el mundo está en calma! xD gracias por estar siempre aquí. TE lo agradezco mucho, y disfruta de los siguientes capítulos jojo
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Mensaje por Yurita el Sáb Jul 22, 2017 1:13 pm
Capítulo doble! disfruten

Abrió el broche del sujetador con tanta rapidez que estuvo por romperlo. Cuando sus senos quedaron desprovistos de toda protección, Elena se lanzó a por ellos, mordiéndolos con la punta de sus dientes y sintiendo su textura suave y firme a la vez. Se aseguró de que su lengua humedeciera toda el área que tenía a su alcance. Estrujó el par de curvas como si se tratase de gemas de algodón, respirando lánguidamente para absorber todo el aroma que le fue posible.
Zafira jadeó entrecortadamente, sumando su aliento a los besos que Elena le dio en los labios. Abrazó a su amante, rasgando su espalda con sus uñas y cerrando sus piernas alrededor de su cuerpo. Hizo un intento por girar para que ella estuviera arriba, pero Elena clavó sus manos en el suelo de la tienda y la dejó allí, sometida, sumisa para ella y seducida por una sonrisa de labios rojos y mirada sugerente.
Expuso el cuello e imploró sus besos. Elena no tardó en darle gusto. Sus manos acariciaron los muslos de la morena con una fogosidad tal como si quisiera prenderles fuego, y luego se dirigieron a esa zona especial e íntima escondida entre sus piernas. La irrupción de sus dedos fue bien recibida por un grito ahogado. Sintió que Zafira quería levantarse para ser ella quien dominara en ese momento. No se lo permitió. Elena estaba orgullosa de ser la única mujer capaz de dominar a la muchacha, la única con habilidades suficientes como para dejarla pidiendo más y más.
—¿Qué quieres que te haga? —le preguntó, cuando sus dedos apretaban su clítoris y le daba leves golpes con sus manos. Su mano estaba impregnada por la excitación de su amiga.
—Lo que quieras… oh, Elena…
—Si no me dices qué, no puedo hacerlo.
—Quiero… chupar tus pechos.
—Eso debiste decirlo hace rato.
Encaramándose sobre ella, Elena tomó sus propios pechos y los guió hacia la boca de Zafira. Ésta los sostuvo con sus manos, jugando por un momento con su peso, su contextura, y finalmente metiéndose los pezones a la boca. Adoraba el sabor de Elena, la forma en la que sus curvas bailaban dentro de su boca. Podría quedarse prendidos de ellos durante toda la noche.
—Eso es… —dijo Elena con ternura—, bebe de ellos. Sáciate, linda.
Zafira la envolvió más fuerte con sus piernas, deseando que hubiera algo dentro de su coño. Le susurró a Elena que la quería dentro, y riendo, la mujer descendió por su vientre y encontró la humedecida hendidura del cuerpo que tenía debajo. Entró con movimientos lentos, doblando los dedos para abrir un espacio suficiente y arrancar un gemido de satisfacción en su pareja. Sopló dentro de sus oídos para estremecerla con deliciosos escalofríos. Zafira sonrió de oreja a oreja, a medida que empujaba la cabeza de su amante.
Elena comprendió lo que quería, y descendió rápidamente. Separó sus piernas y la besó en los mojados pliegues de su sexo. E incluso se permitió morder un poco el pequeño clítoris que asomaba tímido entre la caliente piel. Le dedicó especial cuidado a este, cubriendo toda la raja de Zafira con su boca. Sus dedos entraban y salían a un ritmo veloz, clavándose con rapidez y surgiendo de nuevo con lentitud y violencia contenida. La morena se tapó la boca para evitar gemir y arqueó la espalda.
Miró hacia Elena y le acarició la cabeza con timidez. Siempre había querido dominarla, ser ella quien llevara la batuta; no obstante Elena nunca le había dado esa oportunidad, y Zafira encontraba el estado de sumisión un tanto morboso y excitante. Se le ocurrió que podría darse media vuelta, quedando bocabajo. Elena volvió a encaramarse sobre ella, besándole la espalda hasta llegar al lóbulo de su oreja. Tres de sus largos dedos entraban en la intimidad apretada, abriéndose camino hacia el clímax.
—Más… más despacio —rogó Zafira, incapaz de contenerse.
—Estás loca si crees que haré esto más despacio.
Al contrario, aumentó la intensidad de sus estocadas. Elena se permitió verla llorar de placer. Una mueca de dolor combinada con una sonrisa casi infantil a medida que su cerebro alternaba entre sufrimiento y gozo. Finalmente Zafira apretó la quijada y echó el cuerpo hacia adelante cuando el orgasmo la invadió.
Jadeando, la boca de Elena la cubrió en un ardiente beso que le robó el aliento. Incluso no habían pasado los espasmos de su corrida, los dedos continuaban cavando dentro de ella, usando su placer previo como un puente para encadenar un segundo y tercer orgasmo incluso después del primero. Zafira ya no se limitó a ahogar su tierna voz. Gozó a toda honra.
Elena se detuvo cuando se dio cuenta de lo que había hecho. El calor dentro de la tienda, y el de sus propios cuerpos las había cubierto de una fina capa de sudor, por lo que sus pieles resplandecían como si estuvieran bañadas en aceite. Jadeaba y las hebras de su cabello se le pegaban a las mejillas.
—¿Quieres más?
—No… por favor, no —respiró Zafira profundamente —. Dame unos minutos.
—Creo que ahora sí podrás dormir tranquilamente.
Dándole un beso más, Elena se puso una camiseta larga y salió de la tienda. El frío de la noche era deleitable, y su calor corporal fue descendiendo poco a poco. Se estiró y se acomodó el cabello detrás de las orejas.
Matilda finalmente soltó el aire que estaba conteniendo. Con insomnio, creyó que mirar la fogata durante un rato acabaría por producirle sueño. Eran las tres o cuatro de la madrugada, y además de encontrarse con el rumor del aire, se topó con los gemidos de Zafira mientras Elena la hacía suya. Habían sido unos minutos agonizantes para ella, pues cada sonido traído por el viento inyectaba imágenes de deseo, lujuria y sexo dentro de su pulcra mente.
Elena se le acercó y se sentó en el tronco que estaba al lado de ella. Sacó del bolsillo de su camiseta un cigarrillo y lo encendió con una ramita de la hoguera. Absorbió una amplia bocanada y dejó escapar el aire.
—¿Nos escuchaste? —le preguntó.
Matilda puso los ojos en blanco.
—La haces gritar. Parece que la estuvieras matando.
—Siempre ha sido así.
—¿La conoces desde hace mucho?
Elena sonrió mientras cruzaba sus largas piernas.
—Sí. Desde que éramos niñas. Yo le di su primer beso como a los ocho o nueve años, aunque no sabíamos qué estábamos haciendo en realidad. Supongo que… Zafira es como es gracias a mí.
—¿La volviste…?
—No hay muchas personas que se me resistan —le guiñó un ojo, y Matilda se ruborizó al imaginarse promesas de orgasmos inimaginables—. ¿Qué harás con Charlotte?
—Creo que me tomaré el tiempo para meditarlo un poco. La quiero… —miró en dirección a la casa de campaña de Charlotte, y suspiró con cansancio—. Estamos distantes.
—Zafira ya me contó que las viste en pleno acto. Es normal que Char esté confundida, y con tu silencio, la confundes más. Ambas son demasiado orgullosas para sentarse y charlar sobre lo sucedido.
—Lo sé.
—Tienes que dar el primer paso, o esa tetona no lo hará.
—Tetona… —rió Matilda.
—Si la conquistas, sólo piensa en que todas esas carnes serán para ti.
—No quiero a Charlotte por sus encantos. La quiero por cómo me hace sentir.
La otra chica se tomó unos segundos para meditar.
—En Facebook vi una imagen que dice “cuando dejas de mirarle el culo y empiezas a ver su sonrisa, ya te jodiste”. Creo que estás enamorada.
—O confundida. No lo sé. Quiero… explorar.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo Elena, aproximándose hacia su compañera. Matilda se puso a la defensiva—. Unos cuantos besos en las mejillas —le rosó la cara con la yema de sus dedos—, y unas pocas caricias en las piernas. No olvides unos mordidas en el cuello, y susurrarle palabras excitantes. Con eso cae.
—Eres experta en esto ¿verdad?
—Casi nunca hablo. Me dedico a mirarlas a todas y a evaluarlas. Ni siquiera Zafira sabe cómo soy en realidad. Le digo las cosas que le diría a una buena amiga, y lógicamente hay cosas que me guardo. Y eso es lo peor.
—¿Por qué? —preguntó Matilda, asegurándose de que el pañuelo que le cubría los pechos estuviera bien amarrado.
—Porque lo peor que puedes hacer contigo misma es tener secretos que ni tú estás dispuesta a aceptar. No te ciegues —le dio una palmada en la rodilla—. Acepta y deja que otros te acepten.
Maty reflexionó sobre esto. Había mucha razón en las palabras de la amazona.
—Ve a tratar de dormir. Yo haré guardia. Ya casi va a amanecer.

Las chicas volvieron a la mansión cerca de las ocho de la mañana. Leonore, que cerraba la fila, veía a sus amigas felices y eso le produjo un sentimiento de éxito. Dudó, durante un momento, que sus planes funcionaran y que todo terminara de mal en peor. Se había equivocado y así lo demostraban Nicole y Lucy que caminaban tomadas de la mano y charlando animadamente. Incluso Zafira y Elena parecían un poco más unidas. Le resultó gracioso ver a la morena al lado de la otra, que era casi una cabeza más alta y parecía más experimentada en todo sentido. Las únicas que rompían con esa tranquilidad eran Charlotte y Matilda. Seguían sin dirigirse la palabra. Eran como una mancha en un perfecto piso inmaculado.
Apenas llegaron, Zafira y Elena se metieron a la piscina para refrescarse. Noriko y Leonore se dirigieron a la ducha, mientras que Lucy y Nicole fueron por sus consolas de juego para echar unas partidas.
Charlotte, cuya consciencia había estado castigándola durante toda la mañana, acosada también por sueños, decidió que ya era suficiente. No podía negar que quería a Matilda para algo más allá de un simple acostón. La distancia entre ambas le había enseñado una valiosa lección.
Así pues, armada de valor, se dirigió a la rubia; pero en ese momento la voz de Sarah se oyó por el altavoz.
—Bienvenidas, hijas. Espero la hayan pasado bien. Matilda, necesito que vengas al sótano cuanto antes.
Maty, extrañada, se levantó y miró a Char, quien le cuestionó con la mirada. Ella se encogió de hombros y se dirigió con Sarah.

Media hora después, las muchachas ya estaban reunidas en la sala y miraban la televisión. Entonces Sarah apareció por el corredor, y junto a ella venía una Matilda con los ojos enrojecidos por las lágrimas y la nariz roja. Charlotte fue la primera en notar que se le quebraba el estómago.
—¿Qué ha pasado? —les preguntó. Sarah, suspirando, le contestó:
—Matilda abandona la mansión.
Y el mundo de Charlotte se tambaleó como pocas veces lo había hecho.
—¡Es injusto! —protestó Lucy, cuyo arrebato despertó curiosidad en las otras chicas—. Ella no ha hecho nada.
—No es cuestión mía —Sarah miró a la pequeña rubia, y ella habló después de limpiarse las lágrimas.
—Es… un problema familiar. Alguien cercano a mí acaba de morir y tengo que volver para su funeral, y ver algunas cosas… de la herencia.
El silencioso llanto de Matilda acabó por hacer llorar a Lucy. La más sensible del grupo. Leonore se mordió el labio, mientras que Charlotte se aproximó con pasos vacilantes y abrazó con timidez a Matilda.
En ese momento, dado el terrible shock emocional a causa de la tragedia, ambas chicas decidieron romper sus diferencias y se pasaron calor la una a la otra. Los problemas quedaron relegados hacia atrás debido al lazo cálido de su amistad.
Charlotte acarició el pelo dorado de su amiga y le dio un beso el hombro. La apretujó mucho contra sus pechos.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
Luego, separándose de ella, miró a sus amigas. Luego a Maty y finalmente a Sarah.
—Renuncio a la mansión. Quiero irme con ella.
Incluso Sarah abrió los ojos de par en par. Matilda palideció, más de lo que ya estaba. Zafira apretó los puños en una protesta silenciosa.
—¿Estás… segura de eso, Charlotte? —preguntó Sarah cuidadosamente.
—Si Matilda se va, voy con ella. Si regresa, también lo haré. ¿Verdad?
—No… no sé si volveré. Puede que todo tarde demasiado. Los procesos legales… los abogados…
—No me importa —sonrió Charlotte—, la vida se me va sin ti.
Sus palabras provocaron traviesas sonrisas en sus amigas. Incluso Matilda, apenada y con la cara roja por el momento, encontró divertido el rostro enternecido de Charlotte. Sintió deseos de besarla y su amor se manifestó como un barrido del sol sobre un campo de nieve.
Sarah asintió.
—Está bien. Vayan a empacar.

No había ni tiempo de organizar una despedida. Tampoco sabían si sería temporal, o si ellas no volverían. La perspectiva de eso les bajó los ánimos a todas. Leonore también se sentía alicaída, pero no pudo hacer nada.
Charlotte y Matilda bajaron con sus maletas y vestidas con ropas formales. Se veían preciosas, como si de pronto se hubiesen convertido en mujeres maduras, dejando atrás esa inocencia juvenil.
Se despidieron de ella con abrazos y besos. La que más sufrió, sin duda, fue Zafira. Charlotte se marchaba y deseó no sentirse mal por ello. Ya se había resignado a no amarla, sí, pero estar sin su presencia iba a ser un duro golpe que no estaba dispuesta a soportar. Su ausencia ponía un peso sobre sus hombros. Su abrazo con Charlotte tardó más de lo esperado, pero finalmente se separaron con tristes sonrisas.
—Fue rico mientras duró —le dijo la morena a su ex amante.
—Lo disfruté cada segundo… pero tienes contigo una amazona que puede hacerte explotar de placer.
Le dirigieron una mirada coqueta a Elena, que abrazaba y acariciaba cariñosamente la espalda de Matilda. Su nueva amiga.
—Lo sé. Suerte con Maty.
—Igualmente.

Tras su partida, la casa se sumergió en un caudaloso silencio. De nuevo las muchachas estaban encerradas en sus habitaciones, aunque visiblemente mejor que antes de irse de campamento.
Zafira y Elena estaban mezcladas en una deliciosa sesión de sexo, abiertas ambas de piernas y con sus hermosos coños frotándose el uno con el otro. Se miraban sostenidas de las manos fuertemente. Las tijeras era la posición preferida de Zafira, porque podía sentir el vivo contacto caliente del clítoris de Elena y la humedad que se unía a la suya y ayudaba a la fricción. Además, sus caderas se movían a un ritmo muy ágil. Puede que Elena tuviera más experiencia, supiera posiciones sexuales más traviesas y pervertidas, pero Zafira compensaba sus deficiencias frente a ella con una buena condición física que le permitía saltar sobre la cama durante un largo periodo de tiempo, y su carácter de chica multiorgásmica la volvían una experta en cuanto al sexo se trataba.
Elena echó la cabeza para atrás y sus senos se bambolearon como dos globos llenos de almíbar. Zafira se separó, y aprovechando que su amiga tenía las piernas separadas, se hundió en su sexo y recogió el fruto de ambas. Si Charlotte ya no estaba en la mansión, ella daría lo mejor de sí para disfrutar con todas las mujeres que pudiera.
Tristemente sólo tenía a Elena para saciarse. No es que despreciara a su amiga, pero se hacía algo repetitivo tener siempre el mismo cuerpo para sí.
Por otro lado, Leonore estaba un poco asustada. Miró con recelo las nalgas rojas de Noriko, que se exponían para ella sobre la cama. La chica estaba de a gatas, con el pelo mojado sobre la almohada y el trasero levantado.
—¿Segura que quieres que siga?
—Hazlo, amorcito. No me había dado cuenta de lo mucho que me gusta esto.
Leonore suspiró. Tensó el cinturón, y descargó un golpe sordo contra las carnes de su novia. El cuero dejó una marca levemente roja sobre su piel de ébano. Nori soltó un gritito y luego un gemido de placer.
—Oye… Noriko. Te amo con toda mi alma y la idea de golpearte no me excita mucho.
—Vamos, no seas mojigata —dijo la chica, moviendo sus curvas y ofreciendo una generosa visión a su pareja.
—¿No quieres que mejor te coma un poco el…?
—¡No! ¡Pégame!
Poniendo los ojos en blanco, Leonore reanudó sus golpes.
Al otro lado de la mansión, Lucy y Nicole tenían su propio momento. Estaban en el jardín trasero, recostadas a la sombra de un naranjo y tomadas de las manos mientras miraban las nubes discurrir como una manada de azúcar en el vasto cielo azul.
A Nicole no le importaba no tener sexo con ella. Era lo de menos. Le daba igual si Lucy ya no estaba interesada en el tema. Lo que valía la pena era su compañía, pues desde su llegada sintió un pulso de electricidad que la atrajo hacia ella como una lámpara que seduce a un insecto.
Se giró hacia ella y captó el perfil de su rostro. La curva de la frente. La nariz y los labios rosados. Siguió descendiendo hasta sus generosos senos, cuyas puntitas libres de sujetador levantaban la suave tela de la blusa. El vientre estaba descubierto, y más abajo, el sensual reborde unas piernas tan lisas como la superficie del hielo.
Esa era su chica.
Era su amor.
Se inclinó tímidamente, y comenzó a besarle en el abdomen. Lucy sonrió y le acarició la cabeza sin apartar la vista del cielo.
Se sentía lívida, como si flotara en un mar de hojas que la llevaran a la deriva. La lengua de su novia recorría suavemente su piel, dándole tiernos besitos alrededor del ombligo y descendiendo traviesamente unos pocos centímetros por debajo del elástico de sus pantalones de algodón.
—Oyee… sube más —le dijo a Nic, riendo por las cosquillas.
Nicole se sonrojó y apartó la boca de su estómago, para ascender y besarle en las mejillas.
—Quédate quietecita, amor mío.
Lucy asintió y cerró los ojos. Nicole no tuvo necesidad de montarse sobre ella. Se relajó, y colocó una mano sobre los pechos de su nueva acompañante. No estrujó ni acarició. Simplemente la dejó allí, entre ese par de hermosas gemas blancas. Besó su boca con una ternura igual que un vidrio dulcificado, o el suave siseo de una flauta. El aliento de Lucy se sentía como el aroma del jugo de uva, y su calor era como estar delante de una fogata en una noche invernal.
—Dios… cuánto te amo —le susurró a un milímetro de separación.
Lucy sonrió para sus adentros. Ni Samanta había dicho cosas tan hermosas. Decidió darle un premio, y aparte de corresponder a su seductora boca, colocó una mano sobre la de ella, y la incitó a moverla sobre sus pechos. Le mostró la presión adecuada, el movimiento circular. Cuando Nicole hubo comprendido, quitó la mano y dejó que su chica le masajeara las curvas. Sintió sus puntitas ponerse rígidas, y su frente se perló de una pequeña capa de sudor a causa del aumento de temperatura corporal.
De repente vinieron a ella imágenes de Samanta ultrajándola. Lucy sintió miedo y se removió inquieta.
Nicole se dio cuenta y se separó de inmediato.
—Lo siento.
—¿Qué cosa? —preguntó Lucy.
—¿Te incomodé?
La chica sonrió.
—Mis senos son mi zona más erógena. Sólo me estremecí de placer.
—Ah… entonces…
—Ven aquí. No pares de besarme.
Volvió a fundirse con ella. La ausencia de Charlotte y la de Matilda habían quedado atrás. Mientras las otras chicas gemían, se mordían y se daban ricos golpes para alcanzar el clímax, Lucy y Nicole sólo tuvieron que besarse para darse cuenta de lo bien que se complementaban la una a la otra.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Jul 22, 2017 1:14 pm
En realidad, el viaje había sido como Charlotte lo esperaba: un poco tenso y silencioso. Matilda tenía la mirada puesta al otro lado de la ventana del autobús, e ignoraba la película que transmitían en los asientos de primera clase. El suave ronroneo del motor la había dejado en un estado de duermevela. Bostezaba a cada rato y por momentos se le humedecía la visión.
Charlotte se preguntaba qué tanto habría querido Matilda a su tía como para sentirse tan devastada por su muerte. Que ella se sintiera triste la ponía triste también. Ardía en deseos de estrecharla y darle muchos besos en esos labios humedecidos y pálidos.
Pese a todo, también se encontraba feliz. Un poco dolida todavía por todo, pero feliz al fin y al cabo. Tímidamente alargó una mano y la colocó en la rodilla de su amiga, que asomaba por debajo de la falda de corte recto que usaba. Matilda no se inmutó, y sólo suspiró con cansancio.
—Dormiré un poco —le dijo a Charlotte—. Avísame cuando lleguemos a la terminal.
—Sí. Duérmete.

Dos horas más tarde, Matilda se despertó con el llamado de su amiga. Durante un instante no supo lo que estaba pasando. Todo era tan irreal y onírico que se escapaba de su percepción. Un día antes se sentía motivada y contenta por haber aceptado sus sentimientos, y en menos tiempo del esperado, como si se tratara de una conspiración, su ánimo se había visto opacado por la muerte.
La llegada a su mansión sorprendió a Charlotte. Una muralla rodeaba un gran terreno bordeado por árboles y setos podados de docenas de formas diferentes. La pequeña casa de Maty era lo más parecido a un castillo, dos o tres veces más amplia que la residencia de Sarah.
—Sólo tiene cuarenta habitaciones —aclaró Matilda, restándole importancia al asunto.
Subieron por una escalera de mármol hasta las grandes puertas de la fachada. Nada más entrar, una comitiva de criadas saludó a Maty con una cordial reverencia.
—Gracias. ¿En dónde está mi madre?
—En la oficina de su papá.
—Iré a verles. Ah… guíen a Charlotte a mi habitación —se giró hacia su amiga—. Estaré contigo en un rato.
—Sí… claro.
Completamente fuera de lugar, Charlotte siguió a una criada. Subieron unas preciosas escaleras alfombradas y deambularon por un largo corredor, flanqueado de cuadros familiares y réplicas de pinturas famosas. Había algunas joyas y jarrones dispuestos en bases de exquisita madera, y una que otra armadura o uniforme militar que contaba historias del pasado por sí mismas.
—La familia de la señorita tiene un legado amplio —aclaró la criada, como si leyera la mente de la invitada de su señora—. Por favor, sígame. Los aposentos de la señorita están por aquí.
El dormitorio, si es que se podía llamar así, era tan grande como la casa de Charlotte. Quizá un poco menos. El punto es que la castaña se sintió tan incómoda que no supo para donde mirar. No estaba acostumbrada a los lujos. Su habitación la conformaba una cama, un librero, una mesa con su computadora y nada más. Le gustaba la austeridad y lo práctico.
Por el contrario, Matilda vivía entre lujos. La cama tenía un tamaño matrimonial, con un dosel de ceda gris cayendo como una cascada de sombras sobre los mullidos cojines de plumas de ganso. Una lámpara de araña colgaba del techo, y las paredes estaban cubiertas por planchas de madera reluciente y aceitada. Tenía su propia chimenea, que estaba apagada. Un ordenador de Apple estaba un poco polvoriento a causa del poco uso de su dueña. El guardarropa ocupaba toda la pared izquierda. Las moquetas del piso eran de mármol y estaban tan bien pulidas que hubieran pasado por lágrimas de cristal.
—Espere aquí, por favor. Puede encender la televisión.
—¿Qué televisión?
La mujer tocó un panel de control junto a la mesa, y una placa de madera se retrajo hacia arriba. Detrás había una pantalla tan grande como la cama.

Sarah suspiró con un cansancio impropio de ella. Miró a su alrededor y dejó que su mirada se deleitara con las bellezas de la mansión de madame Carolina. Las jóvenes que vivían en su hogar eran todas pelinegras y traídas desde las lejanas tierras de Centroamérica y Sudamérica. Eran morenas de tez bronceada, altas y con unas curvas tan juveniles que Sarah sintió que sus chicas eran barbies comparadas con ellas.
Las veinte chicas estaban en bikini y se divertían en la piscina. Otras jugaban con pistolas de agua y unas más participaban en un torneo de voleibol contra las muchachas asiáticas de lady Su.
—¿Vas a apostar? —le preguntó Minerva, jugando con su largo cabello rojo. Tenía una buena mano de cartas entre sus finos dedos.
—Sí… dos mil más.
—Pago tus dos mil y aumento mil más —añadió Lidia.
Carolina bebió de su copa, y le pidió a Claudia, una linda chica de pelo corto, que le trajera otra.
—¿Qué tienes, Sarah? Luces triste —le preguntó cuándo tuvo su nueva bebida entre las manos.
—Son mis chicas. He perdido casi a todas. Nada más quedan seis.
—Vas a perder nuestra apuesta.
—Sé que la que se quede sin muchachas ganará, pero me preocupa la salud mental de mis niñas. Tienen demasiados problemas amorosos.
—Ese fue tu error —acusó lady Su—. Buscaste chicas que eran pareja y las metiste a convivir con otras de sus mismos gustos. ¿Qué esperabas?
—Sí, Sarah —añadió Carolina—. No era requisito que las chicas fueran lesbianas.
—Pues ya no puedo hacer nada. Están deprimidas por varias razones y no sé cómo alegrarlas.
Las mujeres se quedaron pensativas un rato, hasta que lady Su bufó.
—¡Pff! Perdimos el torneo —sacó su chequera y le puso una cuantiosa cantidad a Carolina. Luego, Su se levantó de la mesa y fue a consolar a sus chicas asiáticas por la aplastante derrota de las latinas.
—No pueden contra mí. Elegí a las mejores. ¿Alguien más quiere jugar contra ellas? ¿Qué tal tus niñas, Sarah? Sería bueno.
—Mmm… supongo que podríamos intentarlo.
—¿Seguro que no se romperán? —atacó Minerva con una sonrisa burlona.
—No subestimes el coraje de mis chicas. Verás que darán una buena batalla a tus hijas, Carolina.
—Trato hecho.

Charlotte estaba dormida debajo del dosel. Si estaba soñando con algo, no había forma de que Matilda lo supiera.
La pequeña rubia se quitó el abrigo y los zapatos. Se sentó al lado de su amiga y le acarició la curva de la cadera. Haber aceptado sus sentimientos era jodidamente liberador. No se había dado cuenta de lo bien que le hacía su presencia. Aunque su sentido del humor no era el mejor, Matilda estaba segura de que sin Charlotte ya se habría dado por vencida en esa difícil etapa de duelo.
Se recostó junto a ella y la miró dormir. Sus labios entreabiertos exhalaban un aliento cálido y reconfortante. Maty se acercó y sonriendo, comenzó a besarla con la punta de su boca. Fueron besos de pico, demasiado inocentes e infantiles como para que Charlotte, que tenía un sueño profundo, se despertara.
—Dios, Charlotte. Me gustas tanto…
Se sonrojó al decirlo, pero su amiga no se levantó. Matilda siguió besándole la punta de los labios, y luego se fue por algo de merendar.

Zafira fue la última en asomarse a la sala donde las chicas ya estaban reunidas. Delante de ellas estaba la laptop por la que Sarah les hablaba, y en esos momentos, exponía las reglas y el juego en general.
—Será un partido de voleibol playero. Eso significa que tendrán que estar en la arena, con trajes de baño.
—Por supuesto… —dijo Noriko, poniendo los ojos en blanco.
—Se jugará en parejas contra unas oponentes un tanto… duras.
—¿Qué tan duras? —preguntó Leonore.
—Son latinas. Están acostumbradas al deporte y al calor sofocante que se vive en América. No le temen al sol. No le temen al sudor, y les gusta ganar.
—Me recuerdan a alguien —mencionó Elena, y miró a la única latina de la mansión.
Zafira se encogió de hombros. No tenía ánimos para nada, y todo lo que pudo hacer fue apartar la mirada de sus amigas y suspirar. Se sentía triste sin Charlotte. Adoraba a la chica, y no sólo sus hermosos pechos. Su personalidad siempre conciliadora, maternal y amigable pese a todos los problemas era algo que todas echaban de menos.
—Será en un par de días. Siento las prisas, pero por favor, tienen que ganar.
—¿En dónde jugaremos? —preguntó Lucy, con la mano de Nicole acariciándole las piernas dulcemente. Se había puesto una minifalda rosa, de tela de terciopelo.
—Iremos a la playa.
Todas exclamaron de alegría ante la perspectiva de salir.

—Mi tía fue una mujer muy… comprensiva y humilde. Amasó su fortuna con el negocio de las bienes raíces, pero nunca dejó que eso la alejara de su pasado.
De tanto acariciarle el pelo, Charlotte ya había alaciado más la melena rubia de su amiga. Matilda había decidido abrir su corazón, y las lágrimas surcaban sus ojos por breves instantes.
—Realmente no soy muy unida a mis padres. Crecí con mi tía y sus enseñanzas. Intentó hacerme como ella y no menospreciar al resto de las personas. No sé si lo logró del todo. En la mansión me comporté muy sangrona.
—A mí me caíste bien desde el primer instante.
La chica se encogió de hombros. Charlotte la abrazó con amor.
—Eres un encanto, Matilda. Llora lo que tengas que llorar y sigue adelante.
—No sé qué hubiera hecho si no me hubieses acompañado.
—Ah, tonterías. Eres fuerte. Soy yo la que no iba a poder vivir bien sin ti.
Y entonces, Charlotte la besó en los labios. Matilda se sorprendió un segundo, y luego se relajó al sentir la caliente boca fundiendo la suya, de la misma forma en la que un cuchillo caliente corta la mantequilla. Todos sus problemas abandonaron su cuerpo, y se le bajó la tensión de los hombros desnudos. Charlotte la sujetó del cuello y la acostó sobre la cama de dosel. Matilda abrió las piernas para darle espacio a su amiga de acomodarse, y luego de que Charlotte se puso a horcajadas, la atrapó con sus muslos y le acarició la espalda.
Al separarse, los labios de ambas chicas brillaban por sus besos. Las manitas de Maty rodeaban cariñosamente el cuello de la otra. A su vez, Charlotte jugaba con sus mejillas, pellizcándoselas con calidad infantil. Se rieron, y volvieron a besarse con una pasión más renovada que antes.
Era como si el alma de ambas vibrara al mismo ritmo. Matilda expuso el cuello y le indicó con eso que quería ser besada allí. Charlotte comprendió, y le pasó la lengua por toda la garganta, para después quedarse allí un rato, llenándola de amor y comprensión. Atiborrándola de deseo y calentándola con cada roce.
En la mansión sólo estaban las criadas, concentradas en sus labores. El cuarto de Maty se hallaba en el tercer piso, y era el único que estaba ocupado. Las gruesas paredes no dejaban entrar ningún sonido del exterior, por lo que lo único que se oía entre ambas eran sus cuerpos acariciándose, el chasquido húmedo de sus labios, los frotamientos amorosos de sus lenguas y el frufrú de las sábanas de seda que las acogían.
—Oh, mi amor —lloró Charlotte. Le hablaba muy cerca de la boca, con su frente pegada a la de Matilda. Sus lágrimas resbalaron de sus ojos y cayeron sobre la otra muchacha—. Te quiero mucho. Me pesa verte tan deprimida por lo que sufres.
Maty no supo qué contestar, y reanudó sus besos con una desenfrenada pasión, potenciada nada más por el cariño contenido y el amor, que ahora, libre de toda atadura psíquica, se desbordaba como una presa que revienta por la necesidad de querer y ser querido.
La atracción fue tanta, que Matilda se vio de repente quitándose la blusa. Hacía demasiado calor. La tela le quemaba. También sabía que, durante toda la tarde, nadie las iba a molestar.
Charlotte le ayudó a quitarse la ropa, y entonces se incorporó un segundo. Los senos de Matilda eran preciosos y perfectos. Eran más grandes de lo que se veía a simple vista. Su anhelo de besarlos no pudo ser contenido, y entonces se lanzó por ellos.
Después de tener la boca de Matilda, el poder probar otras partes de su ser le llenó de conmovedora alegría. El pulso se le aceleró.
Matilda, excitada ya hasta los límites de lo inconcebible, comenzó a mover sábanas y a acomodar almohadas mientras Charlotte le lamía los pezones.
—¿Qué haces? —le preguntó Charlotte, cuando notó todo el jaleo que estaba haciendo su amiga.
—Preparo la cama para nosotras. Hay demasiadas almohadas.
—Matilda ¿vamos a hacerlo?
La pregunta hizo que una bengala estallara en su vientre. Matilda sabía que si se detenía, todo se iría al demonio. Y tampoco estaba dispuesta a soportar lo incómodo que sería echarse para atrás. Siempre había sido una chica que reflexionara mucho, y a veces eso entorpecía más que otra cosa. No. Esta vez sería distinto; adoraba… amaba, más bien. Con todo su corazón quería hacer suya a Charlotte. Le quemaba el deseo de experimentar. No se sentía del todo alegre, por supuesto; sin embargo, esa necesidad de estar con ella a un nuevo nivel era todavía muy fuerte. ¿Qué debería hacer? Ya estaba mojada, y realmente lo deseaba.
Charlotte vio la duda y el fuego que amenazaba con apagarse. No lo puedo permitir, pensó. Y sin más, se quitó la camiseta y se abrió el sujetador.
La visión de sus fabulosas gemas volvió a irradiar en el deseo de Matilda. Sonriendo, tomó a Charlotte de los hombros y la recostó. Se acomodó sobre ella y se permitió mirarla. Ella dominaba. Ella iba a hacerlo, y no al revés.
—Mírame bien —le dijo Char, con sus propios senos entre sus manos y moviéndolos sugerentemente.
—Me fascinan. Son tan…
—¿Apetecibles?
No contestó. Tímidamente, centímetro a centímetro, la boca de Matilda cubrió unas curvas que no eran suyas, y saboreó una piel que no le pertenecía. El sabor, la sensación, terminó por intoxicarle e hizo que perdiera el juicio. Entonces, lamió y mordió. Lamio y mordió de tantas maneras que sus esfuerzos fueron recompensados con jadeos de gozo y sonrisas pícaras.
Sólo hasta que estuvo medianamente satisfecha se detuvo, y sus ojos se encontraron con los de su amante.
Charlotte rió.
—¿Nos desnudamos mutuamente? —sugirió la castaña.
—Sí.
En una ceremonia casi religiosa, ambas chicas se ayudaron a desvestirse. La poca ropa que les quedaba saltó de la cama. Se miraron. Las mejillas de Matilda ardían como dos soles a punto de explotar. Incluso Charlotte, que había hecho esto decenas de veces, se sintió como una novata.
—Acuéstate bocabajo —le pidió Matilda a Charlotte.
Su amante asintió, y los senos frondosos de la castaña se presionaron bajo el peso de su cuerpo. Matilda comenzó a besarla desde la parte interna de las rodillas, y siguió ascendiendo por sus muslos. Cuando llegó a las nalgas, se quedó allí un poco de más. Mordió hasta dejar la marca de sus dientes. Rió cuando la otra chica se quejó. Después siguió ascendiendo por su espalda, hasta la nuca. Se encaramó sobre ella, y comenzó a besarle el cuello.
Una de sus manos descendió todo el camino, y se metió entre las carnes de Charlotte. Allí, tanteando entre sus muslos, encontró una zona que radiaba calor y humedad. La tocó, y disfrutó con lo tierna que era la piel alrededor de la raja de su amante.
—¿Yo te hice esto? —le susurró al oído, refiriéndose a lo excitada que había puesto a su compañera.
—Sí, Matilda.
—¿Se siente bien si deslizo un dedo dentro?
—Hazlo.
Charlotte se puso a gatas y arqueó la espalda. Matilda se apoyó sobre sus rodillas. Con una mano acarició la espalda blanca de su… su…
—¿Charlotte? ¿Somos novias?
—Lo deseo tanto —le contestó con un brillo candoroso en los ojos.
—Lo somos. —aceptó la rubia, y entonces, disfrutando con el rostro de la otra mujer, dejó ir sus dos primeros dedos al interior de Charlotte.
La penetración de su gran amor sacó una risa acompañada de un gemido.
Matilda rió y arqueó las cejas. Sacó sus dedos, completamente empapados, y volvió a introducirlos a más profundidad.
—Hierves por dentro, Charlotte.
—Sí… oh, ¡Dios! No pares.
Los dedos rasgaban la piel de su espalda y dejaban marcas rojas. El cuerpo que dominaba estaba aturdido por el placer, y Matilda lo contemplaba con devoción y una sonrisa de amor. Estaba poseyendo a su chica. Su chica. Se oía tan raro decirlo.
Moviéndose despacio, se colocó detrás de Charlotte y admiró la belleza de mujer que tenía para ella. Separó sus glúteos con suavidad. Los pliegues rosas brillaban por una dulce lubricación natural. Maty recordó que hasta hacía unos meses, el sexo lésbico le producía arcadas. Ahora, la imagen que tenía a sólo unos centímetros de su rostro, era lo más hermoso que había visto.
Sin poder creer lo que hacía, robó un beso a la vagina de Charlotte. Se sintió tan bien dentro de sus labios, pues no se trataba de una mera ilusión física. Era algo psicológico. Algo emocional que mantuvo a Matilda pegada a la intimidad de su novia durante un rato, trazando movimientos circulares con su lengua y penetrando con ella. Amó el pequeño clítoris que se endurecía por sus intervenciones dolorosas y placenteras. Bebió cada gota que surgió hasta limpiar por completo su delicada raja, y no se detuvo, pues presionó con su rostro y cubrió la hendidura por completo. Deslizó su lengua de arriba hacia abajo. De un lado a otro. Se enervó ante el aroma, y volvió a sus más bajos instintos hasta convencerse de que no iba a haber vuelta atrás.
—¿Qué te parece? —le preguntó Charlotte con una divertida sonrisa, mirándola —¿estás bien allá atrás?
—En realidad —dijo Maty, penetrando despacio y acariciando una firme nalga—, no sé por qué me contuve. Esto es más rico que comerse una polla.
—¿Has tenido una?
—No, pero… me he metido cosas que se le parecen a la boca. Es una sensación excitante cuando la mandíbula se tensa.
—¿Cosas como qué? —quiso saber Charlotte, acariciándose los senos con una mano y apoyándose de la cama con la otra. Matilda penetraba distraídamente.
—Un plátano. Un pepino. Uff… me preparaba para estar con un hombre —miró cómo sus dedos eran absorbidos por la vulva de su novia, y se permitió sonreí—. Nunca creí que le haría esto a una chica.
—Descríbelo con palabras.
—En mi lengua, es algo cálido, resbaloso. En mis dedos, la presión de tu cuerpo, y la humedad. El calor. Todo es tan extraño y lindo. No sabía que la intimidad de una mujer guardara tantos secretos y placeres.
—Estoy segura de que la tuya es mil veces más deliciosa que la mía. Debe estar en extremo apretada. Vas a cortarme los dedos cuando te penetre.
La rubia lanzó una risa nerviosa.
—Sí, pues primero quiero estar contigo.
—Nunca pensé que fueras tú quien tomaras la iniciativa.
—Charlotte —le dio dos besos en las nalgas, y continuó penetrando y mirando con atención el interior de su novia—, tú estarás acostumbrada a esto. Yo no. Y… precisamente porque es algo nuevo para mí, no pude contenerme.
—Está bien. Me alegra ser la primera mujer que toques. Uy… así.
—¿Así?
—Sí.
—¿O más al fondo?
—¿Cuántos tienes dentro?
—Dos —Matilda mostró los dedos que estaba metiendo. Char negó.
—Prueba con tres.
—Vale.
La nueva irrupción arrancó un suspiro en Charlotte, y su corazón se estremeció tan veloz que casi se le salió por la garganta. Dejó ir una risita.
Matilda, además de estar excitada a mil, humedecida como nunca antes, no dejaba de prestar una atención científica a lo que estaba haciendo. Al sacar los dedos, miró la pequeña dilatación que dejaba, y luego, volvía a introducirlos hasta la última falange. De vez en vez el cuerpo de su amor tiritaba. En ese momento ella presionaba más al interior y se acercaba para besarla. Suspiró, y durante diez minutos más las dos muchachas conversaron, rieron recordando viejos tiempos en la mansión.
Fueron esas risas inocentes y esa charla aparentemente natural, adicionada al hecho de que Charlotte recibía a su novia, lo que hizo de la ocasión algo sumamente erótico. Lo que pasaba en esa cama no era hacer el amor. Era un juego. Una práctica. Matilda estaba aprendiendo a tocar, a besar, y se sentía orgullosa de prestar su cuerpo para esa lección.
—Me encanta esto —dijo Matilda al fin, probando sus dedos empapados de humedad. Casi tenía la cara de una niña sorbiendo una paleta.
—Haz que me corra. Penétrame fuerte y rápido al mismo tiempo que me lames.
—Sí.
Se tapó la boca para no soltar un chillido. No comprendía la razón, pero estaba tan excitada que no tardó en correrse. Incluso Maty se asustó un poco cuando los espasmos del éxtasis hicieron que la chica vibrara y se dejara caer sobre las sábanas.
—¿Debe ser tan rápido un orgasmo? —preguntó Matilda.
—¡Oh, tontita! ¡Ahora es mi turno! ¡Ven acá!
—¡Ay, no! ¡Mi amor, espera! —rió Matilda.
—¡No te resistas, tonta! —replicó Charlotte, carcajeándose e intentando someterla.
—¡Ja,ja,ja! ¡No, mi vida!
—Te amo.
—Te amo.
Como si fuera una lucha, las dos forcejearon un poco. Sus pechos se bamboleaban en medio de sus movimientos, presionándose con sus suaves puntas. Matilda cedió y se quedó con las rodillas apoyadas en el colchón. Charlotte no dejó de besarla al mismo tiempo que sus manos descendían por el vientre y abarcaban la suave piel de la intimidad de su novia. Comprobó los pliegues, y la virginidad que se escondía dentro de su ser. Miró a Matilda.
Matilda asintió.
Y en ese momento, Charlotte entró en ella, y su amor quedó grabado para siempre en la historia de sus vidas.
Yurita
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Mensaje por Delfi22 el Lun Jul 24, 2017 2:04 pm
Santa madre de la perversión! doble capítulo con derrame nasal..

Con Zafira y Elena creo que es más que suficiente! jajaja

No hay mucho que decir solo que esperemos que las chicas ganen y que por el momento haya paz..En cuando a Mati y Charlotte esperemos que no se les presente algún problema sobre su relación y espero que regresen a la mansión.Bien a la espera del siguiente cap.
Saludos..
Delfi22
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Mensaje por Yurita el Dom Ago 13, 2017 9:55 pm

Se despertó como si fuera la primera vez que abriera los ojos luego de estar en coma por años. Un coma que la había sumergido en la más absoluta felicidad. Matilda no recordaba cuándo se había sentido tan bien. Tan satisfecha. Tan viva. Las ondas psíquicas de los múltiples orgasmos que Charlotte le había dado seguían inundando su cuerpo, y su sangre, nada acostumbrada al éxtasis, hervía dentro de sus venas.
Estaba al lado de su dormida novia, y ambas sin un solo paño de ropa. El cuerpo de Charlotte era tan hermoso, y Matilda se preguntó por qué nunca antes le había prestado la suficiente atención. Hasta entonces, sólo se sentía atraída por la forma en la que ella la hacía sentir. Ahora, después de probarla, pensaba de una forma diferente y deliciosa. Se ruborizó al recordar que había recorrido con sus labios cada parte de esa proporcionada anatomía. Charlotte era fuerte. Sus piernas la habían aprisionado como las patas de una araña, y sus caricias habían sacado marcas en la delicada piel de sus piernas.
Maty vio los dos lindos pezones coronando los pechos. Acomodándose mejor, rosó la punta de su nariz contra esas turgentes curvas. Era una piel tan suave como el terciopelo, y comenzó a mamar de ellos como una pequeña cría buscando alimento.
Charlotte notó algo raro, y despertó. Cuando vio una cabecita rubia besándole los senos, dejó que una sonrisa aflorara en ella. Tomó a Maty de las mejillas y la atrajo para besarla. Ambas muchachas se unieron de nuevo, buscando desesperadamente las hendiduras de la otra y acariciándose la parte interna de sus labios. Habían aprendido a moverse, y estaban agotadas.
—¿Cuánto tiempo dormimos? —preguntó Charlotte. Matilda miró el reloj.
—Unas cuatro horas.
—¡Pff! ¿Tanto?
—Nos quedamos sin energías.
—Tuvimos un rico sexo ¿verdad?
—No estuvo mal para ser mi primera vez. Normal.
—¡Ja,ja! Pero, amor, estabas gimiendo como loca. Especialmente cuando hice eso con mis dedos.
Las mejillas de la chica se ruborizaron.
—Sí… pues, avisa la próxima vez.
—Ah, mi querida Maty —la abrazó con cariño extremo y le besó la frente —. Te amo tanto. ¿Cómo te sientes?
—Pues… menos dolida —se giró hasta quedar bocarriba. La muerte de un ser querido pesaba aun, pero no de la misma forma que antes.
Charlotte se relamió los labios, y abrió suavemente las piernas de Maty. Esta se acomodó mejor para recibir la lengua de su novia en las partes más dulces de su cuerpo. Le sorprendió la rapidez con la que había vuelto a mojarse, y casi sin darse cuenta, sus finos dedos estrujaron sus pechos en un suave masaje que la excitó todavía más.
—¿Qué pasa, amor? —le preguntó Char, acariciando con sus dedos el interior de Matilda.
—Estaba pensando en mi tía.
—¿Quieres charlar sobre eso?
—Sigue con lo que haces. No te preocupes. Yo sólo… estaba pensando en cómo fue —se estremeció cuando la boca de la chica se pegó a su raja al mismo tiempo que penetraba con profundidad su recién abierta intimidad.
—¿Cómo fue?
—Una maestra. Me enseñó a ser humilde. Bueno, tampoco es como si lo fuera mucho. Nací entre esta riqueza, y sin embargo, siento que me faltan cosas que el dinero no puede comprar.
—Como el amor de tu novia.
—Como el amor de mi novia, la amistad de las chicas de la mansión, y la vida de mi tía.
—Tienes las dos primeras.
—Lo sé. ¡Auch! Me vas a arrancar los labios.
—Perdón. Mojas mucho. No es mi culpa querer absorber todo. Oh, mi amor, eres tan dulce.
—Mi tía siempre me dijo que aceptara a los demás y que no fuera una persona de vicios. Me costó mucho hacer amistad en la mansión. No le caía bien a nadie, y ¿sabes? Realmente no me importaba. Cuando vi lo que sucedió con Lucy, me puse a pensar en que sería bonito tener a gente que te apoyara pese a todo.
Charlotte escuchaba atentanemte con los ojos cerrados. Besaba la vagina de Maty y le acariciaba la parte interna de sus muslos.
—Sigue, amor. ¿Qué más?
—De repente quería tener muchas amigas. Creo que eso era lo que mi tía quería para mí. Que viviera con personas que me quisiera por quien soy, y no porque desearan cerrar tratos monetarios conmigo y mi familia.
—Clítoris de oro.
Maty se carcajeó.
—No digas tonterías, mensa. Ahh… Dios ¿por qué se siente tan bien?
—Por cada terminación nerviosa que hay aquí. Y las conozco todas.
—Charlotte ¿qué vamos a hacer? Somos novias. ¿Cómo le diré a mi familia que te amo y no a los tontos niños con los que me quieren casar?
—Pues no se los digas —la castaña lamió sus dedos y luego se recostó al lado de Maty—. Tu turno.
—Sí.
La boca de Matilda cubrió la raja de Charlotte, y esta sintió que podría ver estrellas explotando detrás de sus párpados. No era la primera vez que alguien le daba sexo oral, pero sí era la primera chica a la que amaba tanto quien se lo estaba haciendo. Tomó sus grandes senos y jugó con su lengua la punta de sus puntitas rosadas.
—Te amo, Char. No quiero dejarte ni que nada se interponga entre esto. Sé que apenas llevamos unas horas confesándonos y prometiéndonos amor; pero no soy tan ingenua como para pensar que no tendremos peleas y momentos donde no nos soportemos.
—Hay que aprender a calmarlos. Hagamos algo. De ahora en adelante, cuando nos peleemos, tendremos sexo de reconciliación ¿te parece?
—¿Y si no tenemos ganas?
—Siempre tendremos ganas —Charlotte la miró con amo y le acarició los labios, mojados por los jugos que Maty había recogido—. Lo veo en tus ojos. Ardes en deseos. Todo esto, el sexo conmigo, los orgasmos que te he prometido, y el amor que te daré de ahora en adelante, son algo nuevo para ti. Los deseas porque es un mundo nuevo que apenas estás explorando. Nunca has tenido novio, y mucho menos esperabas tener novia ¿verdad?
—Nunca esperé tener sexo, de hecho.
—¿Por qué? Si eres muy bonita y sabes moverte. Es como si tuvieras un instinto.
—¿Moverme? —le preguntó, tratando de introducir más dedos dentro de Charlotte. Le gustaba la fuerza con la que su cuerpo apretaba sus falanges—. Casi me caigo de la cama.
—Pero me hiciste muchas cosas pervertidas, cosas deliciosas. Eso vale mucho. El simple hecho de saber que soy tu chica ya me excita. Matilda, mi bebé.
Charlotte se colocó en un sesenta y nueve con su novia. Había descubierto que esa posición la ponía al borde de la locura, y ya no tenía pena en mostrar cada centímetro de su cuerpo. Sabía que Charlotte la amaba en todo sentido. Descansó su trasero sobre el rostro de la otra muchacha, y esta, con tiernos besos, recorrió a su novia y procuró darle un placer con cada beso. Masajeó las firmes nalgas y deslizó su lengua entre ellas. Matilda rió, y continuó con su labor.
—¿Señoritas? —llamó una criada—. Es hora de la merienda ¿quieren comer algo?
—Yo ya estoy disfrutando de algo delicioso —rió Char, tirando con sus dientes uno de los labios de Maty.
—Yo si tengo hambre, en buen plan.
—Valeee. Entonces vamos a merendar algo y continuamos más tarde.
—Mmm… diez minutos más. Quedémonos así diez minutos más.
—Vale. Pierde la que tenga el orgasmo primero.
—¡Oye, eso es trampa, Charlotte! Sabes que perderé.
Entre risas amorosas, la nueva pareja se entregó en cuerpo y alma.

—¡Por favor, Zafira! Tenemos que dar lo mejor o nos va a ir mal.
Ni siquiera Lucy podía convencerla de lo contrario. La morena se rehusaba a participar en el torneo de voleibol, aunque cuando eso significa irse a la playa por un par de días.
—Ya les dije que no me siento en posición de jugar. Vayan ustedes.
—Pero eres mi pareja. ¡No es justo! Yo quería estar con Nicole.
Zafira se encogió de hombros y continuó mirando la televisión. Lucy, abatida, suspiró y se recostó en el sillón. Las otras chicas estaban entrenando, pero su amiga no había movido un solo músculo desde hacía rato.
—Estoy segura de que podrán sin mí —Desde la mañana, se la había pasado mirando la televisión y comiendo helado con galletas de chispas de chocolate. Tenía un cheto enredado en el pelo.
—¿Tanto te afectó la salida de Char? Pensé que te habías dado por vencida.
—Pues no.
—¿Vas a quitársela a Matilda? —le preguntó Lucy, con una pizca de miedo. Cruzó sus bonitas piernas y se alisó la minifalda—. Eso no sería justo para Matilda.
—Lo sé, lo sé. Lucy, no voy a meterme en la relación de esas dos, si es que la hay. No quiero y no soy así. No temas. Es sólo que… bueno, tú me entiendes. Cuando te pasó lo que te pasó, no tenías ganas de hacer algo ¿verdad?
—Es cierto —resopló la chica.
—Oye, no te deprimas. Nicole debe ser ardiente ¿verdad?
—No lo hemos hecho.
—¿Qué? Pero…
—No todo es sexo, Zafira.
—Bien, bien.
—Por favor, te lo ruego. Ven conmigo y entrena.
—Deja de insistir.
Lucy torció los labios. Se paró frente a Zafira. Se arrodilló, y llenó sus ojitos de lágrimas.
—No… Lucy, no lo hagas.
—No quiero perder… por favor, amiga mía.
—Ya…
—Te lo ruego.
Eran lágrimas reales. Lágrimas tramposas. Zafira lo sabía, y aun así, dejó que le sedujeran. ¿Cómo negarse a los ruegos de un pastelito como ella? Poniendo los ojos en blanco, aceptó.
—Maldita. Te odio.
—¡Ja,ja!
Fuera de la mansión, en el jardín trasero, los técnicos de Sarah habían instalado una red de voleibol y también les había proporcionado un árbitro. El equipo de Leonore y Elena se enfrentaba al de Noriko y Nicole, y como ya era obvio, las dos amazonas de la casa llevaban la delantera. Una era más alta, la otra, inteligente. No había forma de que Nori y Nic tuvieran una oportunidad.
Zafira se sentó sobre una silla, y miró los movimientos de sus compañeras. Resopló.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucy.
—Nos van a partir el culo. Eso tenlo por seguro.
—Pero contigo podríamos ganar —sonrió Lucy y le dio una palmada en la pierna—. Sé que eres excelente en los deportes. Nuestro haz bajo la manga.
—Gracias por confiar en mí.
Desde ese momento, Zafira supervisó los entrenamientos de las chicas. Marcó posiciones, y les enseñó a dar el servicio con el balón. Mostró la forma exacta de golpear la pelota, y detalló algunas de las reglas básicas del deporte.
—No crean que esto será fácil —les dijo, desfilando ante las chicas como una entrenadora—. Esas latinas son buenas, por lo que tengo entendido. Hemos estado practicando en césped, pero en la arena será distinto. Se caerán. Se cansarán. Se quemarán y posiblemente perdamos. Aun así, daremos batalla ¿entendido?
—Sí, señora —dijeron las muchachas.
—Perfecto. Vayan a descansar. Dense una ducha y duerman bien. Mañana será el torneo. No olviden lo más importante:
—¿Divertirnos y ser amigas de esas chicas? —preguntó Lucy inocentemente.
—No. Humillarlas y follarlas si es posible.

Al día siguiente, las chicas partieron en un autobús de primera clase sólo para las seis, y llegaron a la playa en cuestión de un par de horas. Hacía un sol excelente, con un cielo libre de nubes y una fresca brisa salitre soplando desde el océano.
Lucy exclamó de alegría al respirar el aroma de la libertad. Como a todas, le estresaba estar encerrada en la mansión. Nicole la abrazó por la espalda y le dio un tierno y divertido beso en el cuello. Elena y Zafira salieron del baño del autobús, y estaban sudando por alguna extraña razón.
Sarah, con un traje de baño rojo y de una sola pieza, se veía como la materialización de la sensualidad madura. Sus lentes de sol brillaron cuando vio hacia el mar, y su sombrero se voló por el viento.
—Allí están —les dijo a sus chicas.
No lejos de la playa había un pequeño bar, y sentadas en mesas con sombrillas alrededor de este, se hallaban las temibles latinas de Carolina. Las seis muchachas de Sarah se aproximaron a ellas, y sus rivales se pusieron de pie.
—Oh, Dios… —gimió Lucy.
—Me lleva el demonio —gruñó Nicole.
—Esto será divertido —fue todo lo que dijo Elena, cruzándose de brazos.
Zafira asintió, como una pequeña leona encarando a una manada de hembras, cada una más salvaje que ella.
Las doce chicas de la mansión de Carolina eran altas. Bronceadas. Fuertes. Con cabelleras negras onduladas y turgentes senos apretados debajo de traviesos sujetadores de colores eléctricos, que sólo resaltaban el color sexy de su piel. Sus muslos no sólo eran firmes, sino que se apreciaba su estética musculatura. Ninguna sonreía. Mantenían caras neutrales.
En comparación con las chicas de Sarah, que eran claras de tonalidad, más esbeltas y hasta cierto punto, enanas (excepto por Elena), las de Carolina eran semidiosas. Leonore vio que todas posaron los ojos en Zafira, como si se preguntaran qué hacía una chica de su especie en el lado equivocado.
Una de las mujeres, María, lanzó unas palabras a Zafira en un idioma que las chicas no oían a menudo. Zafira contestó en el mismo. Fruncieron las cejas con muecas de desdén.
—¿De dónde es Zafira? —preguntó Lucy a Elena, susurrando.
—Nació en Brasil. Sus padres son de allí, pero se mudaron cuando ella tenía tres años. Le enseñaron el portugués desde pequeña.
—Oh, mi querida Sarah —exclamó Carolina—. Bienvenida. Ven y bebe una cerveza conmigo.
—Claro, querida. Chicas —se giró hacia las de su residencia—, pueden ir a bañarse un rato si lo desean. El torneo será por la tarde.
—Claro… —dijo Leonore, llevándose a sus amigas—. Vamos, Zafira.
La morena se quedó un rato más con la mirada desdeñosa clavada en María, y luego siguió a sus amigas.

María se sentó con sus fuertes piernas cruzadas. Mientras bebía una margarita, Perla le tocó el hombro.
—¿Qué te han parecido esas flacas?
—Si no hacen combustión instantánea por el sol, les daremos una paliza.
—Miraste raro a esa tipeja que se parece a nosotras. ¿La conoces? —quiso saber Pilar.
—En lo absoluto. Pero me muero de ganas por derrotarle.

La cena era incómoda. Charlotte se percató rápidamente de eso. Los padres de Matilda la miraban en silencio, como si fuera alguna clase de bicho raro. Eran sutiles, pero no lo suficiente como para disimularlo.
La mamá de su novia era una rubia despampanante, con unos senos grandes y operados; labios gruesos y pintados de rojo, y un vestido tan caro que parecía estar hecho de oro. Su mirada recordaba al férreo semblante de una estatua tallada por una mano perfecta, y sin embargo, no manaba nada de bondad en ella.
El papá era otro asunto, y parecía ser una década mayor que su esposa. No había dejado el periódico desde que la cena comenzó, aunque de vez en cuando lanzaba miradas a todos los de la mesa. Vestía un traje ejecutivo, y su cara pálida estaba rematada por una cabellera canosa igual que el bigote mostacho que le colgaba encima del labio.
—Así que eres buena amiga de Matilda —dijo la mamá. Charlotte recordó que su nombre era Clara. Asintió.
—Sí, señora. Nos conocimos en… el campamento.
—Ese campamento ha durado bastante, Matilda.
Previamente, Maty le había dicho a Charlotte que su mamá no sabía nada sobre la mansión. A ojos de ellos, se había ido a un campamento para pasar el tiempo y aprender modales y otras cosas enfocadas al estudio. Charlotte pensó que Clara no se creería una mentira como aquella.
—Pues es un sitio interesante. No quiero irme. Charlotte trabaja allí, junto a otras chicas.
—¿Qué clase de actividades hacen? —preguntó Josh, el papá de Matilda.
Charlotte midió cuidadosamente sus palabras.
—Enseñamos a varias chicas a superar sus límites. Les mostramos que pueden ser buenas en diferentes cosas, y tenemos cuidado con sus talentos. Matilda, por ejemplo, es muy buena en los… deportes. Los deportes, sí.
—¿Y tú en qué eres buena? —preguntó Clara, alzando una ceja y tamborileando sus dedos sobre la mesa de cristal.
—Soy excelente nadadora.
—¿Nadadora? Perfecto. Mi hija también es una buena nadadora.
—¿Matilda?
Clara lanzó una fiera mirada a su hija.
—¿Tanto te avergüenzas de Martha, que no eres capaz de hablarle de ella a tus amigas? Es tu hermana, niña.
—Yo…
—¡Ah! —exclamó Charlotte—, ¿dijo Martha? Lo siento. No escuché bien. Matilda me ha contado sobre ella.
—Bueno. Pues también es una buena nadadora. En cambio, a Arturo le va mejor en el tiro con arco y en la esgrima. Ya era hora de que Matilda fuera buena en algo.
—Es excelente… atleta. Tiene unas piernas muy fuertes —y sabrosas, quiso añadir.
—Vaya. No me lo esperaba de ti, Matilda. Ese campamento te está haciendo bien —una sonrisa de malicia asomó por los labios de la señora Clara. A Charlotte no le gustó en lo absoluto—. Estoy segura de que impresionarás a Henry.
—¿Henry? —Charlotte arqueó una ceja y fulminó a Maty con los ojos— ¿Quién es él?
—¿No te lo ha contado? —Clara se divirtió con la expresión atónita de Charlotte. Impresionar a las chicas pobres siempre le había sido divertido—. ¿Tampoco te lo ha contado? Qué mal. Se supone que la amistad debe ser confianza.
Josh intervino, cerrando al fin el periódico.
—Es el hijo de un amigo. Matilda y ella están prometidos desde hace dos años. Se casarán el año que viene.
—Ah… —nunca antes una sonrisa había sido tan falsa para Char—. ¡Vaya! Me alegro. Espero me invites a la boda.
—Claro que lo haré —fue todo lo que Matilda respondió, y aunque en realidad sí le había dicho a Charlotte sobre los pretendientes con las que sus padres querían casarla, no le había mencionado que ya estaba comprometida con otro, y que se casaría en un año. Menos, a decir verdad. Su madre sólo había redondeado la fecha de diez a doce meses.
Aquella era la razón por la que Matilda tanto se había negado a aceptar sus sentimientos. Aquella era la razón por la que siempre estaba de malhumor hasta su llegada a la mansión, cuando las cosas comenzaron a cambiar y todo fue alegría y amistad. Antes de Charlotte.
—Voy al baño —vio que su novia se levantaba de la mesa y salía rápidamente del comedor. Matilda se quedó a solas con sus padres, pensando en que cualquier chica en sus cabales armaría una bronca por tal compromiso.
Pero ella no era cualquier chica. Tenía responsabilidades, y esa noche, al ver la sonrisa dulcemente agria de su madre, y el severo rostro de su padre, comprendió que sin importar cuánto huyera de ellas, nunca escaparía de esas responsabilidades.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Ago 13, 2017 9:55 pm
Muchas cosas no le parecían a Charlotte, pero no estaba en posición de meterse en la vida familiar de Matilda. Suficiente tenía con llevársela a la cama sin que sus papás lo supieran, y mantener el secreto se estaba haciendo algo insoportable.
Su novia entró a la habitación, y se aproximó a ella. La abrazó por atrás, rodeando su cadera con sus brazos y besándole la piel que asomaba de su espalda por la abertura de su vestido.
—¿Estás enojada?
—No soy la clásica novia cliché que te va a armar un escándalo por esto, Matilda. Sólo me sienta un poco mal que estés en una situación así.
—No es mi culpa.
—Lo sé —Charlotte se giró y buscó sus labios con celeridad. No la besó, sin embargo, con pasión. Sus roces transmitieron ternura y solidaridad. Tenía la madurez suficiente como para saber que la situación afectaba demasiado a Maty, y no quería ponerle más peso sobre los hombros.
—No me quiero casar, Char. No estoy lista y no sé si lo estaré algún día. Fue una decisión que mis papás tomaron, por el bien de las empresas y las corporaciones.
—Al menos te forrarás de dinero.
—No es lo importante.
Charlotte le levantó el mentón con el dedo.
—Pero es necesario. Al menos vamos a disfrutar estos meses que tenemos juntas.
A Maty se le llenaron los ojos de lágrimas, y no por su situación, a la cual ya estaba acostumbrada. Lloró al pensar en cuánto debería estar sufriendo Charlotte al decir esas palabras. En todas las posibilidades que estaban negándose simplemente por un compromiso que escapaba de la atención de ambas. Sabían que no podían hacer nada. Lo contrario estaba bien para las novelas, pero en la vida real, las cosas eran distintas.
Se abrazaron amorosamente, y se fueron a la cama sin tener sexo. En ese instante se necesitaban la una a la otra, sin intermediaciones carnales, ni gemidos dulces. Lo único que querían era la respiración de la otra cerca, y se durmieron sin saber lo que acontecía a su alrededor.

Una inesperada tormenta había aplazado el pequeño torneo amistoso entre Carolina y Sarah; aunque eso nos significaba que el equipo de las latinas estuviera desperdiciando su tiempo. Incluso con el mal viento entrando desde el mar, y las aceradas nubes aproximándose como una muralla de viento y agua, las chicas corrían en fila india sobre la arena para ejercitar las piernas.
—Sólo mírenlas. Son unos monstruos —dijo Lucy, aferrada al barandal de la habitación.
—Nos van a patear el trasero —aceptó Noriko.
—Su espíritu combativo es digno de aplaudir —a Zafira no le hacía la menor gracia que sus amigas estuvieran predispuestas a la derrota. Era cierto que las chicas de Carolina eran de temer, y también era cierto que cada una de ellas podía patearles el trasero. No obstante, para ella eso era una ventaja—. Estarán muy confiadas, y vamos a darles una sorpresa.
El océano rugía y estrellaba feroces olas contra la playa. Hacía frío y la lluvia ya había comenzado. Un rayo encadenado a un trueno hizo que las chicas de Sarah se hicieran para atrás. Cerraron las ventanas y volvieron a sus respectivas habitaciones.
—¿Les parece si jugamos algo para entrar en calor? —la sugerencia de Zafira fue bien recibida por sus amigas, que estaban tan nerviosas, que cualquier idea de entretenimiento les vendría bien.
—¿Botella? —Leonore vació el último sorbo de su refresco, y llamó a sus amigas para que se sentaran alrededor de la botella—. Yo giro primero.
Le tocó a Elena.
—Castigo.
—Ah, empiezas bien —rió Zafira.
Leonore miró a sus amigas. Meterse con Nicole y Lucy estaba prohibido. No quería que besaran a Noriko, y Zafira con Elena ya estaba gastado.
—En realidad… creo que no se me ocurre nada.
—¡Pff! Tienes razón —dijo Lucy—. Sin Charlotte o Matilda, las cosas no son las mismas. Admito que era interesante ver cómo Maty caía en las redes del amor.
—Me pregunto si estarán bien.
—Cállate, Leonore —masculló Zafira, todavía sin querer aceptar la verdad de la salida de la única chica que le había hecho sentir mariposas en el vientre.
—Nosotras nos vamos a nuestro cuarto —Nicole ayudó a Lucy a ponerse de pie, y Elena las siguió sin despedirse de las demás.
Zafira, al verlas marcharse, se sintió como si le quitaran un peso de encima. Le molestaba un poco la melosa relación de Lucy y Nic. Se alegraba por la chica, de verdad. Pero no por eso estaba cómoda teniéndolas cerca y sintiendo el amor que irradiaban las dos.
Triste, comenzó a preguntarse si no habría alguna chica para ella. El mundo era demasiado grande y lleno de posibilidades.
—Vamos a ducharnos —sugirió Leonore a Noriko, y ambas muchachas entraron al baño.
Al quedarse sola, la morena experimentó un deseo escondido y discreto de espiar a sus dos amigas. Desde el campamento, y desde los retos, su relación con Leonore y su novia había ido por buen camino, y ya no se tenían la misma rivalidad de antes. De hecho, Zafira encontraba a Leonore extremadamente irresistible como para no mirarla e imaginar cómo sería estar entre sus carnes.
Aplazando esos sentimientos, se recostó sobre la cama y decidió dormir una siesta. Cosa que fue imposible, porque de repente vinieron a ella las risas de Noriko dentro del baño. A Zafira se le encendió la libido al imaginar todas las cosas que sus amigas estarían haciendo dentro, y poco a poco, fue llevando una mano dentro de su ropa hasta tocar su hendidura. De inmediato le surgió una sonrisa cuando su clítoris envió un pulso de placer a través de sus nervios. Apretó los muslos, aprisionando su mano entre ellos y rasgando en su interior.
Adoraba su vagina, como todo su cuerpo. Aquella zona le había dado tantas alegrías que no podía imaginarse siendo un hombre. Claro, que durante los días difíciles se ponía insoportable, pero el resto del tiempo era embriagador tener un botoncito con tantas capacidades.
Rió y se mordió el labio. Su mente trabajaba a altas velocidades, imaginando los deliciosos senos de Leonore dentro de su boca. Su respiración se fue haciendo más rápida, a tal grado que dejó de experimentar pena y se abrió las piernas.
Justo en ese momento, Leonore y Noriko salieron de la ducha, envueltas en sendas toallas. Las tres chicas se quedaron pasmadas al verse. La asiática fue la primera en reírse, y la cara de Zafira enrojeció como la lava caliente.
—¡Tontas, cállense!
—¿Te estabas masturbando? —preguntó Leonore.
—No.
—Creo que nos oyó al otro lado del baño —sonrió Noriko, y traviesamente se tiró a la cama de Zafira y se colocó encima suyo. La morena abrió los ojos de par en par.
—¡¿Qué crees que haces?!
—Dinos ¿te estabas tocando gracias a nosotras?
—No. ¡Bájate! Me estás aplastando.
Leonore quería gritar y decirle a Nori que no hiciera una tontería, pero… pero no podía hacerlo. Ver a Zafira debajo de su novia, sometida y nerviosa, le produjo una sensación de querer formar parte de eso. Bajó la mirada mientras pensaba en todas las cosas que ella y su novia se habían prometido: disfrutar al máximo de sus cuerpos.
Tragó saliva, y se acercó a la cama. Se sentó al lado de Zafira y le acarició la frente.
—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó Zafira, temerosa. La situación se iba de su control.
Noriko miró atentamente la cara de su novia. Cuando hicieron contacto visual, Leonore le sonrió. Ella conocía bien esa expresión. Le daba permiso para la travesura. Era una clara invitación para dejarse llevar. Así pues, riendo, Noriko se quitó la toalla.
Pechos turgentes, medianos. Una piel inmaculadamente blanca. El cabello negro le caía encima de los hombros, y todavía estaba un poco humedecido. Un lunar justo en la parte superior del seno derecho tenía la pequeña forma de una estrella. El vientre plano terminaba en un hermosa vagina lampiña y de tiernas carnes rosadas.
—Hermosa ¿verdad? —dijo Leonore, y antes de que Zafira pudiera decir algo, se quitó la toalla y cubrió la boca de la morena con un beso.
Por un instante, la pobre chica no supo lo que estaba sucediendo. Se quedó con los ojos abiertos, abriendo sus labios para que la lengua mojada de su amiga entrara en ella y tentara la suya. Mientras tanto, Noriko se había hecho para atrás, arqueando la espalda hasta que sus tetas parecieron inflarse, y dirigió sus delicados dedos hacia la intimidad de Zafira.
Aquello fue el desencadenante de una serie de deliciosas reacciones químicas en el cerebro de la chica. Lentamente, colocó ambas manos sobre las suaves piernas de la novia de Leonore, y ascendió hasta encerrar sus gemas dentro de sus manos. La sensación de los pechos de Nori no era diferente a la de otras chicas, pero el saber que ella tenía novia, y que su novia aprobaba lo que estaba sucediendo, le agregaba una dosis de saludable morbo a la situación.
En realidad, la japonesa había querido comerse a Zafira desde la primera vez que la vio, y en más de una ocasión había tratado de hacerle ver sus deseos a Leonore. Sin embargo, ya que siempre parecía haber una constante rivalidad entre ambas, la situación tan deseada nunca se había hecho realidad, hasta ahora.
En su país natal abundaban las chicas esbeltas, de senos pequeños y piel pálida. Zafira era diferente. Era como probar un nuevo tipo de mujer. Inclinándose hacia adelante, se hizo un espacio entre el hueco del mentón y el hombro, y comenzó a besar el cuello con suaves mordidas y lamidas alrededor de toda esa área erógena. Su boca ascendió por la curva de la mandíbula, hasta encontrarse con la boca de ambas chicas. Ahí, Noriko se unió a un beso triple con ambas, en las que cada uno o dos segundos, las bocas se intercambiaban y el chasquido de sus labios llenaba la habitación de un agradable sonido.
Noriko y Leonore se encargaron de desnudar a Zafira. Ninguna de las tres intercambiaban palabras, por miedo a que de la boca de alguna saliera algo que las orillara a detenerse. Estaban excitadas y embravecidas en medio de la privacidad que otorgaba su habitación.
Una vez Leonore vio a su rival sin nada de ropa, con las rodillas un poco separadas, recostada indefensa y acariciándose los pechos, el último tramo de cordura se alejó de ella, y dio paso a una inquebrantable necesidad de poseer su cuerpo. Se encaramó sobre la chica, y la besó con una pasión beligerante. Al mismo tiempo sintió una lengua recorriéndole el trasero. Miró por encima de su hombro y vio que se trataba de Noriko, disfrutando con la hendidura de ambas chicas, llenándolas de besos y mordidas que les hicieron jadear al mismo tiempo.
Leonore clavó las manos de Zafira contra el colchón para tenerla completamente inmovilizada, y restregó sus caderas con movimientos ondulatorios, igual que una serpiente se arrastra por la arena. El contacto de su caliente sexo contra el de su amiga le produjo una sensación inigualable. Se inclinó un poco hacia el frente, permitiendo que la boca de la morena atrapara las rosadas cimas de sus senos.
En realidad, Zafira siempre había querido sentir las curvas de Leonore. Saber que era una mujer de carne y hueso, y no un conjunto de habilidades casi perfectas. No podía existir una chica tan extraordinaria en el mundo.
Por un rato, saboreó los melones de Leonore. Estaban tan suaves como globos cubiertos de seda, y sus puntitas habían adquirido una firmeza tan sofisiticada que era difícil no apartarse de ellos. Gimió al notar la lengua de Noriko explorando su intimidad, y luego, sus dedos entrando a través de su vagina e inundando su cuerpo. Gimió y arqueó la espalda. El casi orgasmo le hizo morder los pechos de su amiga, quien a su vez sonrió, y se apresuró a apoyarse de la cabecera de la cama, y poner su entrepierna justo a la altura de la boca de su amiga.
Zafira disfrutó del sexo de Leonore, y encontró que sus pliegues eran extremadamente suaves y resbalosos. El aroma que manaba, la textura de sus jugos. Movió las manos para acariciarle las nalgas y rasgarle la espalda lumbar con las uñas. Separó sus piernas lo más que pudo para darle espacio a Noriko, y la chica japonesa se lo agradeció, penetrándola con mayor violencia y lamiendo su clítoris con avidez.
Leonore estaba en el cielo. Su coño estaba siendo explorado de una manera profunda por una lengua que no era la de su novia. Arqueó la espalda hasta formar una delicada línea que parecía estar a punto de romperse. Se apoyó con una mano de la cabecera, mientras que no sabía qué hacer con la otra. Se mordió sus dedos, jugó con ellos dentro de su boca, y después, mojados con su saliva, se dedicó a pellizcarse las puntas de los senos hasta que le produjo cierto divertido placer.
—Oh… Zafira ¿cómo… haces eso?
La muchacha no respondió, pero sí que dio un grito ahogado cuando Noriko introdujo más dedos de los que podía soportar. Leonore se quitó de su boca y miró con atención lo que su novia intentaba hacer.
—Vas a lastimarla —advirtió.
—Que… siga —alcanzó a decir Zafira, relajándose y frotándose los pechos.
Aunque la mano de Nori era pequeña, luchaba por entrar dentro de la intimidad de la muchacha. Leonore comenzó a acariciarle el vientre para relajarla, al mismo tiempo que mamaba sus pechos con delicadeza, succionándolos como si quisiera extraer algo de ellos.
—Bé…bésame —pidió con un sollozo.
Leonore asintió, y cubrió toda la boca de Zafira con la suya.
Noriko siguió entrando, hasta que al fin, tuvo la mitad de la mano dentro de Zafira. La dilatación de su amiga había llegado a un nuevo límite, y se mantuvo dentro durante un rato, dejando que la simple presencia de sus cinco dedos hicieran estragos dentro de la morena.
Para aumentar más el éxtasis, tanteó con la punta de su lengua el resto de su intimidad. Movió la mano, como queriendo sacarla, y volvió a introducirla. Cada vez se hacía más fácil, pues el cuerpo de la muchacha se mojaba más y más, permitiendo la penetración completa.
Cuando Zafira convulsionó a causa del poderoso orgasmo, Noriko sacó la mano y la lamió por completo. Estaba empapada del sexo de la otra chica.
—Te toca, amorcito.
—Esperen… van a… matarme.
El sudor corría por la frente de Zafira cuando Noriko se sentó sobre su pecho, de espaldas a su rostro. Levantó las piernas de Zafira para dejar que Leonore tuviera acceso a ese delicioso lugar. Desde esa posición, no quedaba ningún rincón oculto.
—Me encantan las vaginas —fue lo que dijo Leonore, pasándose la lengua por los labios. Atacó a Zafira con una fogosidad tal que sólo tenía reservada para sesiones de sexo mucho más intensas que cualquier otra. Besó con fuerza la parte interna de sus piernas, el espacio entre ellas y tanteó su entrada con la punta mojada de su lengua.
—Tienes que probar esto —le dijo a su novia. Así pues, Noriko se inclinó hacia el frente, exponiendo todos sus rincones a los ojos ambiciosos de Zafira. Nori soltó un gritito cuando una lengua le recorrió todo el trasero. Riendo, alcanzó a unir su boca con la de Leonore, y entre las dos se dedicaron a saborear la vagina que tenían a su alcance.
Zafira estaba en la gloria, con dos chicas brindándole placeres inimaginables. Reía y se mordía los labios para que sus gemidos no se salieran de control. Dos manos diferentes atacaban su sexo, y dos lenguas distintas lavaban sus pliegues, separando su vulva y brindándole atenciones inigualables.
Se corrió una vez más, con la rendija de Noriko pegada a su boca.
—Bien… estoy cansada —les dijo, sentándose sobre el colchón—. Ustedes, par de cabronas, han disfrutado de mí. Me toca.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Noriko.
—Un sesenta y nueve entra ambas. Leonore arriba.
Las dos muchachas obedecieron, asumiendo esa posición de una buena vez. Desnuda, Zafira las rodeó, hasta llegar a donde estaba la cabeza de Nori. Desde allí tenía una vista prodigiosa de la lengua japonesa recorriendo toda la zona íntima de Leonore. Una vagina hermosa, de carnes claras y humedecida por una generosa cantidad de jugo.
Zafira unió su lengua a la de Noriko. Hundió sus uñas en las firmes nalgas, y se permitió morderlas de vez en cuando. Sus labios y los de Nori se encontraban a veces, y se besaban, para después deleitarse juntas y recorrer toda esa zona por completo.
Leonore no sabía ni qué decir. Le costaba seguir el ritmo, y masajeaba el clítoris con una velocidad firme, aunque algo temblorosa, dependiendo de lo que sus amigas le brindaban.
Al terminar, le tocó a Zafira hacer sufrir a Leonore. La acostó bocabajo, y se subió sobre ella. Encontró el espacio entre sus nalgas, y penetró en su interior con una asombrosa velocidad. Al mismo tiempo, sus dientes mordían el cuello y el lóbulo de la oreja de Leonore. Una mano le apretaba el cuello a la chica, como si la estuviera ultrajando de una manera deliciosa.
—¿A caso creíste que ibas a poder doblegarme? Te faltan años para eso, mi querida Leonore.
La otra no respondía. Los dedos en su interior desgarraban sus carnes de una forma sin igual. Gritó cuando una mordida en el lóbulo de su oreja se hizo más intensa, y sintió que no podía respirar a causa de la mano que el aprisionaba el cuello.
Zafira calculó el momento, y la liberó, permitiendo que tomara aire. Después volvió a tomarla. Miró por encima de su hombro a Noriko.
—No te quedes allí. Tienes trabajo que hacer.
Asintió, y se apresuró a separar las nalgas de Zafira para dedicarse en cuerpo y alma a alimentarse de esa zona. Riendo, la morena siguió penetrando a Leonore con una mano, casi haciéndola gritar de dolor y éxtasis. La cama rechinaba con el movimiento de las tres.
—Más… más —pidió Leonore, con el pelo mojado del sudor pegándose a sus mejillas.
Zafira le dio la vuelta. La tenía dominada por completo, y le hacía pedir más. Rogar por atenciones. Levantaba su ego el saber que las chicas la deseaban.
Se colocó en unas tijeras con la fuente de placer de Leonore, y dejó que el clítoris de ambas se besara con el otro. Querían unirse de una forma nueva, de una forma… una forma más profunda.
—Tráelo. Tráelo, Noriko.
—¿De qué hablan?
—Ya verás.
Noriko buscó entre su mochila, y extrajo el juguete deseado. Un consolador, con una forma fálica imponente, fabricado con materiales oscuros y con unas venas en forma de relieve. Zafira sonrió y tomó el aparato, luego, lo introdujo dentro de Leonore y comenzó a moverlo, asegurándose de causarle estragos por todo su interior.
Aquella sesión no tenía nada de romanticismo. Noriko se separó y se sentó sobre la otra cama, sin dejar de masturbarse. Era la primera vez que Leonore estaba dominada por una fuerza mayor. Una mano de Zafira penetraba su coño, y otra le sostenía del cuello, como si quisiera ahorcarla por ser víctima de tantas pervertidas intenciones.
—Maldita… —gruñó Leonore, aunque sonriendo con lujuria.
Zafira no le dio más tiempo de seguir hablando, porque se encaramó sobre ella y le sacó el consolador de un solo movimiento. Le arrojó el juguete a Noriko.
—Penétranos a las dos.
—Será un placer —sonrió la chica.
Mientras ambas mujeres, rivales antes, se comían a besos, Noriko tuvo cuidado de divertirse con ellas, lamiendo a una, penetrando a otra, y viceversa, se sentía como la exclava, la sierva, intentando complacer a dos mujeres que pedían más y más, hasta llegar al límite de sus cuerpos. Las vio retorcerse y reír, gemir y jadear. Bebió de ambas, y las acarició en todos los rincones de sus juveniles cuerpos.
Finalmente, Noriko brilló al hacer que las dos se corrieran casi al mismo tiempo.
Leonore y Zafira jugaban con sus lenguas, mientras sentían el cuerpo invadirse por sus orgasmos. Al final, todo pasó y el calor inundó todo el cuarto.
Las tres se miraron, se sonrieron, y se acostaron.

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Mensaje por Yurita el Dom Ago 13, 2017 9:57 pm
Capítulo 25

Helena no podía dormir. En la cama de al lado, Lucy y Nicole estaban teniendo un momento especial. No sabía si estaban haciendo el amor, o si simplemente era un saludable faje de caricias. Lo cierto era que se escuchaban risitas inocentes, susurros, chasquidos de labios y el frufrú de los cobertores.
Sin que lo supieran, Elena las miraba y se imaginaba mil cosas placenteras que sucedían en esa cama. No había ninguna luz en el cuarto, pero la escasa iluminación que entraba por la ventana hacía que su imaginación volara.
Sin poder contenerse más, se levantó de la cama y salió de la habitación. La tormenta había traído un poco de frío, por lo que se puso un chal sobre los hombros. Comprobó su reloj, esperando que no fuera demasiado tarde para ir con Zafira.
Llamó al cuarto de su amiga en cuanto llegó. La morena salió poco después, adormilada y con el cabello como si le hubieran pasado una podadora por el cráneo. Vestía nada más su sujetador de encaje.
—¿Qué quieres a estas horas?
—Pensé que estaría bien dar una vuelta. ¿Vienes?
—¿A dónde?
—No lo sé.
Zafira sonrió apenas. Volvió al cuarto a ponerse un poco de ropa, y siguió a su amiga por los corredores del hotel. Salieron hacia la playa, que a pesar de la noche, estaba llena con una pequeña multitud de unas cincuenta personas bebiendo y bailando alrededor del pequeño bar.
—¿Quieres un trago? —preguntó Elena
—Tenemos partido mañana, y necesitamos dormir.
—Entonces, ven conmigo.
Se sentaron frente a la barra, y ordenaron algo suave y relajante para pasar la noche. Cuando les dieron sus tragos y se giraron hacia las mesas, advirtieron que un pequeño grupo de cuatro latinas estaban sentadas y charlaban animadamente. Llevaban la parte superior del bikini descubierta, y la parte inferior la cubrían con shorts deportivos. Una de ellas, hermosa y con cierto parecido a Zafira, tenía una flor blanca en el cabello. A Elena le llamó la atención de inmediato.
—¿Vienes a hacer nuevas amigas?
—¿De qué hablas? Son el enemigo —replicó Zafira. Elena puso los ojos en blanco. Se desabotonó la camisa hasta quedar con el sujetador de su traje de baño, y caminó coquetamente hacia la mesa de sus adversarias.
Las risas de las chicas se extinguieron cuando vieron a una de las hijas de Sarah acercarse. María se levantó, con aires beligerantes y los hombros echados para atrás.
—¿Qué quieres? —le preguntó agriamente a Elena, quien no se atemorizó en lo absoluto. En vez de eso, sonrió coquetamente, y deslizó una mano alrededor de la cara de la chica. Un sonrojo surgió de las mejillas de la muchacha, que se alejó de inmediato— ¿Qué… qué crees que haces?
—No entiendo nada de lo que dices, pero el portugués es un idioma bastante elegante.
—Yo sí entiendo —la chica con la flor en el cabello se levantó—. Me llamo Pilar.
—Por supuesto —respondió Elena, haciendo un profundo contacto visual con la joven.
María torció el gesto. Si bien era cierto que Elena no tenía un cuerpo musculoso como el de ellas, lucía un poco más… encantadora. Tenía la piel pálida, sí. La cara de porcelana, también. Y sin embargo, era tan alta como cualquiera de ellas, y manaba un erotismo que no se encontraba en cualquier chica de su edad. Vio que Pilar tenía un coqueto rubor en las mejillas. Tosió para llamar la atención.
—¿Qué quieres, blanquita? —volvió a preguntar, con un tono más neutral. Pilar se apresuró a traducir.
—Quisiera… conocer más a esta dulzura —dijo, señalando con un gesto a Pilar. María enfureció, y las otras dos chicas se rieron y murmuraron entre ellas—. ¿Qué dices? ¿Vienes a caminar un rato por la playa?
—Yo… he, no sé. No puedo.
—Comprendo que no te dejen —suspiró con resignación fingida, y posó sus celestes ojos en las otras muchachas. Luego en María. Ésta última negó con un gesto y se sentó con las piernas cruzadas.
—Haz lo que quieras, Pilar.
—¿Qué? Pero si yo no…
Antes de que la joven colombiana pudiera decir algo más, Elena la tomó de un dedo y se alejó un poco con ella. Avergonzada, soportando a sus amigas que no dejaban de reír, Pilar siguió a la chica hasta la barra.
Zafira se alejó hasta el otro extremo, sin dejar de mirar y sonreír ante la cacería que estaba presenciando. Tenía mucho que aprender de Elena todavía. Sacar a una chica de diferente nacionalidad, con diferente lengua materna, y que además fuera de un equipo contrario, era todo un logro en las artes de la seducción. O como había dicho Leonore, en las “artes jedi”.
—Bebe esto —dijo Elena. O más bien, ordenó. El secreto era imponerse suavemente—. A menos que quieras algo más…
—Está bien —se apresuró a contestar Pilar, y aceptó la copa, que tenía una pequeña aceituna dentro. En su nerviosismo, la bebió de un solo sorbo.
Elena cruzó las piernas para mostrarse más vanidosa y se inclinó hacia su nueva conquista.
—¿Cómo me dijiste que te llamabas?
—Pilar. Pilar Fuentes.
—Mi nombre es Elena. Sólo dime así.
Se giró hacia la barra, y bebió de su trago. Luego, ignoró a la colombiana adrede.
Incómoda, Pilar decidió entablar una conversación. Elena sonrió cuando su táctica dio resultado. Antes había mostrado interés por la chica, y el darle la espalda de repente, dejaba a Pilar con ansias de llamar su atención.
—Elena… y ¿cómo es la mansión de Sarah?
—Está bien.
—Ah… ya.
—Oye, tranquila. Debe ser vergonzoso estar conmigo. Tus amigas de seguro piensan que eres un poco mojigata ¿verdad? Mira. Te están observando.
—Bu-bueno, en realidad, no los soy. Nada más que ando un poco nerviosa por el partido de mañana.
—Estoy segura de que darás lo mejor de ti.
Elena se inclinó hacia el frente, y se aseguró de que Pilar viera cómo sus ojos bajaban hasta sus bonitos pechos, y luego los volvía a posar sobre su cara. Efectivamente, la colombiana se dio cuenta, y se sonrojó.
—Nunca creí que las sudamericanas fueran tan ardientes.
—Ni yo que las europeas fueran tan… pálidas. Es como si nunca salieras al sol.
—Te llevaré a conocer unos buenos sitios.
—No creo ir nunca en mi vida a otro país.
—Ah, pero te lo estás perdiendo. En todo caso, puede que me nazca el deseo de llevarte. ¿Qué dices?
—Ahm… —se sonrojó un poco más. Pilar era como la Lucy de la mansión de Carolina. Sólo que con los pechos una talla más grande, bronceada como el cobre, y unos ojos tan oscuros como pozos sin fondo—. No lo sé. Siempre he querido ir de vacaciones a un sitio bonito.
—Puedo llevarte ahora mismo a un sitio bonito, si quieres —la coquetería de Elena dio en el blanco. Pilar empezó a jugar con sus manos, a desviar la mirada y a sudar. Miró a los ojos de cielo de Elena, y le fue imposible no ver las mil promesas de placer que le deparaban.
—Está bien —aceptó, tímidamente. Elena se levantó, le tendió la mano. Ella la tomó suavemente, y se fueron a caminar por la oscura playa.

La mano descendió como una traviesa araña por su vientre, y Lucy sonrió de oreja a oreja. Su rostro se asemejaba al de una niña que está a punto de recibir un regalo de navidad. Miró a Nicole, quien le guiñó un ojo.
—Tienes el vientre calientito.
—¿Sí?
—Sí —le llenó de besos alrededor del ombligo, y gradualmente hizo que sus dedos jugaran con el elástico del short de Lucy. Cada dedo causaba un camino de deliciosas cosquillas. Un poco más abajo. Un poco más adentro. Más abajo, más adentro. Lucy soltó una carcajada.
—Uy… ¿qué tenemos aquí? —sonrió Nicole, cuando sintió el comienzo de la hendidura de Lucy.
—No lo sé. ¿Por qué no investigas?
—Veamos…
Tenía la cara como un semáforo, y su respiración estaba acelerada.
—Relájate, Lucy.
—Estoy calmada. Es la… primera vez que dejo que me toquen.
—Bien. Podemos detenernos si quieres.
—Prefiero que no.
—Voy a excitarte un poco ¿Vale? Abre las piernas.
Lucy así lo hizo. No estaba desnuda en lo absoluto, aunque las puntitas de sus senos se levantaban por debajo de la ropa. Nicole se posicionó entre sus rodillas.
Con suaves besos, la pelirroja le besó la parte interna de las piernas, y fue jugando con su lengua, dejando un camino de saliva. Se dio gusto con esa firme piel, y luego posó su boca sobre la ropa de su novia, justo encima de la zona más íntima y delicada de la chica. Lucy abrió un poco más. Era una necesidad que le causaba mucho calor.
La presión de una boca ajena, y la caricia de una jugosa lengua tentándola con la única separación de un milímetro de tela, era algo realmente excitante. Casi, casi podía sentir de verdad a su novia acariciándole bucalmente las partes más lindas y femeninas de su cuerpo.
—Oh, Nicole. Se siente tan bien.
—Bueno. Anoche nos acariciamos bastante. Creo que este es el siguiente paso. ¿Sigo?
—Sí, por favor.
Ejerció presión justo donde estaba el clítoris, y envió una ola de estrellas contra el pobre cerebro de Lucy, que bullía de amor.
—No, espera.
—¿Qué?
—Ven, quiero besarte. Muero por besarte.
La ternura en la sonrisa de Nic casi le causó lágrimas de felicidad. Se encaramó sobre su novia, y sin dejar de palparle por encima de la ropa, se aseguró de darle los besos más suaves y amorosos de los que era capaz.

Se llamaba Henry, y descendía de una acomodada familia de origen irlandés. Su mata de cabellos como hebras de fuego le caía despreocupadamente alrededor de la cabeza, como una corona que le otorgaba un aspecto más majestuoso. Sus ojos avellana estaban adornados con una virilidad propia de un macho alfa, capaz de doblegar a alguien sólo con el poder del pensamiento. Olía deliciosamente. Olía a… a cosas exquisitas, como el pastel de frambuesa de una cocina gourmet, o al vino añejado.
A Charlotte le gustó.
—Entonces, ambas son buenas amigas ¿verdad?
—Sí —contestó Matilda, que moría de ganas por mandar al chico al infierno, y tirarse sobre Charlotte para besarla de lengua.
—Nos conocimos hace un tiempo —añadió Charlotte, sin poder apartar la mirada de esos ojos profundos.
—¡Bien! Cualquier amiga de mi prometida, es amiga mía. ¿Te gustaría venir con nosotros a un paseo en yate?
—¿Yo? —Charlotte hizo unos ajustes rápidos a su mente—. Bueno, no creo que sea buena idea. Es decir, tú y Matilda estarán ansiosos por… intimar.
—No digas tonterías, bella dama. Ven con nosotros. Insisto. Sé que a Matilda le hará feliz tener una amiga cerca ¿verdad, pequeña?
—Eh, sí, señor.
No era un señor, por supuesto. Era de la misma edad que ellas, pero algo en Henry te obligaba a respetarlo, y hasta a caerle bien. Charlotte se dio cuenta que ese hombre tenía todas las de ganar. Que gobernaría con justicia y con severidad, pero también con entusiasmo y corazón.
Era… sí. Desgraciadamente, él podría darle a Matilda una vida de sueño. Algo que Charlotte nunca podría hacer.
—Ven, Charlotte —rogó Matilda.
—Está bien.
—Perfecto —Henry se puso de pie y un aire fresco que soplaba por el jardín agitó su cabellera—. Tienen una media hora para alistarse.
Una vez se hubo marchado, Matilda sintió como si le quitaran un gigantesco peso de la espalda.
—Es odioso ¿verdad?
—A decir verdad —comentó Charlotte—, me parece un buen sujeto.
—¿Estás ciega? Nos tuvo… controladas. Odio esa forma que tiene de tratar a la gente.
—Pero es buen partido para ti, Matilda. Será un esposo excelente.
—Lo dices como si no me amaras.
—Te amo con toda mi alma, mi amor. Pongo tu bienestar antes que el mío.
—No necesito que pienses en mi bienestar —Matilda le tomó de las manos—. Necesito que pienses en mi felicidad, y mi felicidad es que tú estés conmigo. Casarme con Henry es como… aceptar el terrible destino que me espera.
Charlotte sonrió y le acarició la cabeza.
—Dices eso porque estás muy apasionada por mí. En realidad, Maty, sabemos que…
—No podemos hacer nada —suspiró para serenarse. No casarse con Henry sería malo para toda la familia de Matilda, y por muy fuerte que fuera el amor entre ambas, la familia era lo primero. Había mucho en juego y ninguna de las dos estaba dispuesta a perder todo un patrimonio sólo por un noviazgo prohibido.
—Iré a prepararme —dijo Matilda.
Charlotte vio que se marchara de regreso a la mansión, y ella decidió quedarse sentada bajo el árbol y beber de su té. Lo hizo, y se dio cuenta de que sus manos temblaban cuando la porcelana trastabilló. Sorbió por la nariz, y se puso a llorar en voz baja.
—Matilda…
Sabía que la estaba perdiendo, y lo peor de todo, es que tratar de hacer que las cosas funcionaran, no era correcto. Matilda tenía una vida por delante, y muchísimas responsabilidades que, por desgracia, en el mundo real importaban más que el amor. Muchas cosas dependían de ella: las empresas, los trabajadores y sus respectivas familias. Era demasiado, y no existía balanza suficiente para poder igualar ambos mundos.
Se tomó unos minutos para tranquilizarse, y después de enjugarse las lágrimas, sonrió y fue a buscar a Matilda.

Casi al mismo tiempo, pero mucho más lejos, unos coquetos pies se escondieron dentro de las sábanas de seda. Pilar estiró los brazos y se giró sobre la cama, notando la suave caricia del colchón contra su piel desnuda. Abrió los ojos, y vio que la chica seguía junto a ella. No había sido un sueño. Era real. Una belleza europea de tintes casi apocalípticos, que le había dado una santa follada que no olvidaría en lo que le restara de vida.
Admiró la tesitura de la piel. Los sensuales labios azucarados, y el cabello corto que le cubría parte de la cara. Pilar se sonrojó al recordar las deliciosas cosas que sucedieron en su habitación, y su pecho dio un brinco acelerador cuando se dio cuenta de que podría volver a repetirlo.
Se acercó hacia Elena, y la besó.
Al principio, la amazona no sintió nada. Con el pasar del tiempo, se dio cuenta de que Pilar reclamaba su atención, así que despertó y la tomó de la cintura para colocarla sobre ella. En esa posición tan dominante, la colombiana besó apasionadamente a su amante, y descendió con prontitud hasta la intimidad entre sus piernas. Elena separó las rodillas, y luego las juntó para atrapar la cabeza de la chica entre sus fuertes muslos.
—Lame —le ordenó, y Pilar aceptó la propuesta, ansiosa por demostrarle a Elena que podía darle tanto placer como ella se lo había brindado por la noche.
Llamaron a su puerta justo cuando ya tenía tres dedos dentro, y bebía de los néctares que florecían de aquella apretujada hendidura. Gruñendo, Pilar se colocó una bata y abrió.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Norma, una de sus amigas—. ¡Carolina te busca!
—¿Qué? Pero ¿qué hora es?
—Hora del partido, y todas te están esperando. Es un caos. ¡Dios, Pilar! ¡Date prisa!

Zafira sonrió sin alegría al ver que Elena y Pilar se acercaban a la cancha. Todas ya iban vestidas con los apretados uniformes para el voleibol, mostrando tanta belleza que los chicos que estaban cerca no podían apartar la mirada.
—¿Te arriesgaste por el equipo o qué? —preguntó la morena.
—Vamos —le dijo, pellizcándole las mejillas—. Sólo probé un poco de carne extranjera. Y parece que dio resultado.
—¿Lo sabías? ¿Sabías que provocarías esto?
—Quise arriesgarme.
—¿De qué hablan? —preguntó Leonore.
—Mira, al otro lado de la cancha.
María estaba echa mierda. Le dolía la cabeza igual que si hubieran usado su cráneo para sacar clavos. Estaba tan mareada por el sol que le costaba mantenerse de pie, y le dolía la espalda de una forma horripilante.
—Estoy cruda, maldita sea —masculló para sus adentros.

Por la madrugada, mientras Pilar y Elena se mataban sobre el colchón, con sus sudorosos cuerpos en contacto, mordiéndose, besándose y penetrándose sin cesar, María había decidido dar rienda suelta a su malhumor con una y otra bebida de la barra.
—¡Esa cabrona! ¿Qué le pasa? Se lleva así a Pilar y cree que no vamos a hacer nada…
—Tranquila —le aconsejó Yolanda—. No te hagas ideas tontas. De seguro sólo están caminando por allá.
—¡Cállense! Ustedes saben lo que siento por Pilar. Si ella no me hubiera mandado a la fregada, yo estaría con ella ahora.
—Mejor no pienses en eso —fue la sutil advertencia de Estela—. Y deja de beber.
—¡Dame otra puta copa!
Tomó sin medirse, sopesando su mar de amores, y además de eso, imaginando todas las deliciosas y pervertidas cosas que su amor platónico estaría haciendo con esa güerita flacucha y pálida. ¿Es que todas las hijas de Sarah eran tan horribles?
—Otro trago.
—¡Suficiente! —gritó Estela, y se ganó una agria mirada de parte de la capitana del equipo.
—Yo no me meto en tus asuntos. Ábrete ¿sí? Fuera.
Gruñendo su desacuerdo, Estela y Yolanda se fueron a dormir. Su elección sólo molestó más a María. Había programado una cálida velada relajándose con sus dos mejores amigas, y la muchacha que la ponía como loca. Ahora, no tenía a nadie. Sólo su trago. Bebió y bebió.

—Fue fácil, y delicioso —dijo Elena, sintiéndose orgullosa de sí misma.
—Eres una torpe —gruñó Leonore—, pero fue una buena jugada.
El partido dio inicio, con un equipo latino altamente dividido. María no podría ni atrapar la pelota. Pilar ya se imaginaba su boda con Elena. Yolanda y Estela estaban tan decepcionadas de su capitana que se negarían a obedecerla y no tolerarían sus gritos.
Del otro lado del campo, la amazona Elena sonrió victoriosa.
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Mensaje por Delfi22 el Lun Ago 21, 2017 12:43 pm
Jajajaja...malvada mujer te pierdes y regresas con tres capítulos con una alta dosis de derrame nasal..

Si que la tienen difícil Matilda y Charlotte y de verdad no me imagino como vaya a terminar su historia..
Y bueno al fin tu deseo se hizo realidad mujer pervertida..jajajaja...
Se ve que esas chicas no se andan por las ramas..
Y buena jugada la de Helena...
A la espera del siguiente..Saludos
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Mensaje por Yurita el Sáb Sep 23, 2017 2:23 pm
Decir que a María le estaba llevando el demonio, era poca cosa. No sólo iba perdiendo en cuanto a puntaje, sino que no se sentía ni con ganas de seguir en el juego. Era como si le hubieran estrellado un ladrillo contra la cabeza, después de arrancársela primero con un serrucho. Sabía que su querida Pilar había ido a pasar una noche con una de las hijas de Sarah, y que no sólo lo había disfrutado, sino que estaba mirando sin parar a la exuberante Helena, tan blanca como la nieve y tan cabrona como un león famélico.
Golpeó la pelota con tal fuerza, que pudo haber sido un buen ataque, no ser porque el balón se estrelló contra la red. El equipo de Sarah festejó el error, y las latinas sólo miraron a María con un gesto aborrecible.
—Parece que voy a ganar —dijo Sarah a Carolina, y ella miró con cierto desaire a sus preciosas chicas.
Hacia un maravilloso sol y el mar estaba movido sólo por un suave oleaje. Algunos turistas se habían quedado a mirar el torneo, y echaban sus porras a sus favoritas. Carolina pensó que podría cobrarles una pequeña cuota por ver, pero descartó la idea de inmediato. Se ajustó el cabello que se le estaba alborotando por la brisa, y cruzó sus bonitas piernas para deleite de Sarah, quien la miraba de reojo y sólo pensaba en lo delicioso que sería comerse a su amiga y llevársela a la cama para hacerle mil cosas ricas.
—Tus chicas no están en la mejor forma.
—No sé lo que les ocurre. Les dije que no bebieran demasiado durante la noche.
Zafira golpeó la pelota con una desmedida potencia, luego de realizar un salto prominente, y el balón logró pasar entre las muchachas de equipo contrario. El árbitro concedió una puntuación para Sarah, y esto sólo logró que Carolina torciera el gesto y comenzara a sacar la chequera de su mochila.
—Esto no me gusta —dijo Lucy a Nicole—. Es trampa. No contábamos con que Helena se acostara con una de esas chicas y rompiera la cohesión entre ellas.
Nicole asintió, pues tampoco estaba muy de acuerdo con la forma en la que se estaban torciendo el partido. No obstante, querían ganar. Poner a Sarah en ridículo las haría sentirse derrotadas y desagradecidas por todo lo que ella había hecho.
—Deja que el partido siga. Helena y Zafira lo hacen bien. Fue buena idea que cambiaras de pareja.
Lucy fulminó a su novia con la mirada, aunque tenía que admitir que el equipo de esas dos estaba tan sincronizado y tan bien organizado, que sería absurdo dejar que compitieran separadas.
La altura de Helena era de gran ayuda, pues con un salto mínimo, alcanzaba la pelota y lanzaba contra el bando contrario. Trataba de darle a Pilar como si fuera un enfrentamiento personal. Al hacerlo, creaba empatía con la chica, que se sonrojaba traviesamente y recordaba las deliciosas lamidas en sus nalgas. La amazona sacaba ventaja de los maravillosos recuerdos que había puesto en su contrincante, y gracias a esto, la distraía rápidamente.
—¡Concéntrate! —le gritó María a Pilar.
—Hago lo mejor que puedo.
—Es que…
—¡Ánimo, hermosa! —Gritó Helena, al otro lado de la red—. Lo estás haciendo muy bien.
—¡Gracias! —respondió la colombiana con una alegre sonrisa y saludando efusivamente a su nueva amante.
María, roja de la furia, realizó el servicio directo contra la cara de Helena. Por fortuna esta logró responder al tiro, y enviar la pelota al otro lado de la red.
—Tus chicas están haciendo trampa —susurró Carolina, midiendo cuidadosamente sus palabras—. No se vale que Helena intimide a mis hijas.
—No la está intimidando. Más bien, le está apoyando. Eso es deportivismo.
—No me refiero a esa clase de intimidación.
Carolina estaba consciente de la atracción de María hacia Pilar. Helena, al parecer, se había dado cuenta de esto y lo usaba en su contra para desconcentrar a la capitana del equipo. Aquello no iba contra las reglas, pero era sofocante ver cómo la rabia dominaba cada vez más a María.
—¿Quieres realizar un cambio en la apuesta? —sugirió Sarah, sonriendo con malicia.
—No necesito de tu lástima, querida. Pagaré según sea el resultado.
—Si tú lo dices.
Estaban a punto de ser eliminadas por Zafira y Helena. María lanzaba mil maldiciones dentro de su cabeza. Los celos la invadían como un torrente de agua hirviendo. Había soportado demasiado como para ser derrotada por una güerita que se creía la gran cosa.
Era tanta su cólera, que no logró conectar con el balón que venía hacia ella, y terminó por estrellarse contra la arena. El árbitro sonó el silbato, y el equipo de Sarah corrió a abrazarse y a felicitarse mientras saltaban de alegría.
—Nos ganaron… —susurró pilar, pero no le importó, porque trotó hacia la red para encontrarse con Helena.
Los ojos de María estaban fijos en aquella que se quería robar a su futura novia. La opresión en el pecho resultaba tan dolorosa, que era imposible no pensar en nada más que en la vergüenza y en la burla que la perseguiría durante el resto de sus días.
—Bueno, aquí tienes —dijo Carolina, dándole el cheque correspondiente a Sarah—. Aunque fue un partido algo trucado.
—¡Pff! Son jóvenes. Sólo están siendo un poco traviesas.
Nadie contaba con lo que sucedería a continuación, pues una figura cruzó rápidamente la cancha y se abalanzó como una loba contra Helena. Los gritos de las muchachas llamaron la atención de las señoras, que de inmediato corrieron a ver qué demonios estaba sucediendo con sus hijas.
—¡Suéltala, María! —gritó Pilar, rodeada de sus compañeras.
—¡Voy a estrangularla! —rugió una furiosa María, que se había tirado a espaldas de Helena para aprisionarla en una llave de judo, que tenía inmovilizado el brazo de la muchacha en un ángulo peligroso.
Lucy y Nicole sólo miraban, aterradas ante lo que estaba sucediendo. Zafira no sabía cómo intervenir para separarlas. El resto de las latinas formaba un círculo alrededor, y ninguna de ellas parecía dispuesta a entrometerse contra la rabia de su capitana.
—¡Discúlpate, hija de puta!
—¡Quítate! —el chillido de Helena se oyó desgarrador a medida que su brazo, torcido en una dirección poco natural, se doblaba cada vez más y más. Tenía la cara enrojecida, y los ojos inyectados en sangre por el dolor lacerante que acuchillaba su cerebro.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —ladró Carolina, con Sarah a su lado. Las muchachas se hicieron a un lado para dejar pasar a sus señoras—. ¡Suéltala ahora mismo!
—¡No! ¡He sido humillada por esta perra y no permitiré que se ría de mí!
—¡María, te lo advierto! ¡Serás expulsada!
—¡No me importa!
Leonore llegó junto a Sarah, y ésta la sujetó del brazo antes de que se lanzara para proteger a Helena. Leonore la miró fríamente, pero su señora se limitó a negar con un gesto solemne.
—¡Ella se acostó con Pilar y desestabilizó al equipo! ¡Fue trampa!
—¡Eso no puede ser verdad! —gritó Sarah—. Mis hijas nunca harían algo tan bajo como eso. Lo que ocurrió no es más que un simple coqueteo.
—¡Es mentira! —Alegó María—. ¡Dilo, pilar! ¡Dilo y la soltaré!
Los ojos de todas se posaron en la colombiana, que no dejaba de llorar.
—¿Eso es cierto? —preguntó Carolina.
—¿Te acostaste con ella? —Sarah miró a su hija con inclemencia, y Helena, en medio del miedo y del dolor, asintió.
—¡Es trampa! ¡Eso es bajo y ruin! —Bramó Carolina—. Nunca lo pensé de ti, Sarah. Enviar a tus muchachas para hacer cosas tan patéticas como esta y entrometerte en la moral de mis chicas. No ganaste por habilidad, sino por sucia. Exijo que expulses a Helena.
—Tú no estás en posición de pedirme nada, mujer. Yo hago con mis hijas lo que quiera. Dile a la tuya que suelte a la mía.
—Podría ordenarle a María que le rompiera el brazo.
Rápidamente, las jóvenes de ambas casas se pararon a los lados de sus respectivas señoras, dejando a Helena y a María en el piso. El enfrentamiento era de proporciones casi aterradoras, como dos ejércitos apunto de enfrentarse entre sí. Carolina y Sarah de repente lucían más grandes, imponentes y poderosas que antes.
—No lo repetiré una vez más, Sarah. Dame el cheque, y haré que suelten a tu chica.
—Si tus muchachas no pueden controlar sus sentimientos, es problema suyo. Este dinero será el premio de todas mis chicas, e irá a sus cuentas bancarias. No te lo entregaré.
—Bueno. Entonces podrás usar la parte que le corresponde a Helena para llevarla a la clínica, porque no va a salir muy bien librada de todo esto. María es buena en el judo, y no hay nadie que haya podido vencerla hasta ahora.
Un silencio electrizante surgió entre ambos bandos, y sólo era roto por los quejidos de Helena. Trataba de escapar, pero se sentía como una indefensa presa en las garras de una leona. Cualquier movimiento enviaba un espasmo de dolor hacia su cráneo.
—¿Y bien, Sarah?
—Yo… —los ojos de la mujer iban y venían de Helena hacia Carolina—. Está bi…
—Un momento —Leonore dio un paso al frente—. Quiero proponer un trato.
—¿Qué trato, niña? —preguntó Carolina con desdén.
—Me enfrentaré a María en un combate cuerpo a cuerpo. Si gano, nos quedamos con el dinero, y usted se disculpa con Helena.
—¿Y si pierdes?
—Se queda con el dinero y… renunciaré a la mansión.
—No puedes hacer eso —protestó Noriko—. Amor…
—Está bien —la sonrisa de Carolina solo evidenciaba la malicia en su decisión. Sería divertido que esa tal Leonore se marchara, y dejara a su novia sola—. María, suéltala.
A duras penas, la latina obedeció. Zafira y Lucy se apresuraron a ayudar a Helena, y se la llevaron lejos de allí.
—El enfrentamiento tendrá lugar en mi mansión —soltó Carolina.
—No. Será en casa de Su —Sarah no quería arriesgarse a pelear en terreno peligroso. Sería mejor tomar a alguien neutral, y la casa asiática era la mejor de todas.
—Como gustes, aunque es un largo viaje sólo para esto. Andando, niñas.
—Nosotras también nos vamos.
Las últimas en darse la vuelta fueron Leonore y María, quienes se quedaron cara a cara, separadas tan sólo por un metro de arena. Un metro, que pareció fundirse bajo la rabia que ambas experimentaban hacia la otra.
—Te mataré ¿Sabes?
—Tiemblo de miedo —sonrió Leonore, y le dio la espalda.

Reika sirvió con delicadeza un poco de té en la taza de lady Su, y luego se sentó frente a ella, con las rodillas flexionadas bajo el cuerpo. Los kimonos que ambas vestían estaban tan ornamentados con detalles florales, que casi parecían cobrar vida y derramarse por todo el suelo.
—Tengo entendido que habrá invitadas en casa —dijo Reika, hablando en un perfecto japonés—. Su—sama ¿cree que sea una buena idea meternos en disputas ajenas?
—No puedo hacer nada —sonrió Su—. Sarah—chan pidió mi ayuda. Parece que una buena cantidad de dinero está en riesgo, y también el prestigio de su hogar.
—Un duelo —reflexionó Reika—. El dolor de dos mujeres que combaten por su honor. Es tan hermoso ¿no lo cree?
—Lo es. Diles a las demás que estén preparadas para recibir a las hijas de mis invitadas. No permitiré que se diga que nuestra casa no es hospitalaria.
—Supervisaré todo en persona —Reika dio un minúsculo sorbo a su té.
—¿Reika—chan?
—¿Sí?
—Tratemos de… darles un bonito espectáculo de bienvenida.

—¡No puedes perder! —Gritó Noriko—. ¡Si lo haces, terminamos, Leonore!
—Me alegra saber cuánto me apoyas.
—En realidad, estoy con ella —dijo Helena—. No tenías por qué intervenir. Es mi pelea. Yo lo provoqué.
—¿Tu pelea? Casi te quiebran el brazo.
—Pero…
—No perderé. No me iré de la casa. Voy a ganar.
—Más te vale hacerlo —dijo Sarah, que dio un trago a su coñac—. Porque no puedo protegerte. Te irás de la casa, Leonore.
La leona lo sabía, y no tenía intenciones de marcharse y dejar que Noriko hiciera de las suyas con las demás señoritas de la mansión.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Sep 23, 2017 2:24 pm
Estaban desnudas, y las dos se sentían algo tristes. Charlotte ya conocía a Henry, y para su sorpresa, y quizá saliéndose de toda lógica, el tipo le estaba cayendo bien. Era amable, atento. Un poco callado y misterioso, pero incluso ella era capaz de ver la gran magia que lo envolvía. Sería un buen partido para Matilda. Al menos en lo que económicamente se refería. Así, su novia podría gozar de tantas cosas buenas. Cosas que ella nunca podría darle.
—¿Segura de que no quieres hacerlo? —le preguntó Matilda, acariciando tiernamente el vientre de sj chica y tentando un poco más abajo. Le encantaba el cuerpo de Charlotte. Era una maravilla anatómica.
—En realidad, creo que prefiero solo quedarme junto a ti.
A Matilda no le gustaba verla tan gris, pero poco estaba en sus manos. Se montó sobre ella, forzando a que Charlotte la besara. La chica así lo hizo, cerrando los ojos y tomándola de las nalgas para perder sus dedos en aquella maravillosa zona erógena.
—Ojalá hubiera alguna forma de estar juntas por mucho más tiempo, Matilda. Duele decirlo, pero sé que me vas a hacer mucha falta.
La rubia le mordió los labios con fuerza.
—No digas eso como si te estuvieras despidiendo. Hay cosas que todavía no han pasado.
La castaña no quiso responder. Toda su libido se había ido por el desagüe al darse cuenta de que había una realidad que estaba evitando, y eso solo la volvía más tóxica.
Matilda se rindió y volvió a recostarse. Esa no era la Charlotte que conocía. La mujer de la que estaba tan enamorada no se dejaba vencer por nada, y siempre tenía ideas bastante buenas que podrían salvarlas.
No obstante, al verla tan alicaída, Matilda comprendió que la única forma de evitar que su noviazgo se fuera al demonio, era solucionar las cosas por ella misma. Le tocaba hacer su parte. No podía confiar en su novia, que parecía estar más dispuesta a perderla que cualquier otra cosa.
Tendría que tomar al toro por los cuernos.
—Hay que decirle a Henry sobre nosotras. Es la única forma de generar una oportunidad para nuestra relación, y nuestro futuro está en juego.
Charlotte la miró.
—¿Qué tienes en mente? Te escucho. Haré cualquier cosa si con eso podemos seguir juntas un poco más.
Matilda no tenía una sola idea, y así se lo dijo. Charlotte sonrió y le dio un beso de buenas noches.
Aunque la castaña parecía dormir y ser triste en sueños, la cabeza de Matilda pensaba fríamente. Tenía que volver a reflexionar con la misma objetividad quirúrgica de antes. Necesitaba olvidar un poco sus sentimientos para despertar su mente.
A las de la mañana, Matilda finalmente tuvo una idea, y quiso despertarán a Charlotte para decirle que solo una locura podría salvarlas.
Por la mañana, mientras desayunaban en el jardín, frente al estanque de los patos, Matilda le dijo su idea.
—Vamos a tomar a Henry cómo lo que es: un hombre.
—Y con eso quieres decirme que...
—Necesito que seas tú quien me... Bueno, que te acerques un poco más a él y le hagas ver lo que sientes por mí —hizo una pausa para que Charlotte asimilará sus palabras. La castaña parpadeó rápidamente. Matilda siguió— . En realidad, he notado que el te mira con un poco de deseo. Especialmente en el yate, cuánto te pusiste ese atrevido bañador. No despegaba la vista de tu trasero.
—No entiendo a dónde quieres llegar, amor.
Matilda se cruzó de piernas.
—La fantasía del noventa por ciento de los hombres es ver a dos chicas juntas, y Henry es tan lujurioso que no verá con asco nuestra relación.
—Es más fácil decirle directamente, que urdir todo este espectáculo.
—No conoces a ese hombre. Tiene un honor que mantener. Dale una cosa de tequila y hará todo lo que le digas. Cumplirá su palabra. Lo que vamos a hacer es lo siguiente...
Casi en silencio, Matilda expuso la peligrosa idea que horas de trabajo le habían proporcionado. A medida que sus palabras tomaban un significado más profundo, las mejillas de Charlotte se fueron enrojeciendo hasta el punto en que ya no quiso seguir escuchando.
—Lo haré, pero solo porque te amo como loca.
—Entonces será noche. Lo haremos por la forma fácil. Si las cosas no resultan ser como queremos, entonces lo haremos por la mala.

La casa Su era una mansión de diseño oriental, con pisos de madera y puertas corredizas para todas las habitaciones. Estaba ubicada en un buen sitio alejado de la ciudad, rodeado de un bosque que se mantenía verde la mayor parte del año.
La primera impresión que Zafira tuvo, fue que era un sitio demasiado limpio. Los pisos reflejaban la luz y había mucho silencio. Cosa que a ella le ponía de los nervios, pues en la mansión de Sarah, siempre había alguna canción de fondo dependiendo de a qué compañera le tocará ambientar ese día.
—Las hijas de Su tienden a ser muy respetuosas —dijo Sarah—. No hagan ningún acto tonto, como insultar. Muestren sus mejores modales y no sé enamoren de ninguna de ellas. Eso lo digo especialmente por ti, Elena.
Nadie le contestó. Sarah busco a su chica con la mirada y la encontró tapándole el paso a una linda japonesa, quien no tenía idea de lo que la otra le decía, pero estaba encantada con sus ojos europeos y sus labios carnosos.
—¡Elena!
La muchacha acarició tiernamente la mejilla de la japonesa, y volvió corriendo con el grupo.
Cruzaron el corredor y entraron en la estancia de Su. Era una habitación grande y vacía, a excepción de un Kotatsu con una tetera en el centro. Al lado de la señora, que vestía un kimono azul, estaba una chica de ojos rasgados y mirada cerrada. Llevaba un kimono rojo con un cinto, dentro del cual reposaba una katana ceremonial. Parecía sumisa a su señora, pero las chicas de Sarah sabían que esa muchacha era la guardiana personal de Su, y que aquella arma era real y capaz de matar.
Lady Su no era ninguna clase de empresaria como las otras señoras. Se había forjado una fama en los barrios bajos de China, y se rumoraba que tenía otros negocios que no eran del todo legales en el país. Las chicas que vivían en su mansión eran hijas de gente influyente, y por lo tanto tenían que ser cuidadas. Reika, la chica de la katana, no pertenecía a la mansión. Era una guerrera y su familia había conservado la tradición de servir.
A Elena le gustó demasiado. Tendría lindos sitios donde meterle la empuñadura de esa espada.
—Bienvenida, Sarah.
La señora hizo una genuflexión, y sus hijas la imitaron.
—Me honras con tu presencia, Su. Gracias por dejar que nuestros conflictos se resuelvan en tu hogar.
—Carolina llego antes que tú. Espero que eso no sea un presagio de lo que está por venir. ¿En dónde está tu guerrera?
Lucy ocultó una sonrisa. Leonore no era una guerrera. Supuso que era una forma exagerada de llamarla.
Sarah, de todos modos, la presento así. Leonore dio un paso al frente y se arrodilló. En ese momento, Reika abrió los ojos.
—Es fuerte —dijo Su— Se le nota en la mirada. Reika puede dar fe de eso.
La muchacha asintió.
—Está bien, Sarah. Reika, lleva a las muchachas a sus aposentos. En cuanto a ti, amiga mía, por favor, acompáñame a tomar el té.

La casa del campo de Henry era una pequeña mansión, más grande que toda la casa de Charlotte. Fue difícil para ella no sentirse inferior ante el lujo con el que la gente de negocios se rodeaba, y se imaginó que para ellos no existirían imposibles.
—Es un sitio extremadamente tranquilo —les dijo al voltear para verlas subir por la pequeña cuesta. Arqueó una ceja cuanto notó lo bien unidas que estaban las manos de ambas chicas. De hecho, pensó, durante todo el camino, ambas habían estado murmurando entre sí y cuchicheando cosas que no eran del interés para él—. Pasen. Son bienvenidas.
—Gracias, qué amable eres —Charlotte pasó junto a él y le acarició distraídamente el pecho. Henry la miró sin perder de vista el hermoso trasero de la castaña, que se veía tan bien aprisionado detrás de sus jeans a la cadera. A su lado, la minifalda de Matilda dejaba ver la parte posterior de unas lindas y blancas piernas, muy bien proporcionadas.
—¿Seguro que tu familia no se molestará por pasar la tarde aquí? —preguntó Matilda, echándole un vistazo a la cara alfombra del piso—. Tenía entendido que venían seguido —Dio un brinco cuando la mano de Henry le tocó la espalda baja.
—Querida, pronto serás dueña de todas estas propiedades.
“Entonces, Charlotte y yo podremos venir a hacer el amor cuanto queramos” fue el primer pensamiento de la chica, y rodeó a Henry con sus brazos para dejarle un cálido beso en la mejilla.
—Todo sea para ti, cariño.
Charlotte había visto la escena, y tuvo que ocultar una sonrisa nerviosa al ver cómo el semental ricachón miraba con deseo los pechos de su novia. Era una suerte que ella tuviera la mente abierta para esa clase de situaciones, porque de lo contrario, se habría reusado fervientemente a que Matilda demostrara cariño falso hacia él.
Y de hecho, Charlotte corrió alegremente hacia ellos para que Henry la notara. Vio que la atención del hombre se iba hacia ella, y bajaba sutilmente, durante una fracción de segundo, al apretado canalito que sus senos formaban debajo de la pañoleta roja que estaba usando a modo de blusa. Hacía demasiado calor.
“Dios. Qué buena está” —pensó Henry.
“Sé que la deseas, cabrón, y eso me va a ayudar” —dijo a su vez Matilda, dentro de su cabeza.
Un par de horas más tarde, los tres estaban metidos dentro de un amplio jacuzzi, cuya agua borboteaba debido a unas bombas de aire que agitaban el agua y producían un suave masaje y caldeaban el ambiente.
Henry se sentía en la gloria, pues estaba en medio de ambas muchachas, con cada una debajo de sus brazos y contándoles sobre algunas divertidas anécdotas de cuando comenzó su carrera empresarial. Aunque le gustaba burlarse de gente más patética de él, encontraba muy difícil concentrarse, siendo el jamón de un emparedado formado por dos bellezas exuberantes. Sutilmente acariciaba los hombros de ambas chicas, y dirigía miradas efímeras, comparando el tamaño de los senos desnudos, la coloración de sus puntitas e imaginando la textura.
Henry había estado antes con más de dos mujeres. Sus prácticas sexuales iban acorde a su arrogancia y a sus posibilidades de obtener todo lo que quisiera con un mínimo de esfuerzo y mucho dinero. No obstante, en la presente situación había algo excitante. Algo morboso y prohibido.
Tragó saliva, y dejó que las chicas rieran con su historia. Matilda, un poco más tímida, estaba algo escondida dentro del agua, pero Char exponía sus encantos con total confianza. Henry quería tocarlos y bambolear esos melones entre sus fríos dedos.
—¿Qué copa eres? —preguntó Matilda, tocándole los senos con la puntita del dedo—. Me pone celosa ver que los tienes más grande que yo.
—Copa D —dijo Charlotte, feliz y sacudiendo el torso para que sus nenas bailaran.
A Henry se le subieron los colores al torso. Sentía que su pene explotaría en cualquier momento; pero tenía que concentrarse. No estaba seguro de poder hacer algo con las dos. Matilda no lo permitiría. Era una chica posesiva y celosa.
Pero lo que Matilda quería era precisamente que Henry atendiera a sus instintos y bajara la guardia. Poco a poco, la idea de que ella y Charlotte tenía química, entraría en la mente de chorlito de su esposo, y después, le soltarían la bomba de que se gustaban. Henry, conmovido, y excitado hasta cierto punto, dejaría que ambas estuvieran juntas, incluso si se casaba con él. Era un plan perfecto. De todos modos, ese hombre no la amaba en lo absoluto, y Matilda tampoco lo hacía. De cara a la sociedad, tendrían que ser una pareja, pero en la intimidad, sería una relación mucho más íntima.
—Bueno, es hora de salir —dijo Henry, poniéndose de pie y revelando un bulto generoso dentro de su ropa interior.
Charlotte, que había estado fingiendo cariño, se sintió un poco tentada al ver el desplante físico de Henry. Los muslos gruesos. El trasero bien formado y la espalda ancha y musculosa. Incluso Matilda, que acababa de probar el lesbianismo, sintió un cierto deseo de tirarse sobre Henry y recorrer con su boca cada parte de él. Las dos se miraron, y sonrieron un poco.
—Tienes razón. Ya se me puso la piel de ancianita —rió Matilda, acariciando la espalda de Charlotte y juntándose más a ella, de modo que sus pechos estaban en contacto.
Al ver Henry esta muestra de cariño, tartamudeó. Las dos estaban intimidándole, y la lujuria se apoderaba de él.
—Bu-bueno, iré a la cama a ver la televisión. Pueden quedarse acá un rato si lo desean.
—En seguida te alcanzamos… —canturreó una coqueta Charlotte, dándole un sorbo a su copa de champagne.
—Sí —rió Matilda—. No puedes dormir sin nosotras.
Cuando el hombre salió, ambas muchachas tuvieron que disimular sus carcajadas y se dieron un frondoso beso con lengua y saliva incluida.
—¿Viste eso? Está que se derrite, Charlotte.
—Sí. No creo que sea tan macho como dice. Debe estar como loco teniéndonos cerca. De seguro ya ha imaginado algo entre tú y yo.
—Pues que se lo imagine. Vamos a quemar su pequeño cerebro de hombre —masajeó distraídamente los pechos de su novia y le dejó otro beso—. Mi amor, me fascinas tanto. Oh, mi dulce Charlotte.
—Ya, ya. Es un buen plan, y se me hace divertido.
Matilda salió del jacuzzi y caminó hacia la puerta de baño. Vio que, al otro lado, Henry iba de un lado a otro. Se estaba devanando los sesos. Luego, el hombre se acercó. Matilda regresó rápidamente al agua, y aprovechó para ponerse encima de Charlotte, de modo que la castaña la rodeó por la espalda y le acarició toda la piel.
—Santa madre de Dios —murmuró Henry, mirando por una rendija la descomunal muestra de erotismo entre las chicas. Tragó saliva otra vez—. No sé cómo, pero hoy me voy a tirar a esas dos…
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Sep 23, 2017 2:24 pm
En cualquier momento saldrían para él. Henry imaginaba el roce de sus cuerpos, y la deliciosa forma de sus curvas expuestas sólo para él. No podía controlarse. Sentía cada una de sus células a punto de estallar debido a la excitación del momento, y casi le agradecía a Matilda por haber traído consigo una amiga tan sensual y bien proporcionada como Charlotte.
En segundos dedujo su plan. Primero, se encargaría de darle atenciones especiales a su prometida, e inmediatamente después, permitiría que Charlotte hiciera con él lo que le pareciera. La castaña tenía un aire de coqueteo tan, pero tan marcado, que francamente Henry sólo podía pensar en ella como una chica fácil. Una chica que se dejaría seducir por las palabras exactas y bien dichas.
La puerta del baño se abrió y salió Matilda… sólo que no se dirigió especialmente a la cama de Henry. De hecho, el hombre notó que su prometida tenía la cara contrariada en una mueca de tristeza y amargura.
—¿A dónde vas? —le preguntó en cuanto la vio recogiendo sus cosas y metiéndolas en la bolsa.
—Saldré un momento. Simplemente no me siento bien.
—Quédate, mejor. Ya es algo tarde.
—No, gracias —respondió mordaz, y abandonó la cabaña enseguida.
Henry pensó que su deber sería perseguirla. Los negocios y el dinero así se lo exigían. Sin embargo, no se movió porque Charlotte salió a continuación; y a diferencia de Matilda, ésta sí que iba nada más cubierta por una toalla que cubría perfectamente sus encantos curvilíneos. Henry ya podía imaginarse entre las piernas de semejante chica.
Para su desagrado, la cara de Charlotte mostraba una expresión similar de amargura. Vio cómo su fantasía de un trío se alejaba de él, y su cuerpo perdió todo el interés en disfrutar de ambas mujeres.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, casi irritado. Charlotte se sentó al borde de la cama.
—Matilda y yo nos peleamos.
—Qué raro. Podría jurar que estaban muy cariñosas.
La chica le guiñó el ojo.
—Eso te gustaría ¿verdad? —suspiró, alicaída—. No, Henry. Hay cosas que… no puedo hacer. Incluso siendo la mejor amiga de Matilda.
—¿Qué pasó exactamente? —ahora sí estaba un poco interesado.
—Bueno… es difícil de explicar. Quiero a Matilda, pero no sé si esté lista para el matrimonio. Seguro tú la amas tanto ¿verdad?
Henry no respondió enseguida. Pensó que podría evadir la pregunta, pero los ojos cafés de la muchacha se clavaron en los suyos y le exigieron respuesta. Se rascó la nuca y soltó el aire que estaba conteniendo.
—Sólo es por negocios. El dinero es lo más importante para nuestras familias.
—¿Y qué hay del amor?
—Madura, querida. Vivimos en un mundo controlado por el dinero. Si no me caso con Matilda, tendremos serios problemas con las empresas que dependen de nosotros. Perderíamos mucho dinero, tendríamos que hacer despidos y miles se quedarían sin sustento. No sólo está en peligro nuestra fortuna, sino la de muchas personas que no tienen nada que ver con nosotros.
—Hay cosas para las que el amor no es suficiente ¿verdad?
—El amor no perdura tanto como el dinero, Charlotte. Si me casara con Matilda por amor, ¿cuánto duraría? Tú sabes lo que es —de repente, Henry quería ser muy sincero con la muchacha—. El amor es una serie de reacciones químicas. Se termina y sólo queda el cariño. Un cariño que se enfría con el tiempo hasta caer en la rutina. ¿Qué queda después? El dinero perdura. La riqueza sigue y sigue de generación en generación. Haz rico a un padre, y él le dará riqueza a sus hijos. Los enviará a buenas universidades y cambiarás para siempre el futuro de esa familia. No casarme con Matilda es dejar a todas esas personas en la ruina.
Charlotte asintió, sin saber qué decir. No esperaba que Henry tuviera un desplante sentimental de esa forma.
—Entonces ¿el dinero es lo más importante para ti?
—El dinero es progreso. Es seguridad. Lo es todo. No tienes ni idea de lo importante que es Matilda para nuestras corporaciones, que están sumiéndose en la bancarrota. Hay fuerzas contra las que no siempre puedes pelear, Charlotte.
La chica lo entendía perfectamente. Su propia familia había tenido que sacrificar cosas. Cosas que el amor no podría darles.
—¿Te preocupas mucho por ella, Charlotte?
—Es mi mejor amiga. Es… lo mejor que me ha pasado.
“Un momento” pensó Henry, cuyo sentido masculino comenzaba a atar cabos sueltos.
—¿Te gusta Matilda?
Una buena actuación habría sido negarlo por completo. Charlotte simplemente miró a Henry a los ojos, y asintió.
—La amo en secreto.
—Oh, Dios.
—Sé que no debo hacerlo, porque no puedo darle lo mismo que tú le darías. Oh, Henry. ¿Debo irme? ¿Debo decir adiós a lo que siento y dejar que me consuma la soledad? Yo… yo no quiero dejarla.
Comenzó con un sollozo hasta convertirse en un llanto discreto. Henry, incómodo, ya no sabía qué hacer. Nunca había sido especialmente bueno con las mujeres. Se sentía muy vulnerable frente a Charlotte. Hacía sólo unos momentos, ambas chicas parecían estar dispuestas a acostarse con él. Un trío y todos felices. Esa era su idea de una noche de diversión.
En cualquier otra circunstancia, las lágrimas de Charlotte solamente lo hubieran hecho apartar la cara; pero ahora estaban produciéndole un efecto distinto. Un efecto tan raro que sintió la necesidad de apiadarse de ella.
—Rayos.
—¿Qué pasa? —preguntó Charlotte.
—Nada. Sólo pensé que podría gozar de un saludable trío con ustedes, pero veo que no tengo la más mínima oportunidad ¿verdad?
—No lo sé. Es posible que no.
Guardaron silencio un rato. Charlotte se levantó y fue a por su ropa.
—Me marcho. Gracias por todo.
—Espera, espera un momento. Espera —no supo hacia dónde mirar—. Oye, vamos a conversarlo.
—¿Qué quieres decirme?
—Chica… no amo a Matilda. Sólo me interesa su firma en el acta de matrimonio. Me la llevaré a vivir conmigo, por supuesto, pero…
—¿Pero?
—No me importaría si te la quieres tirar.
Charlotte tuvo que hacer esfuerzos para no sonreír.
—¿Dices que puedo expresarle mis sentimientos con libertad?
—Si Matilda te acepta, sí. Al fin y al cabo, a mí sólo me interesa salvar mi compañía. Quizá necesite tener un hijo con ella, pero no es nada seguro. Es lo mejor que puedo ofrecerte.
—¿Y qué me pides a cambio?
Esbozó una sonrisa confiada.
—Que te quites la toalla puede ser suficiente.

Matilda se repetía una y otra vez que su arriesgado plan de usar sus encantos sexuales no funcionaría. Seducir a Henry, poner al brutal hombre de negocios, más frio que un témpano, en una situación en jaque, sólo lo haría enfurecer y demás. Se preguntó si realmente lo conocía tanto como pensaba, porque de no ser así, Matilda habría enviado a Charlotte a una trampa segura.
Miró en dirección a la cabaña y pensó en entrar y sacar a su novia de allí.
No tuvo que esperar demasiado, porque Charlotte salió vestida con una bata amarrada a su cintura. El pelo castaño le bailaba sutilmente con la brisa nocturna. Parecía un hermoso fantasma. Un espectro viajando desde los confines del mundo inmaterial. Matilda corrió hacia ella.
—¿Qué pasó?
—Bien, digamos que cambió un poco mi percepción del mundo. Nuestro amor puede ser más egoísta de lo que pensé.
—No me des largas.
—Todo salió bien —Charlotte acarició la mejilla de su rubia compañera, y le besó los labios sutilmente.
—Entonces ¿de verdad aceptó que tú y yo tengamos algo?
—Matilda —la tomó de las manos y la miró directamente a los ojos—. Quiero que te cases con Henry.
—¿Qué? —sus ojos casi se desbordaban de sus cuencas.
—Tienes muchas responsabilidades. Tienes familias que dependen de ti y de tu unión con la corporación de Henry. No puedes… más bien, no puedo permitir que renuncies a ese mundo. De ti depende el trabajo de cientos de personas, y el progreso de nuestro país.
—Pero…
—Sé los negocios de tu familia, Matilda. Se dedican a la investigación científica y ambiental. Tratan de hacer negocio con energías renovables y entiendo que no es algo sencillo en este mundo tan turbulento—. Hizo una pausa para que su novia asimilara poco a poco—. No dejaré que nuestro amor se entrometa en el bien común.
—¡Eres una cobarde! Se supone que le dirías que no quiero casarme con él y que…
—No estoy siendo cobarde. Una cobardía sería tomarte y escapar. Sería una cobardía al no enfrentar la realidad de nuestro mundo, y también sería egoísta quitarle el futuro a Henry, a tu familia, y a todos los que dependen de sus negocios, sólo por nuestro amor.
—Te ha lavado el cerebro —Matilda hizo ademán de entrar y hablar con Henry, pero Charlotte la detuvo.
—Acéptalo, Matilda. Estaré contigo, por supuesto. Seguiré siendo tu novia. Henry sólo necesita que seas su esposa para cerrar esos tratos comerciales que tanto le interesan. Te harás una fortuna.
—El dinero no me importa.
—Te importa si quieres hacer algo por los demás. Matilda, hay cosas que el amor no puede comprar. No vas a alimentar a le gente sólo de amor y buenas intenciones. Acepta la responsabilidad que tienes. Acepta el futuro que se te ha impuesto y vive con él con la frente en alto. Conviértete en una mujer de éxito. Sabes que lo mereces. Sabes que puedes lograrlo. Yo seguiré contigo, tonta.
Hasta ese punto fue cuando Matilda se puso a llorar y abrazó a Charlotte. Pensó que aquello era extraño, porque en realidad quería estrangularla por obligarla a aceptar un destino infame. Un destino que ella simplemente no anhelaba. ¿No se suponía que la vida debía estar plagada de sueños y esperanzas? ¿Sólo le quedaba ser la esposa de Henry y volverse millonaria?
—Ya no somos niñas para vivir en un cuento de hadas, Matilda —dijo Charlotte, abrazándola con fuerza—. El mundo no es un paraíso, pero tú y yo, cariño, podremos construir nuestra propia utopía.
Maty asintió, incapaz de discutir un segundo más con quien más amaba en el mundo.

No le gustaba ser vanidosa. Pilar provenía de una familia humilde, y le habían enseñado que los dones no estaban allí para ser presumidos, sino compartidos con los demás. No era creída, y se consideraba una chica con principios y ciertas manías un poco raras e inofensivas, como la de lavarse las manos a cada rato, o la de darse duchas continuas por su temor a contraer alguna rara bacteria del medio ambiente.
Fuera de eso, Pilar se sentía como una chica perfectamente normal. O bueno, así había sido hasta que sintió las caricias y el toqueteo de otro cuerpo resbalando contra el de ella. ¿Cómo olvidar la dureza de los pechos de Elena frotándose contra sus crispados pezones? ¿Qué hacer con el recuerdo de sus dedos y su lengua trabajando a la par, en total armonía, y excitándola hasta un punto que podría considerarse blasfemo? ¿Qué había sobre las fuertes nalgadas y los tirones de cabello? Elena no sólo le había dado una monumental follada, sino que había sido violenta, salvaje y peligrosa hasta cierto punto. Todas las inhibiciones que Pilar sentía hacia el sexo entre mujeres se esfumaron en el instante en que Elena le separó los muslos y se hundió en los recovecos del deseo y el placer.
Y Dios… ¡cuánto la quería!
Se miró al espejo por tercera vez, comprobando que cada curva estuviera donde debería estar. Llevaba unos ajustados jeans desteñidos y a la cadera. La línea de su abdomen quedaba descubierta por una pequeña blusa rosada que resplandecía en contacto con su piel de cobre. La risueña curvatura de sus pechos levantaba la tela delgada y transparentaba el fino sujetador blanco de encaje. Se había dejado el pelo largo y ondulado un poco suelto, con tirabuzones cayéndole a los costados de su rostro ovalado.
No le gustaba presumir, pero se dio cuenta de que era realmente hermosa. Más hermosa que María, por cierto. Incluso más hermosa que esa otra chica brasileña de la casa de Sarah ¿Cuál era su nombre? ¿Rubí, Zafira? No importaba. Pilar sabía que tenías todas las de ganar en el corazón de Elena.
Corrió la puerta y salió de la habitación. Saludó con un leve gesto de la cabeza a un par de hijas de Su, que debido a la ocasión especial, vestían con kimonos coloridos y llevaban el rostro descubierto por peinados sumamente elegantes.
—¿Saben dónde se alojan las hijas de Sarah? —le preguntó al par de muchachas. Estas se miraron entre sí, y hablaron en un español poco practicado.
—Allá. Seguir pasillo. Girar derecha.
—Gracias… —insegura, Pilar anduvo por los rincones de la mansión de Su. Cruzó por un jardín plagado de rosales y vio a Elena cerca de un estanque, mirando con aires reflexivos los pequeños peces koi que se deslizaban dentro del agua.
—¡Hola! —saludó Pilar, con la mejor de sus sonrisas.
Elena la miró y ahogó una maldición. No soportaba a la muchacha. Desde su llegada a la mansión de Su, la latina había estado buscándola y encontrándola, como si fuera una sombra perdida persiguiendo a su dueño.
—¿Qué quieres? —le preguntó con acritud. Pilar no borró su sonrisa.
—¿Te gustan los pececitos? —se puso en cuclillas y tocó el agua con la punta del dedo—. Son muy bonitos ¿verdad?
—Sólo son peces —gruñó Elena, dándose la vuelta para marcharse. Pilar se apresuró a taparle el paso y meneó su cuerpo de un lado a otro, en lo que según ella era un gesto de ternura— ¿Qué pasa?
—No hemos hablado mucho. Cualquiera diría que me estás ignorando adrede.
—Ehm… mira, no creo que sea…
—¿Cómo está Leonore? —el cambio de conversación había sido necesario. Pilar no se sentía de humor para saber la verdad que ya presentía.
—Bien. Entrenando ahora mismo. De hecho, tengo que ir a verla. Adiós.
No pudo hacer nada cuando Elena pasó de ella. Ni sus llamados sirvieron para hacer que la amazona se diera media vuelta. Alicaída, decidió sentarse en una de las muchas bancas del jardín y concentrar la mirada en el continuo nadar de los peces koi.
La suavidad con la que aquellas criaturas se deslizaban por el agua hizo que Pilar sintiera la necesidad de liberarse de las crecientes emociones que estaban surgiendo en su corazón. Tuvo deseos de nadar fuera y vivir una vida simple, tan simple como el jugueteo de esos pequeños vertebrados dentro del estanque. La vida sería tan fácil si el mundo estuviera reducido a unos cuantos metros nada más.
—No te lo tomes a mal —le dijo una dulcificada voz después de que una mano se le posara en la cabeza. La colombiana se giró e hizo por levantarse, pero permitió que Zafira se sentara a su lado—. Elena es así con todas las chicas.
Había un natural y saludable deseo de estrangular a la morena, pero la hija de Carolina sabía que enterrar un cadáver no iba a ser la cosa más fácil del mundo. Se alejó al otro lado del asiento, y cruzó los brazos y las piernas para mostrarse completamente cerrada al diálogo. Era de aquellas situaciones tan incómodas en las que no podías marcharte sin más.
—Me llamo Zafira. Soy la mejor amiga de Elena.
Pilar se encogió de hombros.
—Bueno… sólo quería decirte que…
—Que me aleje de ella ¿verdad? —los ojos negros miraron a Zafira como si quisiera volver su alma un espectro pastoso. Esta ni se inmutó. Estaba acostumbrada a recibir el odio de los demás.
—De hecho, no —dijo Zafira, sentándose un poco más cerca—. Sólo vine a decirte que si quieres a Elena, no debes presionarla. Ella es un espíritu libre. No quiere compromisos.
Tristemente, Pilar comenzaba a darse cuenta de eso.
—Eres una chica muy hermosa ¿sabías? Elena busca eso. De seguro lo haces muy rico.
Una risa escapó de los labios de la colombiana, y se dignó al fin a responderle a la mujer con algo más que una mirada de hielo.
—Más o menos.
—Oh, vamos. Con esa dulce boquita, de seguro besar es tu especialidad.
—¿Por qué me trata así? —replicó Pilar—. Me… me hizo de todo, y luego no me quiere ver. No lo entiendo. Explícame.
—Bueno, querida, creo que Elena es muy buena separando el sexo del amor.
—¿Lo haces con ella?
—En… ocasiones.
—¿Y cómo vives sin enamorarte?
—Somos amigas desde niñas. La considero mi hermana. Bueno… mal ejemplo. El punto es que hay algo más fuerte entre nosotras, y creo que eso se interpone. Nunca amaría a Elena.
—Jamás me he obsesionado tanto con alguien. Elena fue la primera mujer con la que estuve.
—¿En serio? Ahora lo entiendo. Te dejó una buena impresión ¿verdad?
—Quiero volver a sentirme así de bien. Ni siquiera yo puedo darme tanto placer.
Zafira arqueó una ceja. De repente, Pilar pasó de la categoría “chica linda” a “posible presa”.
—¿Te gusta el placer?
—Me… me encanta.
—Bueno —se levantó y le tendió la mano—. Andando, vamos a buscar a Elena y veamos si podemos tomar un poco de té entre las tres ¿quieres?
—¿Por qué me ayudas?
—No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Creo que cualquier amiga de Elena, es amiga mía.
—Ni siquiera me quiere mirar.
—Pues vamos a cambiar eso.
Y las dos hermosas morenas se fueron de cacería.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Sep 23, 2017 2:25 pm
A ninguna de las chicas les hacía gracia lo que pasaba con Pilar. María era la más afectada, y desquitaba su frustración dándole de trompadas al saco de boxeo que colgaba del techo. El sudor le bañaba la cara y su pecho se agitaba en un vaivén sin aliento.
—¡No puedo creer que esto esté pasando! Es inaudito —replicó, hundiendo su puño en la superficie del saco—. Esa puta de Elena ¿cómo se atreve?
—Creo que te enojas con la equivocada —mencionó Marcela—. Es Pilar la que está tras ella.
—Pilar está siendo engañada —se quitó los guantes y reveló sus nudillos enrojecidos. El dolor era nada comparado a la rabia que le calentaba la sangre—. Si tuviera a esa Elena en mis manos, juro que la mataría.
Las muchachas se miraron con expresiones incrédulas y aburridas. María usualmente hablaba de más, y en ocasiones mordía más allá de lo que podía tragar. En cierta forma, sus amigas esperaban que Leonore le diera una paliza y le bajara los humos.
—¿Están listas? —preguntó Carolina, entrando a los aposentos de sus muchachas—. El deber nos llama. Es hora de ganar, María.
—Estoy preparada para lo que venga.

Sarah iba de un lado hacia otro, pensando nada más en las consecuencias si Leonore perdía. Una de las estrellas de su mansión tendría que ser expulsada, y la diversión perdería muchos puntos. Sin Leonore, todo sería aburrido y fastidioso.
—Tienes que derrotarla. Del modo que sea, pero debes hacerlo.
—Lo sé. Confíe en mí. No es la primera vez que hago esto.
—El futuro, tu futuro, está en juego.
—Lo hará bien —sentenció Noriko, aunque sin dejar de sentirse nerviosa por lo que ocurría—. ¿Qué más va a poder hacer esa flacucha?
—No la subestimes, amor.
Lucy suspiró con cansancio y abrazó a Nicole. Se dieron un tierno beso y decidieron adelantarse a la arena de duelo para ocupar sus lugares.
—Escucha, pase lo que pase, no dejes que te intimide —la advertencia de Sarah era en serio—. Carolina es conocida por no jugar limpio.
—Bueno, temo decir que esta vez fuimos nosotras quienes lo echamos a perder. Más exactamente, fue Elena. ¿En dónde está?
—No lo sé. Supongo que se siente avergonzada por haberte puesto en esto.
—Ella no tuvo nada que ver. Ardo en deseos de darle una paliza a María.

Muy lejos de allí, Charlotte y Matilda llegaban a un acuerdo mutuo con Henry. Habían urdido una buena mentira en la que Maty se daba cuenta de que también sentía algo por su mejor amiga, y que quería explorar un poco las delicias del otro lado. Les resultaba gracioso mantener engañado al hombre cabeza de chorlito, que aún no podía creer como es que había aceptado a semejante trato. Dejar que su futura esposa fuera lesbiana y tuviera una aventura con alguien más, sería humillante si alguien llegara a enterarse.
Por un momento, Henry quiso arrepentirse y reclamar a Matilda sólo para él. Una mirada a Charlotte le hizo cambiar de idea. No quería perturbar a Matilda, que había aceptado por completo casarse con él sólo por el bien de las empresas.
—Entonces, nos vamos —dijo Matilda, despidiéndose de sus padres—. Volveremos pronto.
Se abrazaron un momento, y ambas chicas subieron a la limusina que las llevó hacia la estación de trenes. Era una de las formas más rápidas de llegar a la mansión. Querían darles a sus amigas una sorpresa especial. Estaban seguras de que las echaban de menos.
Por todo el camino, Matilda y Charlotte no dejaron de expresar su gran amor, independientemente de la gente que las miraba, incómodos ante la relación de dos mujeres. A ellas no les importaba en lo absoluto, y se besaban con pasión y deseo reprimido.
—Te amo tanto, mi Charlotte hermosa.
—¿Te vas a casar conmigo algún día?
—Claro que sí —sonrió la chica. Era un divertido juego de palabras. Cuando Matilda estuviera casada con Henry, su noche de bodas se la daría a Charlotte. Tenían tanto por delante y estaban orgullosas de haber salvado su relación de una casi inminente destrucción.
Cuando llegaron a la mansión, encontraron que sólo Estela estaba allí, haciendo la limpieza de las habitaciones y preparando todo para el regreso de las chicas y de su señora.
—¿Se fueron sin avisarnos?
—Supongo que la señora pensó que no volverían —le dijo a Matilda—. Vean lo bueno. Tienen la mansión para sí solas.
La pareja se miró sonriente. Sin sus amigas allí, podrían dar rienda suelta a su desbordante ardor. Practicarían todo lo que el maravilloso mundo del placer les tenía preparado, y llevarían sus cuerpos a nuevas cumbres.
Lo primero que hicieron fue desnudarse en el jardín y recostarse para tomar el sol. Se untaron bloqueador mutuamente, aprovechando para recorrer con sus traviesos dedos cada pliegue de la otra. Matilda, encantada con las delicias del cuerpo femenino, pasó la mayor cantidad del tiempo con sus dedos explorando la intimidad de su novia. Encontraba bellísimo aquél rincón oculto, con el pequeño clítoris asomándose e implorando que ella lo besara con devoción.
Separando las piernas, Charlotte permitió que su chica tomara el control de ella, y la frágil lengua de Matilda se dejó recorrer por entre los resbalosos pliegues. El calor que manaba su enamorada le llenó de alegría, y chupó de ella con un ahínco propio nacido del más puro romance. Le besó la parte interna de las piernas, sin dejar de acariciar sus tiernas carnes. Vio, maravillada, los firmes pezones de la otra, y se recostó sobre su pecho para llenarla de besos.
—Me he perdido de mucho —dijo Estela, asomándose y trayéndoles una bandeja con limonada helada. Matilda ya no sentía tanta vergüenza de que otra mujer la viera desnuda. Total, que Charlotte había visto cada rincón y orificio de su pálido cuerpo.
—Somos pareja —dijo una orgullosa Charlotte, besándole los nudillos a Matilda.
—La señora estará encantada con eso. Precisamente ese era uno de los motivos por los que creó este sitio: para que las chicas encontraran sus gustos y exploraran lo divertido del sexo y la compañía.
Estela se sentó a su lado, y comenzó a acariciarle tiernamente la espalda de Matilda para ponerle bloqueador solar. Charlotte permitió que tocaran a su novia. Estela también era una habitante de la casa, y le debían respeto. También la querían. Matilda se sonrojó al verse entre dos mujeres: Charlotte debajo de ella, y la criada a un lado, sobándole la delicada piel de las pompas.
—Matilda, fuiste seleccionada por tus gustos heterosexuales.
—Lo sé —dijo la rubia, relajándose ante las manos que le frotaban el espacio entre los glúteos—. Sarah me lo dijo, y estoy tan feliz de haber conocido a mi linda Charlotte. Es mi alma gemela. Te amo tanto, cariño.
Estela disfrutó de la visión de la rubia, y le palpó un poco la zona delicada para excitarla. Matilda dejó que lo hiciera, y luego de darle unos cuantos pellizcos al pequeño clítoris, se alejó de ellas para dejar que consumaran su amor.
—Estaré limpiando el sótano. Cualquier cosa, pueden buscarme.

La espalda de Leonore golpeó fuertemente el suelo acolchonado. Noriko y todas las chicas de la casa de Sarah hicieron una mueca de dolor como respuesta. Las cosas no pintaban nada bien para la leona, que había tocado pared al enfrentarse a la extrema agilidad de María.
Se incorporó. El sudor resbalaba por su rostro, y volvió al ataque. Ambas muchachas se aproximaron peligrosamente, intentando sujetarse la una a la otra. Leonore vio una abertura en la defensa de la latina y quiso realizar su movimiento para derribarla. A María le fue fácil invertir su cuerpo elástico, enredar sus piernas en las de su oponente y levantarla con facilidad, usando el propio peso de Leonore contra ella.
—Esto no se ve nada bien —dijo Lucy cuando la espalda de su amiga volvió a tocar el piso—. Es demasiado violento.
—Así es el judo, amor. No puedes hacer nada para impedir que se destrocen.
Noriko lloraba en silencio, y miraba con odio a Elena, que había hecho acto de presencia y miraba el combate con expresión imperturbable. Ni siquiera se inmutó cuando María agarró violentamente a su Leonore y la hizo rodar para que su espalda volviera a tocar el piso. Leonore trató de enredar a su oponente con sus piernas, y cuando lo logró, usó la inercia de un giro para ponerse encima de ella.
—Sepárense —dijo Reika, que supervisaba el combate.
Lady Su, Carolina y Sarah estaban sentadas en línea a un costado de la arena de duelo. Mientras que la primera se mantenía estoica y neutral, Carolina sonreía con la victoria ya casi en sus bolsillos, y disfrutaba con la desesperación en el rostro de su rival.
Las dos chicas volvieron a sujetarse. Leonore gritó por el esfuerzo, pero maría fácilmente contrarrestó su movimiento. Ambas giraron con fuerza, aunque al final fue la latina quien tomó el control y estrelló la espalda de la leona.
—¡Basta! —gritó Noriko—. ¡Es suficiente! ¡No quiero que la sigan lastimando!
—No… no pasa nada —las piernas le temblaban a Leonore. Miró a Reika—. No lo detengas.
—No pensaba hacerlo —respondió seriamente la japonesa.
—¡Leonore, renuncia! No importa si te vas de la mansión —rogó Nori—. Me iré contigo, pero es mejor que esto.
Elena estaba muy nerviosa. Era culpa suya lo que estaba ocurriendo, y quería encontrar alguna forma de remediarlo. Apretó los puños y contuvo el aliento una vez que la leona fue lanzada de nuevo contra el suelo. Sin embargo, Leonore logró sujetarse en el último segundo, y usando la propia inercia de su movimiento, hizo que el giro continuara un poco más, y logró ponerse encima de María. Ambas forcejearon, y del encuentro amistoso saltó al odio.
Al verse humillada, maría cerró el puño y descargó un golpe contra la mejilla de Leonore.
—¡Alto! —gritó Reika, cuya casi sobrehumana velocidad detuvo a Leonore antes de que esta respondiera con la misma violencia—. Les recuerdo que las reglas no permiten ninguna clase de acción como esta. Si quieren pelear, cambien de disciplina.
—Por mí está bien —soltó Leonore—. He sido entrenada en otras áreas.
—¿En cuáles? —preguntó Su.
—Taekwondo.
Si esperaba impresionar a María, no lo logró. Por el contrario, la latina sonrió de oreja a oreja.
—Qué casualidad —dijo en portugués.
Reika miró a su señora, y esta asintió.
—Está bien. Nos tomaremos una hora de descanso. Suspenderemos este encuentro y pelearemos de acuerdo a las normas del taekwondo.

El orgasmo invadió a Matilda y arqueó la espalda hacia atrás. Casi pierde el equilibrio, pues estaba sentada en el borde de la piscina, con los muslos abiertos para su novia. Charlotte, desnuda en el agua, siguió estimulando con su lengua el clítoris empapado de saliva y jugos de su novia.
—¿Rico? —preguntó.
—Es… el maldito paraíso, Charlotte.
Estela lanzó una mirada traviesa. No muy lejos, recogía las hojas del jardín. Se le había permitido presenciar el desplante de amor de ambas chicas, y agradecía inmensamente por eso. Tenía tantas ganas de participar, pero no podía hacerlo porque las reglas se lo impedían.
—Otra vez —pidió Matilda, abriéndose ella misma los hermosos labios inferiores con los dedos. Charlotte no perdió un solo segundo, y reinició la tarea de lamer todo el interior de su amada y futura esposa. Una idea que le seguía seduciendo más y más.
Una rápida convulsión orgásmica agitó el aceitado cuerpo de Matilda. Sus pezones brillaban a causa del reflejo del sol, y su pelo estaba mojado y caliente. Hacía un espectacular clima para degustar su cuerpo con alguien más. Miró hacia la derecha, y vio que Estela las miraba de reojo. Ser amada frente a la vista de una tercera persona era divertida.
—Charlotte.
—¿Sí, mi amor?
—No. Nada. Sólo que Estela no deja de mirarnos.
—¿Te molesta? Puedo decirle que nos dé privacidad.
—Me gusta que me mire.
Riendo coquetamente, Charlotte volvió a su tarea. Adoraba el diminuto clítoris, y le dedicó grandes atenciones a los dulces jugos que brotaban de la hendidura de su chica.
Matilda tuvo otro orgasmo, y decidió descansar, tirándose de espaldas y recuperando el aliento.
—Dios… qué rico es el sexo entre chicas… lo amo.
—Te lo dije —rió Charlotte, nadando de un lado a otro de la piscina.
—Es tan… excitante. Tan emocionante.
—Y es mejor cuando participan más mujeres.
—¿En serio? ¿Has estado con más de una, Charlotte?
—Sí. Una vez hice un trío —se sentó en el borde de la piscina—. Me volví loca. Dos lenguas, Matilda. Dos lenguas explorando la misma zona ¿tienes idea de lo rico que es? Es subir al paraíso.
—Me lo puedo imaginar…
—Oh, no puedes. Es otro mundo. Un beso triple… un trenecito.
—¿Trenecito?
—Cada una de las chicas abre las piernas. Sus compañeras le practican sexo oral. Se vale lamer de todo. Es una experiencia agradable.
—Quiero intentarlo —dijo Matilda. Estaba poseída. La felicidad de saber que se casaría con Henry sin compromiso, se volvería millonaria, haría algo por el planeta usando energías renovables, que tenía amigas que la querían, un amor que la adoraba como la vida propia, y una vagina capaz de brindarle placeres inimaginables, hizo que viera la vida de una forma tan diferente, que un trío era sólo el principio de algo mucho más intenso y emocionante.
—¿Estela? —preguntó Charlotte.
—¿Por qué no?
—Bueno, vamos a preguntarle.
Se levantaron, y caminaron hacia la criada.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Sep 23, 2017 2:25 pm
La propuesta sonaba tentadora, pero Estela sabía que de aceptar, se metería en problemas con su señora. Maldijo el día en el que aceptó trabajar en un lugar lleno de chicas deseosas por expandir sus horizontes y probar toda clase de delicias.
—No, lo siento. No se me permite hacerlo.
Charlotte suspiró con cierto alivio. No es que fuera celosa, pero todavía no estaba lista para que Matilda participara en algún trío. Admitió que le dolería un poco ver otras manos acariciando a su chica.
—Bien, al menos lo intentamos —dijo y se fue rápidamente para decirle a Matilda que sus planes estaban frustrados por la lealtad de Estela hacia Sarah.
—Mmm. Ni modo. Supongo que tendré que esperar —se lamentó la rubia, sentándose de nuevo al borde de la piscina y con los pies dentro del agua. Charlotte la abrazó cariñosamente.
—No hay por qué sentirse mal. Todavía no estás preparada para una experiencia así.
—¿Qué acaso hay que subir de nivel?
—Más o menos —la consoló con un beso, y se tiraron al agua para nadar juntas.
Estela miraba todo desde detrás de una ventana del tercer piso, y triste por haber renunciado a probar el cálido cuerpo de Matilda, no le quedó más remedio que irse a acostar y esperar a que su señora volviera a la casa.

El combate iba de mal en peor. Noriko lloraba mientras veía cómo las feroces patadas de María derribaban a su novia. Aunque las dos llevaban el equipo de protección, la fuerza de cada impacto era suficiente como para derribarlas.
Las chicas de lady Su no perdían un solo detalle de lo que sucedía en su dojo. Tampoco Sarah, que se tapaba los ojos a cada rato. La batalla ya se había alargado demasiado, y Leonore no estaba saliendo bien librada de la misma. Lo podía ver poco a poco: perdía las fuerzas rápidamente, y su respiración era cada vez más veloz y desigual. Quiso correr y detener el combate, aunque eso significara expulsarla de la mansión. Si lo hacía, Noriko también se marcharía.
—¡Ya, alto! —gritó Nori.
—¡No te acerques! —le gritó Leonore, tosiendo para recuperar el aliento—. Todo está bien.
—¡No, no lo está!
—¿Crees que voy a perder?
—Vas a perder —declaró María, riendo a pesar de que le faltaba el aire—. Y te van a expulsar. ¿Sabes? Siento pena por ti. Tienes una amiga tan cobarde, que no puede ni pelear sus propias batallas.
Aunque tristemente eso era cierto, Leonore no pensaba huir. Había sido su decisión la de retar a María. Nadie la había obligado a hacerlo, y jugaba su honor en ello. Miró a sus amigas, y trató de sonreírles para indicarles que todo estaba bien, y que no había razones para preocuparse por ella.
—¿Lista? —preguntó María cuando el réferi les indicó continuar. Leonore asintió, y sus patadas junto con sus gritos resonaron por todo el dojo.
Carolina miró a Sarah con un brillo letal en los ojos. No la consideraba su amiga, por supuesto, y tenía ganas de verla llorar y sufrir por el terrible castigo que una de sus chicas estaba recibiendo.
—Es triste ¿verdad, Sarah? Puedes pararlo. Sólo detén el combate y María la dejará en paz.
—Eso te gustaría, maldita cabrona.
—Oh, vamos. Estoy siendo considerada contigo. Sólo mira. Leonore está perdida, y será expulsada.
—Leonore no perderá —fue todo lo que dijo Sarah, pero ¿hasta qué punto eso era verdad? No estaba del todo segura.
Pilar encontró a Elena recostada detrás de unos setos.
—Las dejo solas —dijo Zafira, y volvió rápidamente al dojo para apoyar a Leonore.
La colombiana se alisó el pelo con la mano, y comprobó que su blusa estuviera bien puesta. Acomodó sus hermosos pechos debajo de su sostén, y fue en dirección a su conquista. Esta vez no iba a ser la chica sumisa, sino que haría algo para al fin captar la atención de Elena.
—Hola ¿me puedo sentar?
—¿Soy una mala persona? —preguntó Elena, sin dejar de mirar al cielo surcado de nubes aceradas—. Le están dando una paliza a Leonore por mi culpa.
La morena vio el surco de las lágrimas secas cayéndole por los costados del rostro. Se acostó a su lado y le puso una mano en el vientre.
—Elena… no llores.
—¿Por qué te gusto tanto, Pilar? Soy un desastre. Créeme, que si me conocieras, no pensarías bien de mí.
—Me encantó el sexo.
—¿Sólo eso? Por favor…
—Me gustas. Físicamente te encuentro muy excitante, y... no lo sé. Siento algo muy lindo cuando te tengo cerca. Creo que fue amor a primera vista.
—No seas ridícula. Eso no existe.
—Vamos, no hables así. ¿A caso no te gusto?
Elena la miró de reojo. Pilar le fascinaba. Eran más hermosa que Zafira, y de eso no cabía la menor duda. Sin embargo, no podía darse el lujo de aceptar sus sentimientos. Con Zafira era diferente, porque ella entendía que su relación era algo amistoso y sexual. No algo amistoso y romántico.
—Sólo quiero enmendar los errores que tuve con María.
—Bueno… creo que también es culpa mía. María siente algo por mí, y nunca le he hecho caso. Supongo que si lo hiciera, podría parar la masacre que está pasando en ese dojo.
Elena no respondió. Pilar, triste, se puso de pie.
—¿A dónde vas?
—A declararme a María y detener esta locura, por supuesto.

Aquella última patada la había dejado peor de lo que se imaginaba. Leonore no pudo mantenerse mucho tiempo en pie, y aunque intentó atacar, su golpe fue correctamente esquivado. Una ráfaga de veloces ataques la hizo retroceder hasta que ya no pudo sostenerse y cayó pesadamente sobre la espalda. Todo le temblaba y a su alrededor no había más que un fuerte dolor quemándole los músculos. Su corazón daba martillazos enloquecidos, y aunque ordenó a sus músculos ponerse de pie, le fue imposible realizar semejante hazaña.
—No… no puedo más.
—¡Ponte de pie! —gritó Zafira, cuya voz se oía distante.
Con todas las fuerzas del mundo, Leonore logró incorporarse y ponerse en guardia. Le temblaban las rodillas, y su mente gritaba ya no más. Ya no más. Tenía que rendirse antes de salir lastimada de verdad.
—¿Puedes continuar? —le preguntó Reika.
—Sí. Un poco más.
—Ya, ríndete —replicó una exhausta María—. Por favor, ríndete.
—Puedo seguir… no me daré por vencida ¿me escuchas?
—Pues tú lo has pedido.
Justo el combate iba a dar inicio, cuando la voz de Pilar resonó por todo el dojo.
—¡Alto, María!
La mujer se detuvo un segundo antes de descargar el resto de sus fuerza contra Leonore. Miró hacia la chica que tanto le gustaba.
—¿Qué quieres?
—María… no lo hagas.
—Ella me insultó. Me desafió.
Todas las mujeres del lugar se quedaron en silencio. Incluso Su, que había permanecido imperturbable, alzó una ceja en señal de desconcierto.
—Por favor… no lo hagas. Te lo suplico.
—¿Suplicándome? ¿Qué haces aquí, Pilar? Vete. Déjame sola.
—No. No lo haré. Tienes que abandonar la pelea. Mira cómo estás —se metió entre Leonore y María —. Estás toda sudada, y apestosa. Mira cómo tienes la cara llena de moretones. María, por favor. Vamos a la mansión.
—¿Quieres… ir conmigo?
—¡Sí, tonta! —se giró hacia Carolina—. ¿Podemos detenernos?
—No —sentenció la mujer—. Sigue peleando, María.
De repente las cosas se habían tornado demasiado extrañas para la brasileña. Miró a su señora, y vio en ella los ojos de la venganza. Unos ojos que ardían con fuego guerrero. Y no le gustó.
—Pero… no quiero seguir peleando —dijo María.
—Entonces te expulsaré.
—Tampoco… tampoco quiero eso. ¡Quiero quedarme en su mansión!
—No te doy más alternativas, María.
—¡Deja de molestar! —gritó Sarah a su rival—. Tu muchacha se ha rendido, así que no la presiones. Lady Su ¿ha escuchado?
—No he oído que ninguna de las dos se rindiera —dijo Su, bebiendo de su té con tranquilidad—. Para mí, la pelea sigue en pie.
—Pero… ¡es ridículo!
—María, por favor —chilló Pilar.
De pronto Marcela comenzó a aplaudir rítmicamente junto con todas las demás chicas.
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!
Las muchachas de Sarah miraron fieramente a las latinas, que incitaban a la violencia. La propia Carolina sonrió ante la malicia de sus hijas, e incluso María sintió que su pecho se llenaba de orgullo. No podía darse el lujo de perder. No ahora. Vencería a Leonore y reclamaría su premio como la más fuerte de la mansión.
—Tú no me quieres —masculló a Pilar—. Nunca lo harás. Jamás me amarás, así que te odio. Te odio por todo lo que has hecho, y en lo que me has convertido.
—Pero… no he hecho nada.
—Zorra hija de puta. ¡Vete a acostarte con otras!
Y en un arrebato de ira, la mano de María pegó a Pilar en la cara.
Lady Su dejó su té e hizo ademán de levantarse para intervenir de una buena vez con los pocos modales de sus invitadas.
No fue necesario.
—¡Oye! —gritó Leonore, y justo cuando María se giraba, una patada en la mandíbula por parte de la ardiente leona de la casa de Sarah la derribó por completo a los pies de Carolina.
Fue un K.O instantáneo.
—¡Eso fue trampa! —gritó Carolina, furiosa.
—¡Nadie se mueva! —soltó la señora de la Casa Asiática.
—¡Pero…!
—No hay vuelta atrás. María se comportó de una forma grosera y no toleraré semejante comportamiento en mi casa. Leonore ha llevado una mayor puntuación, aunque ha recibido más daño que la otra ¿cierto, Reika?
—Así es, mi señora.
—Entonces no hay nada qué decir. María se negó a rendirse. Estaba dentro de la arena del duelo.
—Pero fue un golpe a traición —protestó Marcela.
—No fue así. Leonore avisó y María tuvo tiempo de girarse. Sino contestó, fue sólo porque sus reflejos fallaron. La pelea se termina. La casa de Sarah gana.
Sin poder creerlo aún, las amigas de Leonore se lanzaron a la arena de combate, y abrazaron enérgicamente a la cansada leona, que cayó en los brazos de sus amigas y se tomó el tiempo de sonreírles y levantarles el pulgar.
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Mensaje por Delfi22 el Sáb Sep 30, 2017 4:19 pm
*Por un momento pensé que nos habías olvidado*

Pero cinco capítulos de un tirón...genial! Neutral

Así que Matilda y Charlotte se salieron con la suya..-que novio tan perve-
pobre Estela se quedo con las ganas...

Pobre Leonore si que le dieron su paliza...pero gano a pesar de todo..por un momento pensé que llegarían agarradas de la mano Elena y Pilar y con esto Leonore lo aprovecharía a su favor..pero una simple distracción y una patada acabaron con María para el coraje de Carolina..jajajaja.. y alegría de Sarah.Bueno nos vemos en el próximo capítulo.
Que estés bien..
Delfi22
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Mensaje por Yurita el Lun Oct 02, 2017 1:37 am
jajaj como olvidarlo? xD lo siento, es que ando medio ocupada, pero me pongo al día. Gracias delfi! aprecio mucho tus comentarios! aquí va una nueva actualizacion
Yurita
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Mensaje por Yurita el Lun Oct 02, 2017 1:37 am
Capítulo 31

—Déjame ver si lo he comprendido —dijo Carolina a Pilar—. No quieres que expulse a María, así que tú tomarás su lugar y renunciarás voluntariamente a mi mansión.
—Sí.
—Pero ¿Por qué? No tienes nada que ver con esto.
En realidad, sí que lo tenía. Lo que la colombiana estaba haciendo podría considerarse como un acto de cobardía. Escapar de María, de la chica que estaba tan desquiciadamente enamorada de ella, rayaba en el pánico. Lo cierto era que Pilar pensaba mucho en su seguridad, y sabía que después de ese arranque de furia, su salud mental correría peligro estando cerca de la brasileña.
Ya la había golpeado una vez. Podría volver a suceder.
—Pues… eso deberías de hablarlo con María en cuanto se despierte del tremendo golpe que Leonore le dio.
Mirando a sus amigas, Pilar trató de encontrar alguna clase de aprobación en sus ojos. Algo que le dijera que estaba haciendo lo correcto. Marcela y Lucía fueron las únicas en asentir. Ambas eran buenas amigas de María, y por lo tanto, conocían lo vengativa que esta podría ser. Su rencor era algo de temer.
—Creo que es buena idea —dijo Marcela.
—Entonces… así se hará —espetó Carolina, de muy mal humor. Al menos conservaba a María, que era más útil que Pilar, y sabía hacer más cosas para entretenerla—. Estás expulsada.
Aunque había sido su decisión, los ojos de Pilar se volvieron acuosos. Se acercó para despedirse de sus amigas con sendos abrazos y besos en las mejillas. Prometió que las volvería a ver cuándo todo se terminara. Después de todo, la mansión de Carolina había forjado en ellas una sólida amistad que no se rompería con rapidez.
—¿Te despedirás de María? —quiso saber Carolina.
—No. No tengo deseos de verla. Supongo que será mejor así para ambas.
—Bueno, es tu decisión.

Elena entró a la enfermería donde una hermosa asiática estaba atendiendo a Leonore. La chica, coreana en apariencia, le despertó un sentimiento lujurioso debido a su blanca piel y a su rostro tan puro como una perla. No obstante, la muchacha trató de reprimir sus instintos, y se aproximó lentamente a la cama donde estaba la leona.
—Hola —saludó con timidez.
—Gané —fue lo único que dijo Leonore—. Una victoria más.
—Te debo la vida, y de forma literal. Esa muchacha loca habría sido capaz de matarme.
—Nah, descuida —la cabeza de Leonore seguía matándole, pero al menos ya no se sentía como si le hubieran arrollado el cráneo—. Me gustó enfrentarme a esa chica. Tiene unas energías asombrosas. Creo que rompí mis propios límites.
—¿Por qué lo hiciste? Ni siquiera somos buenas amigas.
Leonore se encogió de hombros.
—Creo que quería quedar bien frente a todas las demás, e impresionarlas. No suelo ser muy social.
Elena le sonrió y le acarició la frente.
—Eres increíble, chica.
—Bueno, pero en el futuro te agradecería que reprimieras tus instintos. Pueden meterte en problemas, y no estaré cerca para pelear tus batallas.
—Lo tendré en cuenta. Entonces, recupérate de la paliza que te dieron y volvamos a la casa juntas ¿amigas?
—Claro que sí —sonrió Leonore, estrechándole la mano que le ofrecía.

Pilar no tenía muchas pertenencias en la mansión de Carolina. Había pedido que enviaran todo a su casa, pues no tenía pensado volver para empacar. Eso sólo la retrasaría, y ya quería volver a sus tierras para reunirse con su familia. No le importaba irse sin un solo billete, pues sabía que las cosas mejorarían de cualquier forma.
Estaba esperando el autobús, a unas cuadras de la casa de lady Su. Después de un viaje de varias horas, tomaría un avión y volaría hasta Colombia donde sería bien recibida por su mamá y su padre, que aunque ciego, seguía manteniendo una radiante sonrisa en su rostro curtido por el sol.
—Oye, linda —le dijo la voz de Zafira, aproximándose cautelosamente por su espalda. Pilar se giró aparentando una alegre sonrisa, aunque por dentro estaba un poco devastada.
—¿Sí? ¿En qué te ayudo?
—Este… verás. Sarah quiere charlar contigo.
—Pero se me hace tarde. Tengo un autobús que tomar si es que quiero llegar al aeropuerto.
—Tú sólo ven. Ella me mandó a buscarte.
—Dile que me gustaría, pero en realidad no…
—Oh, vamos. Sígueme.
Poniendo los ojos en blanco, Pilar se puso a caminar al lado de la mujer.
—Te ves muy linda con ese vestido —reconoció Zafira al ver las bonitas rodillas de Pilar asomándose de su ropa—. Combina con tu piel.
—¿Eso fue un piropo?
—Puede ser, y el sombrero también te hace lucir muy tierna.
—¿A caso me estás coqueteando, Zafira?
La cara de la chica se calentó como una tetera.
—No. Claro que no. Sólo decía la verdad. Y se supone que aquí debes decir gracias, y devolverme el cumplido.
Pilar soltó una risita encantadora, y le echó un vistazo de reojo.
—Bien… me gusta tu cabello. Es más ondulado que el mío.
—¿Ves? No fue tan fácil.

La limusina de Sarah estaba aparcada bajo la sombra de un árbol de flamboyán. La puerta estaba abierta, y las finas piernas de la mujer sobresalían del asiento. Se había vestido de gala, con un traje ejecutivo conformado por una sencilla minifalda gris y un saco del mismo color.
—¿Dijo que quería hablarme? —Preguntó Pilar, dejando su pequeña mochila junto a sus tobillos—. Tengo que tomar un autobús.
—Diré esto de la forma más directa —se quitó los lentes de sol y sonrió afiladamente—. ¿Te gustaría entrar a mi mansión?
—¿Qué?
—¿Qué? —preguntó incluso Zafira.
—Bueno, creo que sería divertido tenerte cerca de Zafira para que la saques de sus casillas de vez en cuando. Además, tengo entendido que sientes algo por Elena ¿no es así?
—Ahm… pues —se rascó la nuca, y miró a la otra chica—. No lo sé.
—Si entras, aunque no ganes, te llevarás un buen dinero ¿Qué me dices a eso?
—¿Seguro?
—Claro. Sólo tienes que firmar unas cosas y estás adentro. Ya no le perteneces a Carolina, así que eres libre de elegir.
Una decisión difícil, pensó Zafira al ver la cara indecisa de la muchacha. Estaba considerando sus opciones, y honestamente esperaba que aceptara y se uniera. Sería agradable tener a alguien más con quien charlar. Además, estaba cansada de Leonore, Noriko, Lucy y Nicole, que se la pasaban besándose a cada rato.
Cuando Pilar le interrogó con la mirada, Zafira asintió rápidamente.
—Serás bienvenida.
—Pues… creo que está bien —se dirigió a Sarah—. Gracias por la oportunidad, mi señora.
—A ti, querida. Suban.

Para volver a la mansión lo más pronto posible, Sarah había hecho que su jet privado viniera a recogerlas. Unas cuantas horas más tarde, las chicas y su nueva compañera ya estaban acercándose a la mansión.
Desde luego que Charlotte y Matilda ya habían sido avisadas de esto, y durante todo ese lapso, se la pasaron cocinando y preparando bocadillos para recibir a sus amigas. Ambas se sentían desbordantes de energía. Los problemas no eran más que sombras lejanas, desdibujándose cada vez más y más en el horizonte. Aún faltaban muchos meses para la boda de Matilda y Henry, así que tenían tiempo de sobra para sentirse a gusto con su relación y todo lo que esto implicaba.
Oyeron la puerta abrirse, y las dos se fueron rápidamente a sentar en la larga mesa del comedor.
La primera en entrar y verlas fue Lucy, que había sido atraída por el delicioso aroma de la comida. Al ver a sus dos amigas allí, dio un grito de alegría y corrió a abrazarlas al mismo tiempo, dejando húmedos besos en la cara de ambas.
—¡Chicas! ¡Creí que nunca volvería a verlas!
—¿Qué es todo este escándalo? —Preguntó Leonore, entrando con ayuda de Noriko—. ¡Ah! Pero miren a quiénes tenemos aquí. Son el dúo dinámico.
Sarah sonrió al ver a sus hijas reunidas otra vez. Desde el marco de la puerta, recorrió a cada una con la mirada, y no tuvo vergüenza en aceptar que se sentía atraída por ellas y sus cuerpos juveniles. Ellas desbordaban alegría por doquier, y eran tan lindas que se las imaginó desnudas, acariciándose mutuamente en una orgía de sudor y sexo.
Sólo una persona faltaba allí, y esa era Zafira. Sarah recordó verla subir por las escaleras luego de quedarse en shock por el regreso de Charlotte.

Y sí que estaba en shock. Zafira se había ido a tirar sobre su cama para meditar en silencio y tratar de dormir. Lo que ocurriera primero. Tener a Charlotte de cerca iba a ser un suplicio. Casi se podía decir que estaba enojada con su regreso. ¿Qué motivos tendría para volver? Ya tenía a Matilda para que le diera amor, así que no veía razonamiento alguno en sus decisiones. Era como si quisiera presumir su victoria.
—Oh, sí. Todos aplauden a Charlotte, que fue capaz de conquistar el corazón de Matilda. ¡Bah! ¿Quién las necesita?
Llamaron a su puerta. Estaba abierta, para mala suerte de ella que no quería ser molestada.
—¿Estás bien? —le preguntó Pilar, trayendo un cono de helado de coco para Zafira—. Sarah me mandó a buscarte.
—Estoy perfectamente —mintió Zafira, escondiendo la cara en una almohada.
Pilar torció los labios, y se sentó con un brinco junto a ella.
—Te he traído helado. Mira. Es de coco. ¿Lo quieres?
—No me apetece. Vete.
—¿Por qué estás tan triste? —preguntó con inocencia. Zafira la miró. Era tan linda cuando se veía preocupada.
Suspirando, aceptó el helado que le ofrecía, y se sentó sobre la cama.
—Sólo… que guardo unos sentimientos por Charlotte.
—A mí me parece muy agradable. Igual su novia. Hacen una linda pareja.
—¿Crees que tengo ganas de escuchar sobre eso? Por cierto ¿no deberías estar revoloteando junto a Elena?
—Elena no me quiere ver. Lo dejó muy claro la vez pasada, y lo volvió a dejar claro en el avión.
—¿Cuánto la metiste al baño?
—Le enseñé mis pechos —dijo indignada—, y pensé que provocaría alguna clase de emoción en ella. Sólo puso los ojos en blanco y se fue.
—Qué tonta. Esos senos son realmente preciosos.
Pilar se avergonzó.
—Gracias. Creo que la paliza que le dieron a Leonore por causa suya, le afectó mucho. Aunque no lo sé. Seguramente la conoces mejor que yo.
—Pues Elena no es muy adepta a mostrar sus sentimientos. Puede que tengas razón.
Deslizó su rosada lengua por el helado.
—Qué habilidad —bromeó Pilar con una mirada atractiva, y Zafira le dio un pellizco en el cachete a modo de protesta—. ¿Por qué no bajas? Esas dos cocinaron delicias para todas.
—Prefiero quedarme aquí a deprimirme en mi soledad.
—No estás sola. Al menos me tienes a mí. ¿Quién no quisiera una como yo?
—Estás loca, niña, pero al menos tienes un inocente sentido del humor.
Comieron su helado en silencio y mirando los motivos florales de la sobrecama. No se dijeron nada durante un buen rato, hasta que Zafira se terminó el postre y se comió la barquilla. El frío le congeló el cerebro.
—¡Ay! ¡Se siente horrible! ¡Voy a morir! —gritó, tapándose con la almohada. Pilar sólo la miraba con curiosidad.
—Exagerada.
—¿Nunca te ha pasado? El cerebro frío.
—Muchas veces, pero no me pongo a llorar como tú.
—Eso es cruel.
—Cruel es que no hayas bajado a saludar a tus amigas. Ven conmigo, Zafira.
La morena resopló.
—No. Lo haré más tarde. Ahora sólo quiero recostarme y dormir la siesta.
—Bien… como quieras, bebé —dijo la última palabra con un claro tono de burla, y Zafira le arrojó una almohada a la cara. Pilar contraatacó con lo mismo, y antes de que se dieran cuenta, ambas bellezas ya estaban tirándose cojines y tratando de matarse la una a la otra. Las risas llenaban la alcoba mientras forcejeaban y se tomaban de las manos intentando someter a la otra. El cabello negro de la colombiana se salió de su coleta, y se desparramó como un camino de oscuridad sobre la blanca almohada.
Zafira la embistió con una sonora carcajada, y antes de que se diera cuenta, estaba encima de ella, con las rodillas a los costados de su cuerpo y sus manos sosteniéndola de las muñecas.
—Oh, me atrapaste —sonrió Pilar.
—Para que te estés quieta y dejes de joder.
—Ah, pero miren a la bebé, que se cree niña grande.
—Soy una niña grande.
—Sí, claro.
Se rieron como dos pequeñas amigas.
Y luego se besaron.
Yurita
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Mensaje por Delfi22 el Sáb Oct 07, 2017 12:27 pm
Wow! pobre Pilar si que prefiere huir antes de enfrentarse al demonio de María...jajaja..Y Sara que no desaprovecha la oportunidad de llevarse a Pilar a su casa.Y ahora a la pobre de Zafira la toca las de cain al ver que estas dos han regresado..que lio con este trio...Pero como siempre Zafira a la carga y nada menos que con Pilar..
Bueno solo queda esperar el siguiente capítulo para ver si hay con Zafira y Pilar..jajaja..Nos vemos y que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Sáb Oct 21, 2017 8:56 pm
jaja si habrá. De hecho tengo pensado algo realmente bueno para tod el grupo, pero todavía nos queda esperar. Saludos y disfruta los siguientes capítulos

Aquello que comenzó como un simple juego, acabó convirtiéndose en algo más, y Zafira no estaba segura de qué era en realidad. Lo único de lo que la morena tenía consciencia era de que los labios de Pilar estaban aderezados con alguna clase de brillo con sabor a frutas, y que aunque su boca era pequeña, la lengua traviesa se movía por encima de la suya con una agilidad endiablada.
De una forma instintiva, cerró ambos brazos alrededor del esbelto cuerpo de la colombiana. Delineó el movimiento de sus caderas, sintiendo que la piel cálida de la chica se estremecía de una forma tangible y deliciosa. La presión de sus pechos encima de los de ella le hizo imaginarse mil cosas suculentas, como si pudiera, ahora mismo, desnudarla y recorrer con besos cada rincón de su anatomía.
Se sorprendió de que Pilar no la rechazara. Al contrario, la muchacha parecía dispuesta a llegar a más. Le estaba acariciando las mejillas sin despegarse de su boca, y a Zafira le gustaba que ella se comportara así. Para tener un rostro inocente, casi infantil, Pilar había resultado ser tan devoradora como ella. Notó el suave y efímero roce de una mano que se dirigía por su vientre en dirección a lo que había entre sus piernas. Zafira se acomodó, separando las rodillas para darle espacio. Anhelaba ya sentir esa mano tocándola más abajo y más profundo.
Finalmente obtuvo lo que buscaba. Una presión cuando los dedos de la chica entraron en ella. Le arrancó un grito leve, seguido de una sonrisa a la vez que le besaban el cuello y marcaban un camino de saliva con su lengua. Abrió los ojos para ver la pequeña cabeza de Pilar, coronada por una cabellera tan negra como el ala de un cuervo. Deliciosamente, la chica bajaba cada vez más, mordiéndole los senos por encima de la blusa. Un gemido se escapó de sus labios, el cual no trató de reprimir en lo absoluto.
—Oye… más despacio, querida —dijo Zafira como en un sueño y sin dejar de sonreír.
—¿En serio quieres que me detenga?
—No… no lo hagas.
Un rápido movimiento desprendió la camisa de Zafira y sus senos se bambolearon bajo el firme agarre de las manos de Pilar. Ésta última, excitada ante la hermosa visión de un par de frondosas y suaves gemas, las juntó de tal forma que su boca quedó atrapada en el reducido espacio entre ambas. El aroma a mujer que se desprendía era como un suave elixir que le entró por las fosas nasales y le obligó a sonreír Pilar se dio cuenta de que en realidad, eran más grandes que los de Elena, y se apresuró a cubrirlos con sus labios.
—Oh, ya no aguanto —gimió Zafira, inclinándose hacia el frente. Ayudó a Pilar a quitarse la blusa con todo y el sujetador. No tardaron en desnudarse por completo. Anhelaban sentirlo todo de cada una de ellas. El abrazo de un sentimiento efímero que nacía de la frustración de sus corazones.
Pilar sabía que Elena jamás le haría caso.
Zafira había perdido toda oportunidad con Charlotte.
Ya no importaba lo que las demás pensaran de ellas. Se entregaron mutuamente en un baile de besos y lamidas bajo las blancas sábanas de la cama.

Charlotte escuchaba atentamente todas las noticias de los últimos días. Le fue difícil no pensar en cómo sería estrangular a esa salvaje de María y hacerle pagar por haberle dado una paliza a Leonore. Encontraba fascinante, también, que una nueva chica estuviera con ellas, y no obvio el hecho de que se parecía demasiado a Zafira.
Nicole le contó que ambas eran latinas, y que se comprendían muy bien. Se habían hecho amigas durante el trayecto. Todas pensaban que algo se estaba cociendo entre ellas.
—¿Zafira enamorándose? —rió Matilda, que estaba sentadita sobre las piernas de su nueva novia—. Qué tonto. Eso nunca pasaría.
—Eso dicen, pero ya ves cómo es el amor —fue la calculada respuesta de Lucy, que también estaba sobre las rodillas de Nicole.
Elena les echó un vistazo a todas, y suspiró con fastidio. Ahora sus amigas tenían pareja y ya nadie estaría dispuesta a un poco de diversión.
—Iré a tomar un poco de aire —le dijo al grupo.
Salió al jardín y se sentó al borde de la piscina. Metió sus piernas en el agua y empezó a hacer olas distraídamente mientras se preguntaba qué demonios estaba ocurriendo en su interior. Se sentía de mil formas distintas, y no se parecía a cuando estaba en su periodo y las hormonas la atacaban con pensamientos dramáticos. No. Era diferente ahora, y ella se dio cuenta de eso con relativa facilidad.
Antes, al ver a sus amigas reunidas, lo primero en lo que Elena pensaba es en qué clase de técnicas podría usar para hacerlas llegar al orgasmo. Con Charlotte, por ejemplo, un buen masaje en los enormes pechos sería suficiente. A Leonore quizá habría que lamerle de más. Cuatro dedos dentro de ella sin duda le harían gritar de placer. A Lucy… Lucy era fácil. Unos pocos besos en el clítoris, y la pequeña ya estaría nadando en un mar de hormonas.
Sin embargo, al verlas unidas y felices, lo único en lo que podía pensar era en lo dulce que sería quebrarles ese sosiego. Se culpó por eso, por supuesto, pero eso no impidió que dejarla de sentirlo.
—Celos —susurró—. ¿A caso estoy celosa de que ellas puedan amar y yo no posea esa habilidad?
Había rechazado a Zafira por ser demasiado cercana a ella. Era como si hermanita menor, y ese falso incesto excitaba a Elena en demasía.
Luego estaba Lucy. Francamente, si Nicole no hubiera llegado a la casa, Elena habría aplicado una serie de deliciosas artimañas para seducir a la pequeña pecosa y llevársela a la cama. Con la fricción de sus sensuales cuerpos, Elena haría a la chica olvidar a la puta que la había violado.
Y más recientemente, Pilar.
—Me pregunto si no habré sido muy dura con ella… —el corazón se le encogió como una ciruela podrida, y se le aposentó un dolorcito culpable en el vientre—. Creo que sí me pasé un poco.
Podría disculparse. Sólo necesitaría decirle unas cuantas palabras que salieran de su corazón. La chica las entendería. Sería una inmadurez si no fuera así.
—Bueno, supongo que no me queda más opción. A lo mejor sólo tengo que limpiar mi karma.
Volvió a la mansión, donde todas las chicas, e incluida Sarah, estaban charlando animadamente sobre las otras casas. Especialmente de la de Carolina y de su hogar latino. Elena apenas escuchó algo y las dejó estar. Tenía que buscar a Pilar cuanto antes y redimirse por la forma en la que se había comportado.

Zafira recibió gustosa a Pilar cuando se acomodaron en un sesenta y nueve. La primera lamida resbaló sobre los delicados pliegues de su amante. Mordió los labios dulcemente y tiró de ellos un poco. Con sus pequeñas uñas pintadas de negro, separó la vagina de Pilar y deslizó su lengua por toda aquella zona. El calor en su vientre aumentaba y le dolían los pecho, producto de la excitación que desbordaba de la cama.
—Oh… eres una excelente, excelente, excelente amante —dijo Zafira al notar el extremadamente lento movimiento de la lengua de la colombiana. Honestamente, no podía creer porque Elena había rechazado a tremendo pedazo de mujer.
—Gracias —fue todo lo que dijo Pilar, degustando los jugos que brotaban de aquel reducido espacio. Cubrió con su boca toda la hendidura al mismo tiempo que lavaba con su lengua aquella íntima zona que estaba hirviendo.
De repente llamaron a la puerta.
—¿Zafira? Soy Elena ¿has visto a Pilar?
Ambas se detuvieron en seco. Pilar, alarmada, abrió los ojos de par en par.
—Escóndete en el armario.
—¿Qué?
—¡Hazlo!
Tomando una almohada, Pilar obedeció la ridícula orden.
Zafira se colocó una camisa de botones que le tapaba la mitad de las piernas. Despeinó su melena negra para dar credibilidad de que estaba dormida, y abrió con la mejor cara de flojera que pudo poner.
—¿Qué pasó?
—Que si has visto a Pilar.
Oh, no, pensó. Los ojos de Elena parecían estar a punto de llorar.
—No sé. No ha venido por acá.
—Dios… ¿puedo entrar un rato?
—Sí. Adelante…
Ambas chicas se sentaron en la cama y no se hablaron durante unos momentos. Aunque eran casi hermanas, la tensión entre las dos alcanzó nuevos niveles de incomodidad.
—Creo que fui muy mala con Pilar —aceptó Elena, poniendo una mano sobre las hermosas piernas de su compañera—. Le dije que no quería volver a verla, y me temo que herí sus sentimientos. Ella se unió a la mansión por mí. ¿Soy una maldita?
—Más bien, no sabes lo que quieres.
—Pero yo… veo a todas las otras chicas y me siento tan sola y fuera de lugar. ¿Por qué me es difícil sentir amor?
—No ha llegado la indicada —fue todo lo que ella pudo responder, después de pensar cuidadosamente sus palabras—. Cuando ocurra, lo sabrás. Mientras tanto, nuestra única realidad es ser quienes somos: un par de chicas locas conquistando a chicas más locas que nosotras ¿verdad?
—Quisiera estar en una relación sería. Al menos una vez en la vida.
—Tiempo —dijo, como si eso fuera todo lo que Elena necesitara saber—. Tiempo.
—No eres excelente dando consejos.
—¿Te gusta Pilar?
—No. Bueno… creo que es la primera que se fija tanto en mí, y la traté como basura. Al menos debí pasar una noche más con ella.
—Esa chica sólo piensa en sexo —sonrió Zafira, ocultando que todavía podía sentir una lengua recorriéndole su intimidad.
—Es… salvaje, apasionada.
—Sólo estás sintiendo culpa por los daños que causaste a Leonore. Ella dio la cara por ti, y casi la pierde.
—Puede ser.
—Anda… —Zafira casi la sacó de su cuarto—. Ve a disculparte con Leonore. Eso mejorará tu karma.
—Gracias —sonrió y abrazó a su amiga—. Gracias, Zafira. Eres tan buena amiga.
Cuando salió del cuarto, Zafira se giró hacia el armario. Desnuda, Pilar emergió con las mejillas ruborizadas y la mirada puesta en el suelo. Se dejó caer pesadamente sobre el colchón, y sollozó.
—Oh, ¿Qué se supone que voy a hacer?
—Para empezar —dijo Zafira, acercándose y tocándole la cabeza—. Vestirte, salir de aquí e ir a buscar a Elena.
—¿No te molesta que nosotras…?
—Oye, hermosa. Yo ya estoy enamorada de alguien.
Asintiendo, Pilar se vistió y salió rápidamente a buscar a Elena.
Zafira, sola como de costumbre, se sentó en el suelo de su alcoba.

El dildo las penetró a ambas. Sarah y Estela se unieron en un abrazo, mientras el largo juguete de dos cabezas hacía estragos dentro de ellas. Un calor desprendido de los cuerpos sudorosos de ambas mujeres irradiaba por todo el cuarto. Las luces estaban bajas de intensidad, pero era suficiente para que ambas se miraran.
—Ay, señora… ¿cómo es que… se le ocurrió?
—Así es… —Sarah movió las caderas, profundizando la penetración del dildo. La separación de sus carnes la volvía loca. No perdió nada de tiempo en sutilizas, sino que se lanzó a por los pechos de su criada. Mordió las puntitas rosadas con gran gusto mientras que sus dedos arañaban la espalda de la muchacha.
—Me encanta, señora… —se mordió el pulgar al ser invadida por el placer.
—Siempre te ha gustado.
Así era. Estela llevaba sirviendo a su señora desde que era una adolescente descuidada y patosa. Había jurado seguir al lado de Sarah durante toda su vida, y estaba cumpliendo con esa misión desde entonces. Le procuraba no sólo atenciones serviciales, sino que era algo así… como su esclava sexual.
De repente llamaron al Skype.
—No contestes —dijo Sarah, mordiéndole el cuello y dejando marcas de sus dientes.
—Pero… ah… Sarah.
—Señora —corrigió.
—Señora, yo… ¡ay! Espere… es… es lady Su.
—Ah… demonios. Ve.
Con las piernas temblándole, Estela se desprendió del ardiente y grueso dildo, y caminó hacia la computadora. Aceptó la llamada y transmitió la pantalla hacia el proyector.
El cuerpo desnudo de lady Su surgió de repente. Estaba rodeada de un pequeño harem de chicas japonesas, coreanas y chinas. Todas estaban metidas en un estanque de aguas termales.
—¿Qué pasa, Su? Estaba teniendo… un poco de acción —le dio una fortísima nalgada a Estela. La criada gritó.
Lady Su bebió de su té. Tras ella, una chica muy linda le daba un masaje a la espalda.
—Es mi turno de jugar, Sarah.
—Ya veo. ¿Tienes pensado dónde?
—Una pequeña isla que tengo en el caribe, por supuesto. Allí será el reto final para las tres casas.
—No me digas que invitarás a Carolina.
—Tengo que hacerlo.
Aunque no le gustaba la idea, la aceptó.
—Bien. ¿Cuándo?
—Mañana. Prepara a tus chicas. Te enviaré los detalles por correo electrónico. Hasta entonces.
La llamada se apagó sin decir más.

Capítulo 33

La encontró en el jardín trasero, con las rodillas encogidas y debajo de la sombra del manzano. Pilar captó el rostro triste que agriaba lo que antes había sido una mirada llena de picardía y emoción. Ver así a Elena le dolía, y no podía comprender por qué su corazón palpitaba tanto con la simple fantasía de querer compartir tiempo con ella.
Pensó qué clase de palabras podría decirle para iniciar una conversación. No quería llegar sin más que un simple “hola”, aunque tampoco estaba dispuesta a dejar ver todas las ganas que tenía de estar con ella.
Respirando profundamente, se acercó cautelosa y le tocó el hombro.
Elena levantó la vista y la bajó rápidamente. Se frotó los ojos y carraspeó para deshacerse del nudo que le oprimía la garganta. Cuando Pilar se sentó junto a ella, la muchacha sintió deseos de alejarse para que no la vieran llorar. Expresar sus emociones nunca había sido fácil, pues ni ella misma se consideraba una persona sentimental. Toda su vida había presumido ser una titán de piedra, entregada sólo a su cuerpo, su vida y sus gustos. Difícilmente consideraba a alguien más su amigo.
—Zafira me dijo que querías hablarme —mencionó la colombiana.
—Sí, bueno. Sólo quería disculparme por haberte tratado de esa forma tan dura.
—Te perdono.
—¿En serio? Es bueno saberlo —tomó aire y sintió como la culpa abandonaba sus hombros—. Eso me alegra. No te mereces ser tratada así, y menos por un desastre como yo.
—Me gusta lo desastrosa que eres —sonriendo, Pilar se atrevió a besarla en la mejilla.
—Escucha… —la miró a los ojos, y el sentimiento de amor que debería estar allí, simplemente se había ido. Elena ya no la miraba con deseo. No tenía ganas de lanzarse sobre Pilar y arrebatarle la ropa. Aquello le dijo cuánto había cambiado—. Lo que pasó entre nosotras sólo fue cosa de placer.
—Lo sé —dijo Pilar, esforzándose por no marcharse de allí—. Sólo me es difícil olvidarte.
—Posiblemente… te confundiste en cuanto a tus emociones. Eres una chica encantadora —le acarició la mejilla con ternura—, y bastante sexi.
—Me vas a decir que sólo me quieres como amiga ¿verdad?
—No soy lo que quieres de una pareja, Pilar. Francamente sólo tengo mi cuerpo y ya. Me falta estar más en contacto con mis emociones. Si te correspondiera, créeme que no sería capaz de darte el amor que buscas.
—Eso lo dices para que no me sienta mal —se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Ya sabía que no debía de haber venido.
—Oye, todavía puedes convivir con las demás. Creo que les caes bien a las chicas.
—Me miran raro.
—No es verdad. Lo que pasa es que te quieren desnudar.
La colombiana sonrió tímidamente.
Elena pensó que sería bonito volver a besarla. Quizá eso la calmaría. Lo único que la frenó fue el saber que, si la besaba, le sería más difícil a Pilar abandonar los sentimientos que tenía hacia ella. Aun así, qué hermosos eran sus labios finos.
—¿Te gusta alguien más? —preguntó Pilar.
—¿Qué? No. En lo absoluto.
—¿Qué hay de Zafira?
—Somos amigas. Casi hermanas ¿sabes? No podemos ser pareja. La adoro, claro, pero no llegamos al amor.
—Es bonita —mencionó Pilar, tanteando el terreno—. No me extrañaría si de repente te gustara.
—Eso no sucederá, linda. Es más, ¿por qué no intentas algo con ella? Estoy segura de que a Zafira le gustará tenerte entre sus brazos.
—No sería lo mismo sin ti.
—Me conoces de nada, Pilar. Quiero que lo tengas presente. Nada más fue cosa de una sola noche. Cariño, mírame. Eres maravillosa de verdad. Sólo que yo no quiero una relación. Sólo quiero… —suspiró, cansada—. En realidad, ya no sé lo que quiero. Mi mente divaga entre un montón de ideas raras. De pronto siento que me he desestabilizado emocionalmente.
—A lo mejor son tus hormonas —dijo Zafira, apareciendo tras el tronco—. Cuando tuviste tu primer periodo, lloraste amargamente por haber sacado un cero en matemáticas. Tuvieron que llevarte a la enfermería.
—Prometiste no volver a contar eso.
Sonriendo, Zafira se acomodó al otro lado de Elena, y el trío de chicas se quedó en silencio por unos minutos.
—¿Qué han decidido? —les preguntó, visiblemente curiosa por cómo iba a terminar aquella extraña relación entre su mejor amiga y la chica que se había enamorado de ella—. ¿Van a hacerse novias o seguirán con el drama?
—Es un tema importante —replicó la colombiana—, pero ya me han mandado al diablo.
—No fue así —rió Elena, y en un arrebato de alegría, cruzó un brazo detrás de cada una y las atrajo hacia sí—. Ustedes dos siempre me sacan de mis casillas. Me ponen como loca, niñas. Hacen que mi vida sea un pequeño desastre.
—Habla por Zafira —objetó una ofendida Pilar—. Dices que apenas me conoces.
—Oh, cuando conozcas a Elena, te caerá bien —le aseguró la cantarina voz de Zafira—. Deberíamos tener un trío para limar asperezas.
Las tres soltaron suaves y graciosas risitas cómplices, y guardaron silencio por un rato, antes de que Pilar hablara.
—¿En serio podemos estar las tres en la misma cama?
—A mí no me metan en sus juegos lésbicos —fue la alegre respuesta de Elena, aunque la idea le hizo agua la boca… y otras partes de su cuerpo.
—Claro, por mí no hay problema. Siempre y cuando Pilar no se salga con “ay, te amo Elena”. Niña, hay que aprender a diferenciar amor de sexo.
—No se burlen de mis sentimientos —chilló la aludida, y arrancó otras alegres risas en las dos. Sonrojada y humillada, se separó de ellas y cruzó los brazos bajo sus lindos pechos, que se asomaban muy apretaditos debajo de su blusa. Vio que Elena y Zafira la miraban—. Oh, dejen de violarme, par de cochinas.
—¡Pff! Creo que mejor me largo —Elena se estaba burlando de las dos—. Parece que entre ustedes las cosas se van a poner interesantes.
—Yo creo que… —Zafira miró a ambas chicas—, si nos gustamos tanto… sería interesante probar una relación que nos involucre a las tres.
—¿Ser novia de la novia de la novia? —rió Elena—. Amiga, creo que has perdido la cabeza.
—No. Eso es raro… y perturbador. Hablo de… por qué no forjar nuestra amistad con… ustedes saben… unos cuantos besitos, unas cuantas caricias… unos pocos orgasmos…
Pilar se sonrojó como un tomate. La idea sonaba linda, claro.
—No lo sé —Elena masticó la idea un momento, imaginando los pros y los contras de hacer un trío con las dos—. ¿Pilar? ¿Crees ser lo suficientemente madura como para eso?
—No sé.
—Podemos intentarlo. Oh, vamos. Hay demasiado drama —urgió Zafira—. Esto se parece a la novela de las ocho.
Rieron otra vez y se miraron con curiosidad. Formaban un trío bastante peculiar: Elena, que era la más alta de las tres, seguida de Pilar y por último estaba Zafira, con su casi metro sesenta de estatura. Se parecían entre sí, con el cabello negro y los rostros angelicales. Una imagen de las tres desnudas y retozando sobre la misma cama debería ser capaz de excitar hasta al más frío de los hombres, y la más frígida de las mujeres. Una amazona con muchísima experiencia. Una brasileña con un lindo y coqueto sentido del humor, y una colombiana curiosa que apenas estaba iniciando su vida sexual entre mujeres.
—Bueno… —dijo Pilar— ¿En la cama de quién?
—Si va a haber una fiestecita, será en la mía, por supuesto —dijo alegremente Zafira— ¿vamos?
—¿Ahora? —se sorprendió Pilar.
—Sí. No querrás dejar a tu clítoris esperando. Le aguardan muchas mordidas de mi parte.
—Es cierto —sentenció Elena—. A Zafira le fascina morder.
—Pero no sean tan duras conmigo. Apenas soy una niña inocente.

Las tres entraron riendo a la mansión, pero al llegar a la sala, sólo había seriedad por parte de las otras muchachas. Estaban al lado de Sarah, que estaba, según pudo ver Elena, vestida nada más con una bonita blusa casi transparente y unos diminutos shorts deportivos. Recorrió con la mirada los fuertes muslos y los grandes senos tensando la tela de algodón.
—Las estábamos esperando. Siéntense. Hay noticias de la casa Su.
—¿Qué pasó? —preguntó Leonore.
—Ha dispuesto un reto final en el que participarán las tres mansiones principales —hizo una pausa dramática—, Carolina estará entre ellas.
—¿Qué clase de reto? —preguntó Charlotte, acariciando la frente de Matilda, que descansaba sobre sus piernas.
—Será una misión de supervivencia. Se llevará a cabo de una isla del caribe, propiedad de lady Su. Formaremos equipos con otras muchachas. Partiremos por la madrugada.
—¿Madrugada? —Matilda no estaba feliz con la idea. Quería pasar más tiempo con sus más grandes amigas, a las que adoraba ahora que tenía muchas cosas en común con ellas.
—Sí. Será mañana por la mañana. Después de esa prueba… hijas mías, no volverán a esta mansión.
Se escucharon leves gemidos de sorpresa y angustia. Sarah vio cómo sus niñas se miraban entre sí. Las recorrió con la mirada, sonriéndoles con amor y afecto.
—Las adoro. Sépanlo bien. Estoy segura de que seguiremos en contacto ¿verdad?
—Claro que sí —dijo Charlotte—. Señora, es una de nuestras amigas ¿verdad?
—Lo es —asintieron todas.
—Gracias. Me llenan de alegría verlas tan hermosas y felices. Queridas mías, hoy voy a llevarlas a cenar a uno de los lugares más caros de la ciudad, así que quiero que se vistan de gala. Tendremos una fiestecita de despedida.

Marcela fue la primera en despertarse, y lo hizo con mucho frío. El aire acondicionado de la habitación zumbaba sigilosamente, y tapando su cuerpo desnudo con la sábana, se apresuró a apagarlo. Aunque el cuarto estaba oscuro, al girarse de nuevo a la cama, se deleitó con la figura que dormía junto a ella. Era como si todavía pudiera sentir el roce de esas manos y la caricia de aquella boca de fresa sobre la suya.
Se recostó de nuevo, teniendo cuidado de no despertar a su pareja.
—¿Qué haces levantada? —preguntó María.
—No quería despertarte. Sólo apagué el aire acondicionado.
—Vuelve a dormir —se giró hacia Marcela y la abrazó, subiendo una pierna sobre las de ella—. Mañana será un gran día. Mi venganza contra las putas de la casa Sarah será dulce.
—Ten cuidado. Es peligroso buscarle bronca a la leona. Ya ves de lo que es capaz.
—De no haber sido por su golpe a traición, la hubiera derrotado. Nunca en mi vida había estado tan furiosa con alguien. Se me calienta la sangre de sólo imaginarlo.
—Bueno… si se te calienta tanto, tal vez puedas… —lentamente, Marcela bajó a besos por el vientre de María—. Tal vez puedas darme un poco de ese calor.
—Será un gusto, amor —dijo, abriendo las piernas para la chica.
Marcela lamió con energías lo que se le estaba ofreciendo. Sin la puta de Pilar para interrumpir y sacar de sus casillas a María, la tenía sólo para ella.
—¿Ya pensaste con quién harás equipo —le preguntó mientras introducía dos deditos dentro de los apretados pliegues de la brasileña. El calor que manaba era delicioso, y el sabor, tan exquisito como para no ignorarlo.
—Lo sé. Ahora, lame, y no dejes de hacerlo.

El primer sujetador en salir volando de la cama fue el de Pilar. Cuatro brazos la empujaron contra la cama. Antes de que pudiera protestar por qué era ella la que iba a recibir la primera tanda de cariño, dos bocas cubrieron sus pechos. Cada una masticó sus puntitas con suavidad, y después bajaron al mismo tiempo hacia su abdomen. Sentir esas húmedas lenguas llenándole de saliva la superficie inmaculada de su piel de bronce la hizo sonreír. Era muy cosquilluda, y Zafira se dio cuenta de eso.
Mientras Elena seguía besándola, Zafira se quitó la blusa con todo y el brasier. Sus pechos saltaron alegremente, excitados al momento. La mano de Pilar se movió hasta tomar uno. Le pidió que se aproximara, y la morena así lo hizo, poniendo sus tetas a la altura de la boca de la colombiana.
Cuando esta última los tomó con sus labios, le fue imposible no morderlos y jugar con aquellas calientes puntitas con su lengua. Eran del tamaño apropiado y justo para decantarse un buen rato sintiendo su textura y su peso.
Zafira miró a Elena, que luchaba por quitarle los ajustados jeans a Pilar. Ambas intercambiaron una mirada y se sonrieron cómplices. Elena al fin consiguió quitar los pantalones de la otra chica, y esta ayudó al abrir las piernas. Llevaba una pequeña tanga de encaje rosa, que resaltaba muy bien contra la coloración de su cuerpo.
—Dios, me fascinan las latinas bronceadas —sonrió la amazona y comenzó a frotar con sumo cariño el triángulo que se formaba entre las piernas de Pilar.
Zafira se deshizo de la falda y del resto de su ropa.
—A ver, espera me coloco en posición.
Cruzó una pierna por encima de la cabeza de Pilar, acomodándose de tal forma que su coño quedó a la altura de la boca de esta, y con el rostro frente a Elena. Zafira gimió cuando la lengua de la colombiana entró en ella, mientras sus deditos separaban con sensualidad sus pliegues mojados. Elena, sentándose a horcajadas sobre el pequeño cuerpo de Pilar, introdujo una mano dentro de su ropa interior y buscó la hendidura que tanto le había fascinado. Pellizcó el pequeño clítoris al mismo tiempo que chupaba los pechos de Zafira y ésta se acariciaba el pelo en un gesto de erotismo puro.
—Es tan… tan delicioso —dijo la pequeña Pilar. Zafira se estaba humedeciendo cada vez más, y ella se encargaba de saborear su cuerpo. Mordía los pequeños labios y tiraba de ellos. Exploraba a profundidad con sus dedos y besaba las nalgas después de apretarlas con sus dientes. Eran firmes, comprobó.
—Me vas a arrancar los pezones —se quejó Zafira una vez que Elena tiró de sus puntitas. Las amigas se acariciaron las caras, y procedieron a besarse al estilo francés. Sólo el chasquido de sus lenguas resbalosas, junto con los sonidos de succión de Pilar, llenaron la habitación.

En el techo de la mansión, otra pequeña fiestecita se estaba llevando acabo. Tres parejas estaban allí, mirando las estrellas esparcidas como escarcha sobre una noche despejada. Cada una tenía una lámpara al lado, y estaban cubiertas con cobertores para protegerse del frío.
Charlotte oía el chasquido de los besos que se daban Noriko con Leonore, y Lucy con Nicole. No estaban muy lejos de ellas, y podía ver sus siluetas con claridad. En esos momentos, por ejemplo, Lucy tenía una manita dentro de los pantalones de pijama de su novia, y jugaba con sus deliciosas partes. Al otro lado, Leonore hacía lo mismo, sólo que ella sacaba la mano mojada con los propios jugos de Nori, y se los daba a probar. A Nori, según había oído Charlotte, le gustaba probarse a sí misma.
—Más duro —dijo Matilda, cuando la mano de Char dejó de moverse discretamente sobre su clítoris.
—Lo siento, mi vida. Me distraje.
—Voy a echar de menos este lugar —confesó a su novia, después de besarla y de cubrirse más con el cobertor—. Aquí te conocí.
—Pero seguiremos siendo novias. Matilda, mi hermosa Matilda.
—Oh… Lucy —dijo Nicole cuando ya no aguantó más.
—Hey, vayan a una habitación —habló Leonore del otro lado, con sus dedos siendo saboreados por la boca de su novia.
—Vayan ustedes —protestó Lucy—. Yo quiero quedarme aquí.
—¿Alguna ha hecho el amor bajo las estrellas? —les preguntó Charlotte, para distraerlas.
—No —dijo Leonore —. Al menos nosotras no.
—¿Y si lo hacemos? No juntas, claro. Pero… cada quien.
—¿Ahora? —preguntó Nicole.
—Será nuestra última noche juntas en la mansión.
—Pues… no sé a Lucy.
—Yo lo haría —dijo la chica con una mirada coqueta—. Además, está oscuro y nos podemos tapar con las sábanas.
—¿Leonore? ¿Qué opinas?
—Me parece bien.
—Entonces… a disfrutar.
Riendo, las tres parejas se metieron bajo los cobertores, y comenzaron a amarse.
—Creo que ha sido la mejor idea —le dijo Matilda a Charlotte, ayudándole a quitarse el brasier. Los pechos de la castaña se vieron libres de su confinamiento, y con ellos cubrió a su novia.
—Siempre tengo buenas ideas.
Los movimientos de ambas hicieron que la sábana cayera un poco, lo suficiente como para que sus cabezas quedaran descubiertas. Así, mientras Matilda se enfrascaba con los exuberantes senos que tenía a su disposición, Charlotte miró a las otras chicas.
Lucy besaba apasionadamente a Nicole, mientras esta le levantaba la blusa hasta quitársela por completo. En medio de la noche, Charlotte vio los maravillosos y pequeños pechos que pertenecían al pastelito de la mansión. Sonrió, porque en realidad eran apetecibles. Tenía que reconocerlo. Claro que los de Maty eran todavía más lindos y suculentos. Notó sus puntitas levantadas por la excitación, y arqueó una ceja cuando Nicole los tomó con ambas manos y los lamió al mismo tiempo.
—Se los vas a arrancar —dijo Charlotte, con una risita. Lucy la miró y le guiñó un ojo en la oscuridad.
A las dos le llamó la atención el gemido de Noriko. La japonesa estaba recostada, y su novia había desaparecido debajo de las sábanas. Podían ver la silueta de Leonore ubicada entre las piernas de la muchacha, haciendo estragos como sólo ella era capaz de hacerlo.
Charlotte volvió la vista a la pareja de Lucy, que se le hacía la más tierna. La pequeña había sufrido tanto por culpa de Sam, y verla de nuevo demostrando su picardía era gratificador. Sonriendo, siguió de cerca cada movimiento que hizo al quitarle los pantalones de pijama a Nicole. Esta separó las piernas y arqueó la espalda cuando su novia se hundió entre ella.
—¡Así se hace, Lucy! —gritó Noriko, desde el otro lado del techo. Lucy se limpió la boca y sonrió a su amiga. Después volvió a su labor.
—¿Vas a ver a otras chicas, o me mirarás a mí, amorcito? —fue la astuta pregunta de Matilda.
Excusándose, Charlotte le quitó los pechos de la boca, y también la despojó de la camiseta.

De vuelta a la mansión, el cuarto de Zafira estaba plagado de un delicioso aroma a vainilla. Las luces estaban prendidas con la intensidad suficiente como para que las tres se miraran, pero sin dejar de lado el ambiente erótico.
En esos instantes de gozo, Elena penetraba lentamente a Zafira con un consolador que zumbaba dentro de la vagina de la mujer. Detrás de Elena estaba Pilar, haciendo lo mismo, pero con sus deditos dentro de Elena.
—Oigan… pásenme esa cosa.
—Ahí te va —dijo Elena, tirándole el alargado artefacto. Pilar no dudó en limpiarlo con su lengua, saboreando los néctares de Zafira en él. Luego, procedió a introducírselo ella misma. Lo activó, y lanzó un grito al ponerlo sin querer a la máxima velocidad. Riendo, lo retiró despacio. Bajó la intensidad. Lo volvió a poner dentro de sus carnes, y regresó a su labor, brindándole atenciones a Elena.
—Fue buena idea hacer esto —dijo Zafira, acariciándose los pechos y pellizcando sus pezones—. ¿Todas estamos contentas?
—Sí —dijo Elena, moviendo el trasero para que la boquita de Pilar pudiera sentir mejor sus suaves roces—. ¿Tú, Pilar?
—Yo sólo sé que ya quiero correrme.
Se alejó un poco de Elena y extrajo el juguete de su interior. Lamió la superficie rugosa, y mientras, miró a las dos chicas que se besaban. Durante unos momentos, se preguntó si estaba haciendo lo correcto al meterse con ambas. Sabía que Zafira y Elena compartían la cama como buenas amigas que eran, pero… ¿tenía ella el derecho de estar en el mismo sitio? No era el mejor momento para reflexionar sobre esto, y lo sabía. Sin embargo, era una idea que no dejaba de retumbar en su mente.
—¿Qué pasa? —le preguntó Zafira.
—Nada. Sólo… estaba pensando si las cosas están bien entre nosotras tres.
—¿Por qué no lo estarían, amor?
—Apenas las conozco. Eso es cierto. Bueno… físicamente ya las vi enteritas. Me refiero a… ¿qué hago con mis sentimientos? —se dejó caer sobre la almohada. Zafira y Elena se acostaron a su lado, y ambas dirigieron sus manos hacia la vagina de Pilar. Elena separó sus labios con sus dedos, mientras Zafira ayudaba penetrándola despacio y explorando su interior. Siguieron conversando.
—¿Sigues enamorada de mí? —preguntó Elena.
—No… ay. No es eso. Sólo… que no sé qué hacer con mi vida.
Zafira sacó sus dedos.
—Hagamos una pausa ¿vale?
Asintieron, y se acostaron las tres muy juntitas.
—Cuéntanos qué te está preocupando —le pidió Elena amablemente.
—Es que… bueno, mi familia tiene ciertos problemas. Problemas económicos. Dejé de estudiar para ayudarles… cosas de gente pobre. Ustedes saben. El tercer mundo y eso…
—Anda, no te cortes —le sugirió Zafira, dándole un besito en los pechos—. Estamos haciendo el amor entre las tres. Bien podemos charlar con franqueza.
—Sí —dijo Elena—. Al menos no salimos a aburrinos como las de allá arriba, mirando las estrellas. ¡Qué flojera!

Sólo que no era así. En esos momentos, Leonore y Charlotte competían por ver quién lograba correr a su novia en el menor tiempo posible. Seguían ocultas detrás de la oscuridad de la noche, apenas iluminadas por las lámparas. Sólo sus siluetas eran visibles, pero claramente se veían recortadas contra la penumbra.
—¡Vamos, Leonore! —animó Lucy, totalmente desnuda igual que sus amigas. No se había movido de su lecho. Nicole estaba tras ella, besándole la espalda.
—¿No deberías de apoyarme a mí? —le dijo Charlotte, sonriéndole.
—No te detengas, boba —exclamó Matilda, abriéndose los labios vaginales con sus pequeños deditos—. Nos van a ganar.
—Ya voooy.

—Y entonces… papá tuvo ese accidente. Se golpeó la cabeza y perdió la vista.
Zafira secó las lágrimas de Pilar, y la chica respondió abrazándola amorosamente y escondiendo el rostro en su cuello. Elena solamente las miró sin saber qué decir para apaciguar el llanto de su nueva amiga.
—Ya… no llores —dijo Zafira, colocando a Pilar a horcajadas encima suyo. Tomó sus suaves manos y las colocó sobre sus pechos—. Pilar, bonita, tu papá sigue vivo. Es duro, por supuesto. Te entiendo. Mi papá murió en un choque de coche, pero aprendí a salir adelante. Lo harás. Aunque no pueda ver, sigue siendo el mismo hombre cariñoso para ti ¿no es cierto?
—Lo es.
—Todo irá bien —sonrió Zafira, sobándole las piernas y subiendo por sus costados hasta atrapar sus senos y masajearlos con ternura—. Me alegra que lo dijeras.
—No se lo cuenten a nadie más.
—Claro que no. Será un secreto —le prometió la morena, pellizcándole las puntitas de un suave color marrón—. Mi vida, la vida es un sube y baja. Ahora estás arriba de mí. Seguro lo disfrutas ¿verdad?
Pilar asintió y se secó una lágrima.
—Puedo sentir tu vagina tibia sobre mi vientre. Oh, Pilar. Tan hermosa eres. No llores.
—¿Por qué me hablas así de bonito?
—Así es Zafira —dijo Elena, que se había hecho a un lado y miraba por la ventana—. Cuando le entra lo romántica, enamora con sus palabras.
—Además, te acabo de hacer el amor, Pilar. Es normal que me ponga en plan cariñosa.
—Elena ¿por qué no puedes ser como ella?
Las tres se rieron alegremente. La tristeza de la colombiana se iba apagando poco a poco.
—Nos iremos en unas cuantas horas —dijo Elena, mirando el reloj—. Será mejor terminar con nuestra fiesta antes de eso.
—¿Cómo quieren acabar? —le preguntó Zafira a sus dos chicas.
—Podemos hacer un anillo.
—Me gusta la idea, Pilar. Anda. Las tres al suelo.
Se acomodaron de tal forma que cada una pudiera disfrutar de la otra. Pilar lamía a Zafira, quien a su vez gozaba con los jugos de Elena, y Elena también probaba a Pilar. Se mordieron. Se arañaron. Se masturbaron y se penetraron todas a la vez. No tardaron en unirse en un orgasmo casi, casi sincronizado. Terminaron en la boca de las demás, y cuando finalmente estuvieron satisfechas, se fueron de vuelta a la cama en medio de caricias y besos.

En el techo, la fiesta aun no terminaba. Charlotte se estaba esforzando en brindarle el mejor sexo oral a Matilda. Su lengua buscaba cada parte con gesto famélico. Lucy y Nicole, animadas ahora, se habían acercado más y estaban al lado de ellas.
—Qué bonita vagina —dijo Lucy.
—Gracias… gracias —soltó Matilda, guiñándole un ojo.
—De nada.
Sin embargo, ni esos apoyos pudieron ayudar a Charlotte. Un gemido por parte de Noriko anunció que había terminado. Leonore se inclinó de nuevo, limpiándose la saliva de la boca.
—Te gané, Char. Estás muy lejos de igualarme.
—Sería distinto si Matilda no se estuviera conteniendo.
—Nada de eso —contestó la rubia, recuperando el aliento—. No me contuve. Lo que pasa es que soy de efecto retardado.
Nicole se rió encantadoramente.
—Bueno, es mi turno. Yo sí que le puedo ganar a Leonore.
—¿Ah, sí? Por Dios. Lucy debe ser muy fácil de excitar.
—Claro que no. Es como un témpano.
—¡Oye! —exclamó la pequeña y le dio un golpe en el hombro.
—Anda, háganlo. Matilda y yo seremos las jueces —sugirió Charlotte.
—Bueno, vale. ¿Lista, Noriko?
—Siempre… siempre lista.
—Vamos a demostrarle quien gana.
—Acerquémonos más —sugirió Charlotte. Hubo un momento de silencio, pero en medio de la calentura que las seis experimentaban, accedieron.
Unieron las sábanas hasta formar una más grande. Noriko se echó con las piernas abiertas. Lucy igual, descansando la cabeza sobre el regazo de Charlotte, al igual que lo hacía Nori sobre el de Matilda.
—Es la primera vez que nos vemos desnudas en su totalidad —rió Matilda.
—Supongo que después de esto, nuestra amistad quedará sellada de por vida.
—¿No sería fabuloso hacer una orgía con todas, incluida Sarah? —preguntó Leonore—. Es decir, nos llevamos muy bien. Tenemos los mismos gustos sexuales y al parecer, nos estamos quedando sin pudor.
—Sería lindo y excitante —asintió Matilda, y las seis fantasearon un momento con eso.
—Bueno, a darle ya —dijo Lucy, cuyo pecho estaba rojo por el calor que sentía. Separó sus hermosas y delicadas piernas, exponiendo la vagina más encantadora que todas hubiesen visto jamás. Incluso Leonore se atrevió a hacer comparaciones.
—¿Qué? —dijo Lucy.
—Es bellísima. Como… un monumento a los coños.
Estallaron en carcajadas. Y era cierto. La hendidura era pequeña y apretada. El clítoris apenas se notaba entre los labios húmedos y enrojecidos. La piel era lisa y blanca igual al terciopelo, como si Lucy nunca hubiera tenido que entrar a la adolescencia.
—¿Cuántos años tienes? —Preguntó Charlotte—, porque eso no va con tu edad.
—Cállense ya. Me avergüenzan.
—Vamos, dejen de molestar —soltó Nicole, y a la cuenta de tres, ella y Leonore se hundieron dentro de sus novias.
Charlotte miraba encantada lo que sucedía. No perdía detalle de la carita angelical de Lucy sometida a placeres exquisitos. Abría los labios un poco y mostraba una fila de dientes blancos y pequeños. Sus mejillas estaban muy rojas, y se le perlaba un poco de sudor en la frente. Sus pezones estaban firmes y su vientre se contraía. Era como ver a una hermosa sirena siendo amada hasta la saciedad. Sus gemidos llenaron la noche. Gemidos y jadeos de azúcar. Una voz tan espectacular que parecía el canto de un hada para un bosque virgen que nace de la Madre Tierra.
Lucy no tardó nada en correrse. Leonore ni siquiera pudo competir, porque ella, Noriko y todas las demás, a excepción de Nicole, que estaba todavía entre las piernas de su novia, se habían quedado maravilladas con los soniditos que surgían de la garganta de Lucy.
—Oh… eso fue hermoso —dijo Matilda—. Tienes una vocecita… tan bella.
—Yo… lo sé. ¿Gane?
—Me rindo —dijo Leonore.
Nicole se separó al fin y cerró delicadamente el santuario de placer de su novia.
—Ven. Pan comido.
—Coño comido, más bien —dijo Noriko, mientras acariciaban la pancita de Lucy y esta se recuperaba de su orgasmo.
Lucy miró a sus amigas de una en una. Tenía todas esas manos puestas sobre su vientre y la estaban acariciando. Le gustó.
—Oigan… si hacen esa orgía alguna vez, quiero que me llamen. Nada me haría más feliz que hacerles el amor a mis hermanas.
—Eso somos —dijo Nicole, mirándolas a todas—. Una hermandad.
—Algún día se hará —le aseguró Charlotte, y se rieron con ella.
Luego, desnudas las seis, se acostaron una junto a la otra y miraron el cielo estrellado. El sol ya se estaba asomando por el horizonte. Su última noche en la mansión de Sarah había terminado. Ahora lo único que quedaba era la prueba final.
La verdadera ganadora.
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Mensaje por Delfi22 el Lun Oct 30, 2017 1:36 pm
Por la diosa de la perversidad!..que manera de cerrar el último día en la mansión...
Y al fin llega la última prueba..Como será la venganza de María para con  las chicas y como se lo tomara Pilar? como terminara el embrollo de Elena y Zafira..Bueno a esperar el siguiente y saber como terminara la última prueba, esperando que no se vayan a matar.. jajajaja..
Saludos..  
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Mensaje por Yurita el Dom Nov 12, 2017 2:35 pm
jajaj alguien tuvo su hemorragia nasal. Gracias por todo tu apoyo! y disfruta del pequeño maratón de capítulos. Ya no hay tanta suckulencia pero estoy segura de que te encantarán. Confía en mí. Mamá sabe xDD
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Nov 12, 2017 2:35 pm
Capítulo 34

Charlote miró hacia el cielo y frunció las cejas al ver las oscuras nubes que se aproximaban hacia la isla. Presagiando la tormenta, un viento frío que calaba los huesos le puso la carne de gallina, y su cuerpo reaccionó con una oleada de nauseas que le hicieron sentir peor de lo que ya estaba.
—No me gusta nada de esto —le dijo a Yoko. La asiática apenas logró entenderla.
—¿Tormenta?
—Sí. Sarah sabía del peligro, pero ya no podemos hacer nada. Continuemos ¿Vale?
Yoko asintió y abrió el navegador para ver su posición en la isla. Todavía les faltaban varios kilómetros para llegar a la meta, oculta entre la selva tropical y más allá de lo que cualquier otra chica podría esperar. Llevaban, para ese entonces, tres horas del desafío y Charlote sabía que, al igual que ella, todas sus amigas deberían de sentirse igual de cansadas y asustadas.
El reto de lady Su había sido, casi de forma literal, una lucha por la supervivencia. Abandonadas en una isla en medio del caribe, con una tormenta tropical acercándose de forma inexorable, las muchachas de las tres mansiones de verdad que estaban poniendo más del cien por ciento en tratar de conseguir el tesoro al final del reto. Aun nadie sabía qué era exactamente el premio que la mafiosa asiática tenía preparado para ellas, pero si la reputación de la mujer le precedía, era algo realmente bueno.
—Char-san —dijo Yoko, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Refugio. Está lloviendo.
Charlote sonrió y tomó la mano de la muchacha.
—El mapa dice que hay una cueva a unos cien metros hacia allá.
Con las frías y gruesas gotas cayéndole sobre la piel, Charlote deseó que su adorada Matilda no estuviera pasando las mismas penurias que ella.

Soledad hacía honor a su nombre, y Maty encontraba eso algo irónico. La muchacha no había dicho mucho desde que se conocieron en la playa. Pareciera que su estado de melancolía era eterno, y sus respuestas se limitaban a monosílabos y leves fruncimientos de cejas. No había nada más, y Matilda estaba sintiéndose incómoda en medio del silencio.
—Hace una fuerte tormenta allá afuera —comentó la rubia, en un enésimo intento por hacer una conversación. Soledad le miró de reojo y sonrió con prudencia.
—Es mejor quedarnos en la tienda.
—Sí… aunque me preocupan las demás ¿qué hay de ti? ¿Crees que a tus amigas les esté yendo bien?
La muchacha se encogió de hombros. Matilda suspiró y abrió el termo para servir dos tazas de café tibio. Buscó en su mochila y halló sendos paquetes de galletas para las dos. Las puso todas sobre una camiseta doblada y le ofreció a Soledad un pequeño refrigerio.
—¿Tienes novia?
—Charlote —respondió Maty, un poco desconcertada por la sorpresiva pregunta—. ¿Qué hay de ti?
—Novio. Ser lesbiana no era un requisito para entrar a las mansiones.
—Oh, yo era hétero hasta hace poco. O puede que lo siga siendo. En realidad, no estoy del todo segura. Sólo sé que me encanta estar con Charlote.
—El amor es peligroso —de repente Soledad tenía muchas ganas de charlar—. Alguien siempre sale lastimado, inevitablemente si está o no en una relación.
—¿Cómo tu amiga María?
—No es mi amiga —contestó rápidamente la latina, como si aquella pregunta la hubiera ofendido—. Esa mujer se ha dedicado a hacerme la vida de cuadritos desde que llegué a la mansión. Me alegra de que al fin las cosas vayan a terminar.
Maty se acercó más a la muchacha y le habló con visible interés.
—¿Es malvada? ¿Rencorosa?
—Sí. Es como el diablo. Nuestra Señora sólo la mantiene porque le da… emoción a todo lo que hacemos —los ojos de la chica se hicieron dos rendijas—. Tu amiga Leonore sólo la hizo enojar más. Desde la pelea, es como si Maria fuera otra persona. Se la pasa hablando sola.
Repentinamente Matilda tuvo deseos de salir de la tienda, hallar a Elena y decirle que tuviera cuidado con la estúpida vengativa que iba tras ella. La única razón por la que no lo hizo, fue porque la lluvia era muy fuerte y el viento zarandeaba la casa de campaña.

Un gajo cayó cerca de la cueva, y Elena se echó para atrás. Segundos después, un fulgurante rayo iluminó las paredes húmedas y arrastró consigo el rugir de un trueno aterrador. El viento rugía descontroladamente, arrastrando partículas de polvo, arena y piedrecillas que pinchaban como agujas sobre la piel.
—Esto es horrible —exclamó a su compañera—. ¿En qué demonios estaba pensando Su al hacer un reto así en un sitio tan peligroso como este?
—¿Quieres calmarte, muchacha? Estaremos bien. Te encanta quejarte.
—Oh, ¿ya viste la tormenta? No es una simple llovizna. Es una maldita tormenta tropical. ¡Podríamos morir, Marcela!
La latina suspiró con fastidio y deseó tener tapones para los oídos. Escuchar la fastidiosa voz de Elena durante tanto rato ya le estaba dando dolores de cabeza. Era una mujer odiosa y ahora comprendía porque Maria le tenía tanto odio.
—Vamos, relájate, bonita. Mejorará y podremos seguir con nuestro recorrido.
A duras penas, Elena volvió a sentarse sobre una toalla. Encogió las piernas y apoyó el mentón sobre las rodillas. Se preguntó, sin dejar de mirar a través de la espesa cortina de agua, si Zafira y Pilar estarían bien allá afuera. Las echaba de menos a las dos, y estar metidas en una situación tan peligrosa como aquella le ponía las cosas en perspectiva.
—Tengo unas amigas maravillosas —susurró, sintiéndose muy culpable por la forma en la que las había tratado. Y no sólo a ellas, sino a todas las personas que la rodeaban. Elena no era de meterse con nadie, pero en su mente siempre había toda clase de críticas y malos pensamientos. Comúnmente, por ejemplo, creía que Leonore era una vanidosa sin remedio, y que Charlote era patética.
Ahora, sin embargo, pensaba diferente sobre ellas. Le dolía saber que no siempre las tendría a su alrededor, y que cuando el reto terminara, posiblemente jamás las volvería a ver.

Por la noche, Sarah y Carolina habían unido sus fuerzas para hacerle frente a lady Su. La tormenta no iba a detenerse, y allá afuera, chicas inocentes estaban en verdadero peligro. Eran sus niñas, y se sentían algo más que sus meras amas: tenían que protegerlas.
—Sólo te pedimos que envíes un equipo de búsqueda para hallarlas —exclamó Carolina.
—El reto era de supervivencia —contestó la maliciosa cara de la asiática. Estaba sentada en su ornamentado sitial de respaldo alto y aterciopelado—. Y ustedes aceptaron el desafío a sabiendas que era peligroso y que se avecinaba una tormenta. ¿Me estoy equivocando, hermanas?
Sarah bajó la vista. Su tenía toda la razón. Sus ansias por ganar habían puesto a sus chicas en una situación muy mala. Vio que Carolina pasaba por la misma incomodidad que ella. La líder asiática supuraba un aura cruel y dulcemente encantadora a la vez. Aunque para la sociedad, las tres eran iguales, en el fondo, Su y las superaba por mucho en cuanto a recursos y ferocidad.
—Mañana enviaré a sus equipos —les aseguró y deslizó una mano sobre la espalda de un gato persa que descansaba sobre sus piernas. El animal bostezó lánguidamente y levantó la cola—. Por ahora, vayan a dormir. No puedo hacer más por ustedes.
—Será una larga noche —dijo Sarah, temiendo por la vida de todas sus hijas.
El clima había mejorado un poco al amanecer. Ya no se sentía el despiadado viento intentando arrancar los árboles desde sus raíces, pero la lluvia continuaba en intervalos recios y lloviznas que pinchaban la piel.
Los equipos continuaron su camino, guiándose por los mapas, orientándose con la brújula, escalando colinas escarpadas y arrastrándose debajo de troncos caídos y manchándose el cuerpo de barro y cuanta porquería encontraban en su camino. No era una tarea fácil. Estaban consciente de eso, y también estaban conscientes de que se estaban jugando el todo por el todo.
—No me siento bien —dijo Charlote, y se dejó caer sobre una piedra plana—. Tengo fiebre.
—Estás ardiendo —dijo Yoko, después de tocarle la frente—. Enferma.
Charlote asintió y cerró los ojos. Las sienes le martillaban y cada una de sus neuronas parecía estar exprimiéndose dentro de una prensa hidráulica. Estaba sedienta y tenía tanta hambre que ya comenzaba a sentir el estómago perforado por la acidez.
—Continuemos —le alentó Yoko. Charlote se tomó unos segundos para modular su respiración, y aceptó la mano que la asiática le ofrecía.

Marcela iba por detrás de Elena. Intentaba leer el mapa aunque su habilidad para eso era deprimente. Tampoco estaba muy concentrada. A decir verdad, experimentaba un nerviosismo poco saludable que le estaba comiendo las entrañas.
—¿Segura de que es por aquí? —preguntó Elena, sin mirar hacia atrás—. Me parece que me has estado llevando en círculos.
—Es por aquí. Solo es un poco difícil orientarse.
—Uhm, pues vale. Opino que descansemos un momento ¿sí?
—Claro —sonrió Maria.
Las dos se sentaron sobre un tronco, detrás de unos densos arbustos floreados. Marcela sacó la mochila de provisiones y preparó un poco de café para ambas.
—Me pregunto si Pilar estará bien —dijo Elena con voz melancólica—. Ella me preocupa.
—¿Sí? Pues… seguro de que está bien.
—No es muy lista que digamos —la sonrisa de Elena se esfumó fugazmente—. Ojalá me hubiera tocado hacer equipo con ella.
—Mala suerte.
Marcela bebió un sorbo de café y dejó que resbalara tranquilamente por su garganta.
—Oye, Elena.
—¿Sí?
—Perdón.
—¿Por qu…?
Una sombra surgió detrás del arbusto y atrapó a Elena con una fuerza casi sobrehumana. Marcela apretó la taza sin atreverse a mirar. Una mano delgada y morena apresó el cuello de la amazona y le frotó, mientras esta pataleaba, un pañuelo mojado en la nariz.
—Shh…. Tranquila.
—Tardaste un poco —dijo Marcela.
—Tenía que esperar y disfrutarlo —fue la caustica respuesta de María, mientras acostaba al inconsciente cuerpo de Elena sobre el piso y le daba una patada en el estómago—. Pero mira qué bonita presa hemos conseguido. Gracias. No habría podido hacerlo sin ti.
Marcela se levantó.
—Haz lo que quieras, pero ya no me metas más.
—¿Estás asustada?
No se atrevió a responder. En lugar de eso, la muchacha siguió su camino y pronto se perdió entre la selva.
Todo estaba bien. Maria ya no la necesitaba.

Capítulo 35

El dolor la despertó. Sin embargo, no fue rápido. Comenzó como un ligero malestar y ardor en la mejilla, y luego se hizo más lacerante hasta que traspasó la barrera de la inconsciencia y la trajo de regreso a la realidad. Al principio no supo lo que había pasado. Lo último que recordaba era que estaba sentada al lado de Marcela, y al siguiente, algo la había atrapado. ¿Podría ser un puma? No. Eso no parecía probable, porque de haber sido así, no estaría viva.
Miró a su alrededor, y sus nervios se abrieron a nuevas sensaciones. El frío le pinchaba la piel como una riada de agujas. Estaba tiritando y le dolía el estómago, las costillas y la cara. Cuando trató de ponerse de pie, se dio cuenta de que sus manos estaban atadas detrás de su espalda y que tenía los tobillos firmemente sujetos con una soga para escalar.
Elena se desesperó y forcejó. En nombre de Dios ¿qué estaba ocurriendo?
—No te muevas —la voz vino desde la oscuridad de la cueva. Giró la vista hacia esa dirección y vio el brillo de un cigarro siendo inhalado. Luego, la figura esbelta y felina de María surgió de la oscuridad, y Elena notó cómo se le revolvía el estómago.
No fue sino hasta que intentó hablar, que se dio cuenta de que la mandíbula le dolía a horrores y de que estaba amordazada.
—¿Quieres decirme algo? —preguntó María, dándole una patada en las piernas. Elena la miró con algo más allá del odio y movió la boca intentando articular palabras. No lo consiguió. Sólo estaba desperdiciando las pocas energías que le quedaban. Su cabeza latía de un modo intermitente mientras los químicos sedantes abandonaban su sistema.
María, sonriendo como un demonio, soltó una bocanada de humo en la cara de Elena, y cuando esta se ahogó con él, pegó la punta encendida del cigarro en su mejilla. La amazona soltó un grito ahogado por la mordaza y se revolvió. Sus ojos se inyectaron en sangre. María volvió a encender el cigarrillo, y durante un rato, se divirtió quemando la blanca piel de lo que una vez fue la chica más linda de toda la mansión de Sarah.

Zafira se detuvo y miró por encima de su hombro. Le pareció que la estaban siguiendo.
—¿Todo bien? —le preguntó su pareja.
—Sí. Es sólo que esta isla me tiene muy… mal.
—¿Te sigues sintiendo morir?
La morena hizo un intento de sonrisa, y negó con un gesto.
—Me siento bien por el momento. Sólo tenía cansancio —consultó el mapa—. Sigamos. Nos falta sólo un poco más para llegar al siguiente punto de control.

Leonore disparó una flecha y le dio al conejo de lleno en el vientre. Lucy tuvo que cerrar los ojos y aguantarse el asco que le producía ver al pequeño animal retorciéndose mientras moría con la saeta clavada en su corazón.
—¿Tienes que hacer eso? —preguntó, sintiendo lástima.
—Bueno, si no hubiéramos perdido nuestra mochila de proviciones…
Leonore cortó el cuello del animal con un cuchillo y lo metió dentro de una bolsa. Sería su almuerzo para más tarde.
—Prefiero morir de hambre.
—Claro, y dejar a Nicole sola. ¿Revisaste el mapa?
—Sí. Debemos ir hacia allá. Unos doscientos metros más. Estamos bastante cerca del punto de control.
—Perfecto…
Leonore guardó silencio de repente. Había escuchado algo moverse entre la maleza. Le hizo a Lucy un gesto de silencio y con un movimiento de la mano ordenó que se agachara detrás de una roca. La muchacha así lo hizo. Leonore tensó el arco deportivo que había escogido como equipamiento al comenzar el desafío.
—¿Quién está allí? —preguntó, dando dos pasos hacia la derecha y con la mirada puesta sobre un objetivo invisible. Soltó la flecha y esta se clavó a través de un arbusto.
—¿Qué sucede? —siseó Lucy después de guardar silencio durante un rato. Al cabo de unos pocos minutos, Leonore fue a recuperar su flecha.
—Nada. Creo que fue sólo mi imaginación —desprendió la saeta clavada en el tronco de un árbol y la devolvió al aljaba. Miró hacia la selva con recelo y ceñuda, se volvió hacia Lucy—. Andando, corazón. Si te pasa algo, Nicole me asesinará.

Marcela se tapó la boca y se mordió la lengua. ¡Joder! Eso había estado demasiado cerca. Si no se hubiera arrastrado a través del fango hasta llegar al árbol detrás del que se estaba escondiendo, sin duda alguna Leonore le había clavado esa maldita flecha entre los pulmones.
Se aventuró a mirar desde su escondite. Las dos muchachas se alejaban. Guardó el cuchillo en su funda y lanzó una plegaria a Dios, pidiendo que nunca dieran con ella.
Dándose la vuelta, siguió su camino. Tenía que salir de la isla cuanto antes.

—¡Come tierra, maldita zorra! —gritó María, lanzándole terrones de lodo a la cara de Elena—. ¡¿Te gusta? ¡¿Te gusta?! ¡Seguro que para las arrastradas como tú es todo un manjar!
Una vez que la muchacha tuvo la cara llena de barro, María recogió la cubeta llena del agua que había recolectado de la tormenta. Estaba fría, y se la lanzó a Elena. El chorro empapó el cuerpo semidesnudo de la amazona y la hizo temblar.
—¡Tenías que elegir a Pilar para hacer tus cochinadas! —bufó con rabia liberada y pisoteó a Elena en las rodillas. Su víctima ya estaba demasiado débil como para resistirse. Una hora de tortura ya era demasiado, pero María todavía tenía ganas de más—. Vas por allí enamorando a las chicas sin importar sus sentimientos. ¡Me das asco!
Escupió sobre su rostro mancillado y la agarró del cabello. Sacó un cuchillo y lo puso sobre la quemada mejilla de Elena. Quería oírla gritar más y más, así que deslizó la brillante punta por encima de las quemaduras que le había hecho con el cigarrillo. Elena gritó dentro de lo que pudo, aunque seguía amordazada.
—No creas que he terminado contigo, puta asquerosa. Te crees la muy valiente, la todopoderosa. Claro, veamos que tan poderosa eres ahora. No puedes ni defenderte de mí.
Elena apenas podía escucharla. Su cuerpo, atormentado por el dolor y la angustia, comenzaba a dejar de responder.

Terminó de amarrarse la bota derecha y se irguió en sus casi dos metros de estatura. Una sirvienta le trajo su espada y una bolsa de cuero curtido. Reika se la amarró a la cintura y se giró hacia su ama.
—Estoy lista —dijo en japonés. Lady Su asintió con solemnidad.
—Encuéntralas. No sé por qué el localizador de Elena se ha detenido, pero si ha sucedido lo que yo creo, no debemos dejar que las otras casas se enteren.
—¿Tengo permiso para usar la fuerza?
—Ambas vivas. La furia de esas dos mujeres sería una molestia. No estoy dispuesta a enfrentarme a ellas.
Reika realizó una reverencia formal y luego revisó su equipo. Llevaba un uniforme militar de camuflaje, perfecto para perderse entre la selva y pasar desapercibida para las demás. En la espalda le colgaba una mochila con botiquines de emergencia, comida, agua y un arma de fuego con dos cargadores. Esperaba no tener que usarlos, pero eso lo dictaría la situación.
Ya estaba atardeciendo cuando se internó en la isla. Nadie debía enterarse de su misión, ni mucho menos de lo que estaba sucediendo en el trasfondo del desafío. La historia de venganza y muerte que María había tejido había agriado el buen corazón de Lady Su, y ella se encargaría de que la justicia se hiciera presente por todos los medios necesarios.

Charlotte tosió salvajemente. Sus pulmones chillaban. Yoko no sabía qué hacer, salvo darle pequeñas palmadas y ayudarle a mantenerse cómoda. Ya no le importaba ganar, porque de nada servía llegar sola a la meta. Ahora sólo le interesaba que su compañera de la casa de Sarah estuviera bien.
—Creo que… tienes neumonía —su acento asiático era muy pronunciado, aunque se estaba esforzando por hablar correctamente—. Es malo.
—¿De verdad? —el pecho de Charlotte se sentía como si le hubieran puesto algo caliente y lo hubiesen dejado ahí—. Siento que voy a… desmayarme.
—Regresar.
—¿Cómo sugieres que hagamos eso? —Charlotte miró el techo de la casa de campaña. Yoko la había montado solita—. Gracias por todo.
—Yo cuidarte.
Por desgracia, pensó Charlotte, esos cuidados no le garantizaban seguir con vida. Giró sus ojos hacia la radio que estaba junto a su lecho. El pequeño aparato se había caído y mojado. No era raro que no funcionara. Estaban incomunicadas y perdidas en medio de la nada. Rogó porque alguien viniera a buscarlas. Estaba segura de que nadie escucharía sus plegarias.

Soledad hacía defensa a su nombre, y Matilda comenzaba a desesperarse. Odiaba los silencios incómodos, y hasta ahora, sus intentos por hacer que la latina hablara, no estaban dando un buen resultado. No es que se cayeran mal. De hecho, las pocas palabras que habían intercambiado eran amables y se sonreían cuando se encontraban de miradas.
—Podemos descansar. No me molesto —dijo Soledad.
—Bueno, tienes razón —Matilda encontró un sitio donde acomodarse y sacó una nueva ración de jugo de naranja, que no sabía en lo absoluto a naranja. Le dio una bolsa a Soledad—. ¡Qué cansada estoy!
—También yo… me gustaría un poco de…
Una presencia irrumpió por entre unos árboles. Matilda se asustó y se armó con una piedra. Soledad mantuvo la calma.
—Marcela —dijo la latina al ver a su compañera— ¿Qué tienes? Te ves muy agitada.
—Iba a… —calló en cuanto vio a Matilda—. Nada.
—¿En dónde está Elena? —la pregunta de Matilda tomó por sorpresa a la muchacha de la otra casa. Balbuceó lo suficiente como para evidenciar sus oscuras acciones, y comenzó a retroceder de nuevo hacia los árboles.
—¿En dónde está Elena? —repitió Soledad, cerrando los puños. Marcela intercambió miradas con ambas chicas, y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Soledad se giró hacia Matilda.
—¿Te pareció sospechoso? —preguntó, y la chica de pelo rubio asintió con seriedad.
—Vamos a seguirla.

Capítulo 36

Maria ya se había agotado de golpearla. Le dolían los nudillos y la sangre martillaba tan rápido que le azotaba la cabeza como una campana. Se sentó frente al inconsciente cuerpo de Elena y lloró.
—Mírate… —dijo entre jadeos—. Te lo merecías. ¿Por qué me hiciste hacerlo?
Quería que la muchacha le respondiera, y dado que era imposible que eso sucediera, Maria enfureció más. Se levantó y le lanzó una patada a la amazona. Esta ni siquiera la sintió. Su cuerpo era un bulto de moretones, tierra, sudor, quemaduras y cortes. La brasileña ya no la reconocía.
—¡Dime por qué lo hiciste! —volvió a gritar y pateó una vez más.
Se quedó de pie, con los puños apretados y las lágrimas bajando sin cesar.
—O… oye ¿estás bien?
Un látigo de realidad le tocó la fría cabeza. Maria se arrodilló y movió a Elena con una mano.
—Despierta. Ya… ya te puedes ir. ¿Elena? Mira, tú te lo buscaste. Sin embargo, ya estamos a mano. Te… te voy a desatar.
Lo hizo con las manos convulsionando. Lanzó las sogas y se alejó de la hija de Sarah. En cualquier momento ella se levantaría y se marcharía. Cuando eso no ocurrió, Maria comenzó a pensar que quizá las cosas se estaban saliendo un poco de su control.
Inspeccionó el cuerpo de Elena, y le pareció que estaba más lastimado de lo que ella había supuesto. Le tocó los labios agrietados, los moretones en los pómulos y las ampollas en las mejillas. Sus dedos se tiñeron de un rojo oscuro. Maria entró en frenesí.
—¡Despierta! ¡Despierta! ¡Despierta! —sacudió el cuerpo de Elena sin detenerse y sin dejar de gritar— ¡Despierta ya! ¡No me hagas esto! ¡Elena, por favor!
Al darse cuenta de que sus súplicas no tendrían efecto, la mujer se alejó aterrada y negando con la cabeza. Una realidad horrible se estaba formando dentro de ella, y creyó ver fantasmas acechándola desde todas partes. Susurrantes voces cargadas de odio y sentimientos sin nombre hicieron que Maria diera media vuelta y saliera corriendo de la cueva.
No se molestó en mirar atrás.

Cayó sobre el barro y se abrió la herida. Jadeó mientras se ponía en pie y un lacerante pinchazo de dolor le recorrió toda la rodilla derecha. Marcela se limpió las lágrimas y continuó avanzando ladera arriba, arañándose contra los arbustos y resbalándose sobre la tierra desprendida y mojada.
Oyó las voces de las chicas y supo que pronto la atraparían. El pánico le impedía pensar con claridad. ¿Cómo es que esas dos estúpidas habían sospechado de ella? Si la atrapaban, si se enteraban de lo que ella y Maria habían hecho, las consecuencias podrían ser realmente escalofriantes. Darse cuenta de esto hizo que se le encogiera el corazón.
—Ya… ya no puedo más.
Vio la cima de la ladera. Si lograba ascender unos metros más, alcanzaría un gran margen para escapar. Se proyectó hacia adelante, hundiendo un pie en un hueco y alargando la mano hacia arriba. Estiró los dedos como si quisiera arrancárselos, y sólo había rozado la superficie escarpada cuando el sitio donde estaba apoyada se vino abajo.
Gritando y pataleando, Marcela se precipitó. Se hizo daño en la espalda. Una de sus muñecas hizo un feo crujido y su cara besó el lodo. No logró moverse cuando Matilda y Soledad la alcanzaron.
—¿Estás bien? —Soledad le dio la vuelta y trató de levantarla, pero Marcela aulló de dolor—. ¿Por qué estabas corriendo?
Matilda llegó de inmediato.
—¿En dónde está Elena? —preguntó, sin sentir una pizca de compasión por la herida muchacha—. ¡¿En dónde está?!
Al ver que su amiga no contestaba, Soledad se alejó de ella.
—¿Qué hiciste? —quiso saber, tapándose la boca con las manos. Al igual que Matilda, las sospechas de que algo malo le había pasado a la amazona ahora eran más palpables.
—Yo… ¡Maria me obligó! ¡Fue ella quien tuvo la idea de… vengarse!
—¿En dónde está? —exigió saber Matilda, rayando al borde de la histeria—. ¡¿Qué le hiciste a mi amiga?!
—No… no sé. Maria la tiene.
Maty y Soledad intercambiaron una mirada furtiva. Luego, Matilda se alejó de ellas y sacó una pistola de la mochila de suministros. Sólo tenía un disparo. Cargó el cartucho y apretó el gatillo.
La bengala destelló por encima de la isla dejando tras de sí una estela roja. Todas las parejas miraron hacia la misma dirección.

María vomitó lo poco que tenía en el estómago. Estaba agotada, aterrada y se había orinado en los pantalones. La muerte de Elena no podía ser verdad. La perra sólo estaba fingiendo para meterla en problemas. Esa era la única explicación posible. Ni siquiera la había castigado demasiado. ¿Debería darse la vuelta e ir? Lo dudaba.
Ahora podía ver la playa. Unos pocos kilómetros de más, y hallaría la salvación. Se perdería y nadie la encontraría.
Siguió caminando, y de repente alguien surgió frente a ella. María se agachó para recoger una piedra.
—¡Quítate! —gritó, y Pilar ahogó un grito al encontrarse frente a frente—. ¿Tú?
—María —la colombiana retrocedió, temerosa al ver la piedra afilada en manos de la otra—. Yo… me perdí.
La brasileña sonrió. Pilar le creería. Ella tenía que confiar en ella. Se gustaban. Estaba segura de eso. Soltó la piedra y caminó despacio hasta la muchacha. Esta retrocedió un poco más.
—¿Qué te pasa, Pilar? Soy yo.
—Sí… pero ¿qué te pasó?
—Es… es difícil de explicar. Mi amor, ven conmigo.
La tomó de un brazo, pero Pilar se liberó de inmediato. Al presentir que eso había hecho enfurecer a María, decidió darse media vuelta y huir de nuevo a la seguridad de la selva.
—¡Espera, desgraciada! —el chillido de María golpeó los oídos de Pilar, e hizo que esta se diera cuenta de que tenía que correr más rápido.
María la persiguió. Sentía ansias por explicarle lo que estaba sucediendo. Necesitaba que la consolaran y que le repitieran una y otra vez que Elena no estaba muerta.
—¡Detente! —agarró una piedra y la lanzó hacia Pilar. La afilada roca se estrelló en el tobillo de la muchacha y la hizo caer, soltando un chillido de dolor.
—¡Aléjate de mí!
—¡No escaparás!
Le dio alcance a su amor y la cubrió con su cuerpo. Pilar chilló y trató de liberarse, pero le dolía tanto el tobillo que apenas logró alejarse unos pocos pasos. De milagro, se puso en pie y avanzó unos cuantos metros antes de que María la volviera a derribar. Forcejearon salvajemente sobre el fango entre gritos y maldiciones.
Pilar estiró una mano y alcanzó una piedra. Sin dudarlo, golpeó a María en la cara y la brasileña se fue para atrás. Pilar, presa del pánico, se puso de pie y renqueando corrió hacia la salvación, que en esos momentos, estaba en cualquier lugar menos allí.
Su atacante se tocó la cara y vio la sangre que se le quedaba en la mano. Su nariz goteaba profusamente y el sabor de sus propios fluidos la hizo enfurecer. Levantándose rápidamente, corrió tras Pilar. No permitiría que alguien más se burlara de ella.
Pilar se dio media vuelta. Estaba cansada. Lloraba de dolor y de miedo. María, como una pantera, apareció por entre la maleza. Sus ojos ardían con rabia inconcebible y deseos de asesinato. La pequeña morena se vio como una presa. Quiso cerrar los ojos, pero no lo hizo.
Y de repente, una leona se lanzó sobre la pantera, y ambas chicas cayeron sobre el lodo. Pilar se postró de rodillas y con el pecho acelerado. Lo que estaba viendo era una pelea de verdad. Una pelea de sometimiento.
Leonore apretó a María de las greñas y aporreó repetidas veces el rostro de esta contra el fango. María manoteó y derribó a su enemiga. Ambas rodaron en medio de gritos y jadeos. No obstante, la brutal embestida de Leonore, que había oído los gritos de Pilar y había acudido allí de inmediato, le dio la oportunidad de tomar una delantera y el factor sorpresa le sirvió para salvar su propia vida.
María se hizo con una piedra y la estrelló repetidamente en la espalda de Leonore. Esta aguantó los golpes y apretó la quijada. Su cuerpo, repleto de químicos y de adrenalina, prensó a María con una llave hasta que la muchacha fue perdiendo las fuerzas. Su cerebro, al verse privado de oxígeno, rápidamente la sumergió en un sueño profundo y amargo.

—Esto es mi culpa. Asumiré las consecuencias de todo.
Sarah impactó su mano contra el rostro de Carolina hasta derribarla.
—Una de mis chicas está perdida y ni siquiera sabemos si está o no con vida. ¿Cómo crees que voy a explicarle esto a la familia de Elena?
—Sé que… esto es malo —Carolina se puso en pie. Le ardía la cara y tomó la sabía decisión de alejarse unos pasos de la enfurecida Sarah—, y créeme que haré todo lo necesario para… bueno, para resolver esto.
Sarah no dijo más. Cruzó los brazos y salió del cuarto. En el corredor estaban todas sus chicas, todavía sucias y mojadas.
—¿Qué… qué pasó con Elena? —preguntó Zafira—. ¿Ella en dónde está?
—La buscan —dijo lady Su, a sus espaldas—. Reika está allá afuera y la encontrará.
—¿Y si está…?
—¡No lo digas, Charlote! —gritó Zafira—. No lo digas.
—Herida, iba a decir. No soy tan negativa como para pensar en otra cosa.
—Tenemos que salir a buscarla —urgió Matilda—. No puede pasar un día más allá.
—Se perderán si lo hacen —declaró Su, y se dio media vuelta con gesto solemne. Tenía que proyectar calma si quería que las cosas parecieran, al menos, no tan malas como estaban.
—Vayan a bañarse. No hay nada que podamos hacer —les pidió Sarah, y ninguna de ellas protestó. No tenían fuerzas para eso.

Zafira, Charlote y Matilda compartían la bañera, pero una escena que en el pasado habría sido sinónimo de erotismo, ahora sólo era tensión y tristeza.
—Tengo que ir. No puedo esperar más.
Charlote acarició la espalda de su amiga. Matilda bajó la mirada, avergonzada. No se sentía orgullosa de haber descubierto la verdad de la traición.
—Gracias —dijo de repente Zafira. Mary la miró—. Sin ti, sin tu corazonada…
—Ya, no lo digas más.
—En serio —repitió Zafira—. Estoy en deuda contigo, de por vida.
Matilda asintió, agradecida. Charlote le sonrió y no pudo evitar sentirse orgullosa de su novia.
—Elena es fuerte —le recordó Charlote, justo cuando la puerta del baño se abría y Leonore entraba.
—¿La hallaron? —la voz esperanzada de Zafira estremeció el corazón de la leona.
—No, pero saldré a buscarla. ¿Vienes?
—Voy, claro.
—Nosotras también —dijeron Charlote y Matilda.
—Entonces, a vestirse. Vamos a encontrar a nuestra amiga.




Yurita
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